jueves, 21 de febrero de 2013

Los chicos siempre dicen la verdad...



... Al menos es lo que dice el dicho popular que incluye también a los borrachos. Y no pocas veces, la realidad lo comprueba.

Ya se sabe que el discurso homofóbico si de algo carece es de creatividad. En la Argentina tenemos mucha experiencia al respecto y las discusiones que se están desarrollando por estos días en algunos países de Europa acerca de la legalización del matrimonio igualitario no dejan lugar a dudas. A diario podemos leer y escuchar a los homófobos y homófobas del Viejo Continente, diciendo las mismas barbaridades que supieron exponer, allá por el 2010, nuestros inefables dinosaurios vernáculos. Nada nuevo. Absolutamente nada. Solo las mismas ideas retrógradas y cargadas de desprecio y odio que supieron destilar personajes nefastos como Negre de Alonso, Chiche Duhalde, la Hotton o el diputado Olmedo, por mencionar solo a algunos de los tantos que se vistieron de naranja por aquellos tiempos.

En los últimos días, el Secretario de Estado para el País de Gales del Reino Unido, David Jones declaró que las personas homosexuales no están capacitadas para educar a un niño. Así nomás, sin medias tintas. Ya quisiera yo que el señor (de alguna manera hay llamarlo) me explicara cómo hicimos entonces los que durante siglos y siglos hemos educado a los nuestros, logrando resultados que en nada difieren de los alcanzados por los progenitores heterosexuales (porque nunca está de más recalcar que los gays y las lesbianas no somos estériles y estamos en la tierra desde el comienzo de los tiempos). Pero hoy no busco polemizar a título personal con este cavernícola que tuvo la suerte o la astucia para llegar a un tan alto puesto en la administración británica. Eso es algo que perfectamente puede hacer un crío de primaria.

En una entrevista televisiva en la que trataba de explicar las razones por las que había votado en contra del matrimonio para todos, Jones aseguró que “el matrimonio es una institución que evolucionó a través de los siglos para crear un entorno confortable y seguro para educar a los hijos y las parejas del mismo sexo son claramente incapaces de hacerlo”.

Una pequeña de ocho años escuchó por la tele al señor Jones e, indignada, decidió escribirle una carta para manifestarle su descontento (raro pero cierto: ¿una carta y no un mail o un twitter?). La misiva escrita por la nena es la que ilustra este artículo y en ella dice:
“Querido Sr. Jones:
Estoy escribiendo para informarle que no estoy de acuerdo con que un niño no pueda ser educado por una lesbiana o un gay. Mi nombre es Elizabeth Burt y soy hija de madres lesbianas. Tengo una pequeña hermana, llamada Pippa y dos mamás, llamadas Karen y Alison. He sido perfectamente educada y por lo tanto no veo por qué usted dice eso. Mis amigos y yo creemos que cualquiera puede ser educado por alguien que lo ame, lo cuide y le dé felicidad.
Por favor, ¡responda!
Suya, sinceramente
Elizabeth”.
Cortito y al pie.

No he podido encontrar respuesta alguna por parte del Secretario, pero la carta de Elizabeth fue twiteada por una de sus madres y luego retwuiteada hasta el infinito por sus contactos. Las declaraciones de Jones armaron revuelo y el mismísimo Primer Ministro tuvo que salir a declarar que no estaba de acuerdo con las declaraciones de su subordinado y que su gobierno defiende tanto el matrimonio igualitario como el derecho a la adopción de las parejas de igual sexo. Otras voces se alzaron en contra de Jones, cuyas palabras solo buscan desacreditar derechos inherentes a una parte de la población, y exigieron una disculpa pública y una reunión con parejas homoparentales galesas.

Por su parte, DJ salió al cruce de la polémica y solo atinó a decir que sus declaraciones fueron tergiversadas (el viejo y manido “me sacaron de contexto”). Si bien admite haber hecho las declaraciones, “eso no quiere decir que yo esté en contra de las parejas estables y comprometidas entre personas del mismo sexo. Estoy completamente a favor de la unión civil y, en la entrevista, yo no dije que las parejas homosexuales no debían adoptar hijos. Esa no es mi opinión. Simplemente quise decir que, dado que las parejas del mismo sexo no pueden procrear, la institución del matrimonio debería, según yo, ser reservada para las parejas heterosexuales”. O sea: lo dijo pero no lo dijo.

Esto es todo por hoy. Desde las heridas callecitas de esta Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, harto de escuchar siempre las mismas idioteces, sabe distinguir entre los que aclaran y los que oscurecen (me salió medio en verso, ja)


martes, 5 de febrero de 2013

Nada de bailar con el más feo


Ante todo debo aclarar que no soy un conocedor ni un amante del ballet. Y si hablamos de musicales, se me puede considerar más bien un detractor. No obstante, puedo reconocer el talento donde se manifieste.

Gracias al blog del catalán Javier Arnott Álvarez, Bajo el Signo de Libra (página que visito asiduamente ya que siempre presenta material interesante), conocí la versión, de 1996, del director y coreógrafo Matthew Bourne sobre el célebre ballet El Lago de los Cisnes, de Tchaikovski. Invertí mi tarde de hoy en disfrutar del video que gratuitamente se puede ver en Youtube (al final de este artículo lo pueden encontrar) y ciertamente han sido dos horas maravillosamente aprovechadas.

Más allá de la música de Tchaikovski (cuyo talento, a esta altura del partido, supongo yo que será indiscutible), la propuesta tiene la solvencia y el coraje propios de las obras destinadas a perdurar, demostrando además que nada tiene por qué ajustarse a los cánones tradicionales y siempre es posible otra mirada. Obvio que no es un espectáculo recomendable para aquellas personas que se aferran a los convencionalismos como si en ello les fuera la vida. Se trata, ante todo, de una producción cuyo eco se habrá de multiplicar justamente entre quienes gocen de una vida vivida con cierta irreverencia.

La obra comienza con un niño (el Príncipe), en su cama, padeciendo lo que parece ser una pesadilla que gira alrededor de un cisne. Despierta agitado y aparece su madre (la Reina). Cualquiera supondría que va a consolarlo, pero no. Desde el primer momento nos queda claro que esa mujer no es una madre como cualquier otra. Esta es incapaz de esbozar el más mínimo gesto afectivo hacia su hijo. Cuando el chico se pone demasiado demandante, ella se levanta y se va, sin importarle los ruegos del pequeño. Ingresa entonces un ejército de sirvientes, liderado por quien pareciera ser el Primer Ministro o algo así (personaje que me recuerda al hechicero malvado de la versión original). Al Príncipe lo visten y lo acicalan como si fuera una marioneta (escena sospechosamente similar, en la última versión cinematográfica de María Antonieta). Cuando el chico está listo, la escena pasa a una serie de actos oficiales donde el Príncipe sufre y se aburre (algo así como “los niños que tienen tristeza” tan en boga allá por los 90). La Reina lo regaña y lo instruye para simular simpatía y resultar agradable ante los demás. En el transcurso de la escena, aparece el Príncipe ya crecido pero igualmente hastiado por los compromisos protocolares

En ese contexto, el muchacho conoce a una rubia muy emperifollada y de modales un tanto rústicos. Obvio que se encandila con ella, pero no ve que el Ministro los contempla con malévolo placer. Por el contrario, la misma escena no cuenta con la aprobación de la Reina, quien supongo pretenderá una candidata más refinada para su conflictuado hijo. Sin embargo, ella no duda en coquetear con los muchachitos que pululan a su alrededor. Pasamos entonces a una función de teatro. Asisten el Príncipe, acompañado de la Rubia, el Ministro, la Reina y uno de los muchachitos que flirteaba con la Reina en la escena anterior. Este es uno de los tramos más simpáticos de la obra, ya que en el escenario que se muestra junto al palco donde están los protagonistas (en una maravillosa demostración de cómo el teatro también puede mostrar teatro), se desarrolla una historia de ballet en el que un grupo de mariposas luchan contra unos monstruos que parecen árboles y son ayudadas por un leñador que termina enamorándose de la reina de las mariposas (que a diferencia de sus coloridas súbditas es blanca, casi una polilla). El tono de la escena es claramente paródico y muy divertido. Sobre todo porque desde el palco, la Rubia se muestra desubicada y grotesca con sus ademanes y risotadas, generando el fastidio de la Reina.

Hay mucho sicologismo en la historia y la pelea constante entre madre e hijo tiene una relevancia que no se puede pasar por alto. Sus encuentros son siempre ríspidos e incluso violentos, él reclamando el amor de su madre y ella rechazándolo sistemáticamente. Después de una fuerte discusión entre ambos, el Príncipe termina en un cabaret donde todo el mundo baila y se emborracha. Incluso el Príncipe, que se encuentra allí con la Rubia y con el Ministro (pero este está disfrazado). Luego de una situación muy confusa, el muchacho sale del bar y es tal su borrachera que es incapaz de caminar y cae al suelo. Allí ve salir al Ministro y presencia el momento en que le entrega dinero a la Rubia, dándose cuenta del complot.

Deprimido por su descubrimiento, el Príncipe se halla ahora en un parque y es acá donde comienza lo verdaderamente maravilloso y novedoso de la obra. El tipo se siente una basura, rodeado por una madre que lo desprecia, un ministro que solo buscar sacar provecho y una mina que dice amarlo pero que solo es una contratada para enamorarlo. Entonces, en el lago del parque (porque si estamos hablando de EL LAGO DE LOS CISNES, tiene que haber un lago) presencia la aparición de un grupo de estas aves que realizan una danza por demás hipnótica. Lo extraño es que estos cisnes ya no son las delicadas damiselas vestidas de tutú blanco que solían aparecer en los ballets tradicionales. Estos cisnes son varones, tiene el torso desnudo y llevan unas bermudas emplumadas que “dan vuelo” a sus movimientos. Y la figura principal de este grupo de aves tampoco es una damisela, sino también un varón muy atlético y elegante que termina por brindarle al Príncipe el afecto que no ha encontrado ni en su madre ni en la Rubia. ¡Chupate esa mandarina! Si había algo que no esperaba, era semejante vuelta de tuerca. Si ven la obra por Youtube, tengan presente que este tramo corresponde al final de la primera parte y el compaginador que subió el video a la web tuvo el mal gusto de cortar el archivo veinte segundos antes de que terminara la escena. Además de bronca por la falta de cuidado en detalles tan importantes, uno experimenta una especie de ahogo equiparable a esa situación en la que, en pleno orgasmo, se abre la puerta y entra el hijo pequeño reclamando un vaso de agua.

Lo que sigue adquiere ribetes realmente shakespearianos. Se presenta un gran Baile Real (de realeza y no tanto de realidad) y una pasarela donde las personalidades entran al salón como lo hacen las estrellas de Hollywood a la entrega de los Oscar. Llegan la Reina y el Príncipe y se inicia la danza. Está la Rubia pero el Príncipe no quiere saber nada con ella. Allí es donde hace su aparición un joven hermoso y vestido de negro. “¡El Cisne Negro!” piensa uno. Y no se equivoca. El tipo se hace el galán con todas las minas presentes y sobre todo con la Reina, que no le hace asco. Así se produce una situación por demás bizarra en la que el Príncipe empieza a competir con su propia madre por los favores del mismo hombre. Entretanto, a través de gestos y miradas queda en evidencia que se trata de una nueva jugarreta del Ministro. Los asistentes se burlan del Príncipe mientras la Reina es definitivamente seducida por el Cisne Negro, lo cual termina por desquiciar a su hijo, que saca una pistola y amenaza con matarlos a los dos. La Rubia intenta impedirlo y el Ministro también saca un arma y apunta al Príncipe. Se produce un forcejeo y finalmente el Ministro dispara, matando a la Rubia que queda tendida entre los brazos del joven desquiciado. Por orden de la Reina, el Príncipe es retirado de escena y ella se refugia en los brazos del Cisne, quien mira con complicidad al Ministro y termina la escena.

Llegamos entonces al final. El Príncipe es encerrado en su cuarto y la ventana ahora tiene rejas. Ingresan la Reina y el Ministro, pero ahora vestidos de médicos, acompañados de un ejército de enfermeras con máscaras idénticas a la cara de la Reina. Una escena similar a la inicial pero con significado bien diverso, el Príncipe es sometido a una serie de prácticas que terminan siendo casi una sesión de tortura. Cuando todos se van, él queda tendido en su cama, supuestamente dormido a causa de los sedantes que le administraron. Surgen en ese momento, por debajo de la cama, los cisnes que viera en la escena del parque y empiezan a bailar con él. Todo hermoso hasta que aparece, desde dentro de la cama, el Cisne Blanco que le diera su afecto. El Príncipe, al verlo, abandona a los demás cisnes y éstos, al verse despreciados, lo atacan violentamente. El Cisne Blanco sale en su defensa y allí, en una coreografía majestuosa muy distinta a la que uno suele ver en versiones más tradicionales, los cisnes matan a su antiguo líder, sin que el Príncipe pueda hacer nada para salvarlo. Se derrumba entonces sobre la cama y los cisnes asesinos desaparecen como llegaron. La escena final nos muestra a la Reina entrando en el aposento y descubriendo a su hijo muerto. Es la única vez en que va a exteriorizar sus sentimientos, tomándolo entre sus brazos como La Piedad y llorando desconsoladamente, mientras en la ventana, tras las rejas, una imagen esfumada del Cisne Blanco lo muestra con el niño Príncipe del inicio entre sus brazos.

Y colorín-colorado, esta historia ha terminado. Pero acá les dejo los videos para que (si gustan) vean esta maravilla con sus propios ojos.





La vi dos veces en la misma tarde y estoy seguro de que en los próximos días voy a volver a verla. Para más dato, les cuento que esta versión es la que aparece en el final de "Billy Elliot" y el actor de que hace de Billy ya grande es Adam Cooper, el mismo que representa al Cisne en la puesta de Bourne. Si me preguntaran cuál es la reacción que me generó en esta tarde de febrero, sin dudas respondería “FASCINACIÓN”.

Eso es todo por hoy. Desde las calurosas y veraniegas callecitas de la siempre misteriosa y ahora herida Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que ha sabido ser Príncipe muchas veces en su vida y, otras menos, algo así como un Cisne, aunque mis plumas nunca lucieron tan bien como las de Cooper (a más de uno se la dejo picando).




viernes, 11 de enero de 2013

Donde nadie va


Película de guerra yanqui. O al menos es lo que parecía porque, al final, terminó tratando sobre lo que pasa después de que los soldados vuelven de la guerra. Nada nuevo. Un grupo de soldados norteamericanos que están en Irak (no se dice en la película por qué ya que, imagino, el guionista confiaba en que todo el mundo sabe algo de historia)... decía, el grupo de soldados estaba allá y los mandan a una última misión solidaria antes de regresar a casa. Todos contentos de poder escapar finalmente del horror. Entre ellos, Samuel Jackson, que es un médico muy bueno que hace su trabajo con abnegación. También está Chad Michael Murray (siempre tiene que haber un muchachito lindo y rubio en este tipo de historias), pero muere en la emboscada que los malvados e ingratos iraquíes tienen preparada para recibirlos. Su mejor amigo de la infancia y compañero de batallón le pide que no se muera pero el otro (por contrato) ya no puede decir nada más. La chica rubia que conduce el camión que explota al intentar huir del lugar, gracias a la bomba que hace detonar un adolescente por medio de un celular, pierde una mano y es rescatada por Jackson en medio de la balacera. Y otro negro muy grandote llamado Jamal mata sin querer a una mujer de negro que se aparece por una puerta y la deja tendida, pero la imagen de su rostro velado se sabe que no se le va a borrar por el resto de su vida (lo cual, por suerte para él,  no es mucho tiempo porque Jamal muere a mitad de la película, como media hora después, cuando toma de rehenes a un grupo de personas inocentes en un autoservicio y un grupo de tareas especiales tipo SWAT le mete una bala entre ceja y ceja). Nadie se explica cómo pueden salir de aquel infierno, rodeados por francotiradores que hacen estallar bombas por todos lados y destrozan los camiones con misiles. Bah, al menos yo no me lo explico. Pero lo cierto es que, fuere como fuere, regresan a sus casas en EUA, donde todos son recibidos como héroes de guerra. Y nada más.
Película cebollera clase B. Pero debo reconocer que Samuel Jackson actúa de la hostia. Y también debo reconocer que pueden extraerse algunas enseñanzas de esta historia:
1. LA GUERRA ES UNA MIERDA. Y acá pensé en mi hermano José, que en el ’82 llegó a acusarme de traidor por no festejar el desembarco en Malvinas. Creo que desde entonces no volvimos a estar de acuerdo en nada, nunca más.
2. ESTÁ TERMINANTEMENTE PROHIBIDO PREGUNTARSE QUÉ CORNO HACÍAN LOS ESTADOUNIDENSES GUERREANDO EN MEDIO ORIENTE. Y acá me acordé de un boludito que aparecía en la tele y decía que él admiraba a Bush y que los yanquis eran un pueblo admirable.
3. ES MENTIRA QUE EN EL GRAN PAÍS DEL NORTE SE TRATE CON HONORES A LOS VETERANOS. Porque todos terminaron bien chapita, víctimas de la burocracia, de la mezquindad, de la indiferencia, y bien podría decirse que los más afortunados fueron el rubiecito y Jamal. Y acá pensé en Sábato porque don Ernesto decía en alguna de sus novelas (creo que en “Abbadon...”) que la guerra puede ser inútil o estúpida, pero el batallón es sagrado (palabras más, palabras menos). Y queda claro que, para los que mandan gente a la guerra (cualquier guerra, las de allá o las de acá), esas gentes no son más que peones, herramientas menos costosas que la bala que las mata.
Y sin que hubiera una relación directa (la mente humana tiene esas conexiones indescifrables) también pensé en otras guerras, en esas que uno, consciente o no, libra día a día. Ya sé que no hay comparación. Que uno no es un héroe ni deja la vida en cada “misión”. Pero, yo qué sé, me acordé de eso.

Más exactamente, me acordé del último día de trabajo en escuelas del año 2012.
El día venía mal barajado de entrada. Hacía un tremendo calor, el tránsito de la ciudad era un incordio ya desde temprano. Y para colmo de males, las señas que nos había dado la orientadora social del colegio al que íbamos no se correspondían con el mapa de la zona. Estábamos perdidos y no hallábamos el modo de orientarnos.
En plena búsqueda, deambulando con la camioneta por una ruta, vemos un edificio extraño. Una especie de cuadrado amurallado que ocupaba varias manzanas y en la muralla varias torres que, a las claras, eran torres de vigilancia. Gastón y yo nos miramos y los dos pensamos lo mismo: no sabíamos que en esa localidad hubiera una cárcel. Al costado de la ruta cundían los anuncios de un cementerio privado que quedaba por la zona (ya los veníamos leyendo desde varios kilómetros atrás) y, a poco andar, se nos aparece como de la nada la entrada a un relleno "sanitario" del CEAMSE. Cartón lleno, dijimos: cárcel, cementerio y basural. A veces la realidad se llena de ironía y abusa de los simbolismos.
No recuerdo cómo, pero a mitad de la mañana llegamos por fin a la escuela. “Ay, pensábamos que ya no venían”, nos dice la orientadora social al recibirnos, con una sonrisita amable pero sin disimular el reproche. Con la misma amabilidad tratamos de darle a entender que su cargo de “orientadora” era una paradoja más de aquella jornada enrevesada.
El barrio no era pobre. Era muy pobre. Al menos en lo que a lo material se refiere. De esos que, si uno creyera en dios, lo primero que haría sería pedirle que se diera una vueltita por allá, de tanto en tanto, porque claramente se notaba que nunca había estado ni siquiera cerca. Curiosamente, mientras las celadoras reunían al estudiantado para participar de los talleres, la orientadora quiso tener una charla previa con nosotros para ponernos sobre aviso. Que los chicos eran muy especiales, que a veces tenían algún problema de conducta, que eran difíciles y bla, bla, bla. Nos quería prevenir para que no saliéramos corriendo ante la primera muestra de indisciplina. Tal vez creyera que no sabríamos afrontar una situación hostil o que los adolescentes con los que tratamos a diario son como esos personajes de plástico que aparecen en las series juveniles. Nos contó un poco sus experiencias y las dificultades por las que atravesaba la escuela. “En este barrio no hay nada...”, dijo, “ni siquiera vienen los evangelistas”. Lo cual nos pareció un dato muy duro. Si no hay siquiera un templo evangélico, sí que están sonados, je. Y justo que empezábamos a polemizar sobre el asunto, fuimos interrumpidos por un griterío que venía del corredor, a escasos cinco metros de donde estábamos.
Un chico rubiecito y flacuchento estaba peleando con una chica. Ambos de unos quince años. Pero cuando digo “peleando”, digo PELEANDO. A las piñas. Gastón y yo nos miramos y volvimos a coincidir en el pensamiento: esto no nos sucede a diario y por ahí la mina sí tiene razón en eso de que estos chicos son “especiales”. Sin embargo, ninguno de los dos pensó siquiera en dar marcha atrás. El incidente se dio por terminado de manera expeditiva. Las preceptoras separaron a los litigantes y todo pareció regresar a la calma. Y así fue, efectivamente. La orientadora regresó junto a nosotros y trató de excusarse por el “mal momento”, como si hubiera sido necesario. Luego ensayó una especie de resumen de la problemática que atravesaba el rubiecito. Por fortuna, fue interrumpida por una señora que entró para comunicarnos que los grupos ya estaban esperándonos para iniciar las charlas. Entonces, Gastón y yo hicimos de tripas corazón y salimos al ruedo. Cada uno en su fuero interno pensando cómo encarar la conversación, de manera que a los chicos les resultara interesante y todos pudiéramos volver a casa con la sensación de que había servido para algo.
A lo largo de la jornada, a los dos nos sucedió algo semejante. El día había comenzado mal, pero terminó de maravillas. En lo personal, los talleres que di en aquella escuela ya están atesorados entre los mejores recuerdos de mi paso por la actividad docente. Contrariamente a lo que suponíamos, los alumnos se comportaron con el mayor de los respetos y participaron activamente con preguntas, dudas, comentarios, risas, bromas, controversias, acuerdos, disensos, apertura y libertad. La verdad que de vih hablamos poco (yo diría que lo justo y necesario), pero hablamos de sexualidad, de sus proyectos de vida, de la ausencia de proyectos, de la vida en general, de sus miedos y los míos, de las posibles formas de afrontarlos, de los hijos, de los padres, de querernos, de cuidarnos... Hablé hasta quedar sin voz pero también escuché hasta superar transitoriamente mis problemas de audición, frente a un grupo de alumnos que necesitaban oír y ser oídos. Unos chicos que no sé cómo hacen para seguir peleándola en ese sitio olvidado y rodeado por un basural, una cárcel y un cementerio. Los que basan sus teorías sociales y económicas en la igualdad de oportunidades no tienen la más puta idea de lo que dicen. Cuando uno se aleja de la heladera llena y el aire acondicionado, la realidad se ve de otra manera. Pero si lo hace y tiene suerte, le puede pasar como me sucedió a mí aquel día, cuando una vocecita cantarina me sobaba el pecho diciendo “¿Viste por qué seguís en esto?”.
No obstante, al final de una de las charlas, uno de los alumnos se acercó para darme la mano. Obvio que no solemnemente como solemos hacer los adultos sino de esa manera tan especial que usan los jóvenes, entrecruzando los brazos y reteniéndote cerca, como si no quisieran dejarte ir. “Gracias por venir” me dijo. Y como si no hubiera sido bastante remató con un “Ojalá puedan venir el año que viene. Acá nunca viene nadie”.
Ya sé que la frase daba para emocionarse e incluso para liberar algún que otro moco. Pero no pude. Justamente yo que soy de moco predispuesto. No me animé a decirle que es bastante poco probable que volvamos. Que nuestro trabajo diario en escuelas está mal remunerado y además cobramos cada tres o cuatro meses, cuando los encargados de poner la plata se acuerdan de que existimos o se cansan de que les taladremos el cerebro a sus empleados por teléfono. ¿Alguien habría tenido el coraje de decirles a esos chicos, que carecen de casi todo, que ya no vanos a volver porque nosotros también necesitamos mantener lo que ellos tampoco tienen? Yo no. Y me siento todavía un miserable porque sé que esos chicos están hartos de promesas y de olvidos y están necesitados de cualquier esperancita que les dé una razón para no tirar la toalla. Sé que merecían de mi parte al menos una pequeña honestidad, pero no me animé a confesar que aquel era seguramente el último día del proyecto que, durante años hemos llevado adelante con tanto empeño y sacrificio.
Esa es (o era) nuestra guerra diaria. Extraña por demás. Porque nunca estamos cara a cara con los enemigos. Esos que son como los francotiradores de la película, que activan las bombas a distancia, aunque los iraquíes defendían su libertad mientras que los de acá tan solo protegen intereses que no siempre son propios. Rara también porque en esta guerra diaria de la que hablo no somos ni víctimas ni victimarios. No apretamos el gatillo ni perecemos bajo el impacto del imaginario misil. Tan solo somos la curita que intenta frenar la hemorragia que sucede al estallido. Y aún así, nada me quita de la cabeza la idea de que nuestro trabajo es (o era) importante. Porque así como el rubiecito de la peli no debería haber muerto en tierras extrañas, así como la rubia no tendría que haber perdido la mano y Jamal debería haber llegado a viejo con un trabajo digno y feliz de sus nietos; del mismo modo aquellos chicos y chicas que me ofrecieron su respeto aquel día merecen al menos que alguien les tire un cable de tanto en tanto.


Eso ha sido todo por hoy. Desde las tórridas y despobladas callecitas veraniegas de la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, a veces, no puede con su impotencia y otras se traga la rabia para poder continuar... Iba a terminar diciendo que ojalá podamos continuar, que ojalá podamos seguir yendo a esos lugares donde nadie va. Pero me acordé de que “ojalá” significa “dios quiera” y de que hace rato tengo la certeza de que dios tiene muy poco que ver en estos asuntos. Los que cortan el bacalao están mucho más cerca y son mucho más tangibles.



martes, 11 de septiembre de 2012

Los mitos nunca acaban


Mi primo Diego Domínguez, siempre tan alerta a las innovaciones científicas, me acaba de hacer llegar una nota publicada en el diario La Gaceta, de Tucumán, acerca de las propiedades desconocidas del esperma. Por si después de mis comentarios alguien llega a la conclusión de que tal artículo periodístico es un invento de mi imaginación calenturienta, pueden leerlo en forma completa en esta dirección.


El semen ya no deberá ser relacionado exclusivamente con el amor


Como miembro de la Fundación Buenos Aires Sida e integrante del Proyecto Escuelas, suelo hablar casi a diario sobre temas relacionados a la sexualidad y, al referirme al semen, puntualizo que su única función es la de transportar a los espermatozoides. Bueno, queda claro que, de ahora en adelante, voy a tener que amplair mis consideraciones. Porque resulta que el semen tiene 8 (ocho) propiedades que yo desconocía hasta el momento. A saber:


1- Suavizante de piel: contiene un antioxidante llamado espermina que ayuda a disminuir las arrugas, a suavizar la piel e incluso controlar el acné. Esta propiedad es tan eficaz que una empresa noruega extrajo este componente para venderlo como ingrediente principal de una crema facial.

O sea que, si uno se deja llevar por esta información, debería sentirse quizá tentado a exigir que los caballeros dejen de serlo (al menos de momento) para gozarle a uno en plena cara. Sin embargo, conozco putas viejas que están tan arrugadas como una madre superiora.


2- Ingrediente de cocina: según Photenhauer, el semen no es sólo nutritivo, sino que también cuenta una suave textura y propiedades culinarias sorprendentes, gracias a un sabor complejo y dinámico. Además, su producción no es costosa y se puede conseguir en hogares y en restaurantes.

Uy, ¡por Dior!, este solo punto da para un tratado de varios tomos! El tal Paul Photenhauer es un tipo que, después de abusar seriamente de sustancias alucinogenas, escribió un libro de recetas elaboradas con todo tipo de ingredientes, incluso semen. ¡Un ladrón! Todo el mundo sabe que se lo puede encontrar en la mayoría de los hogares y en los restaurantes. Para el caso también en las ferreterías y los talleres mecánicos, lo cual solucionaría problemas cada vez que a la señora de la casa se le acaba la existencia del ingrediente: los centros de abastecimiento pueden resultar de lo más eclécticos. Nótese además que don Photen afirma cosas tales como que "las propiedades de cocción del semen son similares a las claras de huevo" o una más práctica: "caliente una sartén ligeramente engrasada, retire la sartén del fuego y eyacule directamente en el molde". Con lo cual, afirma elípticamente que estas recetas no son aptas para ser elaboradas por mujeres. A la vez, me parece que mi amigo Bellota Caravaggio puede llegar a hacer buen uso de ellas.


3- Pigmento: en 2008, el artista alemán Martin Von Ostrowski presentó en el Museo Gay de Berlín una serie de cuadros que desarrolló con su propio semen. Para lograrlo, tuvo que eyacular 1.000 veces.

Conclusión más que obvia: El tal Ostrowsky resulta ser un pajero bárbaro, pero creativo. Aunque no me imagino cuál puede ser la gracia de visitar una exposición en la que todos los cuadros están en blanco.


4- Tinta invisible: durante la Primera Guerra Mundial, la inteligencia británica descubrió que el esperma masculino podía funcionar como tinta invisible, una propiedad de gran útil para un servicio secreto. Uno de los encargados de investigar esta característica, el capitán Mansfield Cumming, descubrió también que el fluido soportaba bien los métodos más usuales de la época para detectar este tipo de mensajes, como el vapor de yodo.

Está sí que es curiosa. Me imagino a los generales ingleses dándose una vueltita por el baño cada vez que tenían que enviar un mensaje secreto. Además, qué coincidencia que el capitán se llamara Cumming... ¿Cumming no significaría algo así como "acabando"? Al final vamos a llegar a la conlusión de que Pancho Ibáñez tenías razón con aquello de que "todo tiene que ver con todo".


5- Antidepresivo para las mujeres: según estudios, hay componentes del esperma, como el cortisol, la estrona, la melatonina o la serotonina, que provocan una reacción hormonal capaz de modificar el estado de ánimo de las mujeres depresivas.

¿Y cómo se administraría la medicación antidepresiva? ¿Por vía oral? ¿Por vía vaginal o anal surte el mismo efecto? ¿Es el semen en realidad lo que les quita la depre a las mujeres? Tanto macho preocupado por el tamaño de su pene y resulta ser que a las minas la alegría les viene por otro lado.


6- Control de la ovulación: una reciente investigación de la Universidad de Saskatchewan, en Canadá, reveló que una proteína en el semen incide en las zonas del cerebro femenino que regulan la ovulación, y contribuyen al mantenimiento de las células nerviosas. Ambos efectos hacen que la presencia de semen envíe una señal al hipotálamo y a la glándula pituitaria que anuncia el momento en que los ovarios comienzan a actuar.

Acá me voy a permitir transgredir los límites de la corrección (cuac). ¿Cómo hace la proteína del semen para llegar hasta la zona del cerebro femenino que regula la ovulación? Debe ser necesario un lechazo potente ¿no? Me hizo acordar a una conocida conductora de noticiero que afirmó en un reportaje radial que una eyaculación muy fuerte por parte de su pareja le provocó un ACV. Así que, chicas, a tener mucho cuidado, que el control de la ovulación puede tener consecuencias desagradables y peligrosas. Mejor sigan como hasta ahora, contando los días.


7- Alivia las náuseas matutinas: Gordon Gallup, investigador de la Universidad de Albania, afirmó que el semen podría curar las náuseas matutinas que afectan a las mujeres embarazadas. El cuerpo femenino percibe el material genético del padre como un agente extraño, por lo que intenta rechazarlo y genera la sensación de vómito. La forma de evitar este problema sería ingerir el semen del padre del niño. Sin embargo, las conclusiones de esta investigación fueron cuestionadas por la comunidad científica.

¿No sienten ustedes que, algunas veces, la gente se va al joraca? Para mí, ese Gallup es un piola bárbaro. Seguro que la jermu desde que está embarazada no lo deja que la toque ni con un láser y tuvo que inventar esa teoría para que al menos la mina se la chupe antes del desayuno. Una variante notable del "Principio de Dolina" ("Todo lo que los hombres hacen es para levantarse minas"). En este caso diríamos que "Todo lo que el tipo inventa es para poder ponerla".


8- Unidad de almacenamiento: científicos de las universidades norteamericanas de Harvard y de Johns Hopkins consiguieron almacenar un petabyte de información en 1,5 miligramos de ADN, el equivalente a un milímetro cúbico de semen. La eyaculación media masculina oscila entre los dos y los seis mililitros cúbicos, una cantidad suficiente para almacenar cuatro petabytes de datos. 

El solo pensar que cualquier vulgar onanista tiene esa capacidad de almacenamiento debe estar haciendo temblar a toda la industria de la informática. Si tomamos en cuenta que un petabyte (es irresistible la asociación con uno de los nombres vulgares que se le da al sexo oral, perdonen ustedes) es algo así como un millón de gigabytes, ¿cuántos pendrives podría uno ahorrarse con una sola paja?


La verdad que estoy tentado de escribir a la redacción de La Gaceta. No sé si para felicitarlos o para putearlos. Incluso podría seguir agregando comentarios, pero me siento en la obligación de dejar algo para los posibles lectores.

Por eso...

Esto ha sido todo por hoy. Desde las húmedas y casi primaverales callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que siempre ha tenido la sospecha de que algunos periodismos no deben ser tomados demasiado en serio.

:)



miércoles, 8 de agosto de 2012

Mika es gay... ¿y qué?


Al leer la noticia, muchos habrán exclamado (yo incluido) “¡Chocolate por la noticia!”. Aparte de él, creo que a nadie le cabía la menor duda. Pero fíjense qué curiosa (y terrible) puede resultar, aun hoy, la salida del armario. El tipo es una reconocidísima estrella del pop internacional y, aun así, con todos los privilegios e impunidades que su fama le confiere, tardó años en sincerarse (primero ante sí mismo y después ante el público). Y es que asumir una sexualidad discordante con la heterosexualidad sigue siendo una carga difícil de llevar.

Hace algunas semanas, la farándula argentina se relamía con el gustito a escándalo generado en torno a un seudo paso de comedia que renovaba, una vez más, el manido estereotipo de la marica afeminada. Escándalo que, como cualquier otro que se genera en procura de un mayor rating, pasó finalmente al olvido y “acá no ha pasado nada”. La FALGBT emitió un comunicado repudiando el acto de discriminación y otras organizaciones siguieron en su tesitura de llevar la contra y reivindicar la figura del maricón, obviando el hecho de que incluso los maricones merecen un tratamiento respetuoso desde los medios. Porque lo que casi nadie destacó en todo ese entredicho es que ese tipo de burlas alimenta ideologías homófobas.

Y si hay algo que la realidad mundial nos enseña, día a día, es que LA HOMOFOBIA MATA.

Pregúntenselo, si no, a los parientes y amigos de la Pepa Gaitán, o a los de Pelusa Liendro, Daniel Zamudio y tantos y tantas otros y otras cuyos nombres ya se hace casi imposible de enumerar. Al menos Valeska Salazar la puede contar, pero cuántos y cuántas no han corrido la misma suerte. Octavio Romero, por ejemplo, no.

La homofobia, esa execrable versión del machismo más rancio, sigue matando y muchas veces de modo impune. Incluso hay estados que matan por homofobia. U homófobos que asesinan alentados por ciertas corrientes religiosas. Me contaban, hace unos días, el caso de Brasil, donde los asesinatos de odio contra gays, lesbianas y trans están a la orden del día y ya son tantos que han dejado de ser noticia. Solamente en 2011, la Secretaría de Derechos Humanos de ese país registró 1.259 denuncias de violencia contra homosexuales, las cuales incluyen episodios de violencia física, sexual, psicológica e institucional. Pero más escalofriantes son los 266 asesinatos de homosexuales que se han registrado en ese mismo período. Como si esto fuera poco, los evangélicos ya no se contentan con alentar este tipo de crímenes desde los púlpitos, sino que han crecido de manera alarmante en poder e influencias, al punto de tener una fuerte presencia en el Poder Legislativo. Tanto que la misma presidenta Dilma Rousseff ha claudicado en su prédica a favor de los derechos humanos y ha dejado al colectivo LGBT brasileño librado a su suerte, tan necesitada como está de mantener una buena relación con los dipu-evangélicos. Así es como, casi a diario, los asesinatos homofóbicos se repiten y nadie hace nada... Perdón, nadie hace nada, no. Porque las distintas iglesias brasileñas se han manifestado multitudinariamente en diversas oportunidades EN CONTRA DE LA APROBACIÓN DE UNA LEY QUE PENALICE LA HOMOFOBIA. Y entre tanto, los muertos se amontonan. Personas a las que se les arranca la vida de la forma más horrorosa. Hablamos de empalamientos, decapitaciones y mutilaciones varias que suelen llegar luego de crueles y demoníacas vejaciones.

¿Y cuál es el argumento que esgrimen estas instituciones para marchar contra una legislación que proteja especialmente la integridad de las personas LGBT? La libertad de expresión. Así como lo leen: porque los ciudadanos tienen derecho a “expresar su pensamiento ‘filosófico’, amparados en la libertad constitucional de expresión”. ¿Alguien puede, honestamente, oponerse a una ley que criminalice la homofobia con tan pueril argumento? ¿Arengar a la gente con discursos en los que se degrada la dignidad de gays, lesbianas y trans, mostrándonos como seres que merecemos la peor de las muertes, es un legítimo ejercicio de la libertad de expresión? Esta gente no tiene límites y ni siquiera repara en el hecho de que su prédica ya ha comenzado a dar señales de descontrol. Es que cuando uno tira tiros al aire nunca se sabe dónde va a bajar la bala. Entonces sucede, por ejemplo, que en Bahía dos hermanos fueron brutalmente golpeados por ir abrazados por la calle. La sola sospecha de homosexualidad bastó para que un grupo de cobardes matones, muy machitos ellos, se creyeran con derecho a insultarlos, patearlos, golpearlos, arrojarles piedras y acuchillarlos, mientras les gritaban “¡Mujercitas!”, entre risas y festejos. La macana (para los matones, digo) fue que solo uno de los dos hermanos murió. El otro sobrevivió a la agresión y pudo denunciarlos. ¿Será este un caso aislado? ¡Por supuesto que no! Tiempo atrás, un padre y su hijo cometieron el error de ir por la calle abrazados y también fueron atacados salvajemente, quedando al borde de la muerte. Ambos casos lograron gran repercusión en los medios de prensa, justamente, porque las víctimas no eran gays. O sea, no eran culpables de andar por la calle manifestando su repugnante desviación.

Pero en todos lados se cuecen habas. No vaya usté a creer...

El lunes pasado (sí, el 6 de agosto), en Bruselas, un hombre que paseaba a su perrito empezó a ser insultado por otros tres, obviamente con epítetos homófobos. El agredido no se animó a enfrentarlos y caminó hacia su casa. Pero, hete aquí, que los truhanes lo siguieron hasta su domicilio sin dejar de insultarlo, ante la mirada impávida de los demás transeúntes. Ya en la puerta de su hogar, mientras intentaba colocar la llave en la cerradura con mucho nerviosismo, el hombre fue empujado por uno de los agresores, con lo cual cayó al suelo y empezó a ser pateado por los otros dos. Viendo la escena, su compañero salió en su ayuda y enfrentó a la turba, recibiendo también una golpiza que lo dejó en tal estado que debió ser hospitalizado. Solo uno de los atacantes fue capturado (un tipo de 35 años que ya tiene otras ¡22! causas por delitos similares). De nuevo la misma pregunta: ¿Será este un caso aislado? Y exactamente la misma respuesta: ¡Por supuesto que no! Hay casos peores.

En Bélgica todavía no se deciden: ignoran si en los últimos tiempos los ataques homofóbicos se han multiplicado o es que sencillamente ahora los atacados hacen más denuncias. Será acaso que, tiempo atrás, el novio del hombre del perrito habría ido al hospital diciendo que “se había golpeado con el picaporte de la puerta”.

A mediados de julio, en la ciudad de Lieja, un gay fue asesinado a martillazos. El autor confeso dijo en su defensa que lo había asesinado “por venganza”. Según la prensa local, la víctima era un sexagenario sin domicilio fijo y su cadáver fue descubierto en el parque de Avroy, conocido sitio de levante gay de la ciudad. El hecho fue reportado a la policía por un amigo del victimario, al cual este le había confesado su crimen de manera inmediata. El homicida (también de 35 años) fue detenido e interrogado esa misma noche y de ninguna manera disimuló el carácter homófobo y premeditado de sus actos al declarar que lo había hecho porque “el viejo me la quería chupar”. Además, amplió sus dichos confesando que se la tenía jurada a todos los homosexuales porque “había sido violado por uno, hace un año, en el mismo parque”. Lo extraño es que nunca había hecho denuncia de esa supuesta violación y al ser interrogado no fue capaz de dar detalles del suceso. Pero más extraño es que una persona se pasee de noche por un parque público, donde se ofrece sexo, con un martillo en la mano. ¿Es demasiado descabellado suponer que, desde el vamos, el tipo ya tenía la idea de matar al primer puto que le hiciera una insinuación?

En la misma Lieja, el último 22 de abril, un grupo de gays locales empezaba a distribuir en las redes sociales el aviso de desaparición de Ihsane Jarfi, de 32 años. Ihsane había sido visto por última vez en la puerta de un bar gay, cuando subía a un auto desconocido. Dos semanas después, su cuerpo sería encontrado en un campo lindante a una ruta poco transitada. La autopsia determinaría que el joven había muerto a causa de la terrible golpiza recibida. Pocas horas después del hallazgo del cadáver, la policía arrestaba al primer sospechoso. El muy idiota, afortunadamente, había estado mandando mensajes de texto a sus amigotes desde el celular de Ihsane. En la sala de interrogatorio, sus declaraciones fueron más que risibles, si no hubiera una muerte de por medio. Dijo que, la noche de los hechos, estaba con dos amigos en la puerta del bar, “tratando de convencer a una puta para que se fuera con ellos”. Como ella no accedía, Ihsane había salido en su defensa y se había ¡“ofrecido a suplantarla”!, con lo cual ellos estuvieron de acuerdo. Ahora bien, una vez dentro del auto, Ihsane empezó a hacerles “proposiciones indecentes” (¿para qué otra cosa pudo haber subido al auto?), por lo que los muchachotes montaron en cólera y lo apalearon para dejarlo finalmente abandonado en el campo antes mencionado. En su defensa, tanto él como sus cómplices, aluden que al momento de dejarlo en el descampado el joven estaba vivo. Asesinos pero no tontos: los tres fueron acusados por robo violento, secuestro y lesiones graves que originaron un homicidio culposo. Eso sí, el carácter homófobo de la agresión podría constituir una circunstancia agravante. Al respecto, la organización Arco Iris Valonia (en referencia a la región belga cuya capital es Lieja) ha expresado su repudio respecto de este asesinato: “La homofobia está al mismo nivel que el racismo, un fenómeno grave que debe ser tomado en serio y no debe ser subestimado por los poderes públicos”. Además, reclamaron un plan nacional de lucha contra la discriminación y la homofobia.

Y así podríamos seguir y seguir. Porque los casos de homofobia no son patrimonio exclusivo de Brasil o de Bélgica. Estos son apenas unos pocos ejemplos de lo que sucede en todo el mundo. ¡Si hasta en los Juegos Olímpicos hubo un caso de homofobia contra uno de los integrantes del equipo británico de saltos ornamentales!

Nosotros, en Buenos Aires (ya que no en toda la Argentina) gozamos del raro privilegio de integrar una sociedad en la cual no está demasiado bien visto eso de la homofobia. Pero a no engañarse que, de todos modos, los homófobos porteños son como las brujas: no existen pero que los hay, los hay. Es justo decir, sin embargo, que el problema de la homofobia en Argentina (legislación mediante) está lejos de ser comparable con los casos de Brasil, de México, EUA u otros países donde la vida de un gay vale menos que la bala que les quita la vida. Aunque como tal (como problema) requiere soluciones y, en tanto éstas no se implementen, salir del armario va a seguir siendo una decisión, muchas veces, kamikaze.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la lluviosa y siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, aun sin sorprenderse, puede comprender las razones por las cuales incluso un astro pop de alcance internacional siente temor de mostrarse ante el mundo tal cual es. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.


viernes, 29 de junio de 2012

Chau, Juan


Que me estoy poniendo viejo ya se sabe... Es más: habrá muchos que sostengan que YA ME PUSE. Pero el caso es que, de un tiempo a esta parte, estoy más llorón que de costumbre y hoy, 29 de junio de 2012, con los cincuenta ya cumplidos y varios kilos engordados, me sorprendí moqueando más de la cuenta.

Se preguntarán por qué y... ¿yo qué sé por qué? Cosas que a uno le pasan cuando se pone flojo. Cuando uno se empieza a dar manija al pedo y piensa en lo que fue, lo que es y lo que pudo haber sido o no... Cuando uno empieza a darse cuenta de que el que será va a ser, indefectiblemente, el mismo que ya es... que ya no queda mucho tiempo para un cambio.

A los veinte, la idea del mañana era algo que iba a pasar “dentro de mucho” y no caía en que ese mañana “tan lejano” apenas si estaba a la vuelta de un sueño. Sin embargo, hubo algo que sí tenía claro desde el primero momento: el mañana no me interesaba demasiado pero yo quería ser un buen tipo HOY, AHORA, YA. Y si algo hice a lo largo de este medio siglo que llevo a cuestas, eso fue esforzarme por ser buena persona. Creo que al final lo logré, aunque, sin olvidar que lo que vale siempre cuesta, los errores cometidos, las agachadas y este miedo pertinaz (que me ha privado de tantas y tantas alegrías) han elevado la cotización del logro hasta el límite de mis posibilidades. No quiero decir que haya pagado un “elevado costo” por ser buen tipo, porque (si vale la pena) el costo nunca es demasiado, pero sí lo entregué todo para alcanzar la meta y ahora como que me quedé sin resto. Y se me da por pensar que, por ahí, digo, este berretín por no ser garca, esa especie de obsesión que me ha ocupado diez lustros enteritos, no es otra cosa que el ansia por no repetir historias ancestrales. Y así, uno, por no vivir la vida de otro (de un padre, por decir algo), termina no viviendo tampoco la propia, dejando incluso de lado intuiciones y vocaciones que (de haberlas desarrollado) hubieran contribuido a alcanzar el objetivo con mayor fluidez. Claro que decir esto es como jugar al prode con el diario del lunes en la mano.

A mí me costó y me sigue costando ser buena persona. Es casi un laburo.
Sin embargo, hay algunas personas (pocas, muy pocas) a las que la misma tarea parece no costarles nada. Hay gente luminosa que parece no esforzarse a la hora de compartir su brillo, a la hora de tender su mano o aportar con su silencio. Juan era uno de ellos.

Él me demostró que se puede disentir sin faltar el respeto; que se puede ir por la vida sin ganarse enemigos; que se puede sonreír aun desde el dolor; que se puede soñar con los ojos abiertos...

Conocí a un solo tipo que, hace algunos años, tuvo la osadía de hablarme mal de Juan. Y justo esa persona era de esos que van por la vida regalando bosta. “¿Qué decís, gritaba, si está donde está porque lo acomodó el padre”. Un tipo muy pequeño, claro está, cuyo ego y mezquidad jamás le permitirían ver todo lo que Juan había hecho, hacía e iba a hacer tan humildemente. De hecho, a Juan todavía lo quiero y de ese tipo ni siquiera me recuerdo el nombre. Y fue el único. El resto del universo que he conocido coincide conmigo en que Juan representa la esencia misma de la generosidad y el respeto.

El cáncer ha de ser un bicho muy potente. A muchos que lo miramos en varias oportunidades directamente a los ojos se nos frunce de solo pensar que no perdona. Por eso mismo, porque sé de lo que hablo, el amor que sentí siempre por ese tipo que nunca supo de mi existencia se agiganta todavía más y se me llena el pecho de gratitud por alguien (¡al menos alguien!) que siempre y en toda circunstancia eligió ver el vaso medio lleno y no medio vacío.

Muchas veces me pregunté (sobre todo en los últimos tiempos, en que los días se me vuelven semejantes unos a otros) por qué él pudo y yo no... ¿y yo qué sé? Será porque él era buen tipo de verdad y no un advenedizo como uno, que solo puede aspirar a parecerlo, luchando día a día con (y siendo muchas veces derrotado por) las propias mezquindades, la rabia, la falta de perspectiva, el egocentrismo, la ruindad. Aun así, tocado por la varita mágica y todo, hubo quienes no trepidaron en sacar provecho de la sospecha de su muerte. Gente baja y pequeña que supone que el mundo se reduce apenas a un intercambio de papeles pintados.

Hoy se nos fue Juan Alberto pero permanecerá entre los que lo queremos hasta que el aliento también nos abandone.

Esto es todo por hoy. Desde las tristes callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que bien poco habrá de dejar cuando también se marche, vaya uno a saber hacia qué rumbo. Hasta entonces, vivirá en mí el recuerdo de ese Juan que se nos fue y nos dejó tanto. Porque Juan Alberto Badía no fue solo un ícono de la radio y la TV. Él será siempre un símbolo de la bondad.



jueves, 28 de junio de 2012

Cuarenta y tres años no es nada


En el 69 yo tenía apenas 7 añitos. Muy chico todavía para saber o intuir quién sería en el futuro pero claro que ese gusto por jugar con las muñecas de mi prima ya era un claro indicio. Claro que, en casa, de esas cosas no se hablaba. Como de tantas otras cosas.

Es una pena que, aun hoy, tenga tan claro el recuerdo de haber visto por televisión la supuesta llegada del hombre a la Luna (todas las ventanas abiertas de par en par, la casa inundada de sol y yo sentadito en el suelo frente al aparato) y sin embargo ni uno solo de que, tan solo un mes antes, hubiera habido semejante bolonqui en el país del norte. Peor aún, hasta bien entrada mi adolescencia, ni siquiera tuve idea de que había existido un bar llamado Stonewall Inn. De hecho, apenas si sabía que había otros “chicos raros”, además de mí...

Por aquellas épocas, en todo el mundo las personas LGBT eran hostigadas. Más o menos como hoy, pero peor. Acá en la Argentina, dicen que ya había gente que se estaba organizando con la idea de modificar esta realidad, pero lo hacían tan calladamente que casi nadie se enteró.

En cambio en el gran país del norte el batifondo fue importante.

El 22 de junio del 69 ponía fin a sus días Judy Garland, la gran estrella de Hollywood que los gays de Norteamérica habían adoptado como ídola. El dolor de toda la comunidad era tan grande que todos los sentimientos estaban a flor de piel.

En la ciudad de Nueva York, ciudad en la que Judy se había suicidado, eran pocos los lugares donde los gays, lesbianas y trans podían reunirse más o menos con tranquilidad. Digo “más o menos” porque, por aquella época, los hostigamientos policiales eran pan de cada día. Uno de esos pocos sitios era el bar Stonewall Inn, ubicado en los números 51 y 53 de la calle Christopher, en el barrio de Greenwich Village. Era un bar de mala muerte que los miembros de la mafia neoyorquina habían acondicionado para captar a la “clientela de los invertidos”. El lugar no tenía licencia habilitante, no tenía agua corriente (los vasos se lavaban en una palangana cuya agua se renovaba, con suerte, cada día), los baños siempre apestaban por falta de limpieza y problemas con el drenaje y, por si algo faltara, el local carecía de las reglamentarias salidas de emergencia. Eso sí, en sus instalaciones no estaba permitido ejercer la prostitución. Pero además de alcohol se vendían drogas y, si mediaba el mutuo consentimiento, era habitual que los parroquianos tuvieran sexo en algún rincón no necesariamente oculto. Con tales circunstancias, podrán imaginar que las “intervenciones” policiales eran más que frecuentes.

Por aquella época, el Stonewall Inn era famoso por ser no solo uno de los pocos bares para gays, sino también el único donde se podía bailar. La gran mayoría de los asistentes eran hombres, aunque nunca faltaba alguna lesbiana. Tampoco faltaban las chicas trans pero los dueños del lugar preferían limitar su concurrencia, básicamente por dos razones: porque había leyes muy estrictas contra el uso de prendas correspondientes al sexo opuesto y porque comulgaban con el prejuicio de que las travestis y drags tenían tendencia al escándalo y a la violencia. No obstante, en la parte trasera del bar había una pequeña habitación en la cual los “señores” podían pasar a maquillarse y a estilizar sus peinados (siempre y cuando conservaran sus vestimentas masculinas). Las edades eran de lo más variadas, pero predominaban los chicos jóvenes y los treinteañeros, negros, blancos y latinos; el color daba lo mismo.

Los agentes del orden pasaban por su soborno puntualmente cada semana y, una vez al mes, hacían una redada para disimular ante la opinión pública. Claro que todo estaba organizado para que el negocio (el de los dueños del bar y el de los policías) no decayera. Antes de cada redada, los dueños del bar eran advertidos para que pudieran esconder parte del licor en los sótanos, de manera de tener qué vender una vez terminada la pantomima. Además, estas “apariciones sorpresivas” de la policía solían hacerse lo más temprano posible como para que el local pudiera seguir funcionando después de que la policía se retirara. En una redada típica se encendían las luces al ingreso de los uniformados (señal para que todos dejaran de bailar o se subieran los pantalones), los clientes formaban en fila y se revisaban sus documentos de identidad. Los que no tenían documentos o usaban ropa del sexo opuesto eran arrestados. A los demás se los dejaba en libertad.

Habitualmente, el ritual se llevaba a cabo sin inconvenientes y todos contentos. Pero en la madrugada del sábado 28 de junio de aquel 1969, algo diferente sucedió.

Dicen que algunas de las drags habían estado bebiendo de más y, por efecto del alcohol, se les dio por el pedo lacrimógeno. Algunas de ellas lloraban la muerte de Judy y se quejaban amargamente por el cruel destino que les había tocado vivir. Fue entonces cuando se encendieron las luces y los policías ingresaron al local gritando y empujando a todos para que hicieran una fila contra la pared. Las personas que llevaban ropa femenina, tal era la costumbre, fueron trasladadas al cuarto de maquillaje para que una uniformada mujer “verificara” su sexo. Pero esta vez, algunas travestis se negaron a colaborar. Ahí comenzaron los primeros problemas para los oficiales. Las travestis se descontrolaron y tuvieron que entrar los refuerzos que solían esperar siempre en la puerta. Ante la violencia de la represión, los varones presentes también se negaron a entregar sus identificaciones, por lo que el jefe a cargo del operativo decidió llevarse preso a todo el mundo. Claro que no tuvo en cuenta que necesitaría dos o tres camiones celulares extra para llevarlos a todos a la sede policial. Luego de un llamado telefónico pidiendo refuerzos y viendo que los ánimos estaban demasiado caldeados (sobre todo después de que algunos uniformados manosearan sin disimulo a las pocas lesbianas presentes), se decidió dejar en libertad a parte de la concurrencia. Así, algunos pudieron salir pero, lejos de irse asustados a sus casas con el rabo entre las piernas, se quedaron en la puerta del local y empezaron a arengar a los transeúntes, muchos de los cuales se solidarizaron con los parroquianos. Cuando llegó el primer coche celular, ya había más de cien personas (casi todos gays) en la puerta y más doscientas en el interior, supuestamente arrestadas. Cuando empezaron a salir los primeros detenidos para subirse al celular, la gente empezó a vocear cánticos en contra de los policías y se produjeron forcejeos hasta que uno de los uniformados empujó violentamente a una travesti y ésta reaccionó con terrible piña. Allí comenzó todo. El oficial respondió con un cachiporrazo. La gente empezó a arrojarle monedas y latas de cerveza y a abuchearlo, por lo que tuvo que refugiarse dentro del vehículo. En ese momento, sacaban del bar a una lesbiana esposada y con la cabeza sangrando, la cual gritó pidiendo ayuda porque en el interior la policía estaba agrediendo a los clientes. El descontrol fue total y los efectivos policiales fueron superados. La muchedumbre intentaba volcar los vehículos mientras varios de los que ya se hallaban dentro del celular pudieron escapar. Con las ruedas pinchadas, también los patrulleros y el celular huyeron en busca de más refuerzos. Los demás efectivos se encerraron dentro del bar pero la muchedumbre acumuló basura en la puerta y le prendió fuego. Incluso hubo quienes arrancaron literalmente un parquímetro que usaron para romper los vidrios y atacar a los uniformados con fuego y piedras. Casi una hora después de iniciados los hechos, llegó la fuerza antidisturbios que logró despejar la entrada al local y liberar a los uniformados acorralados. Sin embargo, la muchedumbre continuó con el acoso y la fuerza debió dividirse para perseguir a los rebeldes por las calles del barrio. Durante toda la noche continuó la revuelta y, en más de una ocasión, los gays terminaron persiguiendo a los policías. Al amanecer, los detenidos y los heridos de ambos bandos se contaban por decenas. El interior del Stonewall Inn había quedado destruido.
Durante todo ese sábado 28, los curiosos acudieron a la calle Christopher para ver lo que había sucedido y, en muchas paredes del barrio, aparecieron inscripciones injuriosas contra las fuerzas del orden.

Alrededor de la medianoche, una multitud de gays y travestis se reunieron frente al bar y reiniciaron los disturbios. Se quemaron contenedores de basura por todo el barrio, se destruyeron autos, vidrieras y alumbrados. La policía intentó contener la violencia pero otra vez fueron superados por “las maricas enardecidas” y fue necesario llamar nuevamente a las fuerzas antidisturbio, gracias a lo cual la batalla campal volvió a extenderse hasta el amanecer.
Los mismos hechos se repitieron los días subsiguientes, fogoneados por las diversas opiniones de los medios de comunicación, por la ferocidad de la policía (que se sentía herida al haber sido humillada por un “ejército de invertidos”) y por las críticas recibidas por parte de muchos gays militantes que habían trabajado con anterioridad en pro de una imagen “civilizada” que lograra insertar a los homosexuales en la sociedad.

La gran conclusión que puede obtenerse a partir de estos sucesos es que, a partir de Stonewall, quedó claro que las maricas se habían cansado de la opresión. Porque, como suele decirse, el límite de la opresión es la capacidad de aguante de los oprimidos.

En los años que siguieron, vieron la luz en todo el mundo varias organizaciones de gays, lesbianas y trans que empezaron a trabajar en favor de sus derechos con métodos menos complacientes a los utilizados hasta el momento. La primera marcha del orgullo se celebró en Nueva York, Los Ángeles y Chicago, el 28 de junio de 1970, a un año de los disturbios, pero se la llamó Día de la Liberación de Christopher Street. Lo del orgullo vendría mucho después. Al año siguiente se realizaron marchas del en Boston, Dallas, Milwaukee, Londres, París, Berlín Oeste y Estocolmo. En 1972 las ciudades participantes ya incluían a Atlanta, Buffalo, Detroit, Washington D.C., Miami y Filadelfia.

Increíblemente, cuarenta y tres años después de aquellas jornadas, la lucha continúa y, en muchos países del orbe, los homosexuales, las lesbianas y las trans siguen siendo víctimas de la represión social e incluso estatal, pudiendo ser víctimas de acoso, abuso y persecución. En muchos países se nos sigue condenando a muerte.

¿Y en Argentina?

En Argentina, ese país del sur del mundo donde siempre parece que no pasa nada, en realidad pasan cosas. Y muy buenas. Tanto que somos un país en el que, ya hace dos años, las parejas del mismo sexos pueden contraer matrimonio; ya se han derogado los edictos contravencionales que nos discriminaban; recientemente se ha aprobado la Ley de Identidad de Género y, poco a poco y lentamente, la diversidad sexual va dejando de ser cuestionada socialmente. Aunque falte mucho todavía por hacer, estamos a la vanguardia de los países americanos, aun por delante de aquella capital del mundo donde se originó la primera revuelta. Y en ese sentido nuestro orgullo es doble: orgullo por haber elegido, no ser sino mostrarnos tal como somos, sin escondernos ni bajar la mirada, y orgullo por haber logrado el respeto a través de las leyes y la aceptación creciente del resto de la sociedad.

Esto es todo por hoy. Desde las húmedas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, a tantos años vista, ya no se siente un “chico raro” y agradece cada día a los tantos y tantos personajes de esta dura historia (llámense Jáuregui, Perlongher, Claudia Pía y un infinito etcétera de célebres y desconocidos) que han contribuido a conformar este querido país donde las personas LGBT podemos vivir en paz.



lunes, 18 de junio de 2012

¿Qué corno es una vagina?





Si no sabés cuál es la respuesta a esta pregunta, leélo, que te va a ayudar.

Si creés que sí sabés qué es una vagina, leélo también... seguro que te llevás una sorpresa..









jueves, 14 de junio de 2012

Tanatina




Apestoso y lúgubre era aquel callejón de mala muerte. Había llegado hasta allí con la sensación de que toda la ciudad clavaba su mirada sobre él. La calle estaba desierta y la mayoría de las ventanas de los edificios circundantes permanecían cerradas. No obstante, le parecía que todo el mundo conocía sus planes y lo acechaba desde las sombras, recriminándole la culpabilidad de un crimen que aun no había cometido. Pero ahora, que ya tenía el frasquito entre sus manos, se sentía seguro de sí, acaloradamente eufórico. Cierto es que tuvo que juntar coraje para abandonar la sospechosa paz de la calle principal y recorrer los cincuenta y tantos metros hasta la casa del Gitano. Sin embargo, emergía de la callejuela con una inusual expresión de triunfo, con paso decidido y la firme convicción de que estaba haciendo lo correcto.

El auto estaba estacionado a pocos metros de la bocacalle. Como en cualquier película que se precie, no faltaba la brisa que siseaba en la copa de los árboles ni el farol balanceándose entre los postes. Podía no haber nadie en kilómetros a la redonda. No importaba. El chasquear de la puerta al cerrarse retumbó como un trueno. Él se acomodó en el asiento del conductor, colocó con sumo cuidado el frasquito dentro de la guantera y verificó la hora. Faltaban escasos cuarenta y cinco minutos para su cita. Después de casi seis meses de ausencia, ella regresaba a casa, a la casa donde habían vivido juntos durante diez felices años, la casa de sus hijos, la casa de la que ella huyera deslumbrada por una tardía y adolescente fantasía de amor.

El Gitano le había garantizado que la tanatina era el veneno ideal para el crimen perfecto. Explicó que actuaba rápidamente sobre las fibras cardiacas, provocando una muerte súbita. Luego, la sustancia era capaz de reaccionar químicamente con los diversos humores disueltos en la sangre y “desaparecía”. Ninguna autopsia podía detectarla.

Al partir, ella no había reclamado nada. Simplemente cerró la puerta tras de sí y se esfumó. Él y los niños se quedaron solos y atónitos. Sorprendidos y asustados. La pareja perfecta se disolvió en un abrir y cerrar de ojos con unas pocas palabras: “Amo a otro”. No hubo más explicaciones. Ni siquiera atinó a insultarla. El portazo final todavía le dolía. Y a sus hijos. Esa y no otra era la razón por la cual había decidido poner fin al sufrimiento.

Había planeado todo al detalle. Los chicos estaban con la abuela. La casa estaba impecable. Había pasado toda la tarde cocinando para que la última cena juntos fuera perfecta. Tantos años de felicidad merecían un buen final. Pondría el veneno en el postre, tal como lo sugiriera el Gitano, para disimular su ligero amargor. Un bocado apenas sería suficiente.

Los papeles del divorcio ya estaban en su escritorio. Sólo faltaba ponerse de acuerdo en la separación de bienes y el régimen de visitas. No era necesario discutir. Aquel acuerdo nunca entraría en vigencia. Por eso él pensaba acceder a todas las peticiones que ella le presentara, como el marido dócil que siempre había sido. No tenía objeto discutir. Al final de la cena, su plan ya se habría consumado y todo lo hablado durante la velada perdería sentido.

Detuvo el auto frente a la casa. No lo guardó en el garaje, previendo que tal vez fuera necesario trasladar el cuerpo hasta el hospital más cercano. Gesto inútil si las aseveraciones del Gitano eran correctas. Tomó el frasquito de la guantera y lo introdujo en el bolsillo interior del saco. Abrió la puerta, salió del auto y volvió a cerrarla. El nuevo chasquido pareció retumbar por todos los rincones de la calle vacía. Caminó hasta la puerta de entrada y colocó la llave en la cerradura.

Había conocido al Gitano a través del Piraña, uno de sus alumnos de la nocturna. ¡El Piraña! En verdad, se trataba de un tipo de temer. Andaba en la pesada, como suele decirse, y usaba el colegio como centro de operaciones. Todos lo sabían y, sin embargo, era un muchacho muy popular. Es decir: uno de esos tipos a los que conviene tener de nuestro lado. Destino o fatalidad, lo cierto es que, desde el principio, hubo entre ellos una afinidad extraña que los llevó a brindarse tácitamente mutua protección.

La casa estaba más desierta que nunca. El silencio era tangible cuando los chicos no estaban. La oscuridad era tan profunda que, aun después de encender las luces, parecía presente. Verificó la hora una vez más. Faltaban todavía veinticinco minutos. Tenía el tiempo justo para ducharse y cambiarse de ropa. Pero recordó el frasquito y decidió eliminarlo, pues podía representar un peligro para su plan si alguien lo descubría en la casa. De modo que vertió su contenido en uno de esos recipientes cilíndricos de plástico que suelen utilizarse para las cápsulas o las grageas y lo escondió en un estante de la alacena. Luego lavó el otro frasquito con empeño, lo colocó en una bolsita de polietileno y salió a la calle para arrojarlo en el terreno baldío de la cuadra. Al regresar, ya era tarde para la ducha, así que apenas se lavó un poco y se vistió elegantemente. Una vez listo, se sirvió un cognac, puso música suave y se sentó en el living a esperar.

La idea había surgido una semana antes, cuando un par de rateritos lo atacó en la playa de estacionamiento de la escuela. Él se disponía a subir al auto. Lo golpearon duramente en la cabeza y cayó al suelo, aturdido por el cachiporrazo. Podrían haberlo desplumado, de no haber sido por la aparición del Piraña. “¡A él no!” les ordenó y los malandras huyeron como si hubieran visto al mismísimo diablo. El Piraña lo ayudó a incorporarse y a entrar al auto. Luego condujo hasta la casa y lo acompañó hasta que estuvo bien acomodado en un sillón de la sala. Le puso paños fríos en la nuca y en la frente para mitigar la jaqueca y le dio charla para evitar que se durmiera. Fue entonces cuando el Piraña conoció la situación. “Si mi jermu me hace eso, la mato”. Había en su voz un énfasis tal que inducía a tomar la frase al pie de la letra. El Piraña no era un tipo amante de las metáforas.

Ella siempre fue puntual y esa vez no fue la excepción. Estaba radiante. Él siempre le había envidiado su capacidad de deslumbrar a pesar de las desdichas. Ella intentó saludarlo con un besito en los labios, llevada por el hábito y sin reparar en lo desubicado del gesto. Pero él no quiso arriesgarse a sufrir un cimbronazo afectivo que pudiera inducirlo a modificar sus planes y desvió la cara, de modo que los labios de ella se estrellaron súbitamente contra su mejilla izquierda. Estaba más delgada, aunque conservaba aun todas sus curvas. Se sintió extraño al recibirla como visita y experimentó cierta angustia al caer en la cuenta de que aquella sería la primera y la última vez que lo haría.

Tomaron una copa, mientras el microondas ponía a punto la cena. Temerariamente, recordaron viejos tiempos, cuando eran recién casados y vivían en un ambiente que apenas tenía un anafe con dos hornallas. Habían progresado. Habían crecido... Y habían llegado al punto donde los caminos se bifurcan. Tambalearon al filo de la melancolía y la nostalgia. Pero la alarma del microondas los trajo nuevamente a tierra.

El Piraña lo había citado en un bodegón infecto, ubicado en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Él dudó en acudir a la cita. Pero aquel muchacho ejercía sobre su espíritu una influencia casi demoníaca que lo obligaba a obedecer. Estuvo largo rato sentado en una mesa sin que el Piraña apareciera. Era ya de noche y la oscuridad le confería al local un aspecto aun más sórdido que el que presentaba a plena luz del día. Un par de parroquianos, en una mesa cercana, comenzaron a insultarse. El patrón del boliche los miró con desprecio y se limitó a subir el volumen de la radio. El Piraña apareció cuando el par ya se iba a las manos. Caminaba con desenfado, como era su costumbre, y había cierta mueca de malicia en su sonrisa ladeada. Así sonreía cuando algún “trabajito” le salía bien. Cuando estuvo a su lado, ni siquiera se sentó. Sólo se agachó para hablarle al oído y extrajo un papelito arrugado del bolsillo del jean. “Ya está todo preparado. El Gitano lo espera en esta dirección. Vaya ahora mismo”. Y se marchó tan gallardamente como había llegado.

La cena fue amena. Se dijeron cosas que nunca se habían dicho. Y ambos comprendieron cuán poco sabía uno del otro. Ella estaba triste, muy triste detrás del maquillaje. Él siempre había sido un padre excepcional, buen marido y buen tipo. Era lógico que aun lo quisiera. Pero el amor era otra cosa. Él, en cambio, se colocó la coraza y, sin resultar huraño ni mucho menos agresivo, se escudó tras los fríos análisis de situación. Llegado el momento, fue directamente al grano y, lápiz y papel en mano, esbozaron el acuerdo.

Así como el Piraña era un tipo de temer, el Gitano era un hombrecito francamente despreciable. El local donde trabajaba era un sucucho maloliente lleno de frascos y bidones, desperdicios, probetas y cajones, entre los que se filtraban vapores espesos y líquidos aceitosos. Era pelado, diminuto, con la cara cubierta de granos pustulentos que amenazaban con estallar en cualquier momento y salpicar al interlocutor. Al abrir la puerta, su rostro se rajó en una sonrisa repugnante que exponía impunemente unos dientes corroídos por la nicotina y la descalcificación. Era hombre de pocas palabras. Tras la presentación de rigor, se dirigió hacia una alacena ubicada en el fondo del local, mientras recitaba con monotonía las virtudes de la tanatina. El estante estaba atestado de frascos y frasquitos del tamaño y del color que se desease. El Gitano hurgó durante algunos segundos y, al encontrar el recipiente buscado, cerró nuevamente la puertita y le echó llave. Cuando estuvo otra vez a su lado, juntó las huesudas manos y expuso entre ellas el frasquito, casi con devoción. Una vez más le brotó una sonrisa, todavía más desagradable que la primera. Él se apresuró a pagarle la suma convenida y, tras arrebatarle el frasquito, lo asió contra su pecho y prácticamente escapó de aquel lugar, mientras el Gitano le aconsejaba gritando: “No olvide ponerlo en algo dulce, para que se disimule el gustito amargo”.

La comida había estado maravillosa y no les había resultado difícil llegar a un buen acuerdo. El plan se estaba desarrollando según lo previsto. Él se levantó para traer el postre. Ella se ofreció a ayudarlo, pero él se negó (por supuesto) y la instó a poner un poco de música. “Nos vendría bien algo alegre”, dijo. En la cocina, colocó las porciones de helado sobre la mesada y buscó el recipiente plástico que había escondido. Roció unas gotas de tanatina sobre una de las porciones y vertió el resto sobre un trozo de pan duro que lo absorbió con rapidez. Colocó el pan dentro de una bolsita y lo arrojó al bote de la basura. Lavó bien el recipiente y también lo arrojó entre los desperdicios. Acto seguido, roció ambos helados con cognac, les hizo dos copitos de crema chantillí y decoró el de ella con una cereza. En ese preciso instante, ella entró en la cocina para darle una mano, pero ya todo estaba preparado para el gran final.

Mientras comían el postre, fueron como viejos amigos. Había ternura en sus miradas y dulzura en sus palabras. Él comprobó cuánto la amaba. No podía soportar el dolor de verla con otro hombre. Comió un bocado de helado y supo que hacía lo correcto. Por primera vez pensó en los chicos. Seguramente sufrirían, pero iban a sobrevivir. Este tipo de golpes fortalecen. Sin ir más lejos, su propio padre había muerto cuando él tenía catorce y había podido llegar a adulto sin mayores contratiempos. Su padre hubiera aprobado su proceder. Porque era lo correcto.

El dolor lacerante fue repentino. Algo desconocido le oprimía el pecho y le impedía respirar. Sólo pudo balbucear “Me muero” y en pocos segundos todo acabó. Su cuerpo cayó sobre la mesa. Los restos del helado se embadurnaron en la camisa blanca. De la nariz brotó un hilito de sangre y sus ojos quedaron para siempre fijos en la nada.

Cuando llegó la ambulancia, los médicos constataron que ya no había nada por hacer, a pesar de los gritos histéricos de ella, que les reclamaba un milagro, sin comprender lo que había sucedido.
Víktor Huije.
Buenos Aires, Octubre de 1997.


Novelas de Carlos Ruiz Zafón