lunes, 2 de febrero de 2009

Tía Maruca y la monjita


Sí. Como todo puto que se precie, yo tuve una tía Maruca. En realidad no era mi tía-tía. Era una muy buena amiga de mi vieja que hacía las veces de. ¡Como si me hubieran faltado tías! Porque si hay algo que yo tuve fueron tías.

Sucede que mi abuela era soltera cuando nació mi mami. ¡Válgame Dios! Imaginen el escándalo familiar y barrial. Entonces, para no hacer más revuelo (supongo), la niñita fue criada por su abuela materna (mi amada y nunca bien ponderada bisabuela, a quien yo suelo llamar simplemente como la abuela Carmen) y eso trajo aparejada una terrible confusión de parentescos. Mi vieja fue criada como una hija más de mi abuela Carmen (en realidad mi bisabuela) y lxs tíxs de mi vieja se transformaron en hermanxs, lxs primxs en sobrinxs y asi sucesivamente. Pero los hermanxs-hermanxs siguieron siendo hermanxs. De modo que, para mis propixs hermanxs y para mí, las tías y los tíos se multiplicaron por dos. Y a esa multitud indescifrable de tíxs hay que sumarle otro batallón de tíxs postizxs que, afectivamente, estaban al mismo nivel que lxs otrxs.

Una de ellxs, la tía Maruca.

Alguna vez quizá me decida a contarles la historia de por qué mi vieja me crió solita su alma, sin el apoyo económico-afectivo de un marido. Pero por ahora baste saber que, para llenar la heladera, la pobre laburaba de sol a sol, mientras a mí me cuidaba la tía Maruca. Mis hermanos mayores iban a colegio de doble escolaridad y ya eran bastante más grandes que quien suscribe y se podían arreglar sin baby-sitter.

El caso es que yo vivía prácticamente en casa de la tía Maruca. Ella a su vez tenía dos hijas, que también eran primas postizas: una que se llama Emilia (y terminó casándose con mi primo-primo Juan) y la otra que se llama Flora pero le dicen Chiquita (sí, como a la Legrand). La tía Maruca me llevaba al jardín de infantes, me preparaba la comida, me leía las novelas de Corin Tellado (salvo esas partes picantes que no eran para "los oídos de un niño") y me dejaba jugar con los juguetes que había en la casa. Imaginen: en la casa solo había hijAs. O sea: ni pensar en un autito ni en una pelota número cinco ni nada que se asemejara ni por lejos a un juego de varones. La casa estaba prácticamente tapizada de muñecas. Claro que no era época de Barbies ni de Kenes. Aquellas muñecas eran verdaderas muñecas, con cara de muñeca, manos de muñeca y piecitos de muñeca. Mis primas eran chicas muy puntillosas y a cada una de las muñecas le habían cosido una ropa particular, de modo que cada una tuviera su propia personalidad. Y entre todas ellas, mi preferida era una que estaba ¡vestida de monja! No me pregunten por qué, pero aquella monjita todavía se me aparece de tanto en tanto en algún sueño, como símbolo de lo más tierno de mi infancia. Yo pasaba el día prendido de la monjita. Por las tardes, después del almuerzo, mis primas jugaban a la maestra, me sentaban en una silla y, con un cuaderno GLORIA delante, me iban enseñando las primeras letras. Porque la monjita y yo éramos sus mejores alumnos. Tanto que mi primer año de primaria fue un total aburrimiento porque yo ya sabía leer y escribir a la perfección desde dos años antes. Luego venía la hora de la merienda y la monjita se sentaba a mi lado. Hasta que llegaba el momento más esperado y temido de la jornada.

Cuando caía la noche, en la vieja pantalla del Canal 7, en blanco y negro, aparecían las historias de Boris Karloff. Mis primas se iban a su cuarto porque no les gustaban las historias de terror y yo me quedaba en la sala junto a la tía Maruca que (al igual que yo y aun siendo ella una mujer bien adulta) se hacía encima de miedo pero no podía dejar de mirar la tele. Yo imagino que cada capítulo de la serie no debía durar más de media hora, pero parecían eternos y cuando terminaban mi tía y yo quedábamos temblando. Claro que yo tenía el auxilio de la monjita, que no me dejaba ni a sol ni a sombra.

A eso de las ocho de la noche regresaba mi vieja y la tía Maruca me llevaba de vuelta a casa. Era el momento más triste del día porque tenía que dejar a la monjita (¡ni ahí que mis primas me la iban a regalar!). Eran pocas cuadras entre su casa y mi casa. Y como el susto todavía nos duraba, solíamos hacerlas al trotecito. No fuera cosa que alguno de los monstruos de la pantalla se hubiera escapado y nos acechara oculto en algún zaguán. Muchas veces la tía no se animaba a volver sola y mamá la tenía que acompañar de regreso. ¡Semejante boludona! De aquella época datan mis primeras historias de hombres lobo y de momias que eran vencidos indefectiblemente por una heroína de hábito negro.

Después me hice grande. Ya no necesité que me cuidaran (o eso dijo mi vieja) y le perdí la pista a mi muñeca preferida. Pero no perdí el gusto por escribir historias ni esa atracción extraña por las películas de terror. Mi vieja se murió hace trece años y la tía Maruca anda con ganas de seguirle los pasos, según me han dicho.

Algunas veces me pregunto si esto que soy hoy no es consecuencia directa de esas "peculiaridades" de mi crianza. Vaya uno a saber. No lo podría asegurar puesto que nunca sabré lo que habría sucedido si mi familia hubiera sido como la de los Ingalls. Pero aun así, no dejo de agradecerle a la tía Maruca que me haya presentado a la monjita, la gran amiga de mis primeros años, ni que me haya llenado el pecho con todo ese cariño que necesité para llegar casi a los cincuenta sin riesgos de convertirme en uno más de esos putos viejos y amargados que pululan por ahí. Puto, sí. Viejo, por supuesto. Pero orgulloso de haber vivido sin pedir permiso.


Esto ha sido todo por ahora. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que ignora todas las causalidades que lo trajeron hasta aquí pero intuye que en esta página hay una pista importante.


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