domingo, 29 de septiembre de 2013

Besos en el Vaticano


Hace algunas semanas, el papa Pancho hizo declaraciones que armaron gran revuelo. Decía el papa que los católicos debían acompañar "con misericordia" a los homosexuales. "¿Quién soy yo para juzgarlos?" acotaba.

Después de eso, escuché a varios creyentes ensalsando los dichos de su líder y a muchos otros ilusionándose por un posible cambio de postura de la iglesia de Roma respecto a temas que siempre han sido tabú, como la homosexualidad o el aborto.

Sin embargo, si uno mira más allá de la superficie, las cosas parecen ser no tan simpáticas.

Es un hecho que la grey católica se ha visto diezmada en las últimas décadas a raíz de diversas cuestiones que no me corresponde analizar. No obstante, es sencillo ver en estas y en otras declaraciones del papa un deseo de acortar la brecha abierta durante siglos entre el pensamiento y la conciencia de gran parte de la comunidad católica (más abierta a un cambio de mentalidad que permita desterrar ciertos prejuicios) y la férrea obstinación  de la jerarquía (que sigue pensando y actuando como si el medioevo siguiera en boga). 

Pero ¿ha cambiado en realidad la postura de la iglesia respecto de nosotros? Veamos...

El papa propone, por ejemplo, un reconocimiento al rol de la mujer en la iglesia pero ni habla de incluirlas en el plano sacerdotal. Recomienda una actitud misericordiosa y piadosa respecto de los homosexuales pero sigue imponiéndonos (al menos en sus deseos) castidad y recato. Dice que la iglesia no debe obsesionarse con los homosexuales pero se abstiene de impartir directivas a sus subordinados para que cesen las acciones de lobby en contra de legislaciones que beneficien a la comunidad LGBT. De hecho, cuando todavía era cardenal, él mismo encabezó la pelea contra la aprobación de la ley de Matrimonio  Igualitario en Argentina, dándole el carácter de "guerra de Dios".

Uno podría decir que una cosa era el cardenal y otra el papa. Pero resulta que, en medio de las repercusiones de sus declaraciones, la Sede de Roma, con firma del propio papa, EXCOMULGA (o sea, expulsa de la iglesia católica) al sacerdote australiano Greg Reynolds por apoyar a los gays y apoyar la inclusión de las mujeres en la jerarquía vaticana. Curiosa medida y muy esclarecedora si uno quiere hacerse una idea de lo que siguen pensando en Roma, teniendo en cuenta que el cura Grassi (condenado en tres instancias judiciales por crímenes de índole sexual contra menores) aun cuenta con el apoyo y la complicidad de la curia.

Claro que eso no es todo. La mano dura de la iglesia también se ocupa de temas que, comparadas con las ya mencionadas, podrían considerarse como cuestiones menores.

Esta semana se inauguró en Roma una exposición fotográfica del artista sevillano Gonzalo Orquin. Las obras que integran la colección muestran a parejas del mismo sexo besándose ante los altares de distintas iglesias de la capital italiana. Si me preguntan, mi respuesta sería que no es mi ilusión tomarme una foto semejante con mi pareja. No soy católico ni me interesa. Pero valoro el mensaje que supongo estuvo en la mente del artista a la hora de realizar su obra: poner en plano de igualdad a las parejas homosexuales y a las heterosexuales. La imagen de una pareja hombre-mujer besándose frente a un altar es algo que no alteraría la conciencia de nadie. Sin embargo, el beso de dos hombres o de dos mujeres en el mismo ámbito ha levantado una gran polémica. Y esa polémica ha sido encabezada por la misma curia romana.

El Vaticano ha amenazado a la galería con iniciar acciones legales, en un claro y flagrante acto de censura. El vocero del papado, Claudio Tanturri, declaró a medios italianos que las fotos violan la Constitución italiana, que "protege el sentimiento religioso de las personas y la función de los lugares de culto. Por ello, estas fotografías son inapropiadas y ofensivas para la espiritualidad del lugar ".

Las imágenes que siguen (según la sede vaticana y muchos católicos) hieren el sentimiento religioso y son ofensivas e inapropiadas.
















Cada cual podrá sacar sus propias conclusiones.


Esto es todo por hoy. Desde las todavía invernales callecitas de la misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, día a día, sigue comprobando que nada cambia de un día para el otro. O sea que Pancho es puro cuento.

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