martes, 30 de mayo de 2017

97%



Un mundo que se divide entre una sociedad devastada por la carencia y otra beneficiada por todos los bienes que la tecnología y el mérito pueden ofrecer.

3% es una serie original de Netflix, producida en Brasil, que retoma la idea de una sociedad utópica, donde no existe el delito ni las injusticias, donde la vida es paradisíaca y libre de contratiempos. Sin embargo, todo tiene su costo.

Para acceder a ese mundo ideal, oficialmente denominado Alta Mar, es preciso atravesar un “Proceso”, cuyo resultado determinará si el o la postulante es aptx para integrar la elite de la humanidad. A los veinte años, cada poblador del Continente (la parte pobre del mundo) tiene la posibilidad de demostrar su aptitud y solo el 3% de entre ellos tendrá la posibilidad de alcanzar el éxito. Si supera satisfactoriamente las pruebas, deberá cortar todo vínculo con su pasado e ingresará a Alta Mar. Si es rechazadx, habrá de emprender el regreso a su vida cotidiana, donde ya no contará con la esperanza de superación.

Claro que no todo es tan lineal. En el Continente, hay quienes aceptan el sistema como algo indiscutido, sagrado, como algo digno de reverencia. Como una religión. Pero también están los réprobos que maldicen el determinismo y luchan en las sombras por una desestabilización que ponga fin a esta meritocracia, por definición distópica e insolidaria. Obviamente, estos últimos son considerados como terroristas en los estratos de poder y, paradójicamente, sin tomar en cuenta que su accionar es una consecuencia de la opresión, se autodenominan como “La Causa”.

Suele suceder que, cada vez que me interno en estas historias, mi cerebro empieza a trabajar en distintos planos y, mientras una parte disfruta del espectáculo, otra u otras se dispersan y cuestionan. En este caso, en tanto los aspirantes a Alta Mar se esforzaban por superar sus propias y humanas debilidades, una parte de mí se sentía un miserable por las propias y otra se autoflagelaba por pasar tantas horas frente a la pantalla, por completo desconectado del mundo circundante, de la llamada “realidad” y las noticias. Perdí noción de las nuevas iniquidades perpetradas por nuestro “proceso” vernáculo (más concreto y de consecuencias más contundentes que el de la serie) y ya no sabía si al regresar al mundo habría mundo al cual regresar. En cierta manera, esa parte de mí me reprendía y me hostigaba por el desinterés y la aparente abulia que me estaba dominando.

Sin embargo, ya de nuevo en la “realidad”, me doy cuenta de que esa desconexión no es tal. La serie nos presenta un sistema perverso e inequitativo que solo puede ser producto de la mente de ciertos seres humanos a los que no les entran las balas a la hora de poner en tela de juicio sus postulados éticos; esos que fantasean con un mundo donde no tengan lugar no ya la pobreza o la miseria sino los pobres y los miserables (materialmente hablando, por supuesto). Esos seres siniestros aceptan con naturalidad la existencia de las injusticias (incluso cuentan con argumentos que las justifican) pero no se bancan los “daños colaterales”; esto es la imposibilidad de evitar cruzarse cotidianamente con las víctimas del sistema que les permite gozar de sus privilegios. En ese sentido, quedo en paz conmigo mismo, pues durante algo más de ocho de mis últimas horas he estado íntimamente en contacto con lo más revulsivo de la esencia humana.

Son solo ocho episodios que, insomnio y café mediante, pueden ser devorados en una sola noche. Por si hace falta aclararlo: altamente recomendable.


Esto ha sido todo por hoy. Desde las otoñales y siempre misteriosas callecitas de la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, sin lugar a dudas, optaría por permanecer en el 97%, con la conciencia tranquila.

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