lunes, 31 de marzo de 2008

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE...


Según mi DNI, mi verdadero nombre es Víctor Humberto. Y está será la única vez que lo admita en público.

Para mi infortunio y por razones que no viene al caso ventilar ahora, las tías y abuelas desecharon, desde el mismo día de mi alumbramiento, el uso de mi primer nombre y adoptaron el segundo como representativo de lo que yo sería en el futuro. No contentas con eso, pronto transformaron el Humberto en Humbertito y, de allí, al simple Tito (con sus resonancias de conventillo y mecánico de barrio) no hubo más que un paso. Sin embargo, mi espíritu acuariano se manifestó férreo desde la más tierna infancia. Cuentan las tías viejas que el apodo me enfurecía, tanto como a los demás les divertía mi enojo al grito histérico de "¡Ya te DIJÍ que no me llamo Tito!" Y desconozco si con el tiempo el chiste de hacer rabiar al nene para que conjugara mal el verbo dejó de ser gracioso o mis conocimientos gramaticales fueron en aumento, lo cierto es que Tito quedó sepultado en el arcón de los recuerdos.

Aún así, Humberto sobrevivió todavía algunos años más, resistiendo con no poco sacrificio los embates de un Víctor que bregaba desde mis entrañas. Como era de esperar y tal cual lo expresa su etimología, Víctor terminó triunfando y la familia tuvo que aceptar mi verdadera identidad, la que yo había construido, la que me representaba cabalmente. La última batalla se libró en el corazón de mi abuela cuando yo tenía doce años, una tarde en que un compañero de escuela fue a buscarme a casa y ella lo despachó convencida de que "acá no vive ningún Víctor". Mi furia fue tal que, de allí en más, nadie volvió a cuestionar el nombre que yo había elegido desde siempre.


Salvando las distancias abismales, recordaba esta anécdota personal tras leer un artículo de Mauro Cabral publicado en el suplemento SOY de Página 12, el pasado 28 de marzo. Para quien no lo leyera, resumo torpemente: la sociedad "progre" de nuestros días sigue vulnerando el derecho a la identidad de las personas trans, exigiendo una serie de requisitos (reñidos todos con el concepto de diversidad) para poder reconocerlas y reconocerlos como quienes son: mujeres y hombres que han construido una identidad de género diferente a la que los estereotipos quisieron imponerles.

Hoy en día (en el mejor de los casos, cuando no se cierra en sus prejuicios atávicos y apunta con el dedo), la sociedad puede condolerse del infierno que vive la directora cordobesa que clama por el reconocimiento legal de su femineidad y hasta festeja el triunfo de Naty, la adolescente de Villa Dolores que obtuvo de la Justicia nuevos documentos, que atestigüen su condición de mujer, y la autorización para someterse a una intervención de reasignación de sexo. En todos los casos, el reconocimiento de la identidad debe ser precedido necesariamente por el sufrimiento. En los términos del propio Mauro Cabral: para que esta cultura de los derechos humanos le reconozca a alguien (¡siempre a posteriori!) su derecho a ser hombre o mujer, primero hay que haber sido declarado disfórico, transexual verdadero o portador del Síndrome de Harry Benjamin. ¿No sería más sencillo y más justo reconocer la identidad que cada quien elige, sin más ni más? La sociedad progre sigue atada a conceptos de lo femenino y lo masculino que ha heredado, sin cuestionamientos, de la cultura estereotipante y heterosexista a la que dice renunciar.

Así aparecen los que se arrogan la autoridad de establecer quiénes deben ser considerados hombres y quiénes mujeres. Siempre ignorando conceptos básicos relacionados con el género y sus diferencias con la genitalidad, ignorancia manifiesta tanto en el sentido de no saber de su existencia como, lisa y llanamente, en el de hacer caso omiso de ella. El ejemplo de mayor actualidad: el hombre trans de Ohio (cuya condición de hombre ha sido reconocida incluso por la justicia local) que está embarazado y dará a luz en julio próximo. Aun quienes valoran el coraje de la pareja para llevar adelante semejante empresa también alzan la voz para afirmar que él no es un hombre porque ha conservado sus órganos reproductivos "originales". Para quien suscribe, pura ignorancia reaccionaria, aunque esté sazonada de buenas intenciones.

A mí, ser Víctor solo me costó una década de berrinches. A las personas trans e intersex se les va la vida sin que se respete su derecho a ser quienes son en realidad, sin condicionamientos retrógrados ni juicios de valor.


Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije. La historia de esa "k" y ese apellido quedará para otra vuelta...

2 comentarios:

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EzLoKhAi dijo...

Y yo que pensaba que mi lucha de años para pasar de "juanito" a Juan era loable...

Chekare de inmadiato los casos que has dado... y sabes...

Shaping our path with blood...

Que parece ser el unico camino en nuestros timepos para que se oiga nuestra voz...


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