martes, 18 de marzo de 2008

¿Te pensás que somos tontos, papá?



Dentro de la comunidad LGBT, sin duda soy un privilegiado: recibí la bendición de tener dos hijos.

Mi salida del armario con ellos fue de lo más natural. En realidad nunca me preguntaron nada directamente. Yo me separé de su mamá cuando el más chico tenía 4 años y la más grande 7. Me fui a vivir a Chile con mi pareja de entonces y, si bien ellos nunca lo conocieron en persona, vieron sus fotos y siempre supieron que vivíamos juntos.

El tema fue cuando regresé a Buenos Aires en el 2003. El varón tenía ya 7 y la nena 10. Comenzaron a conocer a mis amigos y pegaron muy buena onda con todos ellos. Cuando en el 2005 conocieron al que es actualmente mi pareja tampoco preguntaron nada, si bien es evidente que en mi casa hay solo una habitación y solo una cama grande. Amén de que la casa está llena de fotos nuestras en las que estamos abrazados y en actitud francamente "matrimonial". Ellos se acostumbraron a ver que para dormir, mi pareja y yo nos acostamos juntos y que siempre andamos juntos para todos lados, a las fiestas familiares, al cine, a las fiestas del colegio... Una tarde, hace año y medio más o menos, haciendo compras con mis hijos, a mi hija le llamó la atención el culo de una chica y me hizo el comentario, a lo que el nene respondió: "Justamente a papá le vas a preguntar... como si le interesaran los culos de las minas". Lo dijo con toda franqueza y sin ninguna intención maliciosa.

Yo me quedé helado y no supe qué decir, pero unos meses después, mientras él jugaba a un juego de computadoras que se llama "Los Sims", creó una familia integrada solamente por dos hombres. Uno de ellos (según lo que él mismo me dijo) gustaba de los "señores gordos" a lo cual acotó: "¿Viste, pa? Vos también tenés posibilidades" y se rió. Entonces, le pregunté por qué decía eso y su única respuesta fue: "Ay, pa, te creés que mi hermana y yo somos tontos" y me abrazó furtivamente como para dejar en claro que estaba todo bien.

A las pocas semanas, mi hija vino a visitarnos y mirando una foto en la que mi pareja y yo estamos abrazados dijo: "La verdad que hacen muy linda pareja".

O sea, nunca lo hablamos explícitamente porque considero que no fue necesario. Es algo que lo han aceptado naturalmente. De hecho, la madre (con la cual tengo una excelente relación e incluso es gran amiga de mi actual pareja) jamás les transmitió una imagen negativa. Solemos reunirnos a cenar todos juntos, ver películas en casa, ir al cine o de paseo y no es poco frecuente que andemos todos abrazados por la calle o de la mano, como sucede en toda familia. Para ellos, Víctor (mi marido se llama igual que yo) es un integrante más de la familia. Hace unos meses, mi hija (adolescente al fin) se metió en un lío bastante serio y recurrió a mi pareja para solucionarlo. Ambos tienen una excelente relación con él.

Ellos saben que yo militaba en una organización de defensa de los derechos de la diversidad sexual e incluso, en más de una ocasión, me ayudaron a preparar material sobre derechos de la diversidad sexual en el ámbito de la provincia de Buenos Aires.

Tanto su madre como yo hemos hecho lo posible por educarlos sin preconceptos y también hemos tenido que luchar contra el entorno y nuestros propios miedos y miserias. Ella y yo tuvimos en realidad tres hijos. La primera fue una nena y falleció a los pocos días de nacida a causa de malformaciones congénitas. Fue muy duro luchar contra la idea de que su muerte era un "castigo divino" por haber osado irrumpir en un ámbito que nos está vedado a los homosexuales e incluso consideré la idea de no volver a tener hijos. Afortunadamente, no lo hice y hoy puedo decir con orgullo que tengo dos soles que me alegran la vida. Los amo y me aman. ¿Qué más puedo pedir?

Este testimonio fue publicado originalmente en la nota "Palabras más, palabras menos: hijos e hijas de lesbianas y gays" en el suplemento "Soy" del diario Página/12 del 14 de marzo de 2008.



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