viernes, 14 de marzo de 2008

¿Será que muere el amor?


Yo soy de los romanticos que prefieren pensar que se convierte en otra cosa... Solo que no estoy muy seguro de en qué otra cosa se puede transformar.

Esta semana, después de más de cuatro años, me reencontré con el que en su momento fue "el amor de mi vida", ese mismo amor que yo consideraba como cúlmine e infranqueable, ese tras el cual yo bajaría las persianas de mi corazón, convencido de mi incapacidad de volver a sentir algo semejante por otro hombre.

El nuestro fue un amor de novela, un amor loco que luchó contra todos los convencionalismos y contra todos los presagios (razonables en su totalidad) de fracaso inevitable. Un amor que (a su manera) salió airoso y ahora volvió a juntarnos (por efímero que fuese el encuentro) en una nueva circunstancia, en una escena diferente y transformado en un nuevo sentimiento que rehuye a las etiquetas. Quedó atrás la historia del Príncipe Azul y el Ceniciento. He dejado de creerme Carrie Bradshow y él, por cierto, nunca ha sido Mr. Big. Superada está para siempre la etapa de las lágrimas y los lamentos, ese funesto pero inevitable período en el que todo se derrumba y uno no alcanza a vislumbrar un horizonte que anuncie el nuevo y necesario reinicio de la vida.

Después de cuatro años las cosas no suelen cambiar tanto, pero a veces sí. Somos los mismos y no. Nuestras respectivas cotidianeidades han transformado la sustancia pero no la esencia de nosotros mismos. Algunos kilos de más y otros de menos (no pienso aclarar quién es quién en este ítem), nuevas actividades, nuevos amigos, nuevas parejas (devenidas, hoy por hoy, en "el amor de la vida" de cada cual), nuevas ideas, otras aggiornadas, algunas desechadas para siempre... pero en el fondo sigue presente esa mirada que a uno le da la tranquilidad de saber que (hace años) no estuvo tan equivocado. Eso es bueno. Lo que vino después pierde relevancia y queda claro que una ruptura no siempre es un fracaso.

Contrariamente a lo que pudiera suponerse, no hubo grandes emociones ni aspavientos. Mucho menos carrera en cámara lenta y abrazo con revoleo final al son de una música cebollosamente melosa. Fue un reencuentro sencillo y fugaz, plagado de recuerdos e historias adeudadas. Fue (ni más ni menos) el reencuentro de dos personas que alguna vez planearon un futuro de a dos en base al profundo sentimiento que los unía.

Años atrás ese sentimiento se llamaba AMOR. Hoy no me atrevería a ponerle un rótulo. Solo puedo afirmar que se trata de otra cosa, de otro sentimiento que también involucra conexión, apego, ternura, complicidad... pero ya sin esa comunión y esa necesidad del otro que, a su tiempo, nos embargó el corazón para después estrujarnos el alma. Porque está claro que, cuando el amor se transforma en esa otra cosa, duele.

En nuestro caso no sé cuándo sucedió (porque tampoco es un fenómeno espontáneo) pero así fue. ¡Gracias a dios! De otra manera nadie sobreviviría al amor y es un hecho que, hoy por hoy, tanto él como yo gozamos de buena salud y seguimos apostando a la felicidad.

Vaya pues este beso en prosa para un hombre que amé y que me amó. Sé que me amó. Y que nuestros respectivos amores actuales no se pongan celosos, que no es la idea. Solo deseo para ellos que (a pesar de ser algo grato para el alma) jamás sepan de qué se trata este sentimiento extraño que hoy tan torpemente he tratado de traducir en palabras. A Carrie jamás le hubiera sucedido algo semejante.


Eso ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que ha sabido amar y, día a día, se esfuerza por seguir aprendiendo. Aunque no compre zapatos en Prada.

1 comentario:

Por GayLes.sordos dijo...

Lindos post! epa.. tomare el tiempo para leer
capaz me interesaria alguna.

y lo de ASHA, GRACIAS!! un honor q tb publiques por tu blog.

te envie un email, espero q recibas.

saludos y espero conocerlos!


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