jueves, 4 de mayo de 2017

¿Y por qué no decirlo?



¡Si es tan real como tu nombre
que también es el mío!
Te amé.
Te amo.
Y no por eso estoy obligado a odiarte.
El odio tiene tan poco que ver conmigo
que ni siquiera puedo convocarlo.
El amarte duele.
Sí.
Pero también cura.
Como el pinchazo de la vacuna.
Como esa luz cegadora que nos enfrenta al mundo
cuando el vientre materno ya no es suficiente.
¿En qué legislación milenaria está escrito
que el amor no deja cicatrices?

¿Cuándo y quién dictaminó que al irte de mi lado
yo debía desdeñar tu sonrisa
y echar a la hoguera los besos que me diste?
Si el amor fue verdadero
el odio es una mentira inútil.
Es pretender negar que en las mañanas
tu recuerdo me persigue
como me persiguen también los recuerdos de mi infancia.
Porque el corazón siempre se queda en los momentos dulces.
Odiar es dejar de respirar.
Es hacer de cuenta que este mundo ya no tiene sentido.
Es querer borrarte y al mismo tiempo
llevarte clavado aquí en el pecho
con alfileres de hiel y nomeolvides.
Invocar al odio es una mera trampa.
Es perseguir el corazón del fuego
y echarte la culpa de cada quemadura.
No te puedo odiar
del mismo modo que no puedo olvidarte.
Porque amor es memoria.
Amor es silencio ahogado de latidos.
Es un abrazo sin razones
y una sonrisa sin por qué.
Que ya no estemos juntos y vos ames a otro
es tan solo un detalle.
Yo seguiré cobijado para siempre en tu pecho
y vos serás motor para mi aliento.
Es así.
Es verdad.
¿Por qué no decirlo?



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