jueves, 28 de junio de 2012

Cuarenta y tres años no es nada


En el 69 yo tenía apenas 7 añitos. Muy chico todavía para saber o intuir quién sería en el futuro pero claro que ese gusto por jugar con las muñecas de mi prima ya era un claro indicio. Claro que, en casa, de esas cosas no se hablaba. Como de tantas otras cosas.

Es una pena que, aun hoy, tenga tan claro el recuerdo de haber visto por televisión la supuesta llegada del hombre a la Luna (todas las ventanas abiertas de par en par, la casa inundada de sol y yo sentadito en el suelo frente al aparato) y sin embargo ni uno solo de que, tan solo un mes antes, hubiera habido semejante bolonqui en el país del norte. Peor aún, hasta bien entrada mi adolescencia, ni siquiera tuve idea de que había existido un bar llamado Stonewall Inn. De hecho, apenas si sabía que había otros “chicos raros”, además de mí...

Por aquellas épocas, en todo el mundo las personas LGBT eran hostigadas. Más o menos como hoy, pero peor. Acá en la Argentina, dicen que ya había gente que se estaba organizando con la idea de modificar esta realidad, pero lo hacían tan calladamente que casi nadie se enteró.

En cambio en el gran país del norte el batifondo fue importante.

El 22 de junio del 69 ponía fin a sus días Judy Garland, la gran estrella de Hollywood que los gays de Norteamérica habían adoptado como ídola. El dolor de toda la comunidad era tan grande que todos los sentimientos estaban a flor de piel.

En la ciudad de Nueva York, ciudad en la que Judy se había suicidado, eran pocos los lugares donde los gays, lesbianas y trans podían reunirse más o menos con tranquilidad. Digo “más o menos” porque, por aquella época, los hostigamientos policiales eran pan de cada día. Uno de esos pocos sitios era el bar Stonewall Inn, ubicado en los números 51 y 53 de la calle Christopher, en el barrio de Greenwich Village. Era un bar de mala muerte que los miembros de la mafia neoyorquina habían acondicionado para captar a la “clientela de los invertidos”. El lugar no tenía licencia habilitante, no tenía agua corriente (los vasos se lavaban en una palangana cuya agua se renovaba, con suerte, cada día), los baños siempre apestaban por falta de limpieza y problemas con el drenaje y, por si algo faltara, el local carecía de las reglamentarias salidas de emergencia. Eso sí, en sus instalaciones no estaba permitido ejercer la prostitución. Pero además de alcohol se vendían drogas y, si mediaba el mutuo consentimiento, era habitual que los parroquianos tuvieran sexo en algún rincón no necesariamente oculto. Con tales circunstancias, podrán imaginar que las “intervenciones” policiales eran más que frecuentes.

Por aquella época, el Stonewall Inn era famoso por ser no solo uno de los pocos bares para gays, sino también el único donde se podía bailar. La gran mayoría de los asistentes eran hombres, aunque nunca faltaba alguna lesbiana. Tampoco faltaban las chicas trans pero los dueños del lugar preferían limitar su concurrencia, básicamente por dos razones: porque había leyes muy estrictas contra el uso de prendas correspondientes al sexo opuesto y porque comulgaban con el prejuicio de que las travestis y drags tenían tendencia al escándalo y a la violencia. No obstante, en la parte trasera del bar había una pequeña habitación en la cual los “señores” podían pasar a maquillarse y a estilizar sus peinados (siempre y cuando conservaran sus vestimentas masculinas). Las edades eran de lo más variadas, pero predominaban los chicos jóvenes y los treinteañeros, negros, blancos y latinos; el color daba lo mismo.

Los agentes del orden pasaban por su soborno puntualmente cada semana y, una vez al mes, hacían una redada para disimular ante la opinión pública. Claro que todo estaba organizado para que el negocio (el de los dueños del bar y el de los policías) no decayera. Antes de cada redada, los dueños del bar eran advertidos para que pudieran esconder parte del licor en los sótanos, de manera de tener qué vender una vez terminada la pantomima. Además, estas “apariciones sorpresivas” de la policía solían hacerse lo más temprano posible como para que el local pudiera seguir funcionando después de que la policía se retirara. En una redada típica se encendían las luces al ingreso de los uniformados (señal para que todos dejaran de bailar o se subieran los pantalones), los clientes formaban en fila y se revisaban sus documentos de identidad. Los que no tenían documentos o usaban ropa del sexo opuesto eran arrestados. A los demás se los dejaba en libertad.

Habitualmente, el ritual se llevaba a cabo sin inconvenientes y todos contentos. Pero en la madrugada del sábado 28 de junio de aquel 1969, algo diferente sucedió.

Dicen que algunas de las drags habían estado bebiendo de más y, por efecto del alcohol, se les dio por el pedo lacrimógeno. Algunas de ellas lloraban la muerte de Judy y se quejaban amargamente por el cruel destino que les había tocado vivir. Fue entonces cuando se encendieron las luces y los policías ingresaron al local gritando y empujando a todos para que hicieran una fila contra la pared. Las personas que llevaban ropa femenina, tal era la costumbre, fueron trasladadas al cuarto de maquillaje para que una uniformada mujer “verificara” su sexo. Pero esta vez, algunas travestis se negaron a colaborar. Ahí comenzaron los primeros problemas para los oficiales. Las travestis se descontrolaron y tuvieron que entrar los refuerzos que solían esperar siempre en la puerta. Ante la violencia de la represión, los varones presentes también se negaron a entregar sus identificaciones, por lo que el jefe a cargo del operativo decidió llevarse preso a todo el mundo. Claro que no tuvo en cuenta que necesitaría dos o tres camiones celulares extra para llevarlos a todos a la sede policial. Luego de un llamado telefónico pidiendo refuerzos y viendo que los ánimos estaban demasiado caldeados (sobre todo después de que algunos uniformados manosearan sin disimulo a las pocas lesbianas presentes), se decidió dejar en libertad a parte de la concurrencia. Así, algunos pudieron salir pero, lejos de irse asustados a sus casas con el rabo entre las piernas, se quedaron en la puerta del local y empezaron a arengar a los transeúntes, muchos de los cuales se solidarizaron con los parroquianos. Cuando llegó el primer coche celular, ya había más de cien personas (casi todos gays) en la puerta y más doscientas en el interior, supuestamente arrestadas. Cuando empezaron a salir los primeros detenidos para subirse al celular, la gente empezó a vocear cánticos en contra de los policías y se produjeron forcejeos hasta que uno de los uniformados empujó violentamente a una travesti y ésta reaccionó con terrible piña. Allí comenzó todo. El oficial respondió con un cachiporrazo. La gente empezó a arrojarle monedas y latas de cerveza y a abuchearlo, por lo que tuvo que refugiarse dentro del vehículo. En ese momento, sacaban del bar a una lesbiana esposada y con la cabeza sangrando, la cual gritó pidiendo ayuda porque en el interior la policía estaba agrediendo a los clientes. El descontrol fue total y los efectivos policiales fueron superados. La muchedumbre intentaba volcar los vehículos mientras varios de los que ya se hallaban dentro del celular pudieron escapar. Con las ruedas pinchadas, también los patrulleros y el celular huyeron en busca de más refuerzos. Los demás efectivos se encerraron dentro del bar pero la muchedumbre acumuló basura en la puerta y le prendió fuego. Incluso hubo quienes arrancaron literalmente un parquímetro que usaron para romper los vidrios y atacar a los uniformados con fuego y piedras. Casi una hora después de iniciados los hechos, llegó la fuerza antidisturbios que logró despejar la entrada al local y liberar a los uniformados acorralados. Sin embargo, la muchedumbre continuó con el acoso y la fuerza debió dividirse para perseguir a los rebeldes por las calles del barrio. Durante toda la noche continuó la revuelta y, en más de una ocasión, los gays terminaron persiguiendo a los policías. Al amanecer, los detenidos y los heridos de ambos bandos se contaban por decenas. El interior del Stonewall Inn había quedado destruido.
Durante todo ese sábado 28, los curiosos acudieron a la calle Christopher para ver lo que había sucedido y, en muchas paredes del barrio, aparecieron inscripciones injuriosas contra las fuerzas del orden.

Alrededor de la medianoche, una multitud de gays y travestis se reunieron frente al bar y reiniciaron los disturbios. Se quemaron contenedores de basura por todo el barrio, se destruyeron autos, vidrieras y alumbrados. La policía intentó contener la violencia pero otra vez fueron superados por “las maricas enardecidas” y fue necesario llamar nuevamente a las fuerzas antidisturbio, gracias a lo cual la batalla campal volvió a extenderse hasta el amanecer.
Los mismos hechos se repitieron los días subsiguientes, fogoneados por las diversas opiniones de los medios de comunicación, por la ferocidad de la policía (que se sentía herida al haber sido humillada por un “ejército de invertidos”) y por las críticas recibidas por parte de muchos gays militantes que habían trabajado con anterioridad en pro de una imagen “civilizada” que lograra insertar a los homosexuales en la sociedad.

La gran conclusión que puede obtenerse a partir de estos sucesos es que, a partir de Stonewall, quedó claro que las maricas se habían cansado de la opresión. Porque, como suele decirse, el límite de la opresión es la capacidad de aguante de los oprimidos.

En los años que siguieron, vieron la luz en todo el mundo varias organizaciones de gays, lesbianas y trans que empezaron a trabajar en favor de sus derechos con métodos menos complacientes a los utilizados hasta el momento. La primera marcha del orgullo se celebró en Nueva York, Los Ángeles y Chicago, el 28 de junio de 1970, a un año de los disturbios, pero se la llamó Día de la Liberación de Christopher Street. Lo del orgullo vendría mucho después. Al año siguiente se realizaron marchas del en Boston, Dallas, Milwaukee, Londres, París, Berlín Oeste y Estocolmo. En 1972 las ciudades participantes ya incluían a Atlanta, Buffalo, Detroit, Washington D.C., Miami y Filadelfia.

Increíblemente, cuarenta y tres años después de aquellas jornadas, la lucha continúa y, en muchos países del orbe, los homosexuales, las lesbianas y las trans siguen siendo víctimas de la represión social e incluso estatal, pudiendo ser víctimas de acoso, abuso y persecución. En muchos países se nos sigue condenando a muerte.

¿Y en Argentina?

En Argentina, ese país del sur del mundo donde siempre parece que no pasa nada, en realidad pasan cosas. Y muy buenas. Tanto que somos un país en el que, ya hace dos años, las parejas del mismo sexos pueden contraer matrimonio; ya se han derogado los edictos contravencionales que nos discriminaban; recientemente se ha aprobado la Ley de Identidad de Género y, poco a poco y lentamente, la diversidad sexual va dejando de ser cuestionada socialmente. Aunque falte mucho todavía por hacer, estamos a la vanguardia de los países americanos, aun por delante de aquella capital del mundo donde se originó la primera revuelta. Y en ese sentido nuestro orgullo es doble: orgullo por haber elegido, no ser sino mostrarnos tal como somos, sin escondernos ni bajar la mirada, y orgullo por haber logrado el respeto a través de las leyes y la aceptación creciente del resto de la sociedad.

Esto es todo por hoy. Desde las húmedas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, a tantos años vista, ya no se siente un “chico raro” y agradece cada día a los tantos y tantos personajes de esta dura historia (llámense Jáuregui, Perlongher, Claudia Pía y un infinito etcétera de célebres y desconocidos) que han contribuido a conformar este querido país donde las personas LGBT podemos vivir en paz.



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