viernes, 25 de julio de 2014

Eulogio


Los niños suelen magnificar las cosas. Una simple cuestión de perspectiva. Cuando uno tiene que mirar el mundo desde abajo, todo parece más grande. Aunque a veces también eso puede ponerse en tela de juicio.

Yo tendría quizá seis o siete años. Ocho, con toda la furia.Mi hermano andaba entonces por los quince, año más, año menos. Eulogio me parecía por entonces un hombre enorme y su voz profunda me parecía única y poderosa. Sería por eso que me asustaba tanto cuando lo escuchaba discutir con mi vieja. No es que llegaran a la violencia. Ni siquiera se insultaban. Pero discutían cada noche. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que los chicos nunca comprenden por qué pelean los mayores. Por eso, cuando tuve mis propios hijos, hice cuanto pude para que no me vieran pelear con su madre. Y también ella, por supuesto.

Vivíamos en un departamentito diminuto. Apenas dos habitaciones, cocina y baño minúsculos y un patio que tiempo después mi vieja hizo techar con un toldo de aluminio para que obrara como un ambiente más. Pero por aquellos tiempos era solo patio. Quiero decir: era imposible que, en tan escaso territorio la pareja pudiera discutir airadamente sin que nosotros, mi hermano y yo, los escucháramos.

Mi hermano se llamaba Alberto y siempre pareció mayor de lo que era. No sé qué ha sido de ellas pero podría jurar que he visto fotos de aquella época en la que parecía un tipo de veinte. Él era mayor, ya lo dije, y sin dudas sí comprendía por qué discutían los mayores. Dormíamos los dos en la misma habitación. Aunque eso de “dormir” es solo una manera de decir. Hacía rato que a los dos nos costaba conciliar el sueño. El vozarrón de Eulogio y la cólera difícilmente reprimida de mi vieja eran mucho más efectivos que el tilo y la valeriana juntos.

Eulogio era un buen tipo. Yo lo sabía entonces y lo supe años más tarde cuando volví a verlo. Me compraba caramelos Media Hora, que eran mis preferidos después de los masticables Sugus. Pero mi vieja no quería que comiera muchos masticables porque decía que me carcomían los dientes. Supongo que tenía razón. Por eso Eulogio me compraba siempre los Media Hora, con la condición (de acuerdo con lo impuesto por mi vieja) de que no los masticara. La consigna era dejar que se fueran deshaciendo dentro de la boca, así duraban mucho más, uno comía muchos menos caramelos y el efecto del azúcar no era tan devastador. Confieso que no siempre me era posible cumplir con lo pactado. Sin embargo, fue un buen entrenamiento para hacerme, desde chiquito,una idea de lo que era un sacrificio. Eulogio también me hacía dibujos. Yo solo tenía que elegir un tema y él lo plasmaba sobre la hoja en blanco. Aunque eso de “en blanco” también era una manera de decir, porque siempre los hacía sobre las hojas rayadas de un cuaderno y a mí me daba bronca porque me parecía que afeaba lo que, para mí, era una obra de arte. Eulogio dibujaba lo que yo le pedía. Incluso cuando la solicitud transgredía las rígidas normas de la moralina reinante. Digo esto porque una vez le pedí que dibujara un tipo cagando y él no tuvo ningún problema: dibujó un tipo en cuclillas con un soretito que le salía por detrás. Todavía hoy lamento haber perdido aquel dibujo.

Como podrán darse cuenta, yo lo quería mucho a Eulogio. Aunque nunca se lo dije. Como tampoco les dije a tantas otras personas que las quería y que las quiero (soy medio discapacitado en ese aspecto). En cambio mi hermano no lo quería nada. Yo me enojaba con él pero, ahora que yo también soy grande, se me hace que por ahí tenía sus razones. Por lo pronto, seguro que Alberto comprendía muy bien por qué no lo quería.

Pero Alberto era ariano y se la bancaba. Era un maestro en eso de tragarse las cosas. Estuviera triste o alegre, cansado o lleno de vitalidad, mi hermano siempre se veía igual: mayor de lo que en realidad era.

Sin embargo, siempre hay una excepción a la regla.

Una noche, la vieja y Eulogio discutieron más fuerte de lo habitual. Lo recuerdo perfectamente porque había luna llena. No, no es que fuera a aparecer el lobizón. Lo de la luna llena viene a cuento porque, a pesar de ser de noche y estar las luces apagadas, como todavía no estaba el toldo sobre el patio, la habitación donde dormíamos no estaba completamente a oscuras. Estaba bastante caída de pintura (eso sí) y yo me había abocado a la tarea de descascarar el revoque, buscando alguna forma. El cuarto estaba pintado de rosado pero debajo pude encontrar una capa de pintura celeste y otra amarilla. Mientras tanto, mi hermano se revolvía en su cama como un endemoniado y, justo en el momento en que yo plasmaba la silueta de un caballo en la pared, él se levantó como una tromba y se metió en la habitación de al lado.

Solo en dos oportunidades vi como mi hermano perdía los estribos. Una fue cuando un noviecito de mi prima me quiso pegar (eso da para una historia aparte) y otra fue aquella noche de luna llena. Alberto se metió en la habitación y les escupió todo lo que venía leudando desde hacía tiempo. Que estaba harto de escucharlos pelear; que él ya era grande y sabía lo qué pasaba; que patatín, que patatán. Imaginarán que yo me quedé quietito quietito en mi cama, me cubrí hasta la cabeza y esperé que pasara la tormenta. Después de que Alberto terminó de escupir lo que tenía dentro, creo que mi vieja dijo algo, pero no recuerdo qué. Lo que sí recuerdo es lo que dijo Eulogio:

– Tenés toda la razón, Albertito. –el diminutivo no era despectivo sino cariñoso– Ustedes no merecen esto.

Dicho lo cual, Eulogio se calzó su abrigo y se fue. Mi vieja trató de frenarlo, pero él de fue igual. Mi hermano volvió a su cama y, hasta donde yo me aguanté el sueño, no se pudo dormir.

A la mañana siguiente, todo parecía más o menos normal. El ambiente estaba tenso pero se bancaba. Los dos fuimos a la escuela y mi vieja se fue a trabajar. Por la tarde, unos señores trajeron una máquina de coser automática, super moderna para aquellos años, de esas que bordaban, hacían ojales, zurcían y la mar en coche. Era de marca Godeco y el último regalo de Eulogio. Por la noche, cuando mi vieja regresó del laburo, no era mi vieja. Era un fantasma que se le parecía bastante pero no era ella. Estaba pálida como nunca había estado. De hecho, solo volví a verla tan profundamente demacrada en otras dos oportunidades: cuando, diez años más tarde, murió mi hermano y, en el año 95, cuando estaba en la terapia intensiva después de su operación de corazón.El espectro de mi madre llegó a casa y ni se fijó en la máquina de coser. Pasó directamente a su cuarto y le ordenó a Alberto que fuera con ella, que tenían que hablar. Yo me puse a espiar por la ventanita que daba al patio. Se dejó caer sobre la cama, al borde de sus fuerzas, y desde allí dejó salir la retahíla más espeluznante de insultos que jamás le escucharía. Usó palabras que nos tenía prohibidas, unas que yo había escuchado alguna vez pero cuyo significado desconocía y otras que ni siquiera conocía. Pero las palabras no eran lo peor. Todavía hoy me duele y me hace hervir la sangre el tono de desprecio y odio con que las dijo. Todavía hoy refuerzo la idea de que aquella no era ella. Era un ente que se había apoderado de mi madre. Como después le pasaría a Linda Blair, poseída por un demonio. Con la diferencia de que mi vieja (al menos que yo sepa) no vomitó verde aquella noche, no giró la cabeza ciento ochenta grados, ni habló en lenguas desconocidas. Muy por el contrario, todo lo que dijo se pudo comprender perfectamente. Y mientras el súcubo de mi madre se despachaba a gusto contra su hijo incontinente, él se limitaba a escuchar estoicamente mirando al suelo, junto a la cama y las manos cruzadas a la espalda.

En esa oportunidad aprendí algo que pude corroborar con creces a lo largo de mis años: que el amor y el odio no son incompatibles, uno puede experimentarlos simultáneamente hacia la misma persona y no por eso transformarse en un enfermo siquiátrico. Aquella noche odié a mi madre y odié a mi hermano. A ella, porque no pude imaginar una razón valedera para tanta violencia. A él, porque no hallé manera de justificar su mansedumbre. Pero, claro, yo era solo un mocoso y había muchas cosas que no podía comprender. En las siguientes décadas, me fui transformando en una especie de vengador anónimo que intentaba lavar aquella afrenta con discusiones interminables e inútiles que terminaron dificultando nuestra relación. En el fondo, la consigna era que a mí no me iba a hacer lo mismo y, si ella me decía hasta la c, yo me conocía el abecedario completo. Quién sabe, hoy soy capaz de ver las cosas desde otra perspectiva…

Después de un tiempo las cosas se fueron reacomodando. Mi vieja pasó una semana en cama, sin levantarse ni para darse una ducha. A la fuerza, Alberto tuvo que poner en práctica los pocos conocimientos culinarios que poseía. Por fortuna, no era mucho lo que tenía que cocinar: a él se le atragantaban los bocados y mi vieja no abrió la boca hasta que se pudo recuperar de la depresión. Yo creo que le debemos la vida a una vecina amiga,que terminó haciéndose cargo de nosotros hasta tanto volviera a salir el sol.

Y el sol salió. No me pregunten cómo ni cuándo. Los chicos suelen pasar por alto algunos detalles importantes. Mi vieja volvió a ser la madre abnegada (quizá excesivamente rígida pero cariñosa) que siempre había sido, aunque la nueva versión había empezado a fumar. Mi hermano nunca más volvió a ser tan… extrovertido. Y yo volví a quererlos como lo que eran: mi única familia. Quizá lo único que cambió fue que Eulogio ya no estuvo para comprarme los Media Hora ni para dibujarme tipos cagando. La máquina de coser todavía existe y sigue funcionando.

El 14 de diciembre de 1976, a las cuatro de la madrugada,Alberto murió de cáncer en el hospital Santojani. La enfermedad se lo llevó en solo seis meses. Tenía 22 años y yo 14. También recuerdo aquella noche con amarga claridad. Yo estaba acostado en la misma cama pero no había luna llena sino que llovía a cántaros y la forma del caballo en la pared se había transformado, con el paso de los años, en algo parecido al continente asiático, por la forma y el tamaño.

Mi vieja también se murió. A todos nos va a llegar. Fue el 13 de enero de 1996. Pero unos meses antes de que se fuera, una noche después de la cena nos quedamos los dos solos y ella solita sacó el tema de aquella noche de luna llena en la que perdió la cabeza por un hombre y se terminó desquitando con su hijo mayor. En una reunión familiar había vuelto a ver a Eulogio y me contó que él también se había casado. Y que tenía una hija. Y ya que estábamos, con la última pitada al cigarrillo, me pudo confesar que lo peor que le había sucedido en la vida era que Alberto se hubiera muerto sin que ella encontrara la manera de pedirle perdón por ese mal trago. Curioso paralelismo, porque, ahora que lo relato, no voy a decir que fue lo peor ni de cerca, pero fue muy turro de mi parte no hallar tampoco el modo de consolarla.

Era una mina difícil, de eso no hay duda, pero hoy me queda clara su fragilidad y su inconmensurable humanidad. Por ahí tienen razón los que sostienen que en algo nos parecemos. A veces, la imposibilidad de pedir perdón no es una cuestión de orgullo. También puede ser un exceso de vergüenza.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la fría Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, de tanto en tanto, les da vía libre a las viejas historias… aunque nunca se sabe quién manda a quién en estas cuestiones… Sea como sea, es una buena forma de que las historias no mueran con uno.


sábado, 14 de junio de 2014

De padres y de hijos

En vísperas del Día del Padre y habiendo tenido tres (a falta de uno), la lógica indicaría que estas líneas me llevaran al amoroso recuerdo de al menos uno de ellos. Sin embargo, me acuerdo de mi madre.

Será seguramente que ninguno de los tres tuvo méritos suficientes como para ocupar un sitio destacado en mi memoria.

Mi bisabuela solía decir que "no siempre abulta lo que abunda" y, en este caso, doy fe de que haber tenido tres padres no ha redundado en beneficio alguno. No obstante, como la misma benemérita viejita solía decir: "todos servimos para algo, aunque más no sea como mal ejemplo".

Del que puso la semillita aprendí que la biología tiene poco y nada que ver con el amor y que el abandono algunas veces puede resultar una ventaja, aun cuando esté fundado en un rancio egoísmo y en una furibunda cobardía.

Del que puso el apellido aprendí que los fantasmas existen; que no todos habitan Canterville y hasta pueden ser simpáticos como Casper (en tanto permanezcan enfrascados en su ectoplasma, claro está).

Del que puso el dinero aprendí que la presencia y la cotidianeidad no son suficientes y, tal vez, ni siquiera necesarias. Si uno no tiene la voluntad de asumir el rol a pie juntillas, de nada sirve que se aprenda los parlamentos. Salir por las mañanas y regresar por la noche para pagar las cuentas, hacer el asado los domingos y encadenarse después a la tele para ver el fútbol pueden ser méritos insuficientes a la hora de evaluar paternidad.

Uno aprende aunque no quiera. Pero aprender no significa necesariamente poner en práctica lo aprendido. Esto de vivir suele ser tan complejo que los errores y las incapacidades andan siempre a la pesca del incauto. No es que sean mala gente, tienen su laburo y para eso están. Somos nosotros los que deberíamos estar atentos para prevenirnos.

Como padre, creo que no he sido y no soy mucho mejor que los tres que me tocaron en la repartija. Tal vez, a la hora de los reclamos, sea una ventaja para mis hijos el hecho de ser uno solo. Por lo demás, también he estado lejos, he sido (y soy a veces) una sombra y, si de cuentas se trata, mis arcas jamás han rebosado.

En mi defensa alegaré que siempre los he amado (con todas las imperfecciones de mi precaria humanidad) y que casi nunca les mentí.

Respecto de lo primero (curiosamente) tengo poco que decir. Por lo general, cuando uno habla mucho del amor corre serio riesgo de meter la pata. Si algo he aprendido de la vida en mis diez lustros es que prefiero ponerlo en práctica antes que relatarlo.

En cuanto a lo segundo, nunca se me ha dado bien eso de mentir. Por eso, cuando no tuve el coraje de hablar con la verdad ante mis hijos, al menos tuve la decencia de dejar la puerta abierta para que ellos mismos fueran por ella. A los pobres les ha tocado un padre que, más que padre, parece una mansión embrujada llena de habitaciones oscuras, muchas de las cuales ni yo mismo he explorado todavía. Pero ninguna cerrada a cal y canto. Por ahí no es agradable lo que encuentren, pero ahí está, listo para que revuelvan si quieren revolver. Pasen y vean. No soy tan mala gente, así que lo que encuentren (sea lo que sea) para algo va a servir.

Hace un tiempo, recordando sus infancias y mis métodos tan peculiares para imponer disciplina en el hogar, Lukas me pidió (con esa sonrisa cristalina que le es tan propia) que alguna vez le dejara por escrito un decálogo de las cosas que hay que hacer para criar un hijo. Tal vez fue solo una broma y él ya ni recuerde que fue capaz de tan descabellada solicitud. Pero para mí fue un halago. Uno enorme. Tan gigantesco como inmerecido. Si existiera ser humano capaz de hacer semejante cosa, seguro que no soy yo. Y no es falsa modestia. Tal vez sí algo de insatisfacción, de ilusiones frustradas y un poquito más de culpa (sentimiento que reservo pura y exclusivamente para ellos dos). En el momento no tuve el coraje de dejarle todo esto en claro (he ahí otra habitación a oscuras que espera a ser explorada, hijito) pero cualquier sicoanalista de café puede darse cuenta de que todavía me resuenan las palabras en la mente.

En otra oportunidad, tomando helados en Morón y en medio de una conversación que no viene al caso detallar, fue Lara la encargada de plantar posiciones en el tema. "Cuando yo era chica, si mi papá decía que NO, yo sabía que era NO y no había vuelta", dijo. Lo dijo con firmeza y (diría yo) casi con orgullo. Con un estilo diferente al de su hermano y tal vez sin darse cuenta (aunque sacaría el "tal vez" porque seguro que, si se hubiera percatado, no lo habría expresado con tanta vehemencia), me estaba diciendo: "Todo bien, viejo, no había otra". Y es cierto que no había otra. Que no hay otra.

Porque el decálogo que me pedía Lukas es, en realidad, innecesario. No hay diez reglas a seguir sino una sola: A LOS HIJOS HAY QUE AMARLOS. Tan sencillo, tan difícil y tan cursi como eso: SOLO AMOR.

De ahí en más, cada quien sabrá hacer los ajustes que considere necesarios de acuerdo a su propio estilo. Recomiendo, eso sí, el uso permanente de un piloto al que todo le resbale, porque las críticas externas jamás han de cesar, se haga lo que se haga. En mi caso, las sugerencias serán siempre bienvenidas pero los reclamos solo están habilitados para los dos interesados y para la única persona con la que comparto responsabilidades.

Esto es todo por hoy. Desde las frías callecitas de esta mágica Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, en la víspera del Día del Padre, opta por no llorar por la leche derramada y recordar las palabras de su madre, cuando decía:

Si la vida te hizo mal, 
metete un dedo en el culo 
y cantá el tango "En Carne Propia".




miércoles, 14 de mayo de 2014

17 de Mayo: Algo para recordar


El Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia se celebra el 17 de mayo coincidiendo con la eliminación de la homosexualidad (en 1990) de la lista de enfermedades mentales por parte de la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Sin embargo, es preciso aclarar que la transexualidad aún es parte de los manuales de psiquiatría, en donde se la define como "trastorno de la identidad sexual".

Hoy alrededor de 80 países en el mundo criminalizan la homosexualidad y condenan los actos sexuales entre personas del mismo sexo con penas de prisión; nueve de estos países (Afganistán, Mauritania, Nigeria, Pakistán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Yemen) mantienen para estos casos la pena de muerte y nada sorprendería que, en poco tiempo, Rusia se agregare a esta lista infame. La discriminación basada en la orientación sexual y en la identidad de género no está oficialmente reconocida por los Estados miembros de las Naciones Unidas (a pesar de que organismos de derechos humanos como el Comité de Derechos Humanos han condenado repetidamente la discriminación basada en la orientación sexual y la identidad de género).




¿Qué es la homofobia?

Podría decirse que la homofobia es un conjunto de actitudes que pueden llevar al rechazo y a la discriminación de forma directa o indirecta hacia hombres gay, lesbianas, personas bisexuales, personas transexuales o transgénero, o hacia cualquiera cuya apariencia física o comportamiento no encaje con los estereotipos masculinos o femeninos impuestos por los actuales cánones sociales.

La palabra homofobia apareció en la década de 1960 y George Weinberg, un psicólogo norteamericano, parece ser el primero que la utilizó en un estudio en 1969. Posteriormente reaparece en 1972 en su libro “Sociedad y el homosexual saludable”. K.T. Smith también la utilizó en 1971, en un artículo llamado “Homofobia: Un perfil tentador de la personalidad”.

Weinberg definió la homofobia como: “El miedo expresado por los heterosexuales en la presencia de homosexuales y la aversión que las personas homosexuales se tienen a si mismas”. Quizá por una cuestión de mero estilo, yo modificaría en parte esta definición:

La homofobia es el rechazo, por parte de algunas personas heterosexuales, hacia la presencia o existencia de homosexuales, o bien la aversión que algunas personas homosexuales manifiestan en contra de sí mismas y de sus pares.

Más allá de los detalles, tal definición asume claramente que la homofobia no es un patrimonio exclusivo de los heterosexuales. Tampoco es patrimonio exclusivo de una época, dado que es un hecho que ha existido siempre. Lo novedoso es tal vez que en las últimas décadas la existencia de la homosexualidad ha alcanzado mayor nivel de controversia gracias a un cambio de actitud por parte de los mismos homosexuales, que hemos tomado el toro por las astas y hemos salido a la calle a exigir respeto, en franco desafío a los prejuicios que individual, social y sistemáticamente nos han avasallado a lo largo de tantos siglos.

La homofobia está basada en la ignorancia (madre de todos los prejuicios y todos los odios) y está emparentada estrechamente con otras manifestaciones de la discriminación, como el sexismo, la misoginia, el racismo o la xenofobia. En ese orden de cosas, toda esta familia de aberraciones comparten el hecho de carecer completamente de fundamentos válidos y provenir de una profunda incapacidad para aceptar las diferencias respecto de los otros, las cuales son percibidas como una amenaza contra los individuos, y en consecuencia, contra la sociedad.

La homofobia en acción

Una de las manifestaciones más comunes de la homofobia es el heterosexismo, o sea la falsa creencia de que la heterosexualidad es "lo normal" y, por tanto, la única opción aceptable y legitima. En este marco, todo aquel que se aparte de la norma merecerá ser apuntado con el dedo y, eventualmente, recibir un castigo, bajo la acusación de ser enfermo, delincuente, pecador y un largo etcétera. Ese castigo puede llegar a través del lenguaje y ciertas expresiones (que van desde la burla al insulto) pero también a través de una condena social avalada por la ley, como ya se ha dicho. Este tipo de legislaciones constituyen una homofobia sistémica que deja a gays, lesbianas y trans en un plano de desigualdad respecto del resto de las personas. Esta desigualdad, además, suele servir de excusa para aquellos que se arrogan el derecho de poner en práctica la violencia que "ponga en vereda" a los supuestos réprobos.

No abundan estudios sobre las consecuencias de la homofobia en las sociedades latinoamericanas, pero sí se sabe que Brasil y México se hallan a la cabeza en el ranking de los crímenes homófobos. En Brasil, por ejemplo, se estima que se produce al menos un asesinato diario por causas vinculadas a la discriminación por orientación sexual, siendo las más afectadas las mujeres trans. En 2013, la opinión pública brasilera se vio consternada por la noticia de un hombre que mató a golpes a su hijo de ocho años, tan solo porque al chico le gustaba lavar los platos y ponerse la ropa de sus hermanas. Por otra parte, en México, hay un registro de más de 1.800 asesinatos homofóbicos en la última década, 42% de los cuales se perpetuaron mediante el uso de arma blanca, el 22% por golpes y el 19% por ¡envenenamiento! En el relato de los demás casos, las crónicas policiales hablan incluso de torturas, empalamientos y lapidaciones, como si estuviéramos todavía en el medioevo. Estas cifras son aun más consternantes si damos cabida a la sospecha de que, por cada caso denunciado como crimen de odio, existen dos que reciben el tratamiento de un delito común.

En el resto de América Latina, los números son menos elevados pero igual de alarmantes. En Argentina, tomó particular notoriedad el asesinato de Natalia "Pepa" Gaitán, en 2010, a manos del padrastro de su novia. A fines de 2011, el asesino fue condenado a 14 años de prisión por el delito de “homicidio simple agravado por el uso de arma de fuego”. Es decir que los mismos jueces, teniendo a su disposición las herramientas legales necesarias, se negaron a agravar la pena por considerar que no se había tratado de un crimen de odio vinculado a la sexualidad de la occisa. Vergonzoso. Por otra parte, en Chile, en marzo de 2012, el joven Daniel Zamudio fue torturado y asesinado por cuatro individuos presuntamente vinculados a una agrupación neonazi. El caso conmocionó a toda la sociedad chilena e internacional y puso contra las cuerdas a la dirigencia política que, desde 2005, cajoneaba en el congreso una ley antidiscriminatoria que pretendía castigar severamente este tipo de crímenes. La ley fue finalmente sancionada en julio de 2012, se la conoce como Ley Zamudio y pone en evidencia la inoperancia inaceptable de cierta clase política que, cuando quiere o se ve suficientemente presionada por la opinión pública, sabe trabajar en favor de sus representados.

No obstante, estas historias no son más que la punta de un enorme iceberg invisibilizado por la cultura en la que estamos inmersos. La misma que nos ha llevado, a través de los siglos, a naturalizar toda manifestación de la homofobia.

A la par de estos casos tan notorios, día a día se suceden un sinfín de otros casos que jamás alcanzarán los titulares de los diarios pero constituyen una tenaz telaraña que sirve para amedrentar y desalentar a todo aquel que quiera alzarse en contra del prejuicio. La gran mayoría de las personas homosexuales o trans tienen su primer contacto con la homofobia en el seno de sus propias familias. En diversas encuestas, más de la mitad de los entrevistados asegura que, en algún momento de sus vidas, optaron por fingir heterosexualidad para ser aceptados por padres y hermanos. La homofobia intrafamiliar también figura entre las principales causas por las que una persona LGBT abandona el hogar paterno. Fuera de este hogar, la sociedad tampoco nos la hace fácil. Sobre todo en el caso de las y los adolescentes, frecuentes víctimas del acoso escolar por discriminación sexual. Según un sondeo realizado en México en el año 2010, al menos un 43% de los hombres homosexuales de 15 a 25 años de edad se han planteado el suicidio como escape para el acoso que sufren en sus familias, escuelas y entorno social. Este acoso escolar homofóbico es persistente y prolongado en el tiempo y conduce con frecuencia a dolorosos sentimientos de desesperanza que pueden desembocar en una planificación e intento de suicidio. El 17% de los jóvenes que sufren acoso escolar llega a atentar contra su vida. De los casos de suicidio relacionados con el acoso escolar (conocido como bullying), el 24% tiene su origen en la homofobia.

En otro aspecto de la misma temática cabe destacar que un informe de 2007 de la OIT ha señalado que las personas LGBT suelen ser discriminadas en el ámbito laboral sufriendo especialmente violencia verbal, física y psicológica, debido en gran medida a la falta de legislación en la mayoría de países.

El amplio espectro en el que actúa la discriminación excede mis capacidades y sin dudas hay mucho más para decir e investigar sobre el asunto. Recomiendo enfáticamente la lectura y la difusión de los Principios de Yogyakarta, un documento redactado en dicha ciudad indonesa, en noviembre de 2006, por un grupo de expertos en Derechos Humanos y Derecho Internacional de varios países. En él se establecen 29 recomendaciones en cuestiones de orientación sexual e identidad de género, para ser aplicadas en el derecho internacional.

Esto es todo por hoy. Desde las otoñales callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un humilde cronista de su realidad que, a pesar de los pesares, mira con optimismo hacia un futuro donde todas estas cuestiones terminen por ser consideradas como lo que son: pura barbarie.



sábado, 19 de octubre de 2013

Las Mujeres de Abya Yala


El 12 de octubre fue celebrado durante décadas en la Argentina como el Día de la Raza, algo así como un agradecimiento a los españoles por existir y por venir a imponernos cómo teníamos que ser. Porque es obvio que con eso de “raza” se referían exclusivamente a la “raza europea” (si es que algo así existiera) que a las mentes cipayas vernáculas era lo único que les importaba.

Por fortuna, algunas cosas han cambiado en nuestro país en los últimos años y, desde 2010, la fecha aniversario de la llegada de Colón a tierras de Abya Yala (nombre que le daban a nuestro continente algunos pueblos nativos de aquellos tiempos) se conmemora como Día del Respeto a la Diversidad Cultural.

Este año, la efeméride se conjuga con la celebración local del Día de la Madre (apenas una semana de diferencia) y con mi lectura atenta y minuciosa de "Mujeres tenían que ser", un libro de Felipe Pigna que recomiendo a cuanta persona quiera comprender un poco de lo que ha sucedido en estas tierras durante los últimos quinientos años. Es una buena conjugación puesto que permitirá unir ambos temas en un solo artículo. Economía de conceptos que le dicen...

EL DESPRECIO CONQUISTADOR

Una de las características más notorias de la historia oficial que nos inculcaron durante siglos es la “mirada zoológica” con que se describe a las culturas nativas de este continente que los europeos llamaron América. La mirada europeizante (que aun goza de muy buena salud entre extensos sectores de la sociedad) considera a los pueblos originarios como gentes inferiores. “Si no hubieran llegado [los europeos] todavía estaríamos con las plumas”, palabras muy elocuentes de la alicaída diva rubia de la televisión. La misma que en su programa del último lunes dio vergüenza ajena confesando estúpidamente que no puede recordar una sucesión de solo siete palabras sin necesidad de leerlo. Y para colmo, cuando las lee, las lee mal. 

Para la versión oficial de los hechos, los pobladores nativos de América eran (son) seres salvajes e inhumanos que debían ser gobernados para adaptarlos a la “vida verdadera” que llegaba de allende los mares. Esta deshumanización estaba muy lejos de ser fortuita y apuntaba claramente a crear las condiciones necesarias para justificar el despojo y la barbarie que caracterizó a la conquista y cuyos efectos aun se replican en las diversas sociedades de nuestra América Morena.

Es obvio que este desprecio hacia los pueblos originarios se vio incrementado a la hora de considerar a las mujeres incluidas en esos pueblos. Los llamados “cronistas de Indias” hicieron gala de la más profunda misoginia imaginable, excusando violaciones y humillaciones cotidianas, separaciones forzosas y hasta asesinatos. El modus operandi no era nuevo. Así como en España casi no se tenía en cuenta a las mujeres, en las crónicas de la invasión tanto las mujeres como los niños fueron apenas elementos del paisaje. No deja de tener su lógica. Aun en el mundo actual, para gran parte de las personas el ideal de una “sociedad civilizada” sigue siendo el modelo europeo. O sea que los pueblos son más o menos desarrollados (y por lo tanto “mejores”) en la medida en que se parezcan al “metro-patrón”. En ese sentido, las féminas fueron desde siempre personajes secundarios (muy secundarios) a los que se les aplicaba las normas con un rigor superior, en función (justamente) de su “inferioridad”. De este modo, el “justo castigo” se disfraza de “civilización” y esa “mirada civilizada” naturaliza la masacre y hace la vista gorda ante los atropellos más infames. El mundo de hoy sigue entronizando esa extraña lógica (detestable lógica) que lleva a los varones a prenderles fuego a sus esposas o novias con la más variada gama de excusas. Todas estúpidas y, por supuesto, prejuiciosas.

Para manifestar su desprecio por las culturas americanas, los cronistas recurren al mismo reduccionismo que lleva a los machistas de hoy y de siempre a manifestar que “todas las mujeres son iguales”. Muy pocos historiadores han tenido en cuenta que casi lo único en común que poseían los pueblos americanos de la época de la conquista era su padecimiento ante la brutalidad y el exterminio. Tales principios siguen rigiendo hoy en día, sobre todo en la educación. ¡Pavada de vigencia! En nuestras escuelas se sigue estudiando minuciosamente la historia europea, diferenciando sus diversos períodos de evolución y sus peculiaridades. Pero cuando se trata de América (sobre todo de la que se conoce comúnmente como América Latina), bastan unos pocos párrafos para englobar 20.000 años de historia previa a la llegada de las primeras carabelas bajo el título de “Pueblos Precolombinos”. Y si se trata de nuestra historia posterior al inicio de la conquista, nuestra “evolución” se estudia a la sombra de los hechos sucedidos en Europa, centro universal de los grandes hechos de la humanidad. Según esta premisa, Latinoamérica (y también África y en cierta manera Asia, justo es destacarlo) sería un conglomerado homogéneo de seres que se solazan en su atraso y anarquía, todos iguales y sin distinciones entre sí. Y en ese fárrago de ninguneos, la mujer también tiene su capítulo aparte. Porque los cronistas de Indias no tenían empacho a la hora de hacer comparaciones y, al tiempo que las mujeres europeas eran presentadas como damas educadas y de “buena conducta”, las nativas corrieron con todas las descalificaciones que ellos tuvieron a la mano. Una de las primeras cosas que notaron los conquistadores fue la predisposición presentada por las mujeres americanas ante las relaciones sexuales. Criadas en culturas que desconocían el concepto de “pecado”, en general vivían su sexualidad con naturalidad. Todo lo contrario a lo impuesto por las ideas judeocristianas al respecto. Lo que esos cronistas se cuidaron de mencionar fue que las mujeres europeas vivían bajo el yugo de guerreros, sacerdotes y monarcas machistas y misóginos. Aunque las leyes establecían que el matrimonio debía ser monogámico, los hombres (cualquiera fuera su condición) podían tener todas las amantes que pudieran mantener. Doble moral, que le dicen. Si en los pueblos americanos era habitual encontrar sociedades en las cuales un solo varón tuviera relaciones sexuales con varias mujeres, eso se llamaba acusatoriamente “poligamia” y constituía un acto reprochable y vergonzoso. Ahora, si reyes, obispos o papas mantenían a sus favoritas y cortesanas bajo el hipócrita manto del recato, eso era solo una “licencia” propia de las necesidades masculinas. Esas múltiples relaciones (que casi nunca podían llamarse “amorosas”) dieron por resultado una extensa lista de “ilegítimos” notables y no notables. Fernando el Católico fue uno de los más destacados engendradores de bastardos. El papa Alejandro VI tuvo innumerables amantes e incluso tuvo un hijo con su propia hija, la famosa Lucrecia Borgia. Al mismo tiempo, es curioso cómo el “honor” de la mujer se veía manchado ante una infidelidad de esta y esa misma mancha ensuciaba también el honor de su marido. En cambio, las infidelidades del varón no traían consecuencias similares y apenas si se las podía cuestionar cuando se realizaban con ausencia total de discreción. Para el hombre, la mayor deshonra era, en cambio, no poder cumplir con su misión de proveedor, en términos económicos. Pero la mancha siempre podía lavarse en épocas de vacas gordas, mientras que la mujer deshonrada jamás recuperaba su “decencia”. Como verán, algunas de estas ideas perduran en la actualidad, aunque hay que reconocer que van en franca retirada.

Obviamente, esa “decencia” de la que hablo estaba y sigue estando muy vinculada a los prejuicios morales propios de los peninsulares de entonces. Los invasores europeos quedaron azorados (por ejemplo) ante la desnudez de los habitantes de estas tierras. Y más todavía ante la “lujuria” manifiesta de las lugareñas, que tenían por costumbre “entregarse” a quien les viniera en gana sin que sus maridos vieran en ese acto nada reprochable. Lejos de asumir una postura de respeto hacia las culturas diferentes, como si tuvieran derecho a imponer preceptos que nadie les reclamara, los conquistadores (fueran guerreros o eclesiásticos) les aplicaron a los nativos y a las nativas sus categorías punitivas y juzgaron sus hábitos como propios de animales o de demonios. Claro que los nativos eran animales y demonios por carecer de vergüenza y de pudor, en tanto que los europeos, con el propósito de encarrilar tales desvíos, representaban la cultura y la civilización perpetrando todo tipo de violaciones y de crímenes en nombre de Dios y del Rey.

Si bien la mayoría de los datos que se poseen sobre este respecto provienen de los textos escritos por los propios conquistadores (en general preocupados por defenestrar a las culturas vernáculas, objetivo para el cual no trepidaron en recurrir a la mentira y la destrucción de documentos originales, con honrosas excepciones como Fray Bartolomé de Las Casas), las investigaciones demuestran que estas conductas que refiero no eran universales en el mundo americano de la época. En otras culturas, como la incaica o la azteca, las mujeres estaban muy lejos de gozar de cierta igualdad social o sexual respecto de los hombres. No obstante, tenían algunas costumbres que eran igualmente impensables para la sociedad europea. El más claro ejemplo era la modalidad del “sirvinaco” entre los incas. Esta era (y sigue siendo aun en algunas comunidades andinas) una tradición por la cual las parejas se unían en convivencia antes de oficializar el matrimonio. Si la experiencia resultaba satisfactoria para ambos, daban el siguiente paso y se casaban. Si no, cada uno regresaba a su casa y aquí no ha pasado nada. Otro ejemplo a mencionar sería el caso del adulterio entre los aztecas. Este pueblo era muy estricto en ese sentido pero es de destacar que las penas (muy severas) eran igualmente aplicables a hombres y mujeres.

Un sacerdote escribía que, entre los mocovíes, a las mujeres se les reservaban los trabajos más penosos y eran frecuentemente castigadas y maltratadas por sus maridos: “Estos salvajes embrutecidos tratan a sus mujeres como podrían hacerlo con un animal doméstico”. Nuevo caso de doble moral en el pensamiento europeo. Seguramente el clérigo no tuvo en consideración las palabras de un colega (fray Luis de León) que en un célebre tratado de costumbres cristianas decreta que "los fundamentos de la casa son la mujer y el buey: el buey para que are y la mujer para que guarde".

Tampoco le habrán parecido “salvajes embrutecidos” los españoles que violaban y abusaban de las mismas mujeres nativas a su paso conquistador. Muy por el contrario, estas acciones recibieron la indulgente denominación de “mestizaje”.

Al decir de Dora Barrancos, “El abuso sexual, el sometimiento por la fuerza de las nativas, constituyó un modo corriente de ser y existir en nuevo continente. El mestizaje iberoamericano tiene la marca de origen de la violencia”. No son pocos los relatos en primera persona que dan cuenta de las violaciones perpetradas por los conquistadores en contra de las féminas nativas. Muchos de estos caballeros daban por sentado que, por el solo hecho de estar desnudas, las mujeres eran putas y, como tales, estaban a disposición de sus apetitos sexuales. Si ella se negaba a satisfacerlos, justo era darle azotes hasta que abriera dócilmente las piernas. Todo muy civilizado y cristiano ¿verdad?

MUJERES INDOMABLES

Pero las crueldades de los invasores no se limitaban al abuso sexual. Los relatos de los mismos cronistas dan noticias sobre la falta de límites a la hora de ejercer su poder. Los españoles esclavizaron pueblos enteros y los trasladaron de región en región para que las rebeliones se desmoralizaran con el desarraigo. En esos traslados, era habitual que pagaran el pato las personas más débiles, muchas veces las mujeres y casi siempre los niños, que no gozaban de ningún privilegio, como podrán imaginar. Numerosas crónicas (de los propios españoles) dan fe de que los niños que no podían andar al paso del contingente, atados unos a otros como iban, solían ser degollados en medio de la marcha por no tomarse el trabajo de desatarlos antes de ser abandonados. Las mujeres que eran castigadas con la muerte (por la razón que fuere) solían ser ajusticiadas junto a sus hijos para escarmiento de las demás. Por esta razón, frente al terror aplicado por los conquistadores, las mujeres sobrevivientes de varias zonas del Caribe optaban por el suicidio en masa. En otras ocasiones, se negaban a parir y se practicaban abortos con el solo objeto de no permitir que sus hijos fueran asesinados o esclavizados por los invasores. Es conocido el caso de las tribus de la actual Nicaragua cuyos integrantes, en las primeras décadas de la conquista, fueron traficados como esclavos y terminaban sus días en las minas del Perú. El primer acto de rebeldía fue un gran levantamiento contra el poder español que fue finalmente aplastado y los cabecillas de la insurrección arrojados a los perros hambrientos. Fue entonces cuando las mujeres promovieron una huelga sexual que sus compañeros varones acompañaron. Se dice que en dos años casi no nacieron niños y los pocos que alcanzaron a nacer fueron muertos por sus propias madres. Muchas de las embarazadas prefirieron el aborto o el suicidio antes que dar a luz. Fue necesario un cambio de política para que esta situación se modificara. El mismo gobernador tuvo que prometer solemnemente mejores tratos y el fin del tráfico de esclavos.

Cuando las crónicas oficiales hablan de las mujeres nativas de aquella época, casi el único nombre propio que mencionan es el de la Malinche, la princesa mexica que terminó sus días como intérprete y amante del asesino conquistador del Imperio Azteca, Hernán Cortés. La historia de la Malinche fue contada y recreada infinitamente como ejemplo de la liviana fidelidad que profesaban las indias hacia sus propios pueblos. De todos modos, no faltaron los románticos que la pintaron como una abnegada mujer que traicionó a los suyos por la fuerza del amor que la unía al español quemador de naves.

Es curioso que esas mismas crónicas no mencionen a las numerosas mujeres (no todas anónimas) que fueron fieles a su raza y enfrentaron al poder invasor hasta ofrendar la vida en post de la libertad. Casi ni mencionan a Anacaona, la cacica taína que acompañó a su esposo en la primera gran rebelión contra el invasor y que asumió la conducción de la misma cuando éste muriera en combate. Diez años duró la insurrección y cuando finalmente cayó prisionera, Anacaona fue ahorcada por el gobernador Nicolás de Ovando.

Tampoco se acuerdan en los textos de la historia oficial de la Gaitana. Esta era la madre de Buiponga, un jefe guerrero de lo que hoy conocemos como Colombia. Buiponga fue el único líder de la región que se negó a someterse a las imposiciones de los españoles enviados por ese otro asesino, el conquistador del Imperio Inca, Francisco de Pizarro. Como escarmiento y ejemplo para futuros insurrectos, el jefe rebelde fue quemado vivo frente a su madre. La mujer logró escapar y prometió venganza. Recorrió todas las poblaciones nativas de la región, incluso las de aquellos que siempre habían sido sus enemigos, y les explicó lo sucedido con dolor de madre. Al poco tiempo, ella misma lideraba un ejército de seis mil guerreros que mantuvieron en vilo el poder español durante dos años. En uno de los combates, cayó prisionero el enviado de Pizarro que había ordenado la muerte de su hijo y fue llevado directamente ante su presencia. La Gaitana en persona le arrancó los ojos pero evitó que muriera en el momento. Luego le ató una soga al cuello y lo llevó a la rastra en su campaña, de pueblo en pueblo, hasta que finalmente murió. De ahí en más, la cacica continuó la lucha y logró la adhesión de todas las tribus que, en conjunto, lograron expulsar a los invasores. Pero estos regresaron con una superioridad técnica que los nativos no pudieron vencer con su superioridad numérica. La Gaitana murió peleando.

Otra de las guerreras que suelen ser omitidas en las crónicas oficiales es la mapuche Yanequeo. Su historia es similar a la de Anacaona. Muerto su esposo, el lonko Huepután, a manos de los españoles que invadían el actual territorio chileno, se puso al frente de su gente, fue nombrada lonko y sumó a las demás mujeres a la lucha. Los españoles fueron incapaces de frenar el avance de estas gentes que peleaban por su libertad y así lo testimonian las crónicas de la época, que destacan especialmente la fiereza de las mujeres en la lucha. Nadie sabe cómo ni dónde murió Yanequeo. Solo se dice que desapareció sin dejar rastro tras una victoria mientras se retiraba hacia el sur para pasar el invierno. Incluso hay quienes dudan de su existencia. Claro: a la historia oficial suelen resultarle incómodas estas heroínas que ponen en evidencia el lado oscuro de los supuestos héroes portadores de cultura y de progreso. Sin embargo, nadie ha podido desmentir con argumentos la bravura y la importancia de las mujeres mapuches en aquella etapa de resistencia.

La existencia de Ana Soto, sin embargo, está fuera de discusión. Se trataba de una joven guayona nacida en Barquisimeto, actual Venezuela, a fines del siglo XVI. En su infancia fue esclavizada y obligada a servir como cocinera para sus enemigos. Hasta que un día de 1618 huyó de la hacienda en la que estaba confinada y en los montes organizó a su gente para luchar contra los usurpadores de sus tierras. En una verdadera guerra de guerrillas, sus tropas atacaban a los españoles al grito de “resistencia y muerte al invasor” y los mantuvo a raya por más de ¡cincuenta años! Fue tal el odio que despertó entre los conquistadores que cuando finalmente fue apresada, ya anciana, la condenaron a muerte y fue EMPALADA el 6 de agosto de 1668.

Y la lista sigue.

Cientos y miles de mujeres lucharon codo a codo con sus hombres en defensa de la libertad y la dignidad de su raza y de su tierra. Cientos y miles de esposas y de madres que sabían quiénes eran y entregaron su coraje en virtud de una causa justa. Esposas y madres que las canallescas crónicas de Indias pretendieron borrar a base de mentiras y omisiones sin tomar en cuenta que la historia, la verdadera, es como el curso de agua que siempre halla el camino para llegar al mar.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de esta tímidamente primaveral y siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que en el día de hoy solo busca hacerle honor a las que supieron ganárselo con creces.




sábado, 12 de octubre de 2013

Descubrimientos y encubrimientos

(del libro "Mujeres tenían que ser" de Felipe Pigna)



Aunque parezca mentira, en pleno siglo XXI, se siguen publicando libros que al referirse a la invasión europea al continente americano, iniciada en octubre de 1492, continúan hablando del "descubrimiento de América", concepto eurocéntrico según el cual las cosas y los seres comienzan a existir cuando entran en contacto con los representantes del "viejo continente".

Entre los pueblos originarios, esta tierra recibía tan bellos y variados nombres como pueblos habían florecido en ella. El pueblo Kuna de las actuales Panamá y Colombia la llamaba Abya Yala -tierra en florecimiento-, expresión que hoy ha sido adoptada por muchas naciones indígenas.

América se llamará así en honor al navegante florentino Américo Vespucio (1), que había viajado a las "nuevas tierras" dos veces entre 1499 y 1502. Al regresar escribió dos hermosas cartas: una, fechada en 1503 y dada a conocer a principios de 1504, estaba dirigida a uno de los hombres más ricos y poderosos de su tiempo, Lorenzo Piero de Médici; y otra a su compañero de colegio, Pietro Soderini. Esta última se tradujo al latín y se publicó en 1507 en el apéndice de la obra Universalis Cosmographia, de Martin Waldseemüller, alias Ilacominus, un notable científico nacido en Friburgo, actual Alemania, profesor de Geografía en Saint-Dié en el ducado de Lorena.
Podríamos decir que Vespucio primerió a Colón, ya que mientras la relación del tercer viaje de Colón, en el que tocó tierra firme, se publicó en latín recién en 1508, las relaciones de los viajes de don Américo, como vimos, se conocían desde 1504 y 1507.

En la introducción de la obra de Waldseemüller, el geógrafo francés Jean Basin de Sandocourt proponía:

Verdaderamente, ahora que tres partes de la tierra, Europa, Asia y África, han sido ampliamente descriptas, y que otra cuarta parte ha sido descubierta por Américo Vespucio, no vemos con qué derecho alguien podría negar que por su descubridor Américo, hombre de sagaz ingenio, se la llame América, como si dijera tierra de Américo; tal como Europa y Asia tomaron sus nombres de mujeres.

Años más tarde, Waldseemüller y Basin reconocieron su error, a tal punto que en el mapa que publicaron en 1515 llaman al nuevo mundo "Tierra Incógnita" y no América. Pero ya era demasiado tarde (2).

________________________

(1) Nacido en Florencia en 1454, Vespucio se dedicó al comercio como dependiente de la familia Médici. Hacia 1492 se encontraba en Florencia como agente comercial y en estrecho contacto con marinos de la época. Navegó al servicio de los reinos de Castilla y de Portugal las costas de los actuales Brasil, Venezuela y Argentina. En 1508 integró la Junta de Burgos y fue nombrado piloto mayor del reino de Castilla. Murió en Sevilla en 1512.

(2) A la familia de Colón no le iría tan mal. Su hijo mayor, Diego, recibió una pensión de 50.000 maravedíes y se casó con María Rojas de Toledo, sobrina del duque de Alba, ingresando de esta forma los Colón a la nobleza y consolidando su fortuna.




domingo, 29 de septiembre de 2013

Besos en el Vaticano


Hace algunas semanas, el papa Pancho hizo declaraciones que armaron gran revuelo. Decía el papa que los católicos debían acompañar "con misericordia" a los homosexuales. "¿Quién soy yo para juzgarlos?" acotaba.

Después de eso, escuché a varios creyentes ensalsando los dichos de su líder y a muchos otros ilusionándose por un posible cambio de postura de la iglesia de Roma respecto a temas que siempre han sido tabú, como la homosexualidad o el aborto.

Sin embargo, si uno mira más allá de la superficie, las cosas parecen ser no tan simpáticas.

Es un hecho que la grey católica se ha visto diezmada en las últimas décadas a raíz de diversas cuestiones que no me corresponde analizar. No obstante, es sencillo ver en estas y en otras declaraciones del papa un deseo de acortar la brecha abierta durante siglos entre el pensamiento y la conciencia de gran parte de la comunidad católica (más abierta a un cambio de mentalidad que permita desterrar ciertos prejuicios) y la férrea obstinación  de la jerarquía (que sigue pensando y actuando como si el medioevo siguiera en boga). 

Pero ¿ha cambiado en realidad la postura de la iglesia respecto de nosotros? Veamos...

El papa propone, por ejemplo, un reconocimiento al rol de la mujer en la iglesia pero ni habla de incluirlas en el plano sacerdotal. Recomienda una actitud misericordiosa y piadosa respecto de los homosexuales pero sigue imponiéndonos (al menos en sus deseos) castidad y recato. Dice que la iglesia no debe obsesionarse con los homosexuales pero se abstiene de impartir directivas a sus subordinados para que cesen las acciones de lobby en contra de legislaciones que beneficien a la comunidad LGBT. De hecho, cuando todavía era cardenal, él mismo encabezó la pelea contra la aprobación de la ley de Matrimonio  Igualitario en Argentina, dándole el carácter de "guerra de Dios".

Uno podría decir que una cosa era el cardenal y otra el papa. Pero resulta que, en medio de las repercusiones de sus declaraciones, la Sede de Roma, con firma del propio papa, EXCOMULGA (o sea, expulsa de la iglesia católica) al sacerdote australiano Greg Reynolds por apoyar a los gays y apoyar la inclusión de las mujeres en la jerarquía vaticana. Curiosa medida y muy esclarecedora si uno quiere hacerse una idea de lo que siguen pensando en Roma, teniendo en cuenta que el cura Grassi (condenado en tres instancias judiciales por crímenes de índole sexual contra menores) aun cuenta con el apoyo y la complicidad de la curia.

Claro que eso no es todo. La mano dura de la iglesia también se ocupa de temas que, comparadas con las ya mencionadas, podrían considerarse como cuestiones menores.

Esta semana se inauguró en Roma una exposición fotográfica del artista sevillano Gonzalo Orquin. Las obras que integran la colección muestran a parejas del mismo sexo besándose ante los altares de distintas iglesias de la capital italiana. Si me preguntan, mi respuesta sería que no es mi ilusión tomarme una foto semejante con mi pareja. No soy católico ni me interesa. Pero valoro el mensaje que supongo estuvo en la mente del artista a la hora de realizar su obra: poner en plano de igualdad a las parejas homosexuales y a las heterosexuales. La imagen de una pareja hombre-mujer besándose frente a un altar es algo que no alteraría la conciencia de nadie. Sin embargo, el beso de dos hombres o de dos mujeres en el mismo ámbito ha levantado una gran polémica. Y esa polémica ha sido encabezada por la misma curia romana.

El Vaticano ha amenazado a la galería con iniciar acciones legales, en un claro y flagrante acto de censura. El vocero del papado, Claudio Tanturri, declaró a medios italianos que las fotos violan la Constitución italiana, que "protege el sentimiento religioso de las personas y la función de los lugares de culto. Por ello, estas fotografías son inapropiadas y ofensivas para la espiritualidad del lugar ".

Las imágenes que siguen (según la sede vaticana y muchos católicos) hieren el sentimiento religioso y son ofensivas e inapropiadas.
















Cada cual podrá sacar sus propias conclusiones.


Esto es todo por hoy. Desde las todavía invernales callecitas de la misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, día a día, sigue comprobando que nada cambia de un día para el otro. O sea que Pancho es puro cuento.

viernes, 12 de abril de 2013

PUTO


No suelo hacer estas cosas, pero esta vez comparto con todos una pequeña reflexión de un amigo que bien vale la pena leer y reflexionar.

"PUTO... si, así, a secas... puto... en blanco y negro... y con letras grandes. Esta semana he escuchado esta palabrita todo el tiempo en la tele, y gracias a un señor al que llaman DIOS... puto, puto, puto, la usan para descalificar, para ofender, para denigrar... la usan como insulto, como agresión, como mala palabra, como sinónimo de maricón, de poco hombre, de cobarde.. yo toda la semana he sentido como un ruidito interno y me pregunto... PUTO quién?, puto el que tiene sexo con otro hombre ?? o puto el que tiene sexo con cualquiera, con esta, con aquella, con la de enfrente, con la de al lado, con una puta, con una esclava, con una niña..?? puto quién ??? el que elige vivir su sexualidad como la siente en la intimidad de su casa o el que decide ser cómplice de delitos como la trata de personas ???, puto quién ??? el que no sabe jugar al fútbol y por eso no es un "chongo" o puto el que descalifica a una mujer y la usa como objeto, la vende y la compra... Puto quién??? Puto yo ?? que respeté a mi madre y a mis hermanas, que acompañe hasta el día de su muerte a mis padres, cambiándoles pañales y dándoles de comer en la boca.. puto yo ?? o puto el que tira viejos en depósitos geriátricos ?? el que olvida a la madre ?? sí, a la madre que lo pario y que le dio de comer !!! o puto el que golpea cobardemente a una mina hasta desfigurarla y si con eso no le alcanza para descargar su ira, le tira alcohol y la prende fuego... puto yo ??? o puto él ???... Puto yo que tuve huevos enfrenté de todos y les dije que era puto, y me di y les di la oportunidad de vivir la vida como se nos dio, aceptándonos y queriéndonos así, como somos..... Puto yo?? o puto el hombre que se casa para ser macho, jefe de familia y de noche, a oscuras se come a cuanto puto se le cruza, sin tener conciencia del riesgo al que expone a su familia por su promiscua cobardía... Puto yo?, que deseé con toda el alma ser padre, que me jugué con alma, corazón y vida, que sufrí, lloré, me revolqué por no poder serlo ..... Puto yo?? o putos los que abandonan hijos, niegan apellidos, especulan, negocian, usan su sangre como botín de guerra en divorcios vergonzosos como peleas de verdulería... quien es el puto eh ??? tal vez ofenda leer tantas veces esta palabra, es raro que yo escriba este tipo de cosas... pero saben una cosa señores.. y sobre todo a los hombres se los digo.... hay que ser muy HOMBRE para ser PUTO".

Aplauso, medalla y beso para mi amigo Marcelo, que cuando quiere dice lo que siente y a todos les queda claro lo que quiere decir. Si quieren felicitarlo, pueden hacerlo directamente en  su FACEBOOK

Esto es todo por hoy. Desde las húmedas y grises callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que (a veces) sabe robar material ajeno del bueno (lo que no deja de ser un mérito).

miércoles, 13 de marzo de 2013

Del Cónclave del Terror al de los Cardenales sin Techo



Supongo que nadie ignora que, por estos días, se están llevando a cabo en la ciudad de Roma las negociaciones tendientes a la elección de un nuevo Papa. En el día de ayer, ciento quince prelados se han reunido en la recientemente inaugurada Casa de Santa Marta, donde se sacarán los ojos de modo más o menos secreto y decidirán quién será el encargado de llevar las riendas del Estado Vaticano y de toda la Grey Católica (o al menos la parte de ella que todavía sigue los preceptos de la Santa Sede).

Los seguidores de este blog y quienes me conocen en persona habrán de saber que este tipo de cuestiones litúrgicas están muy por fuera de mis intereses habituales. Pero así como los vaivenes de esta oligarquía cardenalicia me tienen muy sin cuidado, debo confesar que mi amor por la historia y el morbo comadril que anida en mis tuétanos me ha llevado a leer sobre algunos acontecimientos (remotos y no tanto) vinculados con las elecciones papales a lo largo de la Era Cristiana.

La historia misma de la palabra "cónclave" ya resulta interesante, por ejemplo, y podríamos iniciarla hablando brevemente de Federico II Hohenstaufen, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, cuyo reinado se caracterizó por una terrible enemistad con el papado que sería muy extenso detallar en estas líneas pero que no deja de ser interesante a la hora de analizar los intereses políticos que se movían, ya desde aquellas épocas lejanas, en torno al poder de los herederos de Pedro.

El Siglo que parió los Cónclaves


Corría el año 1241 y Federico había sido excomulgado por el Papa Gregorio IX, quien quiso reforzar su posición convocando un concilio en Roma con el solo objetivo de deponer al emperador. Obvio que Federico no se quedó de brazos cruzados. Puso sitio a Roma y ordenó la detención de todo el que viajara a la ciudad para responder al pedido del papa. Quiso entonces el destino que, durante el sitio, muriera Gregorio IX.

Se celebró entonces en Roma lo que muchos historiadores llamaron el "cónclave del terror".

Había en ese momento en el mundo cristiano solo doce cardenales, de los cuales dos habían caído prisioneros en manos del Emperador y, por consiguiente, no podrían participar de la elección del nuevo papa. Los diez participantes estaban divididos, por partes iguales, entre los que propiciaban un entendimiento con Federico y los que pretendían luchar contra él hasta las últimas consecuencias. Se tornaba así imposible que un candidato alcanzara los dos tercios de los votos necesarios para ser electo. Tras nueve días de infructuosas negociaciones, el senador romano Mateo Rosso Orsini (virtual dictador de la ciudad sitiada) ordenó que los cardenales fueran encerrados en las ruinas del Palacio Septizonio, ubicado en el Palatino, para acelerar la elección e impedir la influencia del Emperador. Como los prelados fueron encerrados bajo llave ("cum clavis" en latín), este evento es reconocido como el primer Cónclave de la historia.

Aun así, el encierro no fue suficiente para dirimir las diferencias entre los cardenales y las discusiones se alargaron durante dos meses más. Las disputas hubieran sido incluso más prolongadas de no haber mediado una circunstancia que quizá nadie tuvo en cuenta en ese momento. El Septizornio era un edificio del siglo I y se caía a pedazos. No contaba con ninguna comodidad ni servicio sanitario. De modo que las duras condiciones del encierro provocaron la muerte de dos de los electores, produciéndose así un desbalance en la cantidad de miembros de una de las facciones enfrentadas. El 25 de octubre de 1241, los ocho cardenales, congregados a la fuerza entre aquellas paredes corroídas por la humedad, eligieron como nuevo papa al cardenal Godfredo Castiglioni, quien adoptó el nombre de Celestino IV.

Lo paradójico fue que el flamante pontífice no llegó a ser consagrado y murió dos semanas después a causa de los padecimientos sufridos durante las deliberaciones (aunque hay quien afirma que se trató de un caso de envenenamiento). Su única decisión importante fue la de excomulgar a Orsini.

Y lo gracioso fue que, ante la muerte repentina de Celestino, temerosos de un nuevo cónclave en las mismas condiciones, los cardenales huyeron de Roma y no volvieron a reunirse hasta 1243, cuando pudieron elegir a Inocencio IV, en condiciones mucho más humanitarias.

El siguiente cónclave, como tal, tendría lugar 27 años después.

Entretanto, Inocencio llegó a un acuerdo con Federico y todos los problemas entre el Papado y el Imperio parecían llegar a su fin. Pero pronto quedaría claro que no todo lo que brilla es oro. Federico pretendía el poder sobre Europa y no podía permitir que un papa, cualquiera fuera, le impusiera condiciones. De manera que, tras nuevos entredichos, nuevas excomuniones y reiterados sitios a Roma y a las ciudades italianas, la victoria parecía ya del lado del Emperador cuando éste encontró la muerte el 13 de diciembre de 1250 en Castel Fiorentino cerca de Lucera, en Apulia, después de un ataque de disentería. El papa lo seguiría cuatro años más tarde.

El siguiente papa fue Alejandro IV, quien siguió las luchas contra los Hohenstaufen, herederos de Federico, y canonizó a Santa Clara de Asís. Murió en 1261 y sus restos descansan en la Catedral de Viterbo pero se desconoce su ubicación exacta, ya que fueron escondidos por temor a que el cuerpo fuese profanado. Se ve que no eran tiempos amables para los papas.

Viterbo es una ciudad italiana cercana a Roma que aun hoy conserva entre sus atractivos turísticos el Palacio de los Papas, una propiedad que los pontífices utilizaron durante siglos como residencia de verano o como residencia provisional cada vez que en Roma la cosa se ponía peligrosa. Allí se reunieron los cardenales para elegir al sucesor de Alejandro IV. Claro que esa reunión no tenía nada que ver con los padecimientos sufridos en 1241. Desde aquella época, los cardenales seguían siendo ocho y, entre ellos, de pura casualidad, se hallaba el Patriarca de Jerusalén, Jacques Pantaleón, francés hijo de un zapatero, que buscaba ayuda contra el asedio que sufría el Santo Sepulcro por parte de los musulmanes. Los prelados una vez más no se ponían de acuerdo y ninguno de los candidatos presentados alcanzaba los dos tercios; de modo que, tras tres meses de deliberaciones, alguien decidió patear el tablero y propuso al Patriarca. La elección no se hizo esperar y el nuevo papa asumió con el nombre de Urbano IV (no es mi culpa que casi todos los papas de este siglo fueran IV).

Con la excusa de solucionar el problema de las largas discusiones por alcanzar los dos tercios para la elección de los papas, una de las primeras disposiciones de Urbano fue la de nombrar 14 nuevos cardenales. Por esta razón, fue prontamente acusado de nepotismo, ya que los nuevos prelados eran todos parientes de los cardenales que lo habían puesto en el trono de Pedro. Cada cual que piense lo que quiera. Los problemas con los sucesores de Federico no terminaban y en Roma la cosa estaba cada vez más caldeada entre los partidarios de pactar con el Imperio (los gibelinos) y sus enemigos (los güelfos). Al punto que Urbano creyó conveniente no acercase a la Santa Sede y pasó la mayor parte de su papado en Viterbo.

Claro que el papa tomó partido por los güelfos e hizo todo lo que estuvo a su alcance para perjudicar los intereses de los Hohenstaufen, herederos de Federico II. Para ello contó con un talentoso jurista y diplomático francés llamado Guy Le Gros Foulques, quien desempeñaría un papel muy importante en toda esta historia.

Guy Le Gros Foulques era noble y había nacido en 1202 en la ciudad de Saint Gilles, al sur de Francia. Cuando su madre murió, su padre dejó de lado sus deberes familiares y se metió a monje. Guy se hizo cargo de los bienes familiares, contrajo matrimonio y sirvió durante un tiempo como oficial de los ejércitos reales, para finalmente iniciar una exitosa carrera como jurista. El mismo Rey Luis IX de Francia (canonizado en 1297 por el papa Bonifacio VIII) lo llamó a su servicio y lo convirtió en uno de sus principales consejeros. Sin embargo, en 1256, al quedar viudo él también y con dos hijas, siguió los pasos de su padre, abandonó la vida mundana y también se refugió en un convento. Se nota que había cierta predisposición genética.

Sin embargo, seguir los pasos de su padre tal vez fuera su intención pero las necesidades del monarca eran superiores a sus deseos y, a los pocos meses de tomar los hábitos, se vio obligado a retornar al servicio activo. Claro que su "sacrificio" se vio retribuido con una carrera eclesiástica que podríamos llamar meteórica, puesto que en 1261 ya era nombrado como cardenal por el papa Urbano IV, en una de sus primeras disposiciones al frente de la Santa Sede.

Luego de numerosas misiones diplomáticas al servicio del Papa y del Rey de Francia, en 1265, participó en las operaciones que terminarían por reponer a Enrique III (cuñado de Luis IX) en el trono de Inglaterra y es durante el viaje de regreso a Francia que se produce la muerte del Papa. Apenas pisó suelo francés, recibió un mensaje urgente del Colegio Cardenalicio exigiéndo su presencia inmediata en Perugia, ciudad de Italia en la que había fallecido el pontífice. Recién cuando estuvo frente a los cardenales se le comunicó que había sido electo por unanimidad "in absentia".

Por cierto que Guy era un tipo de sobrada experiencia en cuestiones palaciegas y tal vez por eso se vio sorprendido por su nombramiento y no se creyó capaz de llevar la carga que se le estaba ofreciendo. Nadie tenía dudas de que detrás de su elección se hallaban las maquinaciones de Luis IX, pero aun así su primera reacción fue la de rechazar el papado. Se dice que dio sólidos argumentos para que los electores cambiaran de parecer e incluso que llegó a implorarles que no lo eligieran. Sin embargo, sus súplicas y sus lágrimas no convencieron a los cardenales y, tras una reunión secreta con los enviados del rey, Guy terminó aceptando a regañadientes y fue finalmente coronado con el nombre de Clemente IV (¡otro más!). A juzgar por las opiniones de sus contemporáneos, la decisión de los cardenales (influidos tal vez por el Rey Luis) no fue errada, ya que todos coinciden en que fue un papa piadoso y ejemplar, algo poco frecuente en aquellas y todas las épocas, si se me permite la opinión personalísima. Las únicas pobres que tal vez no estuvieron felices con su pontificado fueron justamente sus hijas. Tras su nombramiento, Clemente IV dispuso que ninguno de sus parientes tuviera acceso a cargos dentro de la Curia y que las dotes de sus hijas serían reducidas drásticamente para desalentar las aspiraciones a ser yernos del papa. Resultado: ante la falta de candidatos, las dos niñas terminaron metiéndose en un convento.

En otro orden de cosas, fue Clemente el encargado de terminar con las extensas disputas entre el Papado y la familia de los Hohenstaufen. Su lealtad estaba con el Rey de Francia y por él se jugó el todo por el todo. Enfrentó militarmente a Manfredo, hijo y heredero de Federico II, y gracias a su tenacidad salió triunfante. Manfredo se había hecho coronar como Rey de Sicilia y en alianza con las ciudades del norte de Italia reclamaba el control de toda la península. Ya Alejandro IV lo había excomulgado y durante el papado de Urbano IV se había ofrecido la corona de Sicilia a Carlos de Anjou, hermano del Rey de Francia, a través de negociaciones inspiradas por el aun Cardenal Guy Le Gros Foulques. Con la aparición de los ejércitos franceses, tras las victorias de Benevento (1266) y Tagliacozzo (1268), terminó definitivamente el poder de los Hohenstaufen.

Carlos lograba así la corona de Sicilia, pero para ello tuvo que firmar un tratado con el papa en el que se aseguraba la libertad de la iglesia y la supremacía de la Santa Sede en la política italiana. En 1266, Carlos fue coronado en la Basílica de San Pedro, pero Clemente le daría muestras de su poder terrenal. El día de la ceremonia, se retiró de Roma rumbo a Viterbo y dejó la coronación en manos de un cardenal designado a ese propósito. Era su manera de decirle a Carlos: "Sos importante pero no tanto como para que yo me tome el trabajo de coronarte". Obvio que las relaciones entre Carlos y Clemente no fueron, desde entonces, las más cordiales, pero el papa mantuvo siempre el dominio y cuando murió, en 1268, dejó el papado en una mucha mejor condición que cuando recibió las llaves de San Pedro.

Lo que él no sabía era que su muerte sería sucedida por el cónclave más largo de la historia.

Clemente IV también murió en Viterbo y allí se reunió el Colegio Cardenalicio una vez más, dividido en diferentes facciones, cada cual con posiciones distintas a la hora de decidir cómo manejar el poder que dejaba el pontífice fallecido. Unos eran partidarios del alineamiento con Francia y otros del incremento el poder italiano liderado por Roma.

Las deliberaciones comenzaron el 29 de noviembre de 1268 y las posiciones enfrentadas eran tan firmes que, pasado el tiempo, era imposible llegar a un acuerdo. Entretanto, las autoridades civiles de Viterbo se esmeraban por hacer que la vida de los prelados durante las votaciones fuera lo más placentera posible. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba sin que se llegara a un acuerdo, los fieles empezaron a impacientarse y (recordando la elección de Celestino IV) optaron por recurrir una vez más al método del cónclave.

Habían pasado ya más de dos años de discusiones (y algunos cardenales habían fallecido durante las mismas) cuando, por orden municipal, los electores fueron encerrados en el Palacio Episcopal bajo llave y con impedimento de comunicarse con el exterior hasta tanto la Cristiandad no contara con un nuevo pontífice. Como el encierro no daba resultado, se les disminuyó la alimentación a tan solo pan y agua. Pero ni aún así se llegaba a un acuerdo, por lo que los habitantes decidieron levantar el techo del palacio para dejar a los cardenales expuestos a las inclemencias del clima y así "inspirarlos en su contacto con el Espíritu Santo".

Acuciados por la situación, los quince cardenales que quedaban decidieron nombrar una comisión de seis integrantes para que realizara la elección. Era un método desesperado pero que dio resultado, aun cuando el merecedor de los votos cardenalicios fue quizá el menos esperado. Su nombre, Teobaldo Visconti, diácono de Lyon, nacido en 1210 en Placenza, Italia, y educado en Francia. Era tal vez una consesión por parte de ambos bandos. Pero lo extraño fue que ni siquiera era sacerdote al momento de ser elegido. Es más, ni siquiera se encontraba en Europa, ya que un año antes, después de pasar por Roma, se había plegado a la Octava Cruzada impulsada por Luis IX. Recibió la noticia de su nombramiento en San Juan de Acre, en Tierra Santa, y hubo que esperar su llegada a Italia para proceder a su ordenación como sacerdote, el 19 de marzo de 1272, y su consagración como Papa, una semana después, adoptando el nombre de Gregorio X.

Podría seguir contándoles "exentricidades" de las elecciones papales, pero lo cierto es que ya me dio pereza.

Eso es todo por hoy. Desde las callecitas ya otoñales de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, hoy por hoy, sigue viendo con mejores ojos las viejas historias lavadas por el tiempo y las prefiere a las mezquindades y bajezas contemporáneas, que sí han de afectarnos directa o indirectamente.



jueves, 21 de febrero de 2013

Los chicos siempre dicen la verdad...



... Al menos es lo que dice el dicho popular que incluye también a los borrachos. Y no pocas veces, la realidad lo comprueba.

Ya se sabe que el discurso homofóbico si de algo carece es de creatividad. En la Argentina tenemos mucha experiencia al respecto y las discusiones que se están desarrollando por estos días en algunos países de Europa acerca de la legalización del matrimonio igualitario no dejan lugar a dudas. A diario podemos leer y escuchar a los homófobos y homófobas del Viejo Continente, diciendo las mismas barbaridades que supieron exponer, allá por el 2010, nuestros inefables dinosaurios vernáculos. Nada nuevo. Absolutamente nada. Solo las mismas ideas retrógradas y cargadas de desprecio y odio que supieron destilar personajes nefastos como Negre de Alonso, Chiche Duhalde, la Hotton o el diputado Olmedo, por mencionar solo a algunos de los tantos que se vistieron de naranja por aquellos tiempos.

En los últimos días, el Secretario de Estado para el País de Gales del Reino Unido, David Jones declaró que las personas homosexuales no están capacitadas para educar a un niño. Así nomás, sin medias tintas. Ya quisiera yo que el señor (de alguna manera hay llamarlo) me explicara cómo hicimos entonces los que durante siglos y siglos hemos educado a los nuestros, logrando resultados que en nada difieren de los alcanzados por los progenitores heterosexuales (porque nunca está de más recalcar que los gays y las lesbianas no somos estériles y estamos en la tierra desde el comienzo de los tiempos). Pero hoy no busco polemizar a título personal con este cavernícola que tuvo la suerte o la astucia para llegar a un tan alto puesto en la administración británica. Eso es algo que perfectamente puede hacer un crío de primaria.

En una entrevista televisiva en la que trataba de explicar las razones por las que había votado en contra del matrimonio para todos, Jones aseguró que “el matrimonio es una institución que evolucionó a través de los siglos para crear un entorno confortable y seguro para educar a los hijos y las parejas del mismo sexo son claramente incapaces de hacerlo”.

Una pequeña de ocho años escuchó por la tele al señor Jones e, indignada, decidió escribirle una carta para manifestarle su descontento (raro pero cierto: ¿una carta y no un mail o un twitter?). La misiva escrita por la nena es la que ilustra este artículo y en ella dice:
“Querido Sr. Jones:
Estoy escribiendo para informarle que no estoy de acuerdo con que un niño no pueda ser educado por una lesbiana o un gay. Mi nombre es Elizabeth Burt y soy hija de madres lesbianas. Tengo una pequeña hermana, llamada Pippa y dos mamás, llamadas Karen y Alison. He sido perfectamente educada y por lo tanto no veo por qué usted dice eso. Mis amigos y yo creemos que cualquiera puede ser educado por alguien que lo ame, lo cuide y le dé felicidad.
Por favor, ¡responda!
Suya, sinceramente
Elizabeth”.
Cortito y al pie.

No he podido encontrar respuesta alguna por parte del Secretario, pero la carta de Elizabeth fue twiteada por una de sus madres y luego retwuiteada hasta el infinito por sus contactos. Las declaraciones de Jones armaron revuelo y el mismísimo Primer Ministro tuvo que salir a declarar que no estaba de acuerdo con las declaraciones de su subordinado y que su gobierno defiende tanto el matrimonio igualitario como el derecho a la adopción de las parejas de igual sexo. Otras voces se alzaron en contra de Jones, cuyas palabras solo buscan desacreditar derechos inherentes a una parte de la población, y exigieron una disculpa pública y una reunión con parejas homoparentales galesas.

Por su parte, DJ salió al cruce de la polémica y solo atinó a decir que sus declaraciones fueron tergiversadas (el viejo y manido “me sacaron de contexto”). Si bien admite haber hecho las declaraciones, “eso no quiere decir que yo esté en contra de las parejas estables y comprometidas entre personas del mismo sexo. Estoy completamente a favor de la unión civil y, en la entrevista, yo no dije que las parejas homosexuales no debían adoptar hijos. Esa no es mi opinión. Simplemente quise decir que, dado que las parejas del mismo sexo no pueden procrear, la institución del matrimonio debería, según yo, ser reservada para las parejas heterosexuales”. O sea: lo dijo pero no lo dijo.

Esto es todo por hoy. Desde las heridas callecitas de esta Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, harto de escuchar siempre las mismas idioteces, sabe distinguir entre los que aclaran y los que oscurecen (me salió medio en verso, ja)


Novelas de Carlos Ruiz Zafón