viernes, 27 de abril de 2012

Violencia solapada



En esta ciudad nuestra (la de Buenos Aires digo) hay ciento de miles de historias. Algunas importantes que merecen titulares en los medios. Otras insignificantes. Algunas que vemos. Otras que imaginamos... Y muchas que vemos y no nos importan (por miles de razones). La que sigue está recién salidita del horno. Sucedió hace unas horas frente a la Plaza Flores, cuando estaba anocheciendo.

El hombrecito andaba rengo vaya a saber por qué. Era una bolsita de huesos que apenas superaba el metro y medio. ¿Edad? Indeterminada: más de veinte y menos de ciento cincuenta. Empezó a cruzar la Avenida Rivadavia por el medio de la calle como quien no quiere llegar a la otra vereda. Yo lo miraba casi de frente y lo vi surfear entre los autos con su andar de péndulo, gritando y gesticulando como loco que lo lleva el diablo. Me bastó con mirar fugazmente en dirección a sus gestos para completar la escena: un colectivo de la línea 133 levantaba pasajeros en su correspondiente parada. Seguramente el hombrecito temía perderlo y por eso emprendió la arriesgada travesía pasando por alto las sendas peatonales. Fueron décimas de segundo lo que duró mi distracción mirando el colectivo. Cuando mi atención regresó con el hombrecito pude ver cómo una camioneta le golpeaba el brazo izquierdo y, en el sacudón tremendo, su gorra azul volaba tras el vehículo que casi lo había atropellado. Él no pareció inmutarse. Como robotizado y esquivando a los demás autos con extraña pericia, fue detrás de su gorra con su melena renegrida y pegoteada al descubierto. Yo, que tampoco estoy exento de prejuicios, imaginé cuántos días llevaría esa cabeza sin lavarse... y hasta pude oler el sudor rancio que emanaba de su cuerpo, sin contar con el don especial que hubiera necesitado para ello. El hombrecito recuperó su gorra a unos veinte metros, se agachó para recogerla del asfalto y otro auto estuvo a punto de llevárselo puesto cuando se erguía. Entretanto, el último pasajero ya estaba a punto de subir al colectivo, razón por la cual el hombrecito retomó el plan primigenio y empezó una vez más con los gritos y los gestos para llamar la atención del colectivero. Cuando pudo por fin llegar a la vereda, el colectivero cerró la puerta y arrancó. Los demás vehículos que circulaban por la avenida y el corte del semáforo de la esquina le impidieron recorrer más de veinte metros. Siempre a puertas cerradas. Fue así como el hombrecito corrió una vez más y golpeó tímidamente el vidrio de la puerta plegadiza del colectivo y suplicó al chofer que lo dejara subir al vehículo. Incluso le mostró las moneditas con las que iba a pagar el pasaje. Llevaba una camperita de nylon roja, muy liviana, y a través de una gran tajo lateral podía verse que debajo no había nada; solo pellejo adherido a la osamenta. Y hacía frío.

El chofer se mantuvo en sus trece y no abrió la puerta. El hombrecito resignado se dejó caer sobre el cordón de la vereda y ahí permaneció sentado unos segundos. El colectivo había vuelto a moverse pero el tránsito a esas horas es muy pesado y no tuvo más que detenerse una vez más antes de llegar a la esquina. Al ver esto, el hombrecito volvió a la carga. Como si el frío del anochecer no le hiciera mella, se levantó como resorte y corrió tambaleante hasta ponerse una vez más junto a la puerta de acceso al colectivo. Golpeó una vez más el vidrio. Un poco más decidido esta vez. Pero el resultado fue el mismo: la puerta continuó cerrada.

Entonces con un gesto de hartazgo, bajó los brazos y enfiló nuevamente con su pata mocha hacia la parada.

Pasaba junto a mí cuando alguien gritó "Eh, flaco" entre el tumulto de los bocinazos. Instintivamente se dio vuelta el hombrecito, seguro de que ese llamado era para él. Y no se equivocaba. Yo también giré mi vista en dirección a la voz que lo llamaba. Dos señoras y el adolescente que había gritado, bien vestidos ellos, se disponían a abordar el colectivo de la línea 133 al que el hombrecito parecía no tener acceso.

La escena que siguió duró apenas unas décimas de segundo. El rostro sucio del hombrecito se iluminó fugazmente y su pierna mocha intentó moverse para dar el primer paso. Pero de inmediato una sombra lo oscureció aun más de lo que ya era y cualquiera que tuviera una pizca de sensibilidad habría podido descubrir en su mirada la huella inconfundible de la desolación. Chasqueó los labios, dejó caer los brazos otra vez y bajó la cabeza. Permaneció allí unos segundos como un muñequito de trapo sostenido de la nada y después reemprendió la marcha oscilante hacia la parada. El colectivo arrancó y, esta vez sí, se sumó a la fluidez del tránsito y desapareció rumbo al centro.

Eso es todo por hoy, amigas y amigos. Desde las frías callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no ignora que hay mil formas de abatir a un ser humano. Miserable aquel que golpea sin arriesgar la cara...


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