miércoles, 6 de julio de 2011

Contra el aborto y a favor de la ley


Hay temas (muy pocos) que son verdaderas divisoras de aguas. Hablo de esas cuestiones tan controvertidas sobre las cuales difícilmente se alcance un consenso alguna vez y cuya resolución deba conformarse con una legislación que abarque lo más ampliamente posible los criterios de la sociedad. Como he dicho, son muy pocos y me vienen a la mente solamente dos: la pena de muerte y el aborto (que para muchos pueden resultar un solo tema).

Esta semana, una vergonzosa campaña publicitaria a cargo de la modelo Natalia Fassi ha reavivado la polémica alrededor de la interrupción voluntaria del embarazo. Y tal vez sea esta su única virtud. La imagen de la modelo, embarazada según ella de ocho meses, banaliza la cuestión y apuesta al golpe bajo mostrándose en posiciones sensuales, clavándose jeringas en la panza, con sangre chorreando entre las piernas y expresión de incomprensible gozo. Detrás de esta campaña, además, se erige la figura de la inefable diputada nacional Cynthia Hotton, a quien muchos recordarán por su enconado rechazo a la Ley de Matrimonio Igualitario aprobada el 15 de julio de 2010. Sin querer ser prejuicioso, creo que bien poco podíamos esperar de esta dupla, razón por la cual lo mejor que podemos hacer como sociedad es pasar por alto la provocación y concentrarnos en el verdadero desafío que representa hallar una solución para este asunto que afecta a tantas personas en todo el mundo.

Inspirado por el anuncio de la campaña, recordé un antiguo monólogo a cargo del comediante norteamericano George Carlin en el que, con humor irreverente y políticamente incorrecto, se ridiculiza a los autodenominados “pro-vida”. Entusiasmado por las ocurrencias del actor, publiqué el video en el muro de mi Facebook y copié a continuación las frases más ingeniosas del monólogo. Claro que mi intención no era la de generar un debate (poco serio sería hacerlo en el muro de una red social de internet) pero una respuesta bastante atinada de un querido amigo (opositor a una legislación favorable respecto del aborto) me da el pie para ponerme serio. Transcribo a continuación una edición de los argumentos de mi amigo:
“...Cuando hay un aborto "seguro", el que muere es el bebé, no la mujer; cuando se deja el embarazo seguir su curso, la mujer tampoco muere, pero el bebé vive; así que en las dos opciones, en al menos una muere el bebé, pero en ninguna muere la mujer. Claro que en un aborto clandestino, pueden morir ambos. Uno de ellos, seguro: el bebé. Así que, en todas las posibilidades, el que más probabilidades tiene de morir es el bebé, no la mujer. Es verdad que la mayoría de los que están en contra del aborto acá y en EE. UU. son hipócritas conservadores, reaccionarios, que a la vez que están en contra del aborto están a favor de la pena de muerte, de la tortura, y de iniciar y sostener guerras por doquier, pero la calidad de estas personas no hace mella a los argumentos anti-abortistas”. “El comediante se burla de los argumentos a favor de decir que el feto es un ser humano; la pregunta es: si un recién nacido es un ser humano, ¿por qué no lo era 5 minutos antes cuando estaba en la panza de la madre? Me dirás: "5 minutos antes es un ser humano, pero 3 meses antes no"; y yo te pregunto: ¿y por qué 3, 4 o 5 meses antes no es un ser humano, y después sí? ¿Qué es lo que hace que un feto pase de ser no-humano a ser humano? Nunca oí ni leí a un abortista explayarse acerca del cuándo, el cómo y el por qué un feto pasa de no ser humano, a serlo. En cambio, el anti-abortista sí tiene una respuesta clara acerca de cuándo comienza la vida humana: en la concepción. Y esto es así porque en la concepción suceden DOS hechos trascendentales: 1º se unen el ADN de la madre (óvulo) y el ADN del padre (espermatozoide) y forman un NUEVO y ÚNICO adn: el del niño por nacer. Este adn, que se forma en esa mismísima, primera y única unión de los gametos, es el mismo y único adn que tendrán todas las células del cuerpo ya crecido”. “2º en el momento de la concepción, se INICIA un PROCESO de crecimiento, IRREVERSIBLE, que, en el vientre materno, durará 9 meses, y luego continúa fuera de él”. “En resumen, el problema central sigue siendo dónde comienza la vida humana; los anti-abortistas damos una respuesta basada en los hechos comprobados científicamente; los anti-abortistas NUNCA hablan acerca de en qué momento comienza la vida humana”. “Tenemos que procurar que haya una muy buena educación sexual pública y gratuita, y reparto gratuito y asesorado de anti-conceptivos, además de la lucha contra la pobreza. Pero no creo que la solución para un aborto "mal hecho" sea legalizarlo, para que sea seguro, porque, en los dos casos, es mortal para el bebé. Con legalizarlo salvamos una sola vida, y legalizamos la muerte provocada de otra, la más inocente e indefensa. Tenemos que evitar que haya abortos, de ningún tipo; legalizándolo no lo lograremos. Te mando un abrazo”.
Recalco el criterio muy respetable de tales argumentos, alejado por completo de una visión mística y confesional (lo que se agradece). Sin embargo, yo acotaría que no todas las personas que se oponen a una ley que permita la interrupción voluntaria del embarazo son capaces de argumentar sin recurrir al mandato divino. Al igual que ha sucedido ya en otros temas polémicos, suelen optar por imponer su propia visión del mundo, o sea sus propios prejuicios. No es este el caso, por fortuna, aunque humildemente me atreveré a resaltar la existencia de algunos supuestos dignos de ser comentados.

En primer lugar, necesito dejar en claro que abogar por la legalización del aborto no es lo mismo que ser “abortista”. Esta es una confusión que muchos malintencionados (no creo que sea el caso de mi amigo) usan a modo de chicana para desacreditar nuestra postura. No puedo hablar por todos pero, tanto en mi caso como en el de la mayoría de las personas cercanas que comparten mi parecer, al bregar por una ley favorable no estamos haciendo apología del aborto. Salvando las distancias, eso es como decir que a partir de mi apoyo a la ley de divorcio quiero que todas las parejas den por terminado su contrato matrimonial, o que por haber celebrado la ley de Matrimonio Igualitario postulemos que, de aquí en más, todo el mundo debe casarse exclusivamente con personas de su mismo sexo. Lejos de ser una inocente confusión, estos juegos de palabras son armas afiladas por algunos grupos fundamentalistas que muchos enarbolan al descuido y que han servido históricamente para alertar sobre catástrofes sociales que nunca se produjeron. YO NO ESTOY A FAVOR DEL ABORTO. Simplemente creo que sería maravilloso que existiera una manera de EVITAR que una mujer tome la decisión de interrumpir un embarazo, pero lamentablemente eso es una utopía. No obstante, para mí y para la mayoría de los seres humanos, será de júbilo el día en que alguien pueda demostrar que estoy equivocado. Mientras tanto, por detestable que pueda resultarnos la idea, los abortos existen y van a seguir existiendo, aun en contra de las legislaciones punitivas y las campañas publicitarias. Ni siquiera en los países donde los abortos son legales y están complementados por una educación adecuada y un libre acceso a los métodos anticonceptivos se ha podido erradicarlos. La diferencia es que, en esos países, al menos no muere la madre.

Otro punto que quisiera comentar es el de suponer que “el problema central sigue siendo dónde comienza la vida humana”. No soy tan necio como para no admitir la veracidad de los hechos que mi amigo relata con tanto detalle y claridad. Pero lo que él pasa por alto es la posibilidad de que muchos consideremos que el “problema central” pasa por otro lado. Por supuesto que soy consciente de que todo aborto implica necesariamente el cercenamiento de una vida. ¿Cómo negarlo? Si no fuera así, no habría conflicto. El caso es que mi abordaje del tema incluye también la certidumbre de que se trata de una situación límite de la que nadie debería sentirse orgulloso pero a la que anualmente llegan cientos de miles de mujeres sumidas en la desesperación. En Latinoamérica, más de 20.000 mujeres mueren por año a causa de abortos clandestinos. Sería muy sencillo llegar a un acuerdo si el nudo de la cuestión fuera algo tan evidente como determinar el momento en que comienza la vida. Eso lo aprendí en la adolescencia con el libro de texto de Dos Santos Lara. El problema central, a mi criterio, es de carácter social y no científico.

La experiencia personal me ha demostrado que ninguna mujer toma alegremente la decisión de abortar. Para todas las que conozco se trató de una cuestión que marcó sus vidas para siempre. Las razones por las cuales se llega a semejante dilema son variadas: violaciones, métodos anticonceptivos mal empleados, la imposibilidad de negociar el uso de un preservativo, desesperación ante el abandono de su compañero, un descuido y un larguísimo etcétera. Muchas de ellas se hacen eco de la tradición que las relegó durante siglos al hecho de ser una mera matriz destinada a la procreación y se sienten miserables por desechar una maternidad impuesta desde la cultura, razón de ser y fin último para toda mujer que se precie. Para la gran mayoría de las mujeres, el aborto es una situación límite que les echa encima las cargas y los errores del pasado de cara a un futuro incierto. Y son el poder de esa incertidumbre, unido a la humana búsqueda de la dignidad, los que terminan inclinando la balanza, aun a costa de la propia vida. Y un dato insoslayable: tanto el ansia de dignidad como la incertidumbre aumentan cuanto más abajo se está en la escala socioeconómica. Porque no nos engañemos: el planteo ético-moral sería INDISCUTIBLE si no fueran solo las mujeres pobres las que mueren, aquellas que no tienen los medios necesarios para “deshacerse” del problema a cambio de una pequeña fortuna que pasa a alimentar los bolsillos de tanto granuja aprovechado. En el Paraíso Terrenal esta polémica no tendría razón de ser. Pero estamos en el mundo real. Tan real que, a pesar de contar con un Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, el mismo se ve entorpecido por mentes obtusas que, encarnadas en algunos médicos, docentes, jueces, funcionarios y autoridades civiles (guiados exclusivamente por sus creencias o intereses personales y por la injerencia impertinente de algunas religiones) alimentan la ignorancia y profundizan la desigualdad de oportunidades.

Lo terrible es que, mientras nosotros discutimos, las mujeres pobres se siguen muriendo.

Como tantos otros, yo no me considero un dios, me declaro incapaz de encontrar una solución perfecta y ni siquiera me animo a imaginarme en la piel de una mujer que se enfrenta a una situación tan crucial. Queda claro que las mujeres abortan y lo seguirán haciendo a pesar de las campañas, de las opiniones en contra y de la amenaza de una sanción penal. Como seres humanos que somos, solo podemos aspirar a lograr una disminución sustancial de los casos que se presentan actualmente y a una fuerte penalización de quienes se aprovechan de la desesperación y el desamparo o incumplen lisa y llanamente con lo que estipula la ley. Esto último se puede conseguir con la implementación efectiva de una legislación acorde. Lo primero, con adecuada educación sexual o con anticoncepción de emergencia (para las situaciones de violencia que terminan en embarazos no deseados).

Desde hace años, las organizaciones que trabajan en favor de la legalización del aborto libre y gratuito enarbolan una proclama que es mucho más que un slogan: “Educación sexual para poder elegir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”. Ojalá todos pudieran asimilar el verdadero significado de esta propuesta que es, en sí misma, muy concreta y comprensible.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las frías callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no cree en verdades absolutas, sino apenas en las humanamente posibles.


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