miércoles, 2 de mayo de 2012

Justin Fashanu mártir



Recuerdo a José Sacristán en aquella maravillosa serie de TVE, “Gatos en el Tejado” (1988). Manolo Beltrán, su personaje, era un cómico de tv abatido por las vicisitudes de la vida, un hombre que (como tantos otros) debe afrontar la muerte de su esposa, la conflictiva relación con sus hijos y la intempestiva aparición de un padre abandónico, interpretado magistralmente por el mejor Alberto Closas. Si la serie hubiera contado con los adelantos tecnológicos y comunicacionales de la actualidad, no cabe duda de que cundirían hoy las páginas de Facebook armadas por sus fans, los blogs y las respectivas aplicaciones recordando las magistrales frases que destilaba el humor ácido del protagonista.

“La vida es como la escalera del gallinero: cortita y llena de mierda”

Cosas así solía decir Manolo Beltrán. Y a lo largo de estos años (¡mierda! ¡24!) en más de una oportunidad me aferré a esa certidumbre engañosa que puede llevarnos a errores difíciles de remediar. Porque nadie me va a negar que, cuando uno está con la angustia hasta el cuello, la comicidad corrosiva de las tablas puede adquirir dimensiones aplastantes de realidad.

Probablemente, muchos entre quienes lean estas líneas habrán de ignorar por completo quién ha sido Justin Fashanu. Yo mismo lo ignoraba hasta hace algunos días, cuando leí su historia en uno de los blogs que frecuento.

Justinus Soni "Justin" Fashanu era acuariano como yo, nacido en febrero de 1961, hijo de un abogado nigeriano afincado en el Reino Unido. Imagino que allí empezaron sus amarguras: no debía resultar sencillo ser negro en la Inglaterra de los sesenta. Y mucho menos sencillo habrá sido cargar con el estigma de ser abandonado por sus padres luego de una separación. Justin vivió en un orfanato hasta los seis años, cuando él y su hermano Jhon fueron entregados a una familia adoptiva que los llevó a Norfolk. No se sabe bien cómo fue su vida durante esa época, pero sí que el adolescente Justin tenía mucha adrenalina por descargar y supo hacerlo a través del boxeo, deporte que practicó durante algunos años con calidad destacable. Sin embargo, a los dieciséis, influenciado por Jhon, empezó a entrenar en el Norwich City Football Club, siendo su desempeño tan peculiar que fue contratado como jugador profesional y debutó a comienzos del '79, cuando le faltaban semanas para cumplir los 18 años. Era la gloria. Pero pasajera. Se transformó en el jugador estrella del Norwich City y en apenas dos años de actuación fue transferido al Nottingham Forest, convirtiéndose en el primer jugador negro de un millón de libras. Seguro que Justin sintió que tocaba el cielo con las manos y cualquiera se hubiera sentido así. Pero, si nos atenemos a la frase de Manolo Beltrán, nunca deberíamos bajar la guardia.

La vida en el Nottingham no fue tan maravillosa como parecía. Había un detalle que, en el mundo del fútbol, aún hoy no es menor: a pesar de los estereotipos, de su pasado como boxeador y de la rudeza que la figura de Justin irradiaba, Fashanu era homosexual.

Claro que este tipo de asuntos pueden mantenerse en el plano de lo privado y no traer mayores inconvenientes, más allá de la autorrepresión y el consiguiente sentimiento de frustración por no poder mostrarse ante el mundo tal cual uno es. Pero ese tipo de actitudes no es para cualquiera. Algunos llevan en su alma el germen de la rebelión y asumen su ser ante el mundo, más allá de los golpes y las imposiciones.

Justin comenzó a frecuentar bares gay y parece que no tomó los recaudos necesarios porque la noticia llegó enseguida a oídos de Brian Clough, el entrenador del Nottingham, quien no se destacó precisamente como defensor de las libertades civiles. A lo largo de los meses siguientes y con varias discusiones de por medio (por cierto, subidas de tono), Clough le hizo a Justin la vida imposible e incluso llegó a prohibirle que entrenara con el resto del equipo. La fractura de la relación fue tan fulminante que, a poco más de un año de haber ingresado en la institución, Justin fue vendido al Notts County por sólo 150.000 libras. De allí en más, su carrera como futbolista deambuló entre diversos clubes de Inglaterra y también Norteamérica, con buen desempeño muchas veces, pero sin continuidad.




En 1990, en una entrevista para el diario británico The Sun, el tabloide de habla inglesa más leído en el mundo, se declaró públicamente como homosexual, siendo el primer futbolista de renombre que asumió semejante riesgo. El reportaje incluía detalles sensacionalistas que luego fueron desmentidos por el mismo Fashanu pero, de todos modos, el escándalo adquirió pronto dimensiones espectaculares y al futbolista le llovieron las críticas y las condenas, incluso por parte de su propio hermano. La hostilidad de sus colegas y los insultos que le propinaban los hinchas dejaban bien a las claras que los homosexuales no eran bienvenidos en el mundo deportivo. Por supuesto que esta entrevista y otras varias posteriores le valieron a Fashanu un dinero extra para nada despreciable, pero él mismo declaró alguna vez que mucho más dinero le habían ofrecido para que no saliera del armario. Supongo que habrán sido gentes que podrían haberse visto perjudicadas por la sinceridad del jugador. Gentes conocidas por todos seguramente, de esas que suelen moverse mejor en medio de la hipocresía y la doble moral.

Desde aquel año, por más que Fashanu se mantuvo en plena forma, ningún club cruzó los límites impuestos por el prejuicio para ofrecerle un contrato a tiempo completo. Ni siquiera un romance inventado con una actriz británica “sospechada” de lesbiana pudo “lavar” su imagen. Jugó en equipos menores de la liga inglesa, en Escocia, en Suecia, EUA e incluso en el ’97 pasó por Australia, antes de regresar nuevamente a Norteamérica donde planeaba finalmente anunciar su retiro definitivo del fútbol. Tenía ya 36 años.

El 25 de marzo de 1998, un jovencito de 17 años se presentó ante la policía de Maryland para denunciar abuso sexual por parte del futbolista. Como era de esperar, Fashanu fue citado a declarar. El 3 de abril de ese año, hizo su descargo ante las autoridades, tras lo cual armó las maletas y regresó a Inglaterra. Claro, los grandes titulares de la prensa ya habían hecho lo suyo, inventando detalles sobre una supuesta detención del jugador y una acusación formal por agresión sexual en segundo grado. Una investigación posterior demostró que, de hecho, nunca había existido una orden de detención para Fashanu y que la policía de EUA había abandonado la investigación por falta de pruebas.

En la noche del 2 de mayo de 1998, Justin Fashanu se ahorcó en un garaje de Londres. En uno de sus bolsillos se encontró una nota que decía:

“Me he dado cuenta de que ya he sido condenado como culpable. No quiero ser más una vergüenza para mis amigos y familia. Espero que el Jesús que amo me dé la bienvenida y finalmente encuentre la paz”.

Qué más se puede decir ¿verdad? La historia habla por sí sola.




Esto es todo por hoy. Desde las frescas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, aun siendo ajeno al mundo de los deportes en general y del fútbol en particular, puede darse cuenta (con profunda pena) que cumplidos hoy catorce años de este lamentable hecho todavía las cosas siguen como entonces. La homofobia más cerril sigue reinando en la canchas y el podio de Justin Fashanu solo es compartido por el sueco Hysen Antón, otro valiente que, por el solo hecho de haberse mostrado al mundo sin hipocresías, merece la gloria y el reconocimiento de quienes bregamos por un mundo mejor. Que al fin y al cabo, la frasesita de Manolo Beltrán no es más que un buen chiste de quienes ven siempre el vaso medio vacío.


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