viernes, 22 de febrero de 2008

Homosexualidad y adopción



Esta fue una de las editoriales del día de la fecha en el Diario "La Nación" de Buenos Aires. Curioso que nadie la firme.

Léanlo y, si tienen ganas, dejen su opinión. Más tarde les daré la mía.


Homosexualidad y adopción


Uno de los temas que continúan planteando controversias en el mundo es el que se refiere a la pretensión de las parejas de homosexuales y lesbianas de que se les permita formalizar la adopción legal de niños menores de edad.

Siempre hemos pensado que la recta formación psicológica y afectivo-sexual de un niño requiere la acción conjunta de elementos referenciales femeninos y masculinos. Que la influencia determinante de una pareja heterosexual produce un impacto positivo en el imaginario infantil y adolescente y aporta un valioso modelo de ejemplaridad. Es cierto que, en cualquier matrimonio, la muerte o la ausencia de uno de los términos originarios de la pareja puede ser causada por una fatalidad o por un hecho inevitable, pero es un hecho que el elemento masculino o femenino faltante existió en el origen y siempre será un referente afectivamente recordado.

El caso que se plantea en las uniones de homosexuales o lesbianas es diferente. En esas uniones, la ausencia del término materno o paterno no es el resultado de una circunstancia accidental sobreviniente, sino el producto del rechazo o la exclusión conceptual deliberada de uno de los términos fundantes de la pareja humana. Su ausencia no es indiferente a la formación del niño. De ahí la resistencia que sigue suscitando en muchas sociedades la aspiración de las comunidades de homosexuales y lesbianas a propiciar esa clase de adopciones.

El tema que estamos analizando provocó fuertes discusiones recientemente en Francia con motivo de un caso que adquirió resonancia internacional. Una mujer que se desempeñaba como profesora en una guardería infantil, y vivía en pareja lesbiana, decidió adoptar a un niño. Las autoridades judiciales francesas resolvieron negar la posibilidad de esa adopción por considerar que la falta de imagen paterna podía dañar tarde o temprano al menor. La mujer perjudicada por el fallo invocó haber sido discriminada y decidió llevar la cuestión a los tribunales internacionales, logrando que la Gran Sala de Derechos Humanos del Tribunal Europeo, con sede en Estrasburgo, dictara -por diez votos contra siete- una sentencia condenatoria contra el Estado francés, al que se acusó de haber discriminado a la adoptante por razón de preferencia sexual. Según el Tribunal Europeo, el argumento que se invocó para impedir la adopción -la "falta de una figura paterna"- fue un simple pretexto. La verdadera causa de la denegatoria era la homosexualidad de la peticionaria. Y eso había configurado un acto discriminatorio y prejuicioso.

Es curioso, porque la mecánica del fallo del Tribunal Europeo, al erigir como factor previo, absoluto y determinante la supuesta barrera de la discriminación, se convirtió en un impedimento para que se analizara la cuestión de fondo que subyacía detrás del caso judicial originario. De lo que se trataba era de determinar si la formación sexual del niño podía resultar dañada por el carácter de una unión originada en una relación contraria a las leyes de la naturaleza. Dicho de otro modo: el propio fallo del Tribunal introdujo un preconcepto rígido, un prejuicio de hierro, a partir del cual se impidió dilucidar el verdadero motivo que todo juicio de adopción pone en cuestión y que no es otro que la determinación del verdadero interés del menor.

La idea de que los niños constituyen "cobayos" con los cuales se puede justificar cualquier experiencia es, fuera de toda duda, violatoria de la Convención de los Derechos del Niño. Sorprende la falta de referencia a esa norma fundamental en una sentencia dictada por un tribunal internacional que privilegia el respeto a los principales estatutos de derechos humanos.

Lo que aquí señalamos no va en desmedro, por supuesto, de la dignidad esencial de todas las personas en relación con la libre elección de su orientación sexual y del modo de canalizarla. Las uniones de homosexuales o lesbianas merecen el más absoluto respeto cuando son el resultado de esa libre determinación. Lo que aquí hemos pretendido señalar es otra cosa: es, simplemente, que cuando se trata de convalidar una adopción legal nada puede importar más que el supremo interés de ese menor. Y es sólo desde esa preocupación que la cuestión debe ser analizada, ya que de ningún modo está demostrado que la vida con padres homosexuales vaya a resultar inocua para su formación.

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