viernes, 9 de enero de 2015

¡SORDO!


Desde hace ya un rato largo, me he convertido en algo así como un Grinch, pero de tiempo completo. Salgo de casa lo justo e indispensable y la sola idea de exponerme al aire libre me produce urticaria. Sin embargo, al igual que el benemérito gobernador bonaerense, si me invitan a un evento, yo voy (aunque suelo ser bastante más selectivo que el aludido gobernante).

Días atrás, un querido conocido (al que tal vez podría llamar amigo, puesto que tenemos una visión del mundo y de la vida misma bastante coincidente) me invitó a ver el estreno de la película en la que participó. No tuve que pensarlo ni por un instante. He presenciado algunas obras de teatro en las que actuó y eso era suficiente garantía para mí. Nos conocimos hace años, cuando nuestras militancias eran otras, y es para mí un tipo muy querible, con valores potentes y una fuerza interior que muchas veces le envidio.


Nelson es sordo. Él lo sabe, yo lo sé, su familia lo sabe, su novio lo sabe, todo su entorno lo sabe. ¿Debería ser tratado de una manera especial por serlo? Claro que no. Pero esto es algo que casi nadie sabe.

Llegué al cine con antelación (raro en mí) y tuve el privilegio de sumergirme en un mundo que (si bien no me era desconocido) me sigue resultando extraño y lamentablemente ajeno. Centenas de personas sordas se aglutinaban en la entrada de la sala Gaumont y conversaban alegremente entre ellas sin que yo pudiera comprender ni papa de lo que se decían. Sí, algunas cosas del lenguaje de señas se entienden, pero casi nada para un total y absoluto ignorante como quien suscribe. Fue la primera película que vi esta tarde. Una que, paradójicamente, estaba musicalizada por las obras de Astor Piazzolla que se emitían desde la fuente ubicada en la Plaza del Congreso. Yo estaba allí, en medio de esa enorme conversación de sordos, escuchando una música que ellos no escuchaban y filosofando sobre lo equivocados que estamos en tantas cosas los que creemos saber tanto sobre todo. Si uno busca en el diccionario, se encuentra que una "conversación de sordos" vendría a ser una "conversación en la que los interlocutores no se prestan atención o no se entienden". ¡Menudo idiota el que escribió esa definición! ¡SOMOS LOS OYENTES QUE NO SABEMOS LENGUAJE DE SEÑAS LOS QUE NO LOS ENTENDEMOS! ¡Ellos se entienden a la perfección! ¡Y pucha que da gusto ver cómo se entienden! Viéndolos, se desmorona la idea de "discapacidad" y cobra sentido el concepto de "capacidades diferentes". En todo caso (pensaba para mí mismo), acá el discapacitado vendría a ser yo. O el heladero que se desgañitaba promocionando su producto y puteaba porque nadie le hacía caso. "Debería ofrecerles uno a uno -le dije después de un rato de escucharlo gritar- ¿No ve las señas?"

Buen comienzo para una velada que me depararía otra grata sorpresa: la "otra" película, la que efectivamente había ido a ver.


El director, las actrices y los actores (entre ellos, Nelson) entraron en la sala entre aplausos y flashes. No diremos como en Hollywood pero...

Luego de unas breves palabras de agradecimiento por parte de Marcos Martínez (el director), comenzó la proyección.

La película (una especie de docuficción, ya que mezcla elementos de documental e historia guionada) impacta desde la primera escena. Muestra un festival de teatro en el que se otorga un premio a un grupo de actores sordos. Lo sorprendente es que esos actores sordos (los mismos que acababan de entrar en el Gaumont entre aplausos y flashes) tuvieron la valentía y la dignidad de rechazar ese premio, considerándolo un premio consuelo, una cocarda lastimera que aludía más a su condición de sordos que a su calidad como actores. La elección de esta anécdota para abrir el film nos dice, claramente: lo que van a ver de ahora en más no tiene concesiones; nosotros sabemos lo que somos, lo que queremos y sobre todo lo que valemos. "Marcar la cancha", que le dicen...

Obvio que no voy a cometer la canallada de contarles la película, pero desde ya les digo que vale la pena verla. ¡Y verla cuanto antes! Ya sabemos lo poco que duran en cartel las producciones que no cuentan con el aval de la Metro.

Les diré (eso sí) que se van a encontrar con una película que muestra un universo paralelo, pero que no es ajeno a nosotros. Nosotros, los oyentes, somos parte de él, aunque lo neguemos o queramos ocultarlo. Esta es una película que expone la cotidianeidad de un grupo de actores sordos que sueñan con mostrar su arte ante las masas, que sueñan con el reconocimiento de esta sociedad de oyentes que los ignora. No por nada su grupo de teatro se llama "Extranjeros".

La excusa es mostrar los avatares que estos artistas deben sortear para poner en escena una obra de teatro titulada "SORDO", pero el resultado es una visión profunda de la pura humanidad que debería definirlos. Porque la sordera es solo un aspecto de sus realidades. Casi insignificante, diría yo. Además de sordos, ellos son seres con virtudes y defectos, con talentos y necesidades como cualquier hijo de vecino. Toda la película es un grito que nos exige (¡nada de súplicas!) abrir las mentes para que la sordera no tape el resto.

En conclusión, SORDO es una película importante, tanto por la temática como por su confección y la calidad de las interpretaciones. El director ha echado mano a cuanto recurso le sirviera para lograr una obra amena y profunda a la vez.

No es Hollywood. Es mucho más.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa y ahora tórrida Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que hoy tuvo el privilegio (una vez más) de abrir los ojos a una magia que solo unos pocos elegidos podemos disfrutar. Y eso es algo que debería ser modificado.


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