miércoles, 29 de julio de 2009

La Teoría de los Quichicientos Demonios


Días atrás, me contaron un chiste que, además de gracioso, me resulta significativo.

Dicen que Cristina (nuestra presidente) citó a los jefes de la oposición para iniciar la ronda de diálogo y para que la cosa fuera más distendida decidieron reunirse a orillas de los Lagos de Palermo. En plena charla, el viento levantó en vuelo las listas de peticiones que llevaban los opositores, diseminándolas por la superficie del lago. Entonces Cristina, para dar muestras de su buena voluntad, se puso de pie y, caminando sobre las aguas, llegó hasta el centro del lago, tomó uno a uno los papeles, los sopló y regresó para distribuirlos nuevamente entre los presentes, completamente secos. La reunión continuó con toda normalidad y se llegaron a acuerdos muy importantes. A la mañana siguiente, Clarín tituló en primera plana: CRISTINA NO SABE NADAR.

¿Notaron que NADA de lo que haga el gobierno conforma a la oposición? Ni a la oposición ni a Mirtha Legrand, por supuesto, quien (según lo dicho graciosamente por el actor Federico Luppi) "se ha convertido en una derechona gorilaza". Aunque en verdad siempre lo ha sido.

Cuando presidía el país Néstor Kirchner, en cualquier mesa de café se decía que el verdadero gobierno estaba en manos de Cristina. La sospecha era sazonada con guarnición de chistes y era, más que nada, una broma. Ahora que ella gobierna efectivamente, la sospecha ha dado un giro de 180 grados y se dice que el que maneja los destinos del Estado no es otro que Néstor. Curiosamente, al revés de lo que sucedía antes, la idea de que la presidente sea manipulada por su marido deja de ser graciosa y se transforma en un pecado capital que hundirá a Cristina en las mazmorras de la ignominia y la demonización. ¿Habrá aquí una cuestión de género sin resolver? ¿Se tratará acaso de un nuevo ejemplo de la proverbial misoginia que define a nuestra sociedad? Como es mi costumbre, lanzo la pregunta y les dejo a mis lectores la elaboración de una respuesta.

Pero voy un poco más allá. ¿Es Cristina el único demonio político de estos tiempos? ¿Qué pasa con su marido? ¿Qué con Guillermo Moreno, ícono de la amenaza y la extorsión en el gobierno de los Kirchner? ¿Qué con Luis D´Elía, dirigente kirchnerista que ha encontrado en el odio hacia la oligarquía su energía vital?

Más que el fútbol, el deporte nacional parece ser el de encontrar DEMONIOS a quienes culpar del supuesto estancamiento en el que se encuentra nuestro país. Digo supuesto porque se me hace que este concepto es de los que une puede considerar como subjetivo en este caso, ya que para algunes estamos atravesando la peor crisis de nuestra historia y para otres nunca estuvimos tan cerca del paraíso terrenal. Al respecto solo diré que he vivido épocas más florecientes (como individuo y como miembro de esta comunidad) pero también debo confesar que (a mi entender) la situación actual de nuestro país no se asemeja ni por lejos a los años de la rata riojana o (mucho menos todavía) a las épocas de Videla y sus secuaces. ¡No jodamos!

Personalmente, no creo en demonios.

Sí creo en la falta de voluntad, en el egoísmo, en las actitudes corporativas, en la soberbia, en la mezquindad, en la ausencia de espíritu solidario... ¡uf!... y la lista sigue. Cualidades que, por cierto, no son patrimonio exclusivo del matrimonio presidente. Los líderes de la oposición han dado ya suficientes muestras de que no son mejores. Nosotres mismes como sociedad también.

"La gente quiere un cambio" repetía un amigo, con toda la euforia, feliz por el triunfo de De Narváez en la Provincia de Buenos Aires, el pasado 28 de junio. Yo me pregunto: ¿de qué cambio me habla? Francisco De Narváez surgió a la política al amparo de la rata y nunca ha renegado de su pasado menemista. Muy por el contrario, él y su socio Mauricio siguen adhiriendo a la ideología que entronara al hoy vetusto caudillo riojano. Ambos dos reproducen en su discurso las propuestas que ya han fracasado en manos de su mentor... O... perdón, me rectifico: esas políticas no han fracasado en absoluto. Las medidas instrumentadas en los '90 fueron sumamente efectivas y terminaron (tal como era su objetivo) con la tarea iniciada por los tantos Krieger Vasena y Martínez de Hoz que han poblado nuestra historia. Eso es lo que nos trae la Unión PRO como propuesta: más de lo mismo para que todo siga igual.

En ese sentido, cuando alguien despotrica en contra del gobierno actual, no me queda otra que mirar a quienes están en la vereda de enfrente. A estas alturas de mi vida ya he aprendido que el sol que entibia los intereses de la Sociedad Rural, de Techint, de les Mariano Grondona, de les Biolcati, de les Macri, de les Ernestina de Noble, de les Eduardo Feinman... ese sol JAMÁS habrá de darle bienestar a les que soñamos un mundo más solidario. No se trata, sin embargo, de optar por lo menos malo. La idea sería la de no facilitarle la tarea al poder que siempre nos ha ninguneado, generar opciones o creer en las que ya existen. En lo que respecta a nosotres mismes, les integrantes de la comunidad LGBT, sería bueno que evitáramos participar también de este sinsentido descomunal que busca soluciones en una ideología que de ninguna manera puede dar respuestas positivas a nuestras necesidades. La derecha ya se ha manifestado en contra de la Ley de Matrimonio para las personas del mismo género, tibiamente apoyaría apenas (y a penas) una Ley de Unión Civil. Ya se sabe que la derecha no acepta la adopción por parte de personas LGBT, que desprecia a les trans y nos considera a todes como enfermes (cuando no pecadores), solo porque en el siglo XXI ya no es políticamente correcto endilgarnos el sambenito de "delincuentes". ¿En estas personas buscamos realmente el cambio? A mí me da más síndrome de Estocolmo que otra cosa. Sensación que podría extender a la sociedad en su conjunto y en referencia no solo a les polítiques que encumbra sino también a les ídoles populares. Las declaraciones que la señora Legrand ha regurgitado en los últimos tiempos exponiendo sus ideas sobre les pobres, los derechos humanos o la defensa de los regímenes democráticos deberían ser razón más que suficiente para merecer el repudio generalizado. Sin embargo, goza de toda la popularidad que un pueblo puede otorgar a una diva de su calaña. En la misma tesitura, podría mencionar a la inefable Su con su prédica a favor de la pena de muerte. Pero el mayor galardón, el Gran Premio al Cretino de Oro de los Medios, yo se lo daría a Marcelo Hugo, un chacal de proporciones que carece de límites y de vergüenza y no trepida en recibir a la rata en su programa (aún hoy) con elogios tales como "Es un honor para nosotros...". Curioso que se emplee dicho término en una situación semejante.

No creo en demonios. No. Ni siquiera otorgo esa categoría a la rata riojana que, hoy por hoy, es uno de los personajes de nuestra realidad que más desprecio. Creo en les canallas, en las personas sin escrúpulos y también creo en las gentes que, con buenas o malas intenciones, les hacen el caldo gordo.

Soy de la idea que nuestro mundo no habrá de cambiar en tanto y en cuanto nosotres, la gente común, no hagamos un mea culpa y reflexionemos sobre lo que hemos hecho (y lo que no) para que las cosas hayan llegado hasta este estado. Denostar al matrimonio presidencial, empleando las palabras que otres ponen en nuestra boca y eludiendo una argumentación sólida, o negar los muchos o pocos aciertos de su gestión es un camino cómodo hacia la frustración de muches y el pingüe beneficio de muy poques. En todo caso, si tan disconformes estamos con el gobierno, lo positivo sería tratar de dilucidar las razones por las cuales les pingüines están donde están, haciendo lo que hacen y lo que no. ¿Qué responsabilidad tenemos nosotres en ello? Si queremos un cambio, optemos por algo nuevo de verdad, por descabellado que parezca. Es de necios negar tozudamente las opciones existentes. Pero si no nos animamos, o nos da igual, o si lo único que nos interesa es seguir mirándonos el ombligo o cuidar el bolsillo, o si nos resulta más fácil hacer la gran Homero y creer a pie juntillas lo que dice la televisión, sigamos admirando y premiando a les que nos desprecian. Total... siempre podremos echarle la culpa de lo que nos pasa a los demonios de turno.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no necesita inventar demonios para justificar los propios errores... o los ajenos.







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