lunes, 7 de enero de 2008

Desbalance


Inicié este blog en julio del 2006 y desde entonces el contador suministrado por el servicio de estadísticas ha contabilizado más de 10.800 visitas. La mayoría de ellas corresponden a personas que llegan hasta aquí por mera casualidad, en busca de contenidos ajenos a los que suelo publicar. No dudo que algunas de esas personas habrán de detenerse a leer, aunque supongo que la gran mayoría han de continuar su ruta sin mayor atención. Claro que, entre esas miles de visitas, también debo considerar a los amigos y conocidos que llegan hasta aquí por propia voluntad y, de tanto en tanto, me honran con algún comentario (o no). Sean quienes sean, para los que leen lo que escribo y especialmente para un ser luminoso que está a punto de salir de mi vida pero nunca de mi corazón es que publico esto que necesito sacar a flote. Y a falta de amigos que estén más a mano, buenos son los blogs.

En diciembre último me negué a publicar el remanido balnace del año en el que uno enumera lo bueno y lo malo del año que termina. Por una parte porque hace un tiempo decidí no hacer de este espacio una vitrina hacia mi poco interesante vida personal. Por otro, porque sentía que era inútil la confección de esos inventarios, habida cuenta de que nada cambia a fin de año, que en la vida las etapas no tienen límites tajantes y que todo sigue más o menos igual en la mañana del 1º de enero. Sin embargo, traicionando en cierto modo mis propias intenciones, a mediados de diciembre escribí el poema que transcribo a continuación:


Se acaba diciembre
y otra vez la rutina del inventario
como si la vida fuera una tienda en el mercado.
A la izquierda la listita de las cosas buenas
y a la derecha la de las que no son tanto...
o al revés...
y a sacar las cuentas de las pérdidas y las ganancias.
Otra vez la sensación de fin que no termina
esa que se prolonga más allá del brindis y del artificio.
Otra vez poner el alma en la balanza.
Otra vez cerrar para volver a abrir siendo los mismos.

Podría asegurar que este año aprendí a ser un poquito más tolerante.
Han visto la luz mis mejores escritos.
He sido amado y también amé.
He descubierto a algunos falsos amigos.
He perdido algunos grandes sueños
cobijado por la implacable luz de las ideas.
Me he convencido de que el universo no me necesita.
He sido vapuleado tal vez con buenas razones
y he trabajado duro sin retribución...

El amor se me escapa sin decirme por qué
y estar solo es una opción
una vez más.

Ya se acaba diciembre
y todo el 2007 está sobre la mesa
disperso
sin sentido
ilógico
concreto...

No sé en qué columna ubicar cada cosa.

Toda mi vida me negué a las etiquetas.
y este año
me resulta más sencillo no llevarme la contra.



Seguramente este sea el último posteo por un tiempo. A pesar de las tórridas temperaturas estivales, ha llegado el momento de retirarme a cuarteles de invierno y repensar la estrategia que me permita volver a la luz.

Alguna vez escribí: "Seguiré hasta que el fuego otra vez me consuma. / Pero esta vez / suplico / desparramen mi polvo por los cuatro vientos / acorralen mis humos en el fondo del mar / y quiten el nombre de mi urna / para que mis cenizas no se puedan juntar".

No sé si volveré. Es probable. Pero llegado el caso, confío en que mis amigos y todos mis amores cumplan con su parte.


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Esto ha sido todo. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que hoy se depide hasta la vuelta.

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