viernes, 18 de abril de 2008

¿La nena?


Aunque uno siempre trate de poner distancia entre la propia perspectiva y el vago universo de las tradiciones más acendradas, los quince años de una hija nunca dejan de ser una experiencia insoslayable.

Convengamos que (tal vez a partir de mi orientación sexual, mi pretendido desapego hacia los convencionalismos que limitan el concepto de lo masculino o mi sensiblera proclividad a las manifestaciones de afecto) no me considero un padre como los demás. Mis hijxs están acostumbradxs a los abrazos y a los besuqueos, e incluso pueden llegar a padecerlos cuando se tornan excesivos. Ellxs saben que conmigo no hay tema tabú y que (salvo plata) pueden pedirme lo que quieran. Por otra parte, sé que el tiempo pasa para todxs y que ellxs van camino a transformarse en adultxs, que ya ejercen su independencia con firmeza y bastante responsabilidad y que son capaces de manifestar sus ideas con la libertad que junto a su madre les hemos inculcado.

Sin embargo, un padre siempre será un padre y una de las características básicas de la especie es la de no apartar a la nena de la categoría de tal; es decir: la de "nena". No importa que ella ya presentara en familia a su primer novio hace casi un año. No importa que ya vaya por el tercero. No importa que uno sea conciente de las mirada que la nena cosecha por la calle ni que la suya propia (antes sencilla e inocente) ya bucee en las complejidades inherentes a la astucia, la seducción y los misterios de una mujer adulta. No importa que ostente con total impunidad el cuerpo y la figura que muchxs de nosotrxs hubiéramos deseado a su edad. Por gay que uno sea, la nena siempre será "la nena".

Claro que, fiel a una ideología crítica respecto de las tradiciones, con no poco esfuerzo, me animo a espiar por sobre la tapia de los convencionalismos y, con más esfuerzo aun, la invito a pispear conmigo. No como amigos (siempre habrá de quedar claro que la nuestra es una relacion padre-hija, asimétrica en función de las responsabilidades que atañen a cada uno), no como compinches, sino como pasajeros del mismo tren: el de la familia y el amor.

Lo que vemos al otro lado de esa tapia es un baldío inexplorado con muchas posibilidades de jardín... ¡o de huerto! del que podremos cosechar los mejores frutos de nuestra comunión. O los más amargos, según sea el empeño y la constancia con que hagamos la labor.

Sin olvidar mi derecho a ser falible como cualquier hijo de vecino, siendo padre, necesito poner lo mejor de mí. Y como gay militante, esa necesidad adquiere visos de responsabilidad. Es un hecho que la realidad me impone un privilegio que no debo soslayar: el de ejercer mi paternidad desde una orientación sexual diferente a la que la tradición espera. Y no me gustaría que algún día alguien pudiera echarme en cara, con justa razón, el haber proporcionado nuevos argumentos a los que estúpidamente proclaman que las personas gays, lesbianas y trans no somos idóneos para criar y educar a nuestros hijxs.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que también en el amor encuentra una bandera.

1 comentario:

Araña con antifaz dijo...

Me encantó esta confesión.
Los convencionalismos ya pasaron a segundo plano, mas alla de la identidad sexual que cada uno elija.
Los vínculo, los afectos no se relacionan con la elección sexual.

Te mando un beso grande a vos y a la familia


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