jueves, 8 de marzo de 2012

Susana Trimarco: ejemplo de que se puede



Cada año, para estas fechas, los muros feisbuqueanos, los blogs y twitters suelen poblarse de salutaciones y artículos varios referidos al Día Internacional de la Mujer. Estoy seguro de que muchas y muchos entre quienes participan de este ritual pagano desconocen por completo las razones históricas de tal conmemoración. No seré yo, sin embargo, el encargado de iluminar ese bache cultural (para eso existe WIKIPEDIA). Muchas personas, incluso, suelen caer en viejos lugares comunes y declaman con orgullo que “días de la mujer son los trescientos sesentaicinco días del año”. Tampoco voy a entrar en la polémica. Aunque no me privaré de opinar que la demagogia no cotiza tanto como el respeto.

De todos modos, cada año para estas fechas, suelo preguntarme íntimamente qué mujer sería la merecedora del “premio a la mujer del año” y mi selección siempre resulta engorrosa, además de parcial e intrascendente. Pero la consideración de la vida misma puede, en muchos casos, merecer los mismos calificativos, razón por la cual insisto una y otra vez, año tras año. Claro que cualquiera podría preguntarse para qué sirve tal galardón y una respuesta rápida bien podría asegurar que no sirve para nada. En cambio, si nos ponemos a pensar, si consideramos las desventajas que aun hoy deben afrontar las mujeres en medio de las distintas culturas machocéntricas que pueblan el amplio espectro de nuestras sociedades, la respuesta se hace acreedora a una mayor deferencia.

Imposible no pensar por estas fechas en Susana Trimarco, una mujer que ha sacado de sus tripas el coraje inconmensurable que le otorga su maternidad para llevar adelante una investigación que ni las autoridades gubernamentales tuvieron la voluntad de emprender. He escuchado por ahí que una madre es capaz de todo por sus hijos, pero la realidad nos enrostra que, entre todas las madres cuyas hijas han sido víctimas de la trata, solo Susana Trimarco ha tenido la fuerza de luchar contra viento y marea, de enfrentarse a vaya uno a saber qué peligros y mafias, con tal de dilucidar el misterio que envuelve a la desaparición de Marita. Desaparición que ya se ha extendido durante NUEVE AÑOS sin que los poderes del Estado hayan podido darle a Susana una solución o una respuesta que aplaque su insoportable dolor y su desesperación. Cada quien hace lo que puede con la cruz que le toca, pero habrá que reconocer que hay quienes pueden más que el común de los mortales. En ese sentido, no faltará quien opine que la fortaleza de espíritu no es privilegio del género femenino y sin dudas voy a estar de acuerdo con ello. Lo que pasa es que, si hablamos de trata (y sin ánimos de bastardear el tema reduciéndolo a un impúdico Boca-River de los derechos humanos), las mujeres se llevan la peor parte.

Somos muchas las personas que, en nuestro país y en el mundo, seguimos con atención el juicio oral y público que se está desarrollando por estos días en la ciudad de Tucumán. Juicio que por fin lleva al banquillo a trece imputados por la desaparición de Marita Verón. Juicio que nunca hubiera tenido lugar sin la terca convicción, la férrea voluntad y el temerario amor de una madre como Susana Trimarco.

Algunas personas preferirán autoengañarse y quedarse con la idea de que en el Jardín de la República solo se está sometiendo a juicio a unos tipos responsables de un delito. Pero este juicio no es solo eso, sino que además es un enjuiciamiento a tantos años de hacernos los boludos. Este juicio, para quienes tienen la honestidad de verlo, también pone en evidencia la naturalización del proxenetismo y la aceptación irresponsable (sin causas valederas pero con terribles efectos) de una condición sub-masculina a la que se desecha todo ser humano que no encaje en la escueta definición de “macho”. Y es más: este juicio, que desenmascara la hipocresía y la doble moral del patriarcado, le grita piedra libre a la complicidad de jueces, policías y políticos, sin cuya protección las redes de trata de mujeres, niñas y niños no podrían actuar con la libertad con que lo hacen. Susana ha denunciado públicamente y con nombre y apellido a elevados funcionarios de gobiernos provinciales y a miembros del aparato judicial y de seguridad. Una de las ciento veintinueve víctimas liberadas, gracias a las acciones emprendidas por la madre de Marita, se negó a declarar frente a un juez de La Rioja por haberlo reconocido como uno de los asiduos clientes del prostíbulo donde ella estaba secuestrada. ¿Puede una persona cabal y honesta seguir mirando para otro lado cuando se le enrostra que la sociedad en la que vivimos ha estado conviviendo con esta tragedia cotidiana y silenciosa durante décadas sin que a ninguno de nosotros nos haya nacido la voluntad de decir basta, sin que a ninguno se nos haya ocurrido sencillamente la idea de cuestionar cuán natural puede ser que una mujer resulte apenas una cosa al servicio del placer del macho?

Tenemos por delante una gran tarea educativa. La trata de personas existe; no son pocas las mujeres que mueren quemadas por machos celosos y déspotas; las disputas conyugales siguen resolviéndose a los golpes; aunque tambaleante, el machismo sigue reinando en nuestros hogares, en nuestras escuelas y hasta en nuestro lenguaje; los adolescentes gays se siguen suicidando agotados por el acoso al que son sometidos a raíz de su condición sexual; las personas trans se ven obligadas día a día a defender su identidad y su integridad frente a la violencia de una sociedad que no comprende que todas y todos tenemos derecho a ser quienes sentimos que somos... Mientras todo esto siga formando parte de nuestro presente, habrá que seguir trabajando en contra de una cultura que nos ha enseñado durante siglos que todos somos iguales, pero también que algunos son más iguales que otros, de acuerdo a lo que tengan entre las piernas y al uso que haga de esos atributos.

Estamos en una época de cambios. Una época en la que Susana Trimarco hace diferencia. ¿Por qué? Sencillamente porque, más allá de la sentencia a la que arribe el tribunal tucumano, ella es el ejemplo cabal de que se puede luchar contra el sistema con la decisión de abjurar las injusticias y mejorar lo heredado.

Todas y todos podemos aceptar lo que nos caiga encima con encomiable estoicismo. Pero también podemos asumir los costos y hacer algo para que las generaciones futuras sean capaces de ver las iniquidades de hoy (esas que nos siguen pareciendo tan “naturales”) como lo que realmente son: malditos engendros de una cultura que se nutre de odio, discriminación y violencia.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, apenas un cronista de su realidad que en el día de la fecha busca homenajear en una mujer a todas las mujeres que aman y se esfuerzan día a día por defender su dignidad (más allá de lo que haya entre sus piernas, por supuesto).




1 comentario:

Franco Gordo Puto dijo...

Muy buen resumen de la situación.
Y muy justa elección en estos días.

Abrazo enorme!


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