jueves, 2 de abril de 2015

Hoy por tí...


Quienes me conocen saben bien que no me gusta madrugar. Sin embargo, no deja de ser una más de mis profundas contradicciones ya que, al mismo tiempo, me fascina Buenos Aires a primeras horas de la mañana cuando el tránsito aun no se enloquece y la gente deja ver en sus rostros la modorra y el desgano matinales. Es una hora ideal para que aquellos que saben mirar puedan ver lo que habitualmente no se ve.

Hace unos treinta años, cuando me fui de la casa materna por primera vez con la ilusión de iniciar una vida independiente, tenía el hábito de desayunar todos los días en el barcito de la esquina. Me sentaba siempre en una mesa con vista a la calle y no había día en que no presenciara alguna escena digna de destacar. En las calles de Buenos Aires siempre pasan cosas.

Esta mañana, aunque más no fuera por nostalgia, volví a desayunar en un bar. Y la magia regresó.

Mientras esperaba que el mozo me acercara el café con leche, tomé el primer tomo de Juego de Tronos que mi hija me regaló para mi cumpleaños. En realidad ya lo leí en ebook, pero siempre es buena una relectura y mucho más si es en libro impreso. Llegará el día en que la gente olvide el olor y la textura de la letra impresa, pero yo seguiré fiel a mis amores de infancia.

Cuando leía el final del capítulo en que Lord Petyr le miente lealtad a Nedd Stark, aparece junto a mí, pero del otro lado del vidrio que daba a la calle, la figura de una mujer menuda (muy menuda). Se la veía de una condición muy humilde y llevaba un bebé en los brazos. Tendría dos o tres años, no más, y unos ojazos negros casi tan grandes como sus cachetes mofletudos. Justo como esos bebés que inspiran a morderlos de tan tiernitos. El bebé llevaba, además, una bolsita con el logo de una farmacia aferrada en su manito.

Los vi acercarse y por un momento pensé que me pedirían algo. Por progre que uno se sienta, el enano fachista nunca pierde las esperanzas. El bebé llegó a posar su manito libre sobre el vidrio justo delante de mis ojos, pero ninguno de los dos parecía notar mi presencia. Antes bien, siguiendo la dirección de sus miradas y sus sonrisas pude descubrir su verdadero objetivo.

En la pared, del lado de la calle y a pocos centímetros de donde yo me encontraba, habían colgado un recipiente para recolectar las tapitas para el Hospital Garrahan. Estaba alto para la estatura de la mamá, pero el bebé mostraba una decisión inquebrantable. Con la motricidad dubitativa propia de su edad, introdujo su manito dentro de la bolsa y extrajo una tapita azul de agua mineral para luego estirarse todo lo que le daba el cuerpito hasta depositarla en el recipiente. La cara de felicidad al conseguir su cometido no la puedo explicar. A sus mofletes regordetes se sumó una sonrisa que hubiera iluminado la noche más oscura. La cara de orgullo de su madre no era menos tierna. Luego siguió una segunda, una tercera y una cuarta tapita con las que repitieron el ritual. Pensé que la bolsita ya estaba vacía pero quedaba una quinta. Inesperadamente, al manipularla las manitos del bebé la dejaron caer y de pronto la mirada se le nubló.

Fue en ese momento cuando entró en escena un tercer actor. Un sexagenario obeso (muy obeso) caminaba como pato por la vereda y vio caer la tapita que rodaba hacia el pavimento. Con agilidad incomprensible, el viejo la detuvo con un pie. La madre se acercó con el bebé en brazos y quiso agacharse mientras le decía algo al señor gordo (supongo que un agradecimiento). Quiso agacharse pero no lo logró. Por lo visto el peso del bebé era demasiado para su figura tan menuda. Entonces, el hombre se agachó con gran esfuerzo que se vio plasmado en su rostro y recuperó el tesoro del bebé. Cuando volvió a erguirse, una espléndida e hipertensa sonrisa le iluminaba la cara. El bebé no solo sonrió sino que estalló en una carcajada de felicidad que lamentablemente no pude oír pero sí disfrutar a través del vidrio. La mujer volvió a agradecer y pude ver también en el rostro del señor un gesto que decía que la sonrisa del niño había sido suficiente pago por su esfuerzo. La quinta tapita llegó al recipiente y el bebé le entregó la bolsita vacía a su mamá con un gesto infantil que decía "no hay más". La mujer tomó la bolsita, la guardó en su bolsillo y se alejó con el bebé a cuestas.

Como ya dije, en las calles siempre ocurren cosas, solo hay que saber mirar.

Esto fue todo por hoy. Desde las callecitas siempre misteriosas de esta Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que sabe interpretar el mensaje oculto cuando el mozo, en lugar de dar el vuelto solo con billetes de diez, incluye dos de cinco (guiño, guiño).

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