lunes, 8 de marzo de 2010

Los derechos de las mujeres también son derechos humanos


Cuando yo era joven, las discusiones con mi señora madre podían surgir a partir de cualquier nimiedad. Ambos éramos lo suficientemente tercos como para no dar el brazo a torcer, más allá de las consecuencias. Ella misma aseguraba que, en la vida, había dos maneras de hacer las cosas: mal o como las hacía ella. Y mi espíritu acuariano me llevaba a cuestionar sistemáticamente sus métodos, aun cuando en mi fuero interno estuviera de acuerdo con ellos en más de un caso. Planchar las camisas, por ejemplo. A mi juicio, ella nunca las planchaba lo suficientemente bien y era mi gusto hacerlo a mi modo. Sin embargo, para una mujer que había sido educada a la vieja usanza, permitir que su hijo varón realizara una tarea eminentemente femenina era algo vergonzoso y digno de desaprobación. “¡Cómo vas a planchar vos si estoy yo en la casa para hacerlo!”.

Esta frase me acompañó a lo largo de toda mi vida, aun ahora que ya han pasado casi quince años desde que mi madre ya no está. Pero lejos de ser una ley universal, es más bien una proclama que incita a la rebelión.

No es que no fuera una mujer inteligente. Edipos aparte, mi madre ha sido una de las mujeres más brillantes que he conocido. Esto no impidió que haya hecho del machismo uno de los pilares de su existencia. Una mujer que luchó a destajo por sacar su familia adelante, sin un marido a su lado en quien recostarse. Una mujer con una fuerza titánica y un sentido de la dignidad y de la solidaridad inigualable. Una mujer que, sin embargo, no pudo ir más allá de los prejuicios que la relegaban a un rol meramente doméstico, por más que estuvieran a la vista sus capacidades trascendentes de aquella tradición medieval.

A veces se me da por preguntarme qué pensaría mi madre ahora, si viviera. No lo sé. A pesar de su lucidez, no la imagino como una mina flexible que se adaptara fácilmente a las nuevas circunstancias. Si me apuran, me atrevería a asegurar que, hoy por hoy, estaría en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, se opondría a la legalización del aborto, no aceptaría el desarrollo de la tecnología de las células madres ni la proliferación del alquiler de vientres. Y también estoy seguro de que no tendría una justificación muy clara para adoptar esas posiciones. La tradición tiene esas cosas. Su mundo caótico necesitaba cimientos inamovibles y cualquier temblor amenazaba la estructura misma de la vida. En cambio, la imagino defensora de las mujeres golpeadas y de las víctimas de la trata de personas. ¿Era mi madre distinta a las demás madres? ¿Era menos evolucionada que las demás mujeres y los hombres de su época? ¿Era un dinosaurio si la comparamos con la media de la sociedad actual? No lo creo.

Ciertamente, mi señora madre y la gran mayoría de sus congéneres no han hecho del feminismo su manera de enfrentar el mundo y (al menos no masivamente) tampoco lo hacen en la actualidad. La necesidad de rebelarse y de revelarse no es un norte que guíe el derrotero de tantas y tantas que padecen todavía la cultura que nos legaran los ancestros. Sin embargo, rebelarse en contra de esa tradición que las oprime y revelarse a sí mismas como personas dignas de respeto que ejercen sus derechos, ese fragor por dar a conocer al mundo quiénes son y quienes quieren ser, es una música que comenzó como un tenue murmullo y hoy en día ya se perfila como bella sinfonía que llegará a liberarlas y a liberarnos.

El 8 de marzo es, sin dudas, un día de lucha, un día de denuncia que no solo rememora aquel luctuoso incendio que causara la muerte de 140 mujeres trabajadoras. El “Día Internacional de las Mujeres” (porque también es una falacia eso de que todas las mujeres son iguales) es una fecha para proclamar a los cuatro vientos las opresiones generadas por este sistema patriarcal en el que estamos inmersos y (¿por qué no?) también las propias del sistema económico-social que, en nombre del mercado, no duda en destruir lo más valioso del espíritu humano. En un mundo (o una munda, como gustan decir las feministas) en el que todo y todes somos mercancía, se diluye el espacio propio de las individualidades y, por tanto, los derechos que los individuos pudieran ejercer. “Desmercantilizar nuestras vidas es parte de una opción radical de lucha en una munda donde quepan todos los mundos”, según palabras de mi admirada Liliana Daunes.

Luchar, cade une a su manera, por la libertad, por el imperio de la verdad y la justicia, no puede eludir un cambio de conciencia y de actitud respecto de las mujeres, relegadas por siglos, asesinadas, denigradas, ignoradas.

“El cambio es nuestra opción y se inicia cuando se decide”, palabras textuales de la ratita protagonista de la película de Disney, “Ratatouille”. Palabras que refrendo a pie juntillas. Y es en función de esta máxima que la prédica del feminismo debe transformarse en una prédica universal que nos comprometa a todes. Reivindicar las historias de Lisistrata (que propuso una huelga de piernas cruzadas para terminar la guerra entre Atenas y Esparta), de la teórica marxista Rosa Luxemburgo (golpeada a culatazos hasta morir), de la peruana Flora Tristán (fundadora del feminismo moderno) o la de su compatriota Micaela Bastidas, esposa de Tupac Amaru (leona militante a la que le cortaron la lengua, antes de ser descuartizada), la historia de Juana Azurduy, la de Manuela Saenz y la de Macacha Güemes... otorgar la justa relevancia que estas y tantas mujeres valerosas y valiosas a lo largo de la historia de la humanidad, mujeres como nuestra Alicia Moreau, nuestra Alfonsina Storni, nuestra Eva Duarte, de nuestras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o de ignotas y sacrificadas mujeres como mi madre, es una deuda que la humanidad toda tiene para con ellas y para con nosotres mismes. Porque nada nos enaltece tanto como hacernos cargo de nuestras propias miserias. Lo digo como hombre y como gay que sabe de qué habla cuando dice “discriminación”, tanto en el rol de víctima como en el de victimario. Y si de discriminación se trata, tampoco debemos olvidar a mis queridas Diana Sacayán, Marcela Romero, Lohana Berkins y tantas otras, que saben mejor que nadie defender con el cuerpo su derecho a ser.

El 8 de diciembre no es una simple efemérides. O no debería serlo. Igual que el 1° de mayo, o el 17 de mayo, o el 28 de junio o decenas de conmemoraciones que, a fuerza de repetición, van perdiendo su sentido y se convierten en bochornosa burocracia.

Es necesario poner en relieve las libertades ausentes, las miserias acumuladas, las postergaciones vergonzantes. Les feministes tenemos hoy la obligación de denunciar las masacres a las que son sometidas miles de mujeres en el mundo y en nombre de intereses espurios. La trata de personas, la violencia intrafamiliar en todas sus formas y el femicidio no son más que distintas caras de una misma moneda de cambio que incluye también al racismo, a la homo-lesbo-transfobia y otros tantos odios que no hacen otra cosa que denigrar a la raza humana en su conjunto.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las ruidosas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, para terminar, cita una vez más a la Daunes:

“Basta de violencia, basta de femicidios, aborto legal seguro y gratuito, abolición del sistema prostituyente, no a la heterosexualidad obligatoria, no a la militarización del continente, basta de pobreza, trabajo para todas y todos, no a la publicidad sexista... Recordemos que los derechos de las mujeres también son derechos humanos”.


2 comentarios:

Gordo puto, amén dijo...

Querido Viktor,

me gustó mucho volver a leerte y recordar tus columnas en Divina Pandilla.

Un error en el texto, hay un diciembre en lugar de marzo.

Con el afecto de siempre,
Franco

El Huije. dijo...

Franquito!!!!!!
Qué bueno que hayas escrito. Gracias por la fe de erratas. Seguramente el error no ha de responder a mmi devoción por la virgen jajajaja.

Todavía nos debemos una guitarreada en los osos jajajaja

Un gran beso!!!!


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