miércoles, 13 de marzo de 2013

Del Cónclave del Terror al de los Cardenales sin Techo



Supongo que nadie ignora que, por estos días, se están llevando a cabo en la ciudad de Roma las negociaciones tendientes a la elección de un nuevo Papa. En el día de ayer, ciento quince prelados se han reunido en la recientemente inaugurada Casa de Santa Marta, donde se sacarán los ojos de modo más o menos secreto y decidirán quién será el encargado de llevar las riendas del Estado Vaticano y de toda la Grey Católica (o al menos la parte de ella que todavía sigue los preceptos de la Santa Sede).

Los seguidores de este blog y quienes me conocen en persona habrán de saber que este tipo de cuestiones litúrgicas están muy por fuera de mis intereses habituales. Pero así como los vaivenes de esta oligarquía cardenalicia me tienen muy sin cuidado, debo confesar que mi amor por la historia y el morbo comadril que anida en mis tuétanos me ha llevado a leer sobre algunos acontecimientos (remotos y no tanto) vinculados con las elecciones papales a lo largo de la Era Cristiana.

La historia misma de la palabra "cónclave" ya resulta interesante, por ejemplo, y podríamos iniciarla hablando brevemente de Federico II Hohenstaufen, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, cuyo reinado se caracterizó por una terrible enemistad con el papado que sería muy extenso detallar en estas líneas pero que no deja de ser interesante a la hora de analizar los intereses políticos que se movían, ya desde aquellas épocas lejanas, en torno al poder de los herederos de Pedro.

El Siglo que parió los Cónclaves


Corría el año 1241 y Federico había sido excomulgado por el Papa Gregorio IX, quien quiso reforzar su posición convocando un concilio en Roma con el solo objetivo de deponer al emperador. Obvio que Federico no se quedó de brazos cruzados. Puso sitio a Roma y ordenó la detención de todo el que viajara a la ciudad para responder al pedido del papa. Quiso entonces el destino que, durante el sitio, muriera Gregorio IX.

Se celebró entonces en Roma lo que muchos historiadores llamaron el "cónclave del terror".

Había en ese momento en el mundo cristiano solo doce cardenales, de los cuales dos habían caído prisioneros en manos del Emperador y, por consiguiente, no podrían participar de la elección del nuevo papa. Los diez participantes estaban divididos, por partes iguales, entre los que propiciaban un entendimiento con Federico y los que pretendían luchar contra él hasta las últimas consecuencias. Se tornaba así imposible que un candidato alcanzara los dos tercios de los votos necesarios para ser electo. Tras nueve días de infructuosas negociaciones, el senador romano Mateo Rosso Orsini (virtual dictador de la ciudad sitiada) ordenó que los cardenales fueran encerrados en las ruinas del Palacio Septizonio, ubicado en el Palatino, para acelerar la elección e impedir la influencia del Emperador. Como los prelados fueron encerrados bajo llave ("cum clavis" en latín), este evento es reconocido como el primer Cónclave de la historia.

Aun así, el encierro no fue suficiente para dirimir las diferencias entre los cardenales y las discusiones se alargaron durante dos meses más. Las disputas hubieran sido incluso más prolongadas de no haber mediado una circunstancia que quizá nadie tuvo en cuenta en ese momento. El Septizornio era un edificio del siglo I y se caía a pedazos. No contaba con ninguna comodidad ni servicio sanitario. De modo que las duras condiciones del encierro provocaron la muerte de dos de los electores, produciéndose así un desbalance en la cantidad de miembros de una de las facciones enfrentadas. El 25 de octubre de 1241, los ocho cardenales, congregados a la fuerza entre aquellas paredes corroídas por la humedad, eligieron como nuevo papa al cardenal Godfredo Castiglioni, quien adoptó el nombre de Celestino IV.

Lo paradójico fue que el flamante pontífice no llegó a ser consagrado y murió dos semanas después a causa de los padecimientos sufridos durante las deliberaciones (aunque hay quien afirma que se trató de un caso de envenenamiento). Su única decisión importante fue la de excomulgar a Orsini.

Y lo gracioso fue que, ante la muerte repentina de Celestino, temerosos de un nuevo cónclave en las mismas condiciones, los cardenales huyeron de Roma y no volvieron a reunirse hasta 1243, cuando pudieron elegir a Inocencio IV, en condiciones mucho más humanitarias.

El siguiente cónclave, como tal, tendría lugar 27 años después.

Entretanto, Inocencio llegó a un acuerdo con Federico y todos los problemas entre el Papado y el Imperio parecían llegar a su fin. Pero pronto quedaría claro que no todo lo que brilla es oro. Federico pretendía el poder sobre Europa y no podía permitir que un papa, cualquiera fuera, le impusiera condiciones. De manera que, tras nuevos entredichos, nuevas excomuniones y reiterados sitios a Roma y a las ciudades italianas, la victoria parecía ya del lado del Emperador cuando éste encontró la muerte el 13 de diciembre de 1250 en Castel Fiorentino cerca de Lucera, en Apulia, después de un ataque de disentería. El papa lo seguiría cuatro años más tarde.

El siguiente papa fue Alejandro IV, quien siguió las luchas contra los Hohenstaufen, herederos de Federico, y canonizó a Santa Clara de Asís. Murió en 1261 y sus restos descansan en la Catedral de Viterbo pero se desconoce su ubicación exacta, ya que fueron escondidos por temor a que el cuerpo fuese profanado. Se ve que no eran tiempos amables para los papas.

Viterbo es una ciudad italiana cercana a Roma que aun hoy conserva entre sus atractivos turísticos el Palacio de los Papas, una propiedad que los pontífices utilizaron durante siglos como residencia de verano o como residencia provisional cada vez que en Roma la cosa se ponía peligrosa. Allí se reunieron los cardenales para elegir al sucesor de Alejandro IV. Claro que esa reunión no tenía nada que ver con los padecimientos sufridos en 1241. Desde aquella época, los cardenales seguían siendo ocho y, entre ellos, de pura casualidad, se hallaba el Patriarca de Jerusalén, Jacques Pantaleón, francés hijo de un zapatero, que buscaba ayuda contra el asedio que sufría el Santo Sepulcro por parte de los musulmanes. Los prelados una vez más no se ponían de acuerdo y ninguno de los candidatos presentados alcanzaba los dos tercios; de modo que, tras tres meses de deliberaciones, alguien decidió patear el tablero y propuso al Patriarca. La elección no se hizo esperar y el nuevo papa asumió con el nombre de Urbano IV (no es mi culpa que casi todos los papas de este siglo fueran IV).

Con la excusa de solucionar el problema de las largas discusiones por alcanzar los dos tercios para la elección de los papas, una de las primeras disposiciones de Urbano fue la de nombrar 14 nuevos cardenales. Por esta razón, fue prontamente acusado de nepotismo, ya que los nuevos prelados eran todos parientes de los cardenales que lo habían puesto en el trono de Pedro. Cada cual que piense lo que quiera. Los problemas con los sucesores de Federico no terminaban y en Roma la cosa estaba cada vez más caldeada entre los partidarios de pactar con el Imperio (los gibelinos) y sus enemigos (los güelfos). Al punto que Urbano creyó conveniente no acercase a la Santa Sede y pasó la mayor parte de su papado en Viterbo.

Claro que el papa tomó partido por los güelfos e hizo todo lo que estuvo a su alcance para perjudicar los intereses de los Hohenstaufen, herederos de Federico II. Para ello contó con un talentoso jurista y diplomático francés llamado Guy Le Gros Foulques, quien desempeñaría un papel muy importante en toda esta historia.

Guy Le Gros Foulques era noble y había nacido en 1202 en la ciudad de Saint Gilles, al sur de Francia. Cuando su madre murió, su padre dejó de lado sus deberes familiares y se metió a monje. Guy se hizo cargo de los bienes familiares, contrajo matrimonio y sirvió durante un tiempo como oficial de los ejércitos reales, para finalmente iniciar una exitosa carrera como jurista. El mismo Rey Luis IX de Francia (canonizado en 1297 por el papa Bonifacio VIII) lo llamó a su servicio y lo convirtió en uno de sus principales consejeros. Sin embargo, en 1256, al quedar viudo él también y con dos hijas, siguió los pasos de su padre, abandonó la vida mundana y también se refugió en un convento. Se nota que había cierta predisposición genética.

Sin embargo, seguir los pasos de su padre tal vez fuera su intención pero las necesidades del monarca eran superiores a sus deseos y, a los pocos meses de tomar los hábitos, se vio obligado a retornar al servicio activo. Claro que su "sacrificio" se vio retribuido con una carrera eclesiástica que podríamos llamar meteórica, puesto que en 1261 ya era nombrado como cardenal por el papa Urbano IV, en una de sus primeras disposiciones al frente de la Santa Sede.

Luego de numerosas misiones diplomáticas al servicio del Papa y del Rey de Francia, en 1265, participó en las operaciones que terminarían por reponer a Enrique III (cuñado de Luis IX) en el trono de Inglaterra y es durante el viaje de regreso a Francia que se produce la muerte del Papa. Apenas pisó suelo francés, recibió un mensaje urgente del Colegio Cardenalicio exigiéndo su presencia inmediata en Perugia, ciudad de Italia en la que había fallecido el pontífice. Recién cuando estuvo frente a los cardenales se le comunicó que había sido electo por unanimidad "in absentia".

Por cierto que Guy era un tipo de sobrada experiencia en cuestiones palaciegas y tal vez por eso se vio sorprendido por su nombramiento y no se creyó capaz de llevar la carga que se le estaba ofreciendo. Nadie tenía dudas de que detrás de su elección se hallaban las maquinaciones de Luis IX, pero aun así su primera reacción fue la de rechazar el papado. Se dice que dio sólidos argumentos para que los electores cambiaran de parecer e incluso que llegó a implorarles que no lo eligieran. Sin embargo, sus súplicas y sus lágrimas no convencieron a los cardenales y, tras una reunión secreta con los enviados del rey, Guy terminó aceptando a regañadientes y fue finalmente coronado con el nombre de Clemente IV (¡otro más!). A juzgar por las opiniones de sus contemporáneos, la decisión de los cardenales (influidos tal vez por el Rey Luis) no fue errada, ya que todos coinciden en que fue un papa piadoso y ejemplar, algo poco frecuente en aquellas y todas las épocas, si se me permite la opinión personalísima. Las únicas pobres que tal vez no estuvieron felices con su pontificado fueron justamente sus hijas. Tras su nombramiento, Clemente IV dispuso que ninguno de sus parientes tuviera acceso a cargos dentro de la Curia y que las dotes de sus hijas serían reducidas drásticamente para desalentar las aspiraciones a ser yernos del papa. Resultado: ante la falta de candidatos, las dos niñas terminaron metiéndose en un convento.

En otro orden de cosas, fue Clemente el encargado de terminar con las extensas disputas entre el Papado y la familia de los Hohenstaufen. Su lealtad estaba con el Rey de Francia y por él se jugó el todo por el todo. Enfrentó militarmente a Manfredo, hijo y heredero de Federico II, y gracias a su tenacidad salió triunfante. Manfredo se había hecho coronar como Rey de Sicilia y en alianza con las ciudades del norte de Italia reclamaba el control de toda la península. Ya Alejandro IV lo había excomulgado y durante el papado de Urbano IV se había ofrecido la corona de Sicilia a Carlos de Anjou, hermano del Rey de Francia, a través de negociaciones inspiradas por el aun Cardenal Guy Le Gros Foulques. Con la aparición de los ejércitos franceses, tras las victorias de Benevento (1266) y Tagliacozzo (1268), terminó definitivamente el poder de los Hohenstaufen.

Carlos lograba así la corona de Sicilia, pero para ello tuvo que firmar un tratado con el papa en el que se aseguraba la libertad de la iglesia y la supremacía de la Santa Sede en la política italiana. En 1266, Carlos fue coronado en la Basílica de San Pedro, pero Clemente le daría muestras de su poder terrenal. El día de la ceremonia, se retiró de Roma rumbo a Viterbo y dejó la coronación en manos de un cardenal designado a ese propósito. Era su manera de decirle a Carlos: "Sos importante pero no tanto como para que yo me tome el trabajo de coronarte". Obvio que las relaciones entre Carlos y Clemente no fueron, desde entonces, las más cordiales, pero el papa mantuvo siempre el dominio y cuando murió, en 1268, dejó el papado en una mucha mejor condición que cuando recibió las llaves de San Pedro.

Lo que él no sabía era que su muerte sería sucedida por el cónclave más largo de la historia.

Clemente IV también murió en Viterbo y allí se reunió el Colegio Cardenalicio una vez más, dividido en diferentes facciones, cada cual con posiciones distintas a la hora de decidir cómo manejar el poder que dejaba el pontífice fallecido. Unos eran partidarios del alineamiento con Francia y otros del incremento el poder italiano liderado por Roma.

Las deliberaciones comenzaron el 29 de noviembre de 1268 y las posiciones enfrentadas eran tan firmes que, pasado el tiempo, era imposible llegar a un acuerdo. Entretanto, las autoridades civiles de Viterbo se esmeraban por hacer que la vida de los prelados durante las votaciones fuera lo más placentera posible. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba sin que se llegara a un acuerdo, los fieles empezaron a impacientarse y (recordando la elección de Celestino IV) optaron por recurrir una vez más al método del cónclave.

Habían pasado ya más de dos años de discusiones (y algunos cardenales habían fallecido durante las mismas) cuando, por orden municipal, los electores fueron encerrados en el Palacio Episcopal bajo llave y con impedimento de comunicarse con el exterior hasta tanto la Cristiandad no contara con un nuevo pontífice. Como el encierro no daba resultado, se les disminuyó la alimentación a tan solo pan y agua. Pero ni aún así se llegaba a un acuerdo, por lo que los habitantes decidieron levantar el techo del palacio para dejar a los cardenales expuestos a las inclemencias del clima y así "inspirarlos en su contacto con el Espíritu Santo".

Acuciados por la situación, los quince cardenales que quedaban decidieron nombrar una comisión de seis integrantes para que realizara la elección. Era un método desesperado pero que dio resultado, aun cuando el merecedor de los votos cardenalicios fue quizá el menos esperado. Su nombre, Teobaldo Visconti, diácono de Lyon, nacido en 1210 en Placenza, Italia, y educado en Francia. Era tal vez una consesión por parte de ambos bandos. Pero lo extraño fue que ni siquiera era sacerdote al momento de ser elegido. Es más, ni siquiera se encontraba en Europa, ya que un año antes, después de pasar por Roma, se había plegado a la Octava Cruzada impulsada por Luis IX. Recibió la noticia de su nombramiento en San Juan de Acre, en Tierra Santa, y hubo que esperar su llegada a Italia para proceder a su ordenación como sacerdote, el 19 de marzo de 1272, y su consagración como Papa, una semana después, adoptando el nombre de Gregorio X.

Podría seguir contándoles "exentricidades" de las elecciones papales, pero lo cierto es que ya me dio pereza.

Eso es todo por hoy. Desde las callecitas ya otoñales de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, hoy por hoy, sigue viendo con mejores ojos las viejas historias lavadas por el tiempo y las prefiere a las mezquindades y bajezas contemporáneas, que sí han de afectarnos directa o indirectamente.



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