martes, 29 de junio de 2010

Como en el 83


Por si hay alguien que todavía no esté enterade, yo soy una de esas personas a las que ya les cuesta un poco apagar todas las velitas de un solo soplido. Decía mi bisabuela que lo malo de los años no es que pasen sino que se quedan y ciertamente no dejo de admirar día tras día la gran sabiduría de la vieja. Pero así como el paso del tiempo nos suma tragos amargos y abolladuras varias en la carrocería, no se puede negar que también suele regalarnos momentos que quedan por siempre grabados en un rinconcito privilegiado de nuestro corazón. Y en épocas de bajón, cobijarnos bajo su rescoldo es una sana costumbre. Bueno, para ir al grano, la noche de ayer, 28 de junio de 2010, fue uno de esos momentos para mí.


Disculpen si exagero

El 10 de diciembre del 83, con mis veintiuno a punto de caducar, fue la primera vez que sentí algo semejante. Tras la tragedia de la dictadura, asistíamos todes les argentines al inicio de una nueva era, teníamos la certeza y la alegría de que por fin algo estaba cambiando para mejor. Sin llegar a comprenderlo cabalmente (consecuencia lógica de la edad), las promesas del alfonsinismo me hacían llorar de emoción y parecía que, de allí en más, nada sería imposible.

Ya sé que la comparación puede que no sea todo lo feliz que une quisiera pero (soslayando el triste final de aquella primavera de la boina blanca), los tiempos que corren reviven una esperanza similar a la de entonces y encienden una brasita nueva que quedará guardadita, esperando el día en que necesite acurrucarme para contrarrestar el frío. Supongo que muches de les que ya peinan canas o se las tiñen (con o sin pudores) me acompañarán en este sentimiento.


Los perros de presa

Desde que les integrantes de la FALGBT iniciaron esta movida por lograr la modificación del Código Civil para que la legislación argentina se ponga a tono con el siglo y permita, sin ambages, el matrimonio universal, les tristes personajes que se oponen a la medida (con la diputada CHotton a la cabeza) han recurrido a los más bajos y vergonzosos argumentos. Por fortuna para nosotres, la postura contraria a la defensa de nuestros derechos es tan arbitraria y caprichosa que resulta fácil de rebatir en cualquiera de sus planteos de odio. Porque detrás de todo esto no hay más que odio y desprecio por lo que somos, por lo que expresamos y por lo que nos atrevemos a sentir con orgullo.

Se nos ha dicho que la homosexualidad es antinatural, que somos pervertides, que somos incapaces de dominar nuestros instintos primarios, que pretendemos la extinción de la especie, que buscamos obligar al mundo a adoptar nuestro modo de vida (como si tuviéramos solo uno y no cada cual el suyo), que somos la encarnación del demonio... uf... tantas y tantas barrabasadas que es imposible y hasta de mal gusto enumerarlas. Durante estos meses hemos sido testigues y destinataries de las acusaciones más mendaces y oprobiosas por parte de gentes que defienden una causa medieval. Personas supuestamente instruidas, propagadores de un discurso con más pretensiones que sustancia, alzando la voz en la tribuna pública y señalando con el dedito, segures de tener siempre la verdad. Sobre todo cuando esa verdad encarna lo más ruin y miserable del ser humano. Individues cuyas manifestaciones toman ribetes cada vez más violentos en la medida en que saben que van perdiendo la partida (aunque el reconocimiento de nuestros derechos no ha sido jamás un juego).


La noche de San Juan

El caso de la provincia cuyana de San Juan sea tal vez el más representativo de esta cruzada oscurantista contra una Argentina más digna. La manipulación de las audiencias públicas, las presiones indecorosas de las iglesias (sobre todo la católica, tan pontificia ella) sobre sus cautivos feligreses, las inauditas resoluciones del poder político, los avasallamientos a los derechos más elementales de las personas involucradas en la reivindicación de lo que nos corresponde (hablo de acoso policial, amenazas para nada veladas, allanamientos caprichosos, el secuestro de los equipos de sonido para la marcha y un largo etcétera) demuestran que estos personajes nefastos están decidides a llegar a las últimas consecuencias con tal de lograr sus objetivos. Loable la tarea de Fernando Baggio y les chiques de La Glorieta que, apoyades por la gente de la FALGBT, han podido y sabido ponerle el pecho a las balas. No es moco de pavo en una provincia en la que pareciera que el tiempo se ha detenido en la época de la colonia, con inquisición y sus propies Torquemada incluídes.


Las patas de la mentira

Y esta gente está dispuesta a todo. No les quepa la menor duda. La mejor prueba la dio la diputada CHotton que intentó embarrar la cancha al aseverar que se está tratando la “ley de matrimonio homosexual con adopción”. Patética estratagema muy bien neutralizada por Alex Freyre y María Rachid en un programa televisivo. Porque les integrantes de la comunidad LGBT no solo tenemos la capacidad de tener nuestres propies hijes biológiques (es un despropósito decir, como lo he escuchado, que por ser homosexuales somos estériles) sino que, además y por si esto fuera poco, las leyes de adopción actualmente vigentes no nos impiden adoptar. La FALGBT se ha encargado de dejar esto en claro ya en diversas oportunidades y no voy a redundar en el asunto.

Lo que sí vale la pena repetir una y otra vez hasta el hartazgo es el más férreo repudio contra la desvergüenza y la total falta de escrúpulos de la diputada CHotton que, embanderada en sus mentiras, no deja de recorrer los canales de televisión en pos de seguir propalando la peste de su homolesbotransfobia.


Ladran, Sancho

Cualquiera podría decir que “por fortuna” pero en realidad es “por justicia” que las voces de las catacumbas vaticanas y los puños de los prejuicios fachos, con su tan diversa variedad de tristes y reprimidos grises, están cada día más solos en medio del colorido de la verdadera diversidad, la que permite que todas las tonalidades coexistan en la misma paleta. La manifestación de esta noche del 28 de junio así lo demuestra. Miles de personas embanderadas tras una sola consigna, la de exigirle al Senado (y por ende al Estado) que apruebe de una buena vez la modificación del Código Civil que toda la población necesita para poner fin a la bochornosa situación de discriminación a la que nos ha relegado hasta ahora.

Aparecen entonces voces desde todos los ámbitos de la cultura y el arte popular voceando nuestras consignas. Consignas que no son solo nuestras. Voces incluso de algunos sacerdotes que marcan la diferencia a la hora de poner en claro quién es quién en el “reino de dios”. Cómo no mencionar las palabras del cura cordobés Nicolás Alessio para quien la homosexualidad no solo no es un pecado sino que se trata más bien de “un don de dios”, en tanto manifestación de lo diverso en el mundo que Él mismo ha creado. Queda claro que, cuando une quiere ser honeste, no hay cabida para las medias tintas.

Y así como hay quien la tiene clara, otres alzan aun más la voz y empuñan sus armas para dar batalla hasta las últimas consecuencias por más que saben que defienden una causa perdida. Les faches, con sotana o sin ella, están nervioses porque saben que el tiempo se les acaba y que el viento les sopla en contra.


Hasta el infinito y más allá

Me decía un amigo, después de la concentración en la Plaza de los Dos Congresos, que (tal como están las cosas y en función del consenso social que ostentamos) somos imparables. Evidentemente, presa de un triunfalismo para nada reprochable, la euforia lo lleva a ver como una realidad concreta ya no solo la modificación del Código Civil sino también la Ley de Identidad de Género, la legalización del aborto responsable, la derogación de todos los códigos contravencionales que penalizan la homosexualidad y el travestismo, etc., etc., etc. Y no le faltan razones. Por mi parte (y parafraseando al benemérito Hugo Moyano) prefiero no almorzarme la cena y esperar a que el próximo 14 de julio al menos treinta y siete senadores levanten la mano a la hora de votar afirmativamente por la aprobación de la nueva ley de matrimonio. Después, paso a paso, irán llegando las demás reivindicaciones. Sin embargo, comparto su optimismo y nadie puede negar que estas reformas cuentan con un amplio consenso social.

Como nunca hasta ahora, una concentración convocada por una organización LGBT ha reunido a les referentes de los más diversos sectores de nuestra sociedad, desde los partidos políticos, sindicatos y movimientos sociales hasta destacades representantes del arte y de la cultura. No faltaron las banderas ni los cánticos de la más diversa índole y todo el mundo se unió en un solo reclamo. Semejante apoyo no puede menos que enorgullecernos y llenarnos de gratitud. Sin embargo, representa además un gran desafío para nuestra colectividad LGBT.

Ahora que la sociedad en su conjunto nos ha tendido su mano, es de esperar que, de aquí en más, nuestras organizaciones asuman a su vez el compromiso de una mayor participación en la cosa pública, dando el presente toda vez que sea necesario para aunar nuestras voces con las de aquelles que reclamen por derechos no reconocidos. “Una mano lava la otra” podrán decir por ahí pero no se trata aquí de un mero juego de conveniencias. Se trata ante todo de un momento histórico en el que es preciso aunar fuerzas con el único norte de la justicia plena.



Justo a tiempo

A pesar de los pesares, debemos ser conscientes de que somos seres privilegiades. Tal vez este concepto nos quede más claro a quienes hemos crecido en el mundo menos permeable a las olas de progreso que precedió al que hoy nos permite soñar con un futuro mejor, pero es imprescindible que nos hagamos cargo de los tiempos que corren y tomemos el toro por las astas. Estamos ante un punto de inflexión tras el cual podremos gozar de la dignidad que nuestra humana condición nos impone.

Y dichas reivindicaciones no han de venir solas porque no es casual que lleguen en este año del Bicentenario. Queda claro que el punto de inflexión involucra también a la aprobación de la ley de medios, el creciente consenso a favor de los derechos humanos, la postulación de las Abuelas de Plaza de Mayo para el Nobel de la Paz, los juicios por la memoria y (¿por qué no?) la confirmación del delito de apropiación por parte de doña Ernestina. Y si la selección de fútbol gana el campeonato mundial, CARTÓN LLENO.


Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que en la noche de ayer ha sido partícipe de una fecha histórica y no tiene dudas de que llegará el día en que se acabe esa costumbre de discriminar.


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