martes, 29 de agosto de 2006

OTRO ¿ERROR? DEL HOMBRE

Un año atrás, el huracán Katrina azotaba las regiones vecinas al Golfo de México. El 30 de agosto de 2005 (mañana se cumple el primer aniversario), cedieron los diques del Lago Pontchartrain y la ciudad de Nueva Orleans, cuna del jazz, quedaba sumergida bajo las aguas.
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El mundo entero pudo ver cómo una población (en su gran mayoría negra, pobre y desesperada) clamaba por ayuda desde los techos de sus casas mientras, sin capacidad de reacción, el presidente Bush seguía los pasos devastadores del Katrina por televisión, cómodamente instalado en su rancho de Texas. Tal vez pensara que las imágenes correspondían a alguna población de Haití, puesto que declaró que "todo EUA los está mirando por TV y los está apoyando". ¿Acaso aquella región del Golfo de México no pertenece a los EUA?
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Pero el papelón fue compartido: la gobernadora del estado de Luisiana le echaba la culpa de la hecatombe al alcalde de Nueva Orleans y el alcalde (a su vez) acusaba al gobierno federal y a la FEMA (Federal Emergency Management Agency), la agencia federal para manejo de emergencias. Hoy se sabe que el director de dicho organismo carecía de aptitudes y experiencia para el cargo que desempeñaba, siendo su único mérito del de ser amigo personal del presidente (y todos sabemos que, para ser amigo de semejante malnacido, hay que pertenecer a la misma calaña).
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Recién cinco días después de la catástrofe, cuando los cadáveres ya flotaban en las aguas hediondas y los sobrevivientes se apiñaban en un estadio, ¡cinco días después! comenzó a llegar la ayuda. Los medios de prensa (o de presa, dado su especial talento para alimentarse de carroña) vieron una inmejorable ocasión para ensañarse con el malnacido anteriormente mencionado, quien no encontró a su alrededor tantos asesores que le enseñaran a salvar vidas, como sí los tuvo y los sigue teniendo cuando se trata de sacrificarlas en guerras espurias (si es existiera alguna que no lo fuera). De hecho, la prensa lo fustigó con mucha mayor dureza que cuando se destapó la nauseabunda olla de las armas de destrucción masiva, la manipuladora llave de acceso a los pozos de petróleo de Irak. Precisamente allí, en el Golfo Pérsico, ("Todo tiene que ver con todo" diría el filósofo contemporáneo Pancho Ibáñez), se encontraba la mayoría de los miembros de seguridad especialistas en catástrofes naturales, al igual que los tanques anfibios imprescindibles para una rápida y eficaz evacuación de los afectados.
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La comunidad negra abandonó su, hasta entonces, habitual perfil bajo y mostró toda la furia contenida por siglos. Gritaron su indignación por ser, una vez más, víctimas de la inoperancia, la desidia y la discriminación por raza y por clase social. Claro que nadie los escuchó, salvo otras víctimas de otras catástrofes similares de allá y de acullá.
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La tragedia se ensañó con la ciudad del Mardi Gras. Los muertos fueron más de mil (aunque quedan dudas sobre la veracidad de las cifras finales) y hubo decenas de miles de evacuados, la mayoría de los cuales aun no pudo regresar a sus casas. Todavía viven en refugios de otros estados o en trailers miserables provistos por el gobierno, mientras cunden las denuncias por un deliberado "blanqueamiento" de la ciudad: la población negra pasó de un 36% a un 21% después del huracán y los alquileres subieron a niveles escandalosos (de modo que los pobres no podrán regresar a sus lugares) sin que las autoridades tomen medidas en pro de revertir la tendencia. Durante este año, los índices de padecimientos siquiátricos, de suicidios y de actos de violencia e inseguridad han alcanzado niveles récord en la historia de la región y, en general, las pérdidas fueron varias veces millonarias, teniendo en cuenta que Nueva Orleans ha sido una ciudad cuya mayor fuente de ingresos estaba representada por el turismo.
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Mi bisabuela solía decir: "Miranda es un buen pueblo pero allí no se puede vivir". Es obvio que Bush nunca conoció a doña Carmen y, tal vez, justamente por eso se quedó mirando sin saber qué hacer. Pero no fue el único. A pesar de que ya se sabía que los diques no estaban preparados para resistir un huracán (en una zona donde son tan comunes como las margaritas en primavera) y que el gobierno decidió reducir el presupuesto para obras hídricas cuando se avecinaba la temporada de mayor peligro, NINGÚN FUNCIONARIO ESTÁ PRESO.
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Así, lo que comenzó como una catástrofe natural se convirtió en un desastre provocado por la negligencia, la irresponsabilidad y seguramente también por la avaricia y la mezquindad del hombre.
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Cualquier semejanza con Latinoamérica y los demás países del Tercer Mundo es mucho más que una simple coincidencia.
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Eso es todo por hoy. Desde las mismas entrañas de la Misteriosa Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un reportero al que no cualquiera le sopla la nuca.
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