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viernes, 1 de mayo de 2020

El cuchillo perdido en cuarentena


Ya he dicho en alguna oportunidad que, por razones meramente pragmáticas (a saber, que no se me acumule la vajilla sucia en la bacha de la cocina), tengo solo unos cuantos platos, dos cuchillos, dos tenedores y dos cucharas. Cucharitas de café sí tengo unas cuantas, por razones obvias. Imaginarán entonces que, ante tal carencia de recursos, los utensilios reparten sus días en un triángulo vicioso que va del escurreplatos al plato donde como, de ahí a la bacha de lavado y finalmente de regreso al escurreplatos.

El hecho es que nunca fui un fanático de los quehaceres hogareños y, desde que comenzó la cuarentena, la disponibilidad horaria, lejos (muy lejos) de corregir ese mal hábito, lo ha incrementado. Y es ahí donde cobra mayor mérito la precaución de no acumular vajilla innecesaria.

Ayer, mi menguada capacidad de enseres sucios estaba al límite y procedí (como acostumbro) a hacer uso de la esponja y el detergente. Cuál no fue mi sorpresa cuando descubro que me faltaba un cuchillo. Como comprenderán, no había mucho donde buscar y el cuchillo no estaba. Revisé exhaustivamente la cocina, dentro de la heladera, ¡dentro del microondas!, me tiré al suelo y busqué debajo del mueble bajomesada, inspeccioné por detrás de la cocina, dentro del horno... ¡Nada! Ni señas del cuchillo perdido. Se me ocurrió entonces que tal vez lo hubiera echado a la basura sin querer, por lo que me calcé guantes de goma y escudriñé entre los desperdicios. ¡Tampoco!

Sin haber dilucidado el misterio del cuchillo perdido y en consonancia con el viejo axioma que afirma "aparecerá cuando no lo busque", me preparé un café y subí a mi habitación para ver una película. Luego me quedé dormido y juro que soñé con el cuchillo.

Fue un sueño turbulento y confuso en el que alguien o algo lo usaba como arma en mi contra y me hacía cortes paralelos a lo largo de todo el brazo izquierdo. Lo vi con increíble claridad: mango de plástico negro, hoja de acero muy delgada y filo aserrado. Un cuchillo como cualquier otro, de esos que se venden de a docena en los negocios de baratijas plásticas.

Sin duda, esa tortura se inspiraba en mi visita de hace unos días a la carnicería, donde uno de los chicos carniceros (joven de unos veintitantos) tenía el brazo izquierdo lleno de grandes cicatrices paralelas desde el hombro hasta la muñeca. Ese brazo (lacerado vaya uno a saber por qué ritual) me dejó turbado y, por lo visto, la impresión hizo causa común con mi nueva incertidumbre. No recuerdo que, en el sueño, las heridas me causaran dolor pero sí tengo patente los ríos de sangre que manaban de mi brazo. No lo dije ni lo pensé pero yo sabía que iba a morir. Y lo peor (pienso ahora) es que la muerte me alcanzaría sin saber quién o qué había robado mi cuchillo para atacarme.

Como suele suceder en estos casos, la adrenalina a tope hizo que me despertara. El corazón galopaba y la garganta era un arenero. Descorrí las sábanas, me senté en el borde de la cama, me calcé los lentes y me puse de pie. Todavía inseguro de mis piernas me asomé al precipicio de la escalera que me lleva a la planta baja y descendí con inusual precaución.

Ya abajo, en tierra firme, bebí un vaso de agua y me quedé apoyado contra la heladera durante un largo rato, con la mente en blanco. De pronto, sentí deseos de comer algo dulce. En mi última salida había comprado una lata de duraznos que todavía no había abierto. El sudor frío aun refrescaba mi nuca y me pareció una buena idea combatir tan desagradable sensación con la suave caricia del almíbar en mi garganta.

Y entonces sucedió lo inesperado. Lo que jamás hubiera imaginado.

Abrí el cajón de los cubiertos buscando el abrelatas y ¡allí estaba! ¡Era el cuchillo perdido!

Ahora estoy más preocupado que nunca. Queda claro que la persona o el ente que me atacara en el sueño es real, que planea hacerme daño y, para ello, escondió el arma homicida en el único lugar de la casa donde yo jamás lo buscaría.

martes, 16 de mayo de 2017

El hijo del milico



Cerro del Torreón era un pueblito ubicado a un par de kilómetros de la Capital. Sin embargo, esa corta distancia hacía una gran diferencia. Porque "el Cerro" (como decían cariñosamente los del lugar) era sin embargo un pueblo de provincia con todas las de la ley. Debía su nombre a un mítico torreón que, en tiempos de la colonia, se emplazaba supuestamente junto a la iglesia, en la parte más alta de la región. A no ser por una rudimentaria pintura que se exhibía en la intendencia, no había otra documentación, ni histórica ni arqueológica, que probara su existencia, pero tampoco era necesaria ninguna prueba. Allí todos conocían a todos y (muchas veces a escondidas) todos hablaban de todos. Sin una vida apasionante que disfrutar, el tedio cotidiano llevaba a los cerrenses a ocuparse en demasía de la vida ajena. Casi como si fuera un deporte, podría decirse. Y como en todo deporte, había una tabla de posiciones, en este caso, consensuada tácitamente entre todos los habitantes y desde siempre liderada por Doña Haydé, una señora menuda pero muy activa, que en todo momento estaba atenta a su entorno. A ella recurrían las esposas engañadas para descubrir a las desvergonzadas que le quitaban al marido por las tardes. O los maridos que no recordaban el día del cumpleaños de sus mujeres. O los jubilados que necesitaban de un apoyo para llegar hasta el banco en los días de cobro. Porque, además de chismosa, Doña Haydé era también servicial y comedida. Para muchos, metiche.

Frente a su casa, vivía Evelia Rosas, una mujer joven y alegre a pesar de las penurias que le había tocado padecer. Había llegado al pueblo a los veinte años, junto a su marido, y enviudado cuatro años después, con su hijo Adelmar que apenas había dejado los pañales. Tuvo que aprender a sobrevivir por sus medios y a trabajar de lo que fuere con tal de llevar la comida a casa. Pocos conocen la historia de esos años y suponen que Evelia nunca se dejó caer y mantuvo su actitud y perseverancia siempre en alto. Pero Doña Haydé sí sabía de sus momentos de flaqueza, de esos días en que hubiera vendido su alma al diablo a cambio de un respiro. Evelia lloraba solo cuando nadie la veía y su verdadera fuerza aparecía en el momento en que debía mostrarse, ante el mundo, libre de agobios y pesares. En especial, las noches eran su gran tormento. Esas interminables horas en las que el universo se ponía en pausa, en tanto su corazón y su cabeza se disputaban el control de la situación. Sola en la pequeña casa, acompañada nada más que por su hijito, necesitaba ardientemente la compañía de un hombre que la sostuviera y la cobijara.

Ese desconocimiento de su intimidad hizo que, para el resto del pueblo, fuera una gran sorpresa la aparición de Cesáreo Salas. Un tipo de otros pagos, medio bruto, que manejaba un camión y se reía a carcajadas por cualquier estupidez, con estridencias muy poco habituales por aquellos lares signados por la discreción y el disimulo. Pero Doña Haydé ya lo había presentido. La joven viuda no era una mujer de cama fría, tenía buenas curvas, una belleza mestiza imposible de ignorar y era solo cuestión de tiempo hasta que los gavilanes comenzaran a acecharla. Desde el mismo día de la partida del difunto, se habían iniciado las rondas de cortejo. A los del pueblo Doña Haydé los conocía a todos y a todos reprendía. Porque ya se sabe que el período de luto no podía ni debía ser pasado por alto. Ella no tenía empacho en decírselo en la cara. A los extraños solo les dedicaba una mirada adusta como advertencia. Éste Cesáreo, en particular, no era en absoluto de su agrado y desde el primer día supo que no era trigo limpio. Sin vueltas, tal como era su costumbre, y sin que nadie se lo preguntara, se lo dijo a Evelia con esas mismas palabras: que Cesáreo Salas no era trigo limpio. Pero Evelia estaba ilusionada y su corazón era sordo a las razones.

Cesáreo llegaba con su camión todas las tardes sin faltar ni un día, a la hora en que la viuda descendía del ómnibus que la traía desde su trabajo en la Capital, y se iba pasada la medianoche (hora en que Doña Haydé cerraba por fin su persiana). Rara vez se quedaba a dormir. Sobre todo después de aquella ocasión en que el cabo Pérez (siempre a cargo de la comisaría, en virtud de la borrachera continua del Sr. Comisario) lo confundiera con un cuatrero y se lo llevara al calabozo, demorado hasta la madrugada. El cabo era un servidor de la ley rechoncho y retacón, adicto a las películas de Humphrey Bogart, y fantaseaba con protagonizar alguna vez su propio policial. En relación con aquel malentendido, las malas lenguas dicen que el milico no se confundió nada y que solo pretendía ahuyentar al forastero. Todo puede ser. Ya se sabe que los pueblerinos suelen ser muy quisquillosos a la hora de defender su coto de caza.

No obstante, a Evelia se la veía radiante e incluso Adelmar estaba más gordito y mejor vestido. Las comadres del pueblo hablaban, sí, pero ella tenía el temple necesario para hacerles pito catalán a los chismorreos. Quizá, lo único realmente malo llegara cuando el niño comenzó la escuela y sus compañeritos le hacían burlas en referencia a su "nuevo papá". Pero ya desde entonces, el pequeño Adelmar dio muestras de estoicismo e hizo lo necesario para no agobiar a su madre con sus propios problemas.

Adelmar no reía ni lloraba. Si se lo pedían con buenos modos, ayudaba. Y ante la más mínima agresión, gruñía. Era famoso en el potrero donde los chicos de su edad jugaban a la pelota después de la escuela. Algunos lo acusaban de pegar duro, pero él se disculpaba sosteniendo que el fútbol era cosa de hombres. Su madre estaba de acuerdo, pero tuvo que tomar cartas en el asunto cuando la "hombría" de su hijo empezó a extralimitarse, al punto de producir lesiones que requirieron la intervención del Dr. Friberg e incluso del cabo Pérez. Salvo Doña Haydé, nadie tomó nota de que aquellos primeros incidentes tuvieron lugar algunas semanas antes de que el vientre de Evelia comenzara a crecer. Fue también por la época en que Cesáreo Salas dejó de ir todas las tardes a Cerro del Torreón.

La última vez que Cesáreo pasó la noche en casa de Evelia fue cuando salió de allí, ya de mañana, trajeado y perfumado. Todos saben que se subió a su camión y partió rumbo al registro civil para casarse con otra. Los pormenores de aquella noche se desconocen pero los vecinos dan fe de que los escucharon discutir. Ni siquiera Doña Haydé llegó a tener información fidedigna y, en el caso en que Adelmar supiera algo, no hay duda de que se llevó el secreto a la tumba.

Evelia ya no fue la misma desde entonces. Aun cuando mantuvo su sonrisa y su jovialidad habituales, algo en su mirada delataba su tristeza y su renovada angustia.

- No te preocupes, -le decía Doña Haydé- que mientras vos estés en el trabajo, yo te voy a cuidar a los chicos. Adelmarcito conmigo es un encanto y, si Dios quiere, el que viene en camino va a ser igual de bueno.

El que venía en camino llegó una madrugada de enero y contra todo pronóstico recibió el nombre de César. Fue un escándalo familiar.

Desde la fiesta de Año Nuevo y con la idea de ayudarla en el parto, llegaron desde el norte su madre Imelda y su hermana Branca a pasar una temporada. Todo iba bien hasta que Evelia dio a conocer el nombre del bebé, en el caso de que fuera varón. Imelda no era una mujer de muchas luces pero podía darse cuenta de que ese nombre sería por siempre como la sal en la herida, aunque no supiera expresarlo. Branca, en cambio, fue muy clara:

- Cada vez que lo nombres te vas a acordar de ese hijo de puta.

Pero Evelia no entró en razones. El niño se llamó Cesar Hilario Rosas y, tácitamente, la familia en pleno optó por llamar al bebé por su segundo nombre. Que Hilarito de aquí, que Hilarito de allá, mientras las parientas estuvieron en la casa, el bebé casi no visitó la cuna. De la teta de su madre pasaba a los brazos de su abuela o de su tía y, de tanto en tanto, también a los de Doña Haydé. Era un niño regordete y blanco como la leche, herencia de su abuela paterna que (nadie lo sabía por entonces) era polaca. Esa piel tan pálida, en el seno de una familia norteña cuyos orígenes se perdían en los albores del tiempo, fue el primer sello distintivo que le deparaba el destino. En muchos sentidos, Hilarito nunca fue un chico como los demás... pero eso es harina de otro costal.

Al igual que su hermano Adelmar, Hilarito no lloraba nunca. Pero sí reía. Y ya desde los primeros días de vida solía mantener los ojos bien abiertos y atentos a lo que sucedía a su alrededor. La abuela Imelda no se cansaba de acariciarlo, su tía Branca le inventaba canciones con historias de animales en las que los lobos siempre estaban al acecho y los conejitos eran los héroes astutos. Por su parte, Adelmar estaba atento a cada gesto y se había autoimpuesto la tarea de detectar cuando el bebé ensuciara los pañales. Eso de limpiarle la mierda no reforzaba su masculinidad ni tampoco era agradable, pero no veía inconveniente en dar aviso.

Cuando las parientas tuvieron que marchar, escasearon las caricias y las canciones de animales, pero la mirada vigilante de su hermano no cesó en ningún momento. Todavía no comenzaban las clases, por lo que podía dedicarse a ello a tiempo completo, olvidado como estaba del potrero y de las "cosas de hombre". Tal era el magnetismo de Hilarito, ya desde la cuna.

Algunos hablan de suerte y otros de destino, pero lo cierto es que, el día en que sucedieron los hechos, los dos hermanos de alguna manera estaban conectados.

Era un día domingo y Evelia aprovechaba su día franco para la limpieza. Mientras Hilarito dormía en su cuna, ella lavaba ropa y Adelmar jugaba a la pelota. Ella protestaba y él la provocaba haciendo picar el balón cerca de las prendas ya tendidas en la soga. Ella se secaba el sudor de la frente con el antebrazo y él daba un último pelotazo sin querer, que dejaría una barrosa mancha circular en las sábanas blancas recién lavadas.

Nunca supo qué fue exactamente, pero algo en su interior encendió una alarma y toda su atención pasó a otro plano. ¡Su hermanito! ¿Dónde estaba su hermanito? Evelia no alcanzó a enojarse por la sábana sucia. Adelmar salió disparado hacia la casa al grito de "¡Se lo lleva!" y, aun sin entender nada, ella salió tras él.

Apenas tuvieron tiempo de ver cómo Cesáreo Salas salía de la casa con el bebé en brazos y todos los recuerdos que tuvieron después fueron borrosos. Cesáreo era un tipo ágil, pero Adelmar era un chico de ocho años que le dio alcance cuando luchaba por abrir la puerta de su camión. Los nervios le estaban jugando una mala pasada y la maldita puerta no se abría. El bebé había empezado a llorar y el otro mocoso lo pateaba como un salvaje, mientras Evelia atravesaba la calle, tropezaba, caía, lo insultaba a los gritos desde el suelo y, en la esquina, aparecía el cabo Pérez, corriendo agitado y desenfundando el arma. Detrás de él, Doña Haydé también corría y lloraba. Había visto el camión a través de la ventana y no dudó en dar aviso a la policía. Para Cesáreo no había muchas opciones. Aferró fuertemente al bebé con un brazo, derribó a Adelmar con un fuerte revés y finalmente pudo abrir la puerta del camión No sabe cómo depositó a Hilarito en el asiento pero jamás pudo olvidar el frío de la pistola en su sien, cuando el cabo pronunció su frase de película: "Quieto o disparo".

La gente ya se había agolpado en el lugar y el intento de secuestro fue noticia durante días. Las comadres tuvieron nueva tela que cortar y hasta Doña Haydé, genio y figura del cotorreo vernáculo, llegó a indignarse ante tantas barbaridades que se dijeron. Fue también cuando Adelmar le bajó dos dientes de una trompada a un chico del barrio. En su defensa solo dijo que Hilarito no era hijo del milico.


sábado, 12 de septiembre de 2015

Duelo

Relato breve que dura años


Él llegó al encuentro con la macha intención de resolverlo todo a los golpes. Después de un largo café de argumentaciones, las cartas estaban sobre la mesa y ya no había posibilidad de barajar y dar de nuevo.

Entonces yo (el mismo que engendrara en ella tres hijos maravillosos) lancé mi profecía mirándolo a los ojos:

 - Siempre voy a estar ahí. Y no habrá NADA que puedas hacer para impedirlo.

Estuve a punto de decirle además que ella valía mucho más que nosotros dos juntos. Sin embargo me abstuve. No quise regalarle una certeza que me enorgullecía y que, por lo visto, él todavía hoy no llega a vislumbrar.

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Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de esta fría Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, de tanto en tanto, también vive de ¿ficciones?

jueves, 14 de junio de 2012

Tanatina




Apestoso y lúgubre era aquel callejón de mala muerte. Había llegado hasta allí con la sensación de que toda la ciudad clavaba su mirada sobre él. La calle estaba desierta y la mayoría de las ventanas de los edificios circundantes permanecían cerradas. No obstante, le parecía que todo el mundo conocía sus planes y lo acechaba desde las sombras, recriminándole la culpabilidad de un crimen que aun no había cometido. Pero ahora, que ya tenía el frasquito entre sus manos, se sentía seguro de sí, acaloradamente eufórico. Cierto es que tuvo que juntar coraje para abandonar la sospechosa paz de la calle principal y recorrer los cincuenta y tantos metros hasta la casa del Gitano. Sin embargo, emergía de la callejuela con una inusual expresión de triunfo, con paso decidido y la firme convicción de que estaba haciendo lo correcto.

El auto estaba estacionado a pocos metros de la bocacalle. Como en cualquier película que se precie, no faltaba la brisa que siseaba en la copa de los árboles ni el farol balanceándose entre los postes. Podía no haber nadie en kilómetros a la redonda. No importaba. El chasquear de la puerta al cerrarse retumbó como un trueno. Él se acomodó en el asiento del conductor, colocó con sumo cuidado el frasquito dentro de la guantera y verificó la hora. Faltaban escasos cuarenta y cinco minutos para su cita. Después de casi seis meses de ausencia, ella regresaba a casa, a la casa donde habían vivido juntos durante diez felices años, la casa de sus hijos, la casa de la que ella huyera deslumbrada por una tardía y adolescente fantasía de amor.

El Gitano le había garantizado que la tanatina era el veneno ideal para el crimen perfecto. Explicó que actuaba rápidamente sobre las fibras cardiacas, provocando una muerte súbita. Luego, la sustancia era capaz de reaccionar químicamente con los diversos humores disueltos en la sangre y “desaparecía”. Ninguna autopsia podía detectarla.

Al partir, ella no había reclamado nada. Simplemente cerró la puerta tras de sí y se esfumó. Él y los niños se quedaron solos y atónitos. Sorprendidos y asustados. La pareja perfecta se disolvió en un abrir y cerrar de ojos con unas pocas palabras: “Amo a otro”. No hubo más explicaciones. Ni siquiera atinó a insultarla. El portazo final todavía le dolía. Y a sus hijos. Esa y no otra era la razón por la cual había decidido poner fin al sufrimiento.

Había planeado todo al detalle. Los chicos estaban con la abuela. La casa estaba impecable. Había pasado toda la tarde cocinando para que la última cena juntos fuera perfecta. Tantos años de felicidad merecían un buen final. Pondría el veneno en el postre, tal como lo sugiriera el Gitano, para disimular su ligero amargor. Un bocado apenas sería suficiente.

Los papeles del divorcio ya estaban en su escritorio. Sólo faltaba ponerse de acuerdo en la separación de bienes y el régimen de visitas. No era necesario discutir. Aquel acuerdo nunca entraría en vigencia. Por eso él pensaba acceder a todas las peticiones que ella le presentara, como el marido dócil que siempre había sido. No tenía objeto discutir. Al final de la cena, su plan ya se habría consumado y todo lo hablado durante la velada perdería sentido.

Detuvo el auto frente a la casa. No lo guardó en el garaje, previendo que tal vez fuera necesario trasladar el cuerpo hasta el hospital más cercano. Gesto inútil si las aseveraciones del Gitano eran correctas. Tomó el frasquito de la guantera y lo introdujo en el bolsillo interior del saco. Abrió la puerta, salió del auto y volvió a cerrarla. El nuevo chasquido pareció retumbar por todos los rincones de la calle vacía. Caminó hasta la puerta de entrada y colocó la llave en la cerradura.

Había conocido al Gitano a través del Piraña, uno de sus alumnos de la nocturna. ¡El Piraña! En verdad, se trataba de un tipo de temer. Andaba en la pesada, como suele decirse, y usaba el colegio como centro de operaciones. Todos lo sabían y, sin embargo, era un muchacho muy popular. Es decir: uno de esos tipos a los que conviene tener de nuestro lado. Destino o fatalidad, lo cierto es que, desde el principio, hubo entre ellos una afinidad extraña que los llevó a brindarse tácitamente mutua protección.

La casa estaba más desierta que nunca. El silencio era tangible cuando los chicos no estaban. La oscuridad era tan profunda que, aun después de encender las luces, parecía presente. Verificó la hora una vez más. Faltaban todavía veinticinco minutos. Tenía el tiempo justo para ducharse y cambiarse de ropa. Pero recordó el frasquito y decidió eliminarlo, pues podía representar un peligro para su plan si alguien lo descubría en la casa. De modo que vertió su contenido en uno de esos recipientes cilíndricos de plástico que suelen utilizarse para las cápsulas o las grageas y lo escondió en un estante de la alacena. Luego lavó el otro frasquito con empeño, lo colocó en una bolsita de polietileno y salió a la calle para arrojarlo en el terreno baldío de la cuadra. Al regresar, ya era tarde para la ducha, así que apenas se lavó un poco y se vistió elegantemente. Una vez listo, se sirvió un cognac, puso música suave y se sentó en el living a esperar.

La idea había surgido una semana antes, cuando un par de rateritos lo atacó en la playa de estacionamiento de la escuela. Él se disponía a subir al auto. Lo golpearon duramente en la cabeza y cayó al suelo, aturdido por el cachiporrazo. Podrían haberlo desplumado, de no haber sido por la aparición del Piraña. “¡A él no!” les ordenó y los malandras huyeron como si hubieran visto al mismísimo diablo. El Piraña lo ayudó a incorporarse y a entrar al auto. Luego condujo hasta la casa y lo acompañó hasta que estuvo bien acomodado en un sillón de la sala. Le puso paños fríos en la nuca y en la frente para mitigar la jaqueca y le dio charla para evitar que se durmiera. Fue entonces cuando el Piraña conoció la situación. “Si mi jermu me hace eso, la mato”. Había en su voz un énfasis tal que inducía a tomar la frase al pie de la letra. El Piraña no era un tipo amante de las metáforas.

Ella siempre fue puntual y esa vez no fue la excepción. Estaba radiante. Él siempre le había envidiado su capacidad de deslumbrar a pesar de las desdichas. Ella intentó saludarlo con un besito en los labios, llevada por el hábito y sin reparar en lo desubicado del gesto. Pero él no quiso arriesgarse a sufrir un cimbronazo afectivo que pudiera inducirlo a modificar sus planes y desvió la cara, de modo que los labios de ella se estrellaron súbitamente contra su mejilla izquierda. Estaba más delgada, aunque conservaba aun todas sus curvas. Se sintió extraño al recibirla como visita y experimentó cierta angustia al caer en la cuenta de que aquella sería la primera y la última vez que lo haría.

Tomaron una copa, mientras el microondas ponía a punto la cena. Temerariamente, recordaron viejos tiempos, cuando eran recién casados y vivían en un ambiente que apenas tenía un anafe con dos hornallas. Habían progresado. Habían crecido... Y habían llegado al punto donde los caminos se bifurcan. Tambalearon al filo de la melancolía y la nostalgia. Pero la alarma del microondas los trajo nuevamente a tierra.

El Piraña lo había citado en un bodegón infecto, ubicado en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Él dudó en acudir a la cita. Pero aquel muchacho ejercía sobre su espíritu una influencia casi demoníaca que lo obligaba a obedecer. Estuvo largo rato sentado en una mesa sin que el Piraña apareciera. Era ya de noche y la oscuridad le confería al local un aspecto aun más sórdido que el que presentaba a plena luz del día. Un par de parroquianos, en una mesa cercana, comenzaron a insultarse. El patrón del boliche los miró con desprecio y se limitó a subir el volumen de la radio. El Piraña apareció cuando el par ya se iba a las manos. Caminaba con desenfado, como era su costumbre, y había cierta mueca de malicia en su sonrisa ladeada. Así sonreía cuando algún “trabajito” le salía bien. Cuando estuvo a su lado, ni siquiera se sentó. Sólo se agachó para hablarle al oído y extrajo un papelito arrugado del bolsillo del jean. “Ya está todo preparado. El Gitano lo espera en esta dirección. Vaya ahora mismo”. Y se marchó tan gallardamente como había llegado.

La cena fue amena. Se dijeron cosas que nunca se habían dicho. Y ambos comprendieron cuán poco sabía uno del otro. Ella estaba triste, muy triste detrás del maquillaje. Él siempre había sido un padre excepcional, buen marido y buen tipo. Era lógico que aun lo quisiera. Pero el amor era otra cosa. Él, en cambio, se colocó la coraza y, sin resultar huraño ni mucho menos agresivo, se escudó tras los fríos análisis de situación. Llegado el momento, fue directamente al grano y, lápiz y papel en mano, esbozaron el acuerdo.

Así como el Piraña era un tipo de temer, el Gitano era un hombrecito francamente despreciable. El local donde trabajaba era un sucucho maloliente lleno de frascos y bidones, desperdicios, probetas y cajones, entre los que se filtraban vapores espesos y líquidos aceitosos. Era pelado, diminuto, con la cara cubierta de granos pustulentos que amenazaban con estallar en cualquier momento y salpicar al interlocutor. Al abrir la puerta, su rostro se rajó en una sonrisa repugnante que exponía impunemente unos dientes corroídos por la nicotina y la descalcificación. Era hombre de pocas palabras. Tras la presentación de rigor, se dirigió hacia una alacena ubicada en el fondo del local, mientras recitaba con monotonía las virtudes de la tanatina. El estante estaba atestado de frascos y frasquitos del tamaño y del color que se desease. El Gitano hurgó durante algunos segundos y, al encontrar el recipiente buscado, cerró nuevamente la puertita y le echó llave. Cuando estuvo otra vez a su lado, juntó las huesudas manos y expuso entre ellas el frasquito, casi con devoción. Una vez más le brotó una sonrisa, todavía más desagradable que la primera. Él se apresuró a pagarle la suma convenida y, tras arrebatarle el frasquito, lo asió contra su pecho y prácticamente escapó de aquel lugar, mientras el Gitano le aconsejaba gritando: “No olvide ponerlo en algo dulce, para que se disimule el gustito amargo”.

La comida había estado maravillosa y no les había resultado difícil llegar a un buen acuerdo. El plan se estaba desarrollando según lo previsto. Él se levantó para traer el postre. Ella se ofreció a ayudarlo, pero él se negó (por supuesto) y la instó a poner un poco de música. “Nos vendría bien algo alegre”, dijo. En la cocina, colocó las porciones de helado sobre la mesada y buscó el recipiente plástico que había escondido. Roció unas gotas de tanatina sobre una de las porciones y vertió el resto sobre un trozo de pan duro que lo absorbió con rapidez. Colocó el pan dentro de una bolsita y lo arrojó al bote de la basura. Lavó bien el recipiente y también lo arrojó entre los desperdicios. Acto seguido, roció ambos helados con cognac, les hizo dos copitos de crema chantillí y decoró el de ella con una cereza. En ese preciso instante, ella entró en la cocina para darle una mano, pero ya todo estaba preparado para el gran final.

Mientras comían el postre, fueron como viejos amigos. Había ternura en sus miradas y dulzura en sus palabras. Él comprobó cuánto la amaba. No podía soportar el dolor de verla con otro hombre. Comió un bocado de helado y supo que hacía lo correcto. Por primera vez pensó en los chicos. Seguramente sufrirían, pero iban a sobrevivir. Este tipo de golpes fortalecen. Sin ir más lejos, su propio padre había muerto cuando él tenía catorce y había podido llegar a adulto sin mayores contratiempos. Su padre hubiera aprobado su proceder. Porque era lo correcto.

El dolor lacerante fue repentino. Algo desconocido le oprimía el pecho y le impedía respirar. Sólo pudo balbucear “Me muero” y en pocos segundos todo acabó. Su cuerpo cayó sobre la mesa. Los restos del helado se embadurnaron en la camisa blanca. De la nariz brotó un hilito de sangre y sus ojos quedaron para siempre fijos en la nada.

Cuando llegó la ambulancia, los médicos constataron que ya no había nada por hacer, a pesar de los gritos histéricos de ella, que les reclamaba un milagro, sin comprender lo que había sucedido.
Víktor Huije.
Buenos Aires, Octubre de 1997.


Novelas de Carlos Ruiz Zafón