domingo, 7 de mayo de 2017

Confesiones de un cornudo arrepentido



Crecemos con la idea de que lo peor de los cuernos es el hecho en sí mismo. Descubrís que tu pareja tiene o tuvo un amorío con otra persona y se te viene el mundo abajo; simplemente porque todo el mundo sabe (y, por consiguiente, acepta ovinamente) que eso “está mal”. Y tan naturalizada está esa supuesta verdad revelada que casi nadie se ocupa de investigar qué hay detrás de aquello que, de un día para el otro, acaba con un mundo. La parte “engañadora” estará más ocupada en justificar su “delito” con excusas más o menos creativas. La “víctima”, en cambio, mientras se lame las heridas, hallará los medios necesarios para defenestrar la imagen de esa persona que hasta ayer la hacía feliz. No digo que todo el mundo restrinja sus reacciones al acotado ramillete de posibilidades que ofrece la tradición cultural para estos casos, pero todxs sabemos que “esto es así”.

Muy pocas personas tienen la capacidad y/o la voluntad de ver en una infidelidad tan solo una señal de que algo no anda bien en la relación. Para decirlo más claramente: los cuernos nunca son la causa de una crisis y siempre son una consecuencia de la misma. Y hasta te diría más: si la relación está en crisis y alguno de los involucrados llega al punto de no poder usar sombrero, esto será el resultado más del azar que de la premeditación. Te lo bato yo, que de esto no sé nada. Dice el dicho que el hábito no hace al monje, pero hay otro que dice que la ocasión hace al ladrón. Y si de cuernos se trata, nadie que esté en su sano juicio abandona el jardín de los afectos para internarse en el pantano de la aventura. Si lo hace, será entonces que el jardín no es tan como lo pintan. El Photoshop emocional suele hacer estragos en la vida de la gente.

El “contigo pan y cebolla” pasó al olvido hace tiempo (si es que alguna vez existió un desatino semejante). Hoy una relación necesita tantos ingredientes para alcanzar un resultado aceptable que queda plenamente justificado el hecho de que casi ninguna llegue a la categoría de “para siempre”. No obstante, soy de la idea de que, entre tantos ingredientes, hay dos que no pueden estar ausentes, que son imprescindibles.

Sin caer en vulgaridades tales como “dura lo que dura dura” (porque ahí ya no estaríamos hablando exactamente de amor), nadie podrá negar que la pasión es uno de esos ingredientes indispensables para una buena relación y (agrego yo) su ausencia y/o declive debería ser uno de los primeros marcadores a tener en cuenta cuando haya sospecha de infidelidad. No por nada los cuernos suelen ser asociados con la cama. Recurriendo al humor gráfico, en toda típica escena de cuernos, el marido aparece como recién llegado del trabajo, la mujer desnuda entre las sábanas y el amante escondido en el ropero. Si el marido los sorprendiera tomando mate en la sala, el chiste sin dudas perdería gracia y, por lo tanto, sentido. La pasión es algo esencial para la vida en pareja, aunque deberíamos siempre tener en cuenta que sus manifestaciones cambiarán necesariamente con el paso del tiempo o con las circunstancias que la rodeen: mal que nos pese, el coger como conejos casi nunca es para siempre y puede suceder que la pasión llegue a traducirse como un dormir tomaditos de la mano. Cada quien sabrá diferenciar, llegado el caso.

El otro elemento indispensable en la relación de amor entre dos personas es la lealtad. Y es cierto que vengo hablando casi con obsesión sobre ella en los últimos tiempos, pero representa para mí una experiencia de descubrimiento/deslumbramiento. He vivido la mayor parte de mi vida equivocado, obedeciendo como borrego a ciertos mandatos culturales que nunca habían merecido de mi parte un mero cuestionamiento, y ahora que mi mente (por muy diversas razones) se ha atrevido a salirse del sendero marcado, quiero contarle al mundo que me rodea lo que he podido ver en medio de esos pastizales donde nadie mira. Y esto es que la lealtad no es otra cosa que el compromiso para con el otro, el “voy a estar ahí toda vez que me necesites”, es el transformarse en bastón, en aliento, en mano caliente, en alimento, en ojos, en brazos, piernas o hasta en patada en el culo cuando sea necesario.

Si me vas a amar, amame con pasión y con lealtad. Si no podés, ahorranos el desgaste de vivir una mentira.

Tal vez no quede claro que en toda esta sopa del amor, la fidelidad no juega un rol preponderante. Antes bien, según mi juicio, es un ingrediente engañoso y hasta peligroso para el buen desarrollo de un vínculo amoroso entre dos seres humanos.

La fidelidad es una cárcel. 

Es un contrato que, al momento de firmar, nadie puede estar seguro de cumplir a rajatabla. Es un pacto de mutuo sojuzgamiento. Es un renunciamiento a la propia libertad. Es una negación de la mismísima condición humana que pretende transformarnos en seres para siempre inmóviles, rígidos, conservadores y predecibles. Veo muy pocas diferencias entre un ser semejante y un muerto.

En definitiva, la fidelidad es una mierda.

Lo malo de los cuernos no es que tu pareja se haya acostado con otra persona. No te dejes engañar por los moralistas o por los filósofos de cuarta. 

Lo malo de los cuernos es que tu pareja (por la razón que fuere) haya sentido la necesidad de cornearte.

Si logramos comprender esto, estaremos a un paso de… no digo la felicidad, pero sí de la paz interior. Estaremos en condiciones de contemplar el mundo que nos rodea de un modo diferente y, sobre todo, ver a la persona que tenemos al lado como un ser humano pasible de errores y de debilidades que no necesariamente merecen la hoguera del infierno.

¿Quién dijo que los cuernos son incompatibles con el amor verdadero? ¿De dónde sacaron eso de que alguien, por el solo hecho de haber sido infiel, se convierte automáticamente en un hijo de puta? (Con el debido respeto que me merecen las putas, que no suelen tener la culpa en la gran mayoría de los asuntos en que se las nombra) ¿Cómo puede alguien aseverar que esa persona que le demostró su amor en tantas ocasiones, de buenas a primeras, es capaz de meterle los cuernos tan solo para joderle la vida? Eso es no pensar con claridad. Y si me apuran un poco hasta les diría que eso es, además y por sobre todas las cosas, una falta de lealtad hacia su pareja infiel.

Cumplidas mis bodas de oro con la vida, tengo en mi haber conocimientos suficientes para hablar de lo que hablo. Quizá en términos cuantitativos mis experiencias de pareja no sean tan sorprendentes, pero puedo asegurar que, en cuanto a diversidad, puedo presentar un abanico que pocas personas tienen en su colección. 

¿Me han metido los cuernos alguna vez? ¡Pero por supuesto, Lucho! De hecho, de algunas de mis ex parejas tengo la certeza y de otras solo la sospecha, en tanto que puedo poner las manos en el fuego tan solo por… ¿un par? Obvio que omitiré hacer nombres con el solo objeto de no poner a nadie en evidencia. Que al fin y al cabo tampoco es necesario a estas alturas del partido.

Ahora bien, ¿he obrado con justicia en cada uno de los casos de infidelidad que he atravesado? Con pesar debo decir que no, que en su momento no supe magnificar la crisis con ecuanimidad. Sobre todo con una persona que ha sido siempre un pilar para mi vida y con la que he compartido, sin ningún tipo de duda, los mejores años de mi vida. Una persona que, a pesar de haberme sido infiel, me ha sido siempre leal y ha estado a mi lado toda vez que la he necesitado. Y aquí sigue apuntalándome, como si yo mismo no le hubiera fallado aquella vez en que dudé de su amor. Los años han pasado y hoy puedo comprender lo que entonces no pude. Un acto de infidelidad no siempre es un acto de mala fe, una agresión, una prueba de desamor o mucho menos de odio, de deshonestidad o falta de escrúpulos. No es necesariamente una traición. Todo ser humano tiene dudas, tiene miedos, tiene necesidades, tiene tentaciones, tiene debilidades… En otras palabras: todo ser humano puede ser infiel y no por eso convertirse en el monstruo de la laguna. Los monstruos de la laguna, muy por el contrario, no solo atacan a traición. Los monstruos matan.

Esto es todo por hoy. Desde las templadas (y hoy lluviosas) callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que ahora sabe que el que esté libre de pecado todavía tiene tiempo para experimentarlo y, así, dejar de hablar al pedo de cosas que no conoce.

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