viernes, 12 de enero de 2018

Cartas de Amor



La vida tiene sorpresas. A veces tristes, como esos silencios que inundan el recuerdo de una persona que amamos hace tiempo. Otras tintineantes y alegres, como las caricias y los besos que supimos cosechar. Pero también están las sorpresas que nos dejan a mitad de camino, entre la angustia y la euforia. La vida tiene esas cosas y, de tanto en tanto, los astros se confabulan y la vida nos regala un combo de sorpresas varias, tal vez, para que uno elija con cual quiere quedarse.

viernes, 24 de noviembre de 2017

El señor del tren


De nuevo en el oeste, poco a poco voy retomando viejos hábitos que (sin darme cuenta) formaban parte de mí mismo hace veinte años. Por ejemplo, viajar en el Sarmiento cada día, una aventura cotidiana, mística y degradante al mismo tiempo, que conjuga la maravilla de las simples cosas y la abyecta esencia de las bajezas humanas.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Tacle irlandés


"Todos tenemos algo de lo que nos avergonzamos. El recuerdo de un momento tan bochornoso que no sabemos si algún día podremos superarlo. Un momento que sigue desvelándonos a las cuatro de la madrugada. 'MARICA'... Cuando ocurrió mi momento terrible tuve miedo. Tuve miedo porque perdí al único amigo de verdad que jamás había tenido. La gente hace cosas malas por miedo".

viernes, 1 de septiembre de 2017

El leproso del aula


Cursaba la dictadura y yo el colegio religioso, detrás de cuyos muros se vivía una cotidianidad apacible en la que la muerte, las desapariciones y el programa de destrucción de la economía, basado en la toma ilimitada de deuda, no tenían entidad, no tenían nombre, ni algún otro sentido para nosotros que no fuera dado por los medios de comunicación en manos de los grandes depredadores ni, por tanto, en la familia burguesa. Las hostias y las caricias del señor B, ese rector que años después debió responder por abuso sexual, encarnaban en el alumnado lo real siniestro del país. Éramos impermeables a la catástrofe extramuros. Hasta que una tarde el silencioso chico Vázquez pronunció en la clase de religión la palabra pobreza, en relación a las villas miseria. Villas miseria y la opción del cristianismo por los siempre olvidados. La Biblia Latinoamericana, según ellos un engendro marxista, se coló en la respuesta indignada del profesor y en la mirada aterrada de todos nosotros. Vázquez estaba infectado de alguna horrible verdad. Como si se hubieran roto los vidrios de las ventanas entró el lenguaje como un ángel a confundir al alumnado, trajo con la verdad el pensamiento, y con este el acuerdo y el desacuerdo. Por un momento el colegio se sustrajo al desierto y arrojó luz sobre las fosas comunes y el ajuste eterno sobre los desposeídos. Si hubo alguien que quiso mantenernos en la oscuridad fue aquel profesor que se negaba a mencionar a los pobres como hoy el poder pretende que los docentes hagan en relación a la desaparición forzada de Maldonado. En aquel momento, como en este, pretendieron que los derechos humanos no tenían relación con la educación de los chicos. Ojalá que en nuestras escuelas crezcan más leprosos que piensen y no se callen lo que piensan.


viernes, 28 de julio de 2017

Casa Tomada


Todavía no decido si fue o no una pesadilla. Pero el sueño me causó tanta impresión que me desperté sobresaltado.

Llegaba a casa y encontraba todo cambiado de lugar (tanto que, incluso, era OTRA casa). Todo impecablemente limpio y ordenado. Y por alguna razón yo conocía la causa: mi madre y mi hermana. Me sentaba en una silla a meditar y, después de un rato de indecisiones, me dirigía a la habitación donde sabía que estaría Carolina. Antes de que le dijera nada, trató de explicar la situación con una simple frase:

- Fue idea de mamá. -y luego agregó- Ella me ayudó a ordenar

Dijo algunas cosas más que se me han olvidado pero yo la interrumpí:

- Todo muy bien. No hay problema, pero ¿yo dónde voy a dormir?

- Ahí -me decía, señalando un sofá colocado en un rincón de su habitación toda decorada en color rosa.

Dentro de mí sentí un estallido que todavía me convulsiona. Una angustia inenarrable. Una necesidad de gritar y la imposibilidad de hacerlo al mismo tiempo. Esa misma sensación de odio, impotencia, malhumor, cansancio y pena que me ha acompañado a lo largo de los años. 

Salí de la habitación y, apenas traspuesta la puerta, grité en dirección a la cocina:

- ¡Mamá! ¿Podés venir un momento? Tenemos que hablar.

Y, acto seguido, entraba mi madre en escena, tratando de dar sus explicaciones, con ese tono seguro y distendido que tenía para dar cuenta de sus decisiones (que casi nunca tenían vuelta atrás). Pero yo volví a interrumpir, esta vez alzando un poco la voz:

- Algo está muy mal en este asunto. Yo tengo 55 años y ella 23. ¡No voy a compartir habitación con mi hermana! He pasado quince años de mi vida sin tener mi lugar propio, sin tener un sitio para aislarme del mundo y, por mi salud mental, ¡necesito mi espacio privado! ¡NO VOY A PERDERLO! En eso no voy a transigir.

Mi madre me miraba sin comprender:

- Pero entonces ¿yo dónde voy a dormir?

- Ahí, -le respondía yo, señalando el sofá del rincón.

Y al instante me desperté

Ahora que lo escribo y releo, me doy cuenta de que es una tontería (lo sé) aunque todavía siento la compulsión por compartirlo. A pesar de las inconsistencias de la historia.

1) Mi madre murió hace 21 años.
2) Yo tengo ahora 55, pero mi hermana ya no tiene 23.
3) Nunca llamé "mamá" a mi mamá. Siempre la llamé por su nombre de pila: Emma.
4) La frase "Ella me ayudó a ordenar" es un macabro sinsentido: ni mi hermana tendría la iniciativa de poner la casa en orden ni mi madre se hubiera limitado a "ayudar".
5) Mi discurso de reivindicación de derechos forma parte del mundo de las fantasías. Jamás lo hubiera hecho. Antes bien, como en el cuento de Cortázar, ante la mera sospecha de invasión, hubiera cerrado nuevamente la puerta y me hubiera alejado de la casa.

Lo único realmente creíble del relato es que, sin ninguna duda, mi madre hubiera estado en la cocina.

Menos mal que tan solo ha sido un mal sueño.

· · ·

Esto es todo por hoy. Desde las tibias callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, por lo visto, extraña las sesiones con su siquiatra.



domingo, 9 de julio de 2017

Una Independencia Agrietada


A fuerza de escucharlo (o de que le machaquen a uno la cabeza), muchos han naturalizado aquello de que hay una “grieta” en la sociedad argentina y, por supuesto, si esa grieta existe, la generaron los K. Ninguno, entre ese rebaño de chichipíos, sabe que (siempre y cuando sea verdad que esa grieta existe) la padecemos desde los mismos albores de la nacionalidad.

miércoles, 5 de julio de 2017

No es lo mismo almas que espíritus


Seguramente a todos les ha sucedido alguna vez que compraron una película en DVD que quedó allí, arrumbada en un cajón sin que nunca la vieran. Les habrá sucedido también que ni siquiera recuerdan cuándo la compraron ni por qué. Pero llega ese día en que abren el cajón en cuestión y allí está ella, esperando con paciencia.

viernes, 23 de junio de 2017

Lo contrario a XENOFOBIA



Hoy subo al tren y, detrás de mí, un chico de unos 17-18, muy rubio él y de físico contundente, como de esos que se matan en el gym (no, en el gimnasio NO, ellos se matan en el GYM). Yo me siento y él encuentra, justo detrás de mí, a una conocida. Obvio que inician una conversación. A ella no la veo pero tiene voz de unos veintitantos y se da el siguiente diálogo:

martes, 30 de mayo de 2017

97%



Un mundo que se divide entre una sociedad devastada por la carencia y otra beneficiada por todos los bienes que la tecnología y el mérito pueden ofrecer.

martes, 16 de mayo de 2017

El hijo del milico



Cerro del Torreón era un pueblito ubicado a un par de kilómetros de la Capital. Sin embargo, esa corta distancia hacía una gran diferencia. Porque "el Cerro" (como decían cariñosamente los del lugar) era sin embargo un pueblo de provincia con todas las de la ley. Debía su nombre a un mítico torreón que, en tiempos de la colonia, se emplazaba supuestamente junto a la iglesia, en la parte más alta de la región. A no ser por una rudimentaria pintura que se exhibía en la intendencia, no había otra documentación, ni histórica ni arqueológica, que probara su existencia, pero tampoco era necesaria ninguna prueba. Allí todos conocían a todos y (muchas veces a escondidas) todos hablaban de todos. Sin una vida apasionante que disfrutar, el tedio cotidiano llevaba a los cerrenses a ocuparse en demasía de la vida ajena. Casi como si fuera un deporte, podría decirse. Y como en todo deporte, había una tabla de posiciones, en este caso, consensuada tácitamente entre todos los habitantes y desde siempre liderada por Doña Haydé, una señora menuda pero muy activa, que en todo momento estaba atenta a su entorno. A ella recurrían las esposas engañadas para descubrir a las desvergonzadas que le quitaban al marido por las tardes. O los maridos que no recordaban el día del cumpleaños de sus mujeres. O los jubilados que necesitaban de un apoyo para llegar hasta el banco en los días de cobro. Porque, además de chismosa, Doña Haydé era también servicial y comedida. Para muchos, metiche.

Frente a su casa, vivía Evelia Rosas, una mujer joven y alegre a pesar de las penurias que le había tocado padecer. Había llegado al pueblo a los veinte años, junto a su marido, y enviudado cuatro años después, con su hijo Adelmar que apenas había dejado los pañales. Tuvo que aprender a sobrevivir por sus medios y a trabajar de lo que fuere con tal de llevar la comida a casa. Pocos conocen la historia de esos años y suponen que Evelia nunca se dejó caer y mantuvo su actitud y perseverancia siempre en alto. Pero Doña Haydé sí sabía de sus momentos de flaqueza, de esos días en que hubiera vendido su alma al diablo a cambio de un respiro. Evelia lloraba solo cuando nadie la veía y su verdadera fuerza aparecía en el momento en que debía mostrarse, ante el mundo, libre de agobios y pesares. En especial, las noches eran su gran tormento. Esas interminables horas en las que el universo se ponía en pausa, en tanto su corazón y su cabeza se disputaban el control de la situación. Sola en la pequeña casa, acompañada nada más que por su hijito, necesitaba ardientemente la compañía de un hombre que la sostuviera y la cobijara.

Ese desconocimiento de su intimidad hizo que, para el resto del pueblo, fuera una gran sorpresa la aparición de Cesáreo Salas. Un tipo de otros pagos, medio bruto, que manejaba un camión y se reía a carcajadas por cualquier estupidez, con estridencias muy poco habituales por aquellos lares signados por la discreción y el disimulo. Pero Doña Haydé ya lo había presentido. La joven viuda no era una mujer de cama fría, tenía buenas curvas, una belleza mestiza imposible de ignorar y era solo cuestión de tiempo hasta que los gavilanes comenzaran a acecharla. Desde el mismo día de la partida del difunto, se habían iniciado las rondas de cortejo. A los del pueblo Doña Haydé los conocía a todos y a todos reprendía. Porque ya se sabe que el período de luto no podía ni debía ser pasado por alto. Ella no tenía empacho en decírselo en la cara. A los extraños solo les dedicaba una mirada adusta como advertencia. Éste Cesáreo, en particular, no era en absoluto de su agrado y desde el primer día supo que no era trigo limpio. Sin vueltas, tal como era su costumbre, y sin que nadie se lo preguntara, se lo dijo a Evelia con esas mismas palabras: que Cesáreo Salas no era trigo limpio. Pero Evelia estaba ilusionada y su corazón era sordo a las razones.

Cesáreo llegaba con su camión todas las tardes sin faltar ni un día, a la hora en que la viuda descendía del ómnibus que la traía desde su trabajo en la Capital, y se iba pasada la medianoche (hora en que Doña Haydé cerraba por fin su persiana). Rara vez se quedaba a dormir. Sobre todo después de aquella ocasión en que el cabo Pérez (siempre a cargo de la comisaría, en virtud de la borrachera continua del Sr. Comisario) lo confundiera con un cuatrero y se lo llevara al calabozo, demorado hasta la madrugada. El cabo era un servidor de la ley rechoncho y retacón, adicto a las películas de Humphrey Bogart, y fantaseaba con protagonizar alguna vez su propio policial. En relación con aquel malentendido, las malas lenguas dicen que el milico no se confundió nada y que solo pretendía ahuyentar al forastero. Todo puede ser. Ya se sabe que los pueblerinos suelen ser muy quisquillosos a la hora de defender su coto de caza.

No obstante, a Evelia se la veía radiante e incluso Adelmar estaba más gordito y mejor vestido. Las comadres del pueblo hablaban, sí, pero ella tenía el temple necesario para hacerles pito catalán a los chismorreos. Quizá, lo único realmente malo llegara cuando el niño comenzó la escuela y sus compañeritos le hacían burlas en referencia a su "nuevo papá". Pero ya desde entonces, el pequeño Adelmar dio muestras de estoicismo e hizo lo necesario para no agobiar a su madre con sus propios problemas.

Adelmar no reía ni lloraba. Si se lo pedían con buenos modos, ayudaba. Y ante la más mínima agresión, gruñía. Era famoso en el potrero donde los chicos de su edad jugaban a la pelota después de la escuela. Algunos lo acusaban de pegar duro, pero él se disculpaba sosteniendo que el fútbol era cosa de hombres. Su madre estaba de acuerdo, pero tuvo que tomar cartas en el asunto cuando la "hombría" de su hijo empezó a extralimitarse, al punto de producir lesiones que requirieron la intervención del Dr. Friberg e incluso del cabo Pérez. Salvo Doña Haydé, nadie tomó nota de que aquellos primeros incidentes tuvieron lugar algunas semanas antes de que el vientre de Evelia comenzara a crecer. Fue también por la época en que Cesáreo Salas dejó de ir todas las tardes a Cerro del Torreón.

La última vez que Cesáreo pasó la noche en casa de Evelia fue cuando salió de allí, ya de mañana, trajeado y perfumado. Todos saben que se subió a su camión y partió rumbo al registro civil para casarse con otra. Los pormenores de aquella noche se desconocen pero los vecinos dan fe de que los escucharon discutir. Ni siquiera Doña Haydé llegó a tener información fidedigna y, en el caso en que Adelmar supiera algo, no hay duda de que se llevó el secreto a la tumba.

Evelia ya no fue la misma desde entonces. Aun cuando mantuvo su sonrisa y su jovialidad habituales, algo en su mirada delataba su tristeza y su renovada angustia.

- No te preocupes, -le decía Doña Haydé- que mientras vos estés en el trabajo, yo te voy a cuidar a los chicos. Adelmarcito conmigo es un encanto y, si Dios quiere, el que viene en camino va a ser igual de bueno.

El que venía en camino llegó una madrugada de enero y contra todo pronóstico recibió el nombre de César. Fue un escándalo familiar.

Desde la fiesta de Año Nuevo y con la idea de ayudarla en el parto, llegaron desde el norte su madre Imelda y su hermana Branca a pasar una temporada. Todo iba bien hasta que Evelia dio a conocer el nombre del bebé, en el caso de que fuera varón. Imelda no era una mujer de muchas luces pero podía darse cuenta de que ese nombre sería por siempre como la sal en la herida, aunque no supiera expresarlo. Branca, en cambio, fue muy clara:

- Cada vez que lo nombres te vas a acordar de ese hijo de puta.

Pero Evelia no entró en razones. El niño se llamó Cesar Hilario Rosas y, tácitamente, la familia en pleno optó por llamar al bebé por su segundo nombre. Que Hilarito de aquí, que Hilarito de allá, mientras las parientas estuvieron en la casa, el bebé casi no visitó la cuna. De la teta de su madre pasaba a los brazos de su abuela o de su tía y, de tanto en tanto, también a los de Doña Haydé. Era un niño regordete y blanco como la leche, herencia de su abuela paterna que (nadie lo sabía por entonces) era polaca. Esa piel tan pálida, en el seno de una familia norteña cuyos orígenes se perdían en los albores del tiempo, fue el primer sello distintivo que le deparaba el destino. En muchos sentidos, Hilarito nunca fue un chico como los demás... pero eso es harina de otro costal.

Al igual que su hermano Adelmar, Hilarito no lloraba nunca. Pero sí reía. Y ya desde los primeros días de vida solía mantener los ojos bien abiertos y atentos a lo que sucedía a su alrededor. La abuela Imelda no se cansaba de acariciarlo, su tía Branca le inventaba canciones con historias de animales en las que los lobos siempre estaban al acecho y los conejitos eran los héroes astutos. Por su parte, Adelmar estaba atento a cada gesto y se había autoimpuesto la tarea de detectar cuando el bebé ensuciara los pañales. Eso de limpiarle la mierda no reforzaba su masculinidad ni tampoco era agradable, pero no veía inconveniente en dar aviso.

Cuando las parientas tuvieron que marchar, escasearon las caricias y las canciones de animales, pero la mirada vigilante de su hermano no cesó en ningún momento. Todavía no comenzaban las clases, por lo que podía dedicarse a ello a tiempo completo, olvidado como estaba del potrero y de las "cosas de hombre". Tal era el magnetismo de Hilarito, ya desde la cuna.

Algunos hablan de suerte y otros de destino, pero lo cierto es que, el día en que sucedieron los hechos, los dos hermanos de alguna manera estaban conectados.

Era un día domingo y Evelia aprovechaba su día franco para la limpieza. Mientras Hilarito dormía en su cuna, ella lavaba ropa y Adelmar jugaba a la pelota. Ella protestaba y él la provocaba haciendo picar el balón cerca de las prendas ya tendidas en la soga. Ella se secaba el sudor de la frente con el antebrazo y él daba un último pelotazo sin querer, que dejaría una barrosa mancha circular en las sábanas blancas recién lavadas.

Nunca supo qué fue exactamente, pero algo en su interior encendió una alarma y toda su atención pasó a otro plano. ¡Su hermanito! ¿Dónde estaba su hermanito? Evelia no alcanzó a enojarse por la sábana sucia. Adelmar salió disparado hacia la casa al grito de "¡Se lo lleva!" y, aun sin entender nada, ella salió tras él.

Apenas tuvieron tiempo de ver cómo Cesáreo Salas salía de la casa con el bebé en brazos y todos los recuerdos que tuvieron después fueron borrosos. Cesáreo era un tipo ágil, pero Adelmar era un chico de ocho años que le dio alcance cuando luchaba por abrir la puerta de su camión. Los nervios le estaban jugando una mala pasada y la maldita puerta no se abría. El bebé había empezado a llorar y el otro mocoso lo pateaba como un salvaje, mientras Evelia atravesaba la calle, tropezaba, caía, lo insultaba a los gritos desde el suelo y, en la esquina, aparecía el cabo Pérez, corriendo agitado y desenfundando el arma. Detrás de él, Doña Haydé también corría y lloraba. Había visto el camión a través de la ventana y no dudó en dar aviso a la policía. Para Cesáreo no había muchas opciones. Aferró fuertemente al bebé con un brazo, derribó a Adelmar con un fuerte revés y finalmente pudo abrir la puerta del camión No sabe cómo depositó a Hilarito en el asiento pero jamás pudo olvidar el frío de la pistola en su sien, cuando el cabo pronunció su frase de película: "Quieto o disparo".

La gente ya se había agolpado en el lugar y el intento de secuestro fue noticia durante días. Las comadres tuvieron nueva tela que cortar y hasta Doña Haydé, genio y figura del cotorreo vernáculo, llegó a indignarse ante tantas barbaridades que se dijeron. Fue también cuando Adelmar le bajó dos dientes de una trompada a un chico del barrio. En su defensa solo dijo que Hilarito no era hijo del milico.



Mis juegos preferidos


SUDOKU

***