viernes, 28 de julio de 2017

Casa Tomada


Todavía no decido si fue o no una pesadilla. Pero el sueño me causó tanta impresión que me desperté sobresaltado.

Llegaba a casa y encontraba todo cambiado de lugar (tanto que, incluso, era OTRA casa). Todo impecablemente limpio y ordenado. Y por alguna razón yo conocía la causa: mi madre y mi hermana. Me sentaba en una silla a meditar y, después de un rato de indecisiones, me dirigía a la habitación donde sabía que estaría Carolina. Antes de que le dijera nada, trató de explicar la situación con una simple frase:

- Fue idea de mamá. -y luego agregó- Ella me ayudó a ordenar

Dijo algunas cosas más que se me han olvidado pero yo la interrumpí:

- Todo muy bien. No hay problema, pero ¿yo dónde voy a dormir?

- Ahí -me decía, señalando un sofá colocado en un rincón de su habitación toda decorada en color rosa.

Dentro de mí sentí un estallido que todavía me convulsiona. Una angustia inenarrable. Una necesidad de gritar y la imposibilidad de hacerlo al mismo tiempo. Esa misma sensación de odio, impotencia, malhumor, cansancio y pena que me ha acompañado a lo largo de los años. 

Salí de la habitación y, apenas traspuesta la puerta, grité en dirección a la cocina:

- ¡Mamá! ¿Podés venir un momento? Tenemos que hablar.

Y, acto seguido, entraba mi madre en escena, tratando de dar sus explicaciones, con ese tono seguro y distendido que tenía para dar cuenta de sus decisiones (que casi nunca tenían vuelta atrás). Pero yo volví a interrumpir, esta vez alzando un poco la voz:

- Algo está muy mal en este asunto. Yo tengo 55 años y ella 23. ¡No voy a compartir habitación con mi hermana! He pasado quince años de mi vida sin tener mi lugar propio, sin tener un sitio para aislarme del mundo y, por mi salud mental, ¡necesito mi espacio privado! ¡NO VOY A PERDERLO! En eso no voy a transigir.

Mi madre me miraba sin comprender:

- Pero entonces ¿yo dónde voy a dormir?

- Ahí, -le respondía yo, señalando el sofá del rincón.

Y al instante me desperté

Ahora que lo escribo y releo, me doy cuenta de que es una tontería (lo sé) aunque todavía siento la compulsión por compartirlo. A pesar de las inconsistencias de la historia.

1) Mi madre murió hace 21 años.
2) Yo tengo ahora 55, pero mi hermana ya no tiene 23.
3) Nunca llamé "mamá" a mi mamá. Siempre la llamé por su nombre de pila: Emma.
4) La frase "Ella me ayudó a ordenar" es un macabro sinsentido: ni mi hermana tendría la iniciativa de poner la casa en orden ni mi madre se hubiera limitado a "ayudar".
5) Mi discurso de reivindicación de derechos forma parte del mundo de las fantasías. Jamás lo hubiera hecho. Antes bien, como en el cuento de Cortázar, ante la mera sospecha de invasión, hubiera cerrado nuevamente la puerta y me hubiera alejado de la casa.

Lo único realmente creíble del relato es que, sin ninguna duda, mi madre hubiera estado en la cocina.

Menos mal que tan solo ha sido un mal sueño.

· · ·

Esto es todo por hoy. Desde las tibias callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, por lo visto, extraña las sesiones con su siquiatra.



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