Mostrando las entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de febrero de 2022

jueves, 17 de septiembre de 2020

Tengo miedo, Torero

Las locas llevan en su misma esencia la temeridad. La temeridad de ser quienes son sin condiciones. No conocen otro modo y quienes escondemos bajo la alfombra varias cobardías sabemos venerarlas.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Deshonra nacional


Domingo Faustino Sarmiento fue un adelantado a su época. Ya en el siglo XIX promovía las ideas eugenésicas que, en el siglo XX, llevaron adelante los jerarcas del nazismo.

sábado, 14 de marzo de 2020

La mosca de Virgilio


Hoy voy a compartir un fragmento de un libro que estoy leyendo, que trata de las falsas noticias históricas y de cómo, ya en tiempos de los romanos, los historiadores (los periodistas de la época) y la propaganda oficial de los emperadores desvirtuaban la realidad a fin de llevar agua para sus molinos. Una historia tan vieja como el mundo que hoy nos sigue pareciendo nueva.

domingo, 9 de julio de 2017

Una Independencia Agrietada


A fuerza de escucharlo (o de que le machaquen a uno la cabeza), muchos han naturalizado aquello de que hay una “grieta” en la sociedad argentina y, por supuesto, si esa grieta existe, la generaron los K. Ninguno, entre ese rebaño de chichipíos, sabe que (siempre y cuando sea verdad que esa grieta existe) la padecemos desde los mismos albores de la nacionalidad.

domingo, 17 de agosto de 2014

El otro general y el otro laberinto


Tal vez algunos recuerden que el feriado del 17 de agosto, antes que un día no laborable para algunos (este año, incluso, fin de semana largo), es una conmemoración del fallecimiento de don José Francisco de San Martín, ese hombre de figura anquilosada por el BILLIKEN y por su nefasto biógrafo, Bartolomé Mitre.

Todos saben que San Martín era militar y que se inició en la carrera de las armas en España. Don Bartolo se ocupó exitosamente de ensalsar sus hazañas en el norte de África y sus condecoraciones en la batalla de Bailén. Lo que ocultó (y el BILLIKEN ignoró) fue que el gran prócer siempre tuvo claro cuál era su verdadera patria y, a principios del siglo XIX, ingresó a la Sociedad de los Caballeros Racionales (también llamada Logia Lautarina), una logia masónica creada para impulsar el regreso a sus países de origen de todos los americanos que vivían en Europa y así participar del proceso emancipador iniciado en 1809, con la fallida Revolución de Chuquisaca. ¿San Martín era masón entonces? Yo diría que sí y no.

En 1812, ante la seguidilla de movimientos revolucionarios en América (de los que solo se mantenía el iniciado en Buenos Aires el 25 de mayo de 1810), San Martín renuncia finalmente a su cargo en el ejército español y (luego de pasar por Londres, donde se entrevistó con otros americanos partidarios de la emancipación) se embarcó hacia el Río de la Plata. Aquí, la situación era más bien complicada. El gobierno de Buenos Aires (personificado por los miembros del Primer Triunvirato y su secretario Bernardino Rivadavia) no se atrevía a llevar adelante acciones emancipadoras y pretendía imponer a las provincias políticas de libre comercio que no hacían más que perjudicar las economías locales. Los recién llegados, con San Martín a la cabeza, organizaron entonces una filial de la logia a la que pertenecían y le dieron el nombre de Logia Lautaro, en honor al caudillo mapuche que sublevó a su pueblo contra los conquistadores españoles en Chile durante el siglo XVI. En la historia oficial de Don Bartolo, este hecho es apenas una referencia del fervor libertador de Don José Francisco.

En general, las logias masónicas fueron un instrumento muy útil para universalizar la influencia británica en todas las latitudes conocidas. Sin embargo, el lema de la Logia Lautaro (escrito de puño y letra por San Martín) decía: "Nunca reconocerás como gobierno legítimo de la patria sino a aquel que haya sido elegido por la viva y espontánea voluntad del pueblo". O sea que la Logia Lautaro (y también San Martín) era masónica en las formas (ritos de iniciación, accionar secreto, etc.) pero no en los objetivos. En cumplimiento de estos objetivos fue que San Martín recibió de inmediato el encargo de organizar un regimiento disciplinado que pusiera fin a las incursiones realistas que el frustrado virrey Francisco Javier de Elío (nombrado por la Junta de Sevilla en reemplazo de Cisneros) enviaba periódicamente hacia las costas de Buenos Aires y el Litoral. La idea era que las nuevas tropas asumieran una función similar a las de una guardia costera pero, sin embargo, Don Bartolo también se ocupó de ocultar su verdadero bautismo militar.

Para la historia oficial, la primera acción de fuego protagonizada por el Regimiento de Granaderos a Caballo fue el famoso Combate de San Lorenzo, harto divulgado y loado por las maestras de primaria, con la muy discutida participación y muerte del soldado Bautista Cabral, quien fue ascendido a sargento post mortem, por más que la marchita diga lo contrario. En cambio, la realidad nos cuenta que la primera intervención de San Martín al frente de sus granaderos fue un golpe de estado.

¿Cómo que San Martín era un subversivo? Sí señor. Más allá del hecho de que todos aquellos que lucharon contra el poder monárquico no estaban haciendo otra cosa que subvertir el poder instituido (¿habían pensado en esto alguna vez?), San Martín y los miembros de la Logia Lautaro usaron a sus soldados para derrocar al Primer Triunvirato. Pero sobre todo a Rivadavia, que era quien efectivamente gobernaba. El gobierno fue reemplazado por el llamado Segundo Triunvirato, integrado por figuras más afines a las ideas revolucionarias. ¿Se imaginan al BILLIKEN diciendo que el Padre de la Patria era un sedicioso? ¡HORROR! (si quieren divertirse un poco, recomiendo el capítulo de El Mundo de Zamba en el que se presenta el evento. No tiene desperdicio).

Claro que las cosas nunca son tan sencillas y claras. No todos los miembros de la Logia Lautaro comulgaban con la idea plasmada por San Martín. Muchos masones estaban ligados al proyecto británico. Basta mencionar la actitud política de su amigo Carlos María de Alvear. Devenido Director Supremo, su gobierno terminó en un completo desastre y, cuando el poder se le escapaba de las manos, trabajó por la instauración de un protectorado británico en nuestro territorio. Por supuesto que la historia oficial de Don Bartolo omitió ese detalle y es así como el gran Carlitos tiene su avenida y su monumento, como si en verdad hubiera sido un gran patriota. San Martín nunca trabajó para los ingleses, aunque sus planes de emancipación coincidieron con los intereses comerciales de Londres. Aun así, la diplomacia inglesa desconfiaba de San Martín y pretendió usarlo para alcanzar sus propios fines. De hecho, luego de libertar Chile, la escuadra formada para bloquear el puerto de Lima fue puesta al mando de Lord Cochrane, un marino escocés impuesto por los emisarios de Su Real Majestad. Hoy diríamos que San Martín se tuvo que comer un sapo. Nunca se llevó bien con Cochrane y supo desde el principio que el almirante tenía la misión de seguir e informar todos los movimientos del general. Tan ríspida fue la relación entre ambos que, apenas establecido el bloqueo a Lima, las desavenencias fueron en aumento hasta que el almirante renunció y se retiró con parte de la flota hacia Valparaíso, poniendo en riesgo el éxito de la campaña.

Pero Lord Cochrane no fue la única piedra en el zapato (o más bien en la bota) para San Martín. Tal como ha sucedido siempre en nuestra historia (hasta los días actuales incluso), los poderes fácticos se valieron también de personajes locales para poner palos en la rueda de los proyectos nacionales. Obvio que Don Bartolo tampoco lo dice.

Uno de los grandes enemigos de San Martín fue aquel cuyo nombre fue dado a la avenida más importante de Buenos Aires: Bernardino Rivadavia.

Después de su derrocamiento en 1812, Berny demostró que era un tipo de muy buena memoria. A pesar de su alejamiento del poder político, Rivadavia era astuto y se mantuvo siempre cerca de los poderosos, atento al momento en que pudiera volver a tener la sartén por el mango.

Tras la caída de Alvear, la Logia Lautaro perdió influencia pero sus miembros se mantuvieron activos hasta imponer a otro de sus hombres en el cargo ejecutivo de mayor jerarquía. En 1816, el Congreso de Tucumán, por influencia de la logia, nombra a Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo. Éste reorganiza la logia con el nombre de Gran Logia o Logia Ministerial. Liderada por el propio Pueyrredón y por sus ministros Gregorio García de Tagle y Tomás Guido (amigo y confidente de San Martín), la logia se puso al servicio de la gesta libertadora y su papel en la recuperación de Chile fue fundamental. En noviembre de 1816, el Director Pueyrredón le escribe a San Martín: "Van los 200 sables de repuesto que me pidió. Van las 200 tiendas de campaña, y no hay más. Va el mundo, va el demonio, va la carne. Y yo no sé cómo me iría con las trampas en que quedo para pagarlo todo, a bien que, en quebranto me voy yo también para que usted me dé algo del charqui que le mando, y ¡carajo! No me vuelva usted a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorcado en un tirante de la Fortaleza".

Lamentablemente, los demás aspectos de su gobierno no tuvieron igual brillo. Pueyrredón desterró a la mayoría de sus enemigos políticos y combatió (con todos los medios a su alcance) contra los defensores del federalismo. Tal era la idea originaria de la Logia Lautaro: la creación de un estado constitucional, liberal y unitario.

¿San Martín estaba de acuerdo con estas ideas? Todo lleva a pensar que, al principio, sí. Pero era un hombre lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que no se puede ir en contra de los deseos del pueblo y que no siempre es malo adecuarse a los tiempos que corren. En cambio Pueyrredón se mantuvo firme en sus convicciones y (tal vez sin darse cuenta) terminó transitando hacia la ideología rivadaviana, que prefería "un país pequeño pero culto". Incapaz de derrotar a Artigas, Pueyrredón invitó al gobierno de Brasil a invadir la Banda Oriental. Estaba dispuesto a perder una provincia a cambio de poder gobernar centralizadamente a las demás. Para evitar nuevos conflictos, ordenó trasladar el Congreso de Tucumán a Buenos Aires y expulsó a los diputados que se opusieran a su política. Desesperado e ignorante de los pactos secretos entre Buenos Aires y Río de Janeiro, Artigas rogó por ayuda militar al Director Supremo, pero éste le respondió que le era imposible, dado que todas las fuerzas disponibles habían sido enviadas al Ejército de los Andes. Pero la hipocrecía de su respuesta se vio develada cuando, acto seguido, despachó numerosas tropas contra las provincias opositoras (principalmente Santa Fe y Entre Ríos). Para eso sí que tenía recursos. No obstante, el Director Supremo no pudo doblegar a los caudillos federales y, cuando la sopa se le puso espesa, renunció a su puesto y fue reemplazado por José Rondeau, un general de actuación penosa en el Ejército del Norte.

El nuevo Director mantuvo su política beligerante contra los federales y demostró ser tan necio como su antecesor, o aún más. Para salvaguardar la supremacía de Buenos Aires hizo uso de todos los recursos, salvo negociar con sus enemigos y cederles un poco de la autonomía que reclamaban. Así fue que, como última opción, ordenó a San Martín que trajera el Ejército de los Andes a luchar también en la guerra civil. Por supuesto que el general se negó diciendo que él jamás desenvainaría su espada en contra de sus hermanos. Entonces Rondeau lo relevó del mando y envió al general Juan Ramón González Balcarce en su reemplazo. Pero las tropas del gobernador Estanislao López lo interceptaron y el relevo nunca se produjo. Curiosa y loable filosofía sanmartiniana. Sobre todo para uno, que se ha criado en un momento histórico en el que los militares que usurpaban el poder se autoproclamaban como "ejército sanmartiniano" a la par que masacraban violentamente a sus opositores políticos y ponían sus armas al servicio de los intereses extranjeros. Claro que de esto no le vamos a echar la culpa a Don Bartolo (que ya estaba seco bajo una lápida) pero vale mencionar la responsabilidad (y la complicidad) de sus descendientes, tanto sanguíneos como ideológicos.

Luego de este cortocircuito con Rondeau y sus lides contra Lord Cochrane, San Martín pudo finalmente concretar su cruzada libertadora, siendo nombrado (a pesar de sus deseos) como Protector del Perú, con la suma del poder público. Corría ya 1821 y habían sucedido muchas cosas en el Río de la Plata, una tierra que (al parecer) siempre vivió a los saltos.

Acosado por los realistas que se reagrupaban en el interior del Perú y por la crisis económica que trajo aparejada la caída del régimen virreinal, San Martín no tuvo más remedio que pedir ayuda a Buenos Aires, donde Bernardino Rivadavia estaba nuevamente en el poder, como Ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores del gobernador Martín Rodríguez. Adivina adivinador: ¿Rivadavia recibió de inmediato al enviado de San Martín y le dio todo el apoyo que necesitaba o lo hizo esperar durante más de un mes para recibirlo y al final le negó toda ayuda? Si eligieron la primera opción, PERDIERON.

Cuando su emisario regresó a Lima, San Martín asumió lo que ya sabía: que estaba solo. En esas condiciones acudió a la entrevista de Guayaquil con Simón Bolivar, quien no podía (o no estaba dispuesto a) entregarle los nueve mil soldados que necesitaba para aniquilar el poder realista en el Perú. Aquí, una vez más, Don Bartolo y sus secuaces hicieron de las suyas. Presentaron una versión difusa y controversial del encuentro entre los libertadores, dando a entender que no se sabía qué habían hablado entre ellos. La verdad es que no hubo tal misterio y San Martín no tenía muchas alternativas. Es cierto que su pensamiento era opuesto al del venezolano. Él era partidario de que cada pueblo americano se gobernara según sus decisiones, mientras Bolivar pretendía formar un gran estado bajo su mando personal. Pero las situaciones políticas de ambos eran también muy diferentes y San Martín carecía de apoyo real para hacer prevalecer sus ideas. Esta imagen de un Libertador vencido por la mezquindad de sus compatriotas era algo que los artífices de la historia oficial no podían permitir. Mucho menos si tenían en mente enaltecer la imagen de un Rivadavia como un adelantado adalid del progreso y la cultura nacional.

De regreso a Lima, San Martín renuncia a su cargo y deja en manos de Bolívar la culminación de la guerra, en parte también cansado de escuchar y leer las acusaciones que lo presentaban como un político interesado solo en afianzar su poder personal. Imposible no traspolar este tipo de opiniones a tiempos más recientes ¿verdad? Si hasta me parece escucharlos...

Tampoco cuentan (los mitristas en su historia) lo sucedido al regreso de San Martín al territorio nacional. La historia oficial se limita a decir que el Gran Libertador regresa de Perú y, ante el fallecimiento de su esposa, se embarca rumbo a Europa con su pequeña hija Mercedes y ahí se regodea con la grandeza del héroe que escribió las máximas y bla, bla, bla, bla...

De regreso en Cuyo, San Martín se afinca en su chacra de Mendoza y, tal como estaban las cosas, pide permiso al gobierno porteño para regresar a Buenos Aires, donde su esposa estaba gravemente enferma. Rivadavia no solo le niega el permiso sino que organiza una red de espionaje para controlar los movimientos del general. El caso fue que la salud de Remedios empeoró y su marido decidió desobedecer una vez más las órdenes de Buenos Aires. Los doctorcitos del puerto lo acusaban de tener aspiraciones políticas y lo consideraban un peligro para su hegemonía, razón por la cual apostaron partidas de maleantes en el camino con el objeto de liquidarlo. Lo salvó (una vez más) la intervención de Estanislao López, gobernador federal de Santa Fe, quien amenazó con invadir Buenos Aires y pasar por las armas a los responsables de cualquier daño que pudiera sufrir el Libertador. Esto tampoco lo cuenta Don Bartolo, en cuya versión de la historia, los caudillos federales tenían que ser malos, sucios y feos... Ah, y Rivadavia y sus amigos, buenos, perfumados y, por lo menos, simpáticos.

Francamente descorazonado por ese cóctel de adversidades y habiendo llegado tarde para volver a ver con vida a su mujer, San Martín efectivamente se embarca hacia Europa junto a su hija Merceditas, a la que le escribe las máximas y bla, bla, bla...

En 1829, San Martín regresó de Europa, llamado por el Gobernador Manuel Dorrego. Desde su partida, había estallado la Guerra contra el Brasil y Rivadavia había sido elegido como el Primer Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata (1826). Sin embargo, el flamante mandatario pretendió seguir con su política de unitarismo a ultranza. Además de reforzar la enemistad que las provincias ya le prodigaban desde hacía más de una década, la crisis financiera padecida por el bloqueo del puerto por parte de la escuadra brasileña y las presiones británicas para terminar con la guerra en favor de la reanudación del comercio, Rivadavia decidió hacer lo posible por terminar con el conflicto contra el Brasil. La negociación encargada a Manuel José García fue vergonzosa e inaceptable para los miembros del Congreso y los caudillos federales. Cercado políticamente, el presidente pretendió desconocer el acuerdo y echarle la culpa a García, pero su situación ya era insostenible: presentó su renuncia el 27 de junio de 1827 y se retiró a un exilio del que ya nunca regresaría.

El gobierno nacional quedaba nuevamente disuelto y la provincia de Buenos Aires retomaba su autonomía con Dorrego (un antiguo granadero de San Martín) en el gobierno. El conflicto con Brasil continuó, razón por la cual llamó a San Martín en su auxilio. Pero el viaje desde Europa en aquellos años tardaba varios meses y, para cuando el Libertador llegó a Río de Janeiro, los ingleses habían obligado a Dorrego a firmar la paz y a aceptar la independencia de la República Oriental del Uruguay. Es más: cuando San Martín llegó a Montevideo, Dorrego ya había sido derrocado y fusilado por otro de sus granaderos: el "sable sin cabeza" de Juan Lavalle. El general estrella de la Guerra contra el Brasil había actuado instigado por los seguidores de Rivadavia, quienes también le entregaron la gobernación. En el puerto de Buenos Aires, San Martín ni siquiera bajó del barco, pero recibió a varios emisarios de uno y otro bando que le rogaron hacerse cargo de la situación. El propio Lavalle le cedió su puesto, pero el Libertador no quiso hacerse cómplice de lo sucedido y retornó a Europa para siempre. Sabía que las cosas habían llegado demasiado lejos y que solo un nuevo baño de sangre pondría fin al conflicto. En una carta a su amigo Tomás Guido, explica las razones de su decisión:

Partiendo del principio de ser absolutamente necesario que desaparezca uno de los dos partidos de unitarios o federales, por ser incompatible la presencia de ambos con la tranquilidad pública, ¿será posible sea yo el escogido para ser verdugo de mis conciudadanos y, cual otro Sila, cubra a mi patria de proscripciones? No, amigo mío, mil veces preferiré envolverme en los males que ser yo el ejecutor de tamaños horrores. Por otra parte, después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos contendientes, ¿me sería permitido que quedase vencedor de una clemencia que no sólo está en mis principios, sino que es del interés del país y de nuestra opinión con los gobiernos extranjeros, o me vería precisado a ser el agente de pasiones exaltadas que no consulten otro principio que el de la venganza? Mi amigo, es necesario que le hable la verdad: la situación de este país es tal que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de someterse a una facción o dejar de ser hombre público... Ud. conocerá que en el estado de exaltación a que han llegado las pasiones es absolutamente imposible reunir los partidos en cuestión, sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno de ellos”

La historia oficial casi no mencionará el incidente. De hecho, aun hoy, las maestras de primaria (que siguen recortando las figuritas de la Genios, sucesora del Billiken) se siguen salteando el período que va desde 1820 hasta 1853 como si en ese tiempo no hubiera pasado nada importante en el país.

Es que el bando triunfante en la batalla de Caseros sintió la necesidad política de generar un mito, un espejismo que mostrara una patria naciente en la que nada había salido mal. Todos los patriotas serían buenos y en especial San Martín, que había sido elegido para cumplir con el rol de "Padre de la Patria". El "Santo de la Espada" (¿a alguien se le ocurre un oxímoron más potente que este?) no podía ser tan solo un hombre. Pero ya que era imposible mostrarlo como un verdadero superhéroe, optaron por convertirlo en una caricatura, en el Gran Capitán de los Andes, tan prístino e inmaculado como un arcángel. Imaginen a la maestra diciéndoles a los chicos que San Martín era enemigo de Rivadavia (al que Don Bartolo presentara como "el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos"); que San Martín había conspirado para derrocar al Primer Triunvirato; que admiraba a Juan Manuel de Rosas (el malo más que malo de la historia, ese al que ni siquiera se mencionaba antes de que su cara fuera imprimida en los billetes de 20 pesos) y que le dejó en herencia el sable corvo que usara durante su campaña libertadora. Al decir de Fermín Chávez: "Ya no podría ser El Santo de la Espada y se tornaría en una figura contradictoria e inmanejable porque estaría vinculada con la política. Sería OTRO San Martín, estaría demasiado vivo y se tornaría peligroso". Ciertamente, hubiera sido una figura que hoy aterrorizaría a ciertas clases ignorantes que vuelven a ver en la política a la fuente de todos nuestros males.

Esto es todo por hoy. Desde las extrañamente cálidas callecitas de esta Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no siente simpatía alguna por los militares... pero ya sabemos que San Martín fue mucho más que eso.



sábado, 19 de octubre de 2013

Las Mujeres de Abya Yala


El 12 de octubre fue celebrado durante décadas en la Argentina como el Día de la Raza, algo así como un agradecimiento a los españoles por existir y por venir a imponernos cómo teníamos que ser. Porque es obvio que con eso de “raza” se referían exclusivamente a la “raza europea” (si es que algo así existiera) que a las mentes cipayas vernáculas era lo único que les importaba.

Por fortuna, algunas cosas han cambiado en nuestro país en los últimos años y, desde 2010, la fecha aniversario de la llegada de Colón a tierras de Abya Yala (nombre que le daban a nuestro continente algunos pueblos nativos de aquellos tiempos) se conmemora como Día del Respeto a la Diversidad Cultural.

Este año, la efeméride se conjuga con la celebración local del Día de la Madre (apenas una semana de diferencia) y con mi lectura atenta y minuciosa de "Mujeres tenían que ser", un libro de Felipe Pigna que recomiendo a cuanta persona quiera comprender un poco de lo que ha sucedido en estas tierras durante los últimos quinientos años. Es una buena conjugación puesto que permitirá unir ambos temas en un solo artículo. Economía de conceptos que le dicen...

EL DESPRECIO CONQUISTADOR

Una de las características más notorias de la historia oficial que nos inculcaron durante siglos es la “mirada zoológica” con que se describe a las culturas nativas de este continente que los europeos llamaron América. La mirada europeizante (que aun goza de muy buena salud entre extensos sectores de la sociedad) considera a los pueblos originarios como gentes inferiores. “Si no hubieran llegado [los europeos] todavía estaríamos con las plumas”, palabras muy elocuentes de la alicaída diva rubia de la televisión. La misma que en su programa del último lunes dio vergüenza ajena confesando estúpidamente que no puede recordar una sucesión de solo siete palabras sin necesidad de leerlo. Y para colmo, cuando las lee, las lee mal. 

Para la versión oficial de los hechos, los pobladores nativos de América eran (son) seres salvajes e inhumanos que debían ser gobernados para adaptarlos a la “vida verdadera” que llegaba de allende los mares. Esta deshumanización estaba muy lejos de ser fortuita y apuntaba claramente a crear las condiciones necesarias para justificar el despojo y la barbarie que caracterizó a la conquista y cuyos efectos aun se replican en las diversas sociedades de nuestra América Morena.

Es obvio que este desprecio hacia los pueblos originarios se vio incrementado a la hora de considerar a las mujeres incluidas en esos pueblos. Los llamados “cronistas de Indias” hicieron gala de la más profunda misoginia imaginable, excusando violaciones y humillaciones cotidianas, separaciones forzosas y hasta asesinatos. El modus operandi no era nuevo. Así como en España casi no se tenía en cuenta a las mujeres, en las crónicas de la invasión tanto las mujeres como los niños fueron apenas elementos del paisaje. No deja de tener su lógica. Aun en el mundo actual, para gran parte de las personas el ideal de una “sociedad civilizada” sigue siendo el modelo europeo. O sea que los pueblos son más o menos desarrollados (y por lo tanto “mejores”) en la medida en que se parezcan al “metro-patrón”. En ese sentido, las féminas fueron desde siempre personajes secundarios (muy secundarios) a los que se les aplicaba las normas con un rigor superior, en función (justamente) de su “inferioridad”. De este modo, el “justo castigo” se disfraza de “civilización” y esa “mirada civilizada” naturaliza la masacre y hace la vista gorda ante los atropellos más infames. El mundo de hoy sigue entronizando esa extraña lógica (detestable lógica) que lleva a los varones a prenderles fuego a sus esposas o novias con la más variada gama de excusas. Todas estúpidas y, por supuesto, prejuiciosas.

Para manifestar su desprecio por las culturas americanas, los cronistas recurren al mismo reduccionismo que lleva a los machistas de hoy y de siempre a manifestar que “todas las mujeres son iguales”. Muy pocos historiadores han tenido en cuenta que casi lo único en común que poseían los pueblos americanos de la época de la conquista era su padecimiento ante la brutalidad y el exterminio. Tales principios siguen rigiendo hoy en día, sobre todo en la educación. ¡Pavada de vigencia! En nuestras escuelas se sigue estudiando minuciosamente la historia europea, diferenciando sus diversos períodos de evolución y sus peculiaridades. Pero cuando se trata de América (sobre todo de la que se conoce comúnmente como América Latina), bastan unos pocos párrafos para englobar 20.000 años de historia previa a la llegada de las primeras carabelas bajo el título de “Pueblos Precolombinos”. Y si se trata de nuestra historia posterior al inicio de la conquista, nuestra “evolución” se estudia a la sombra de los hechos sucedidos en Europa, centro universal de los grandes hechos de la humanidad. Según esta premisa, Latinoamérica (y también África y en cierta manera Asia, justo es destacarlo) sería un conglomerado homogéneo de seres que se solazan en su atraso y anarquía, todos iguales y sin distinciones entre sí. Y en ese fárrago de ninguneos, la mujer también tiene su capítulo aparte. Porque los cronistas de Indias no tenían empacho a la hora de hacer comparaciones y, al tiempo que las mujeres europeas eran presentadas como damas educadas y de “buena conducta”, las nativas corrieron con todas las descalificaciones que ellos tuvieron a la mano. Una de las primeras cosas que notaron los conquistadores fue la predisposición presentada por las mujeres americanas ante las relaciones sexuales. Criadas en culturas que desconocían el concepto de “pecado”, en general vivían su sexualidad con naturalidad. Todo lo contrario a lo impuesto por las ideas judeocristianas al respecto. Lo que esos cronistas se cuidaron de mencionar fue que las mujeres europeas vivían bajo el yugo de guerreros, sacerdotes y monarcas machistas y misóginos. Aunque las leyes establecían que el matrimonio debía ser monogámico, los hombres (cualquiera fuera su condición) podían tener todas las amantes que pudieran mantener. Doble moral, que le dicen. Si en los pueblos americanos era habitual encontrar sociedades en las cuales un solo varón tuviera relaciones sexuales con varias mujeres, eso se llamaba acusatoriamente “poligamia” y constituía un acto reprochable y vergonzoso. Ahora, si reyes, obispos o papas mantenían a sus favoritas y cortesanas bajo el hipócrita manto del recato, eso era solo una “licencia” propia de las necesidades masculinas. Esas múltiples relaciones (que casi nunca podían llamarse “amorosas”) dieron por resultado una extensa lista de “ilegítimos” notables y no notables. Fernando el Católico fue uno de los más destacados engendradores de bastardos. El papa Alejandro VI tuvo innumerables amantes e incluso tuvo un hijo con su propia hija, la famosa Lucrecia Borgia. Al mismo tiempo, es curioso cómo el “honor” de la mujer se veía manchado ante una infidelidad de esta y esa misma mancha ensuciaba también el honor de su marido. En cambio, las infidelidades del varón no traían consecuencias similares y apenas si se las podía cuestionar cuando se realizaban con ausencia total de discreción. Para el hombre, la mayor deshonra era, en cambio, no poder cumplir con su misión de proveedor, en términos económicos. Pero la mancha siempre podía lavarse en épocas de vacas gordas, mientras que la mujer deshonrada jamás recuperaba su “decencia”. Como verán, algunas de estas ideas perduran en la actualidad, aunque hay que reconocer que van en franca retirada.

Obviamente, esa “decencia” de la que hablo estaba y sigue estando muy vinculada a los prejuicios morales propios de los peninsulares de entonces. Los invasores europeos quedaron azorados (por ejemplo) ante la desnudez de los habitantes de estas tierras. Y más todavía ante la “lujuria” manifiesta de las lugareñas, que tenían por costumbre “entregarse” a quien les viniera en gana sin que sus maridos vieran en ese acto nada reprochable. Lejos de asumir una postura de respeto hacia las culturas diferentes, como si tuvieran derecho a imponer preceptos que nadie les reclamara, los conquistadores (fueran guerreros o eclesiásticos) les aplicaron a los nativos y a las nativas sus categorías punitivas y juzgaron sus hábitos como propios de animales o de demonios. Claro que los nativos eran animales y demonios por carecer de vergüenza y de pudor, en tanto que los europeos, con el propósito de encarrilar tales desvíos, representaban la cultura y la civilización perpetrando todo tipo de violaciones y de crímenes en nombre de Dios y del Rey.

Si bien la mayoría de los datos que se poseen sobre este respecto provienen de los textos escritos por los propios conquistadores (en general preocupados por defenestrar a las culturas vernáculas, objetivo para el cual no trepidaron en recurrir a la mentira y la destrucción de documentos originales, con honrosas excepciones como Fray Bartolomé de Las Casas), las investigaciones demuestran que estas conductas que refiero no eran universales en el mundo americano de la época. En otras culturas, como la incaica o la azteca, las mujeres estaban muy lejos de gozar de cierta igualdad social o sexual respecto de los hombres. No obstante, tenían algunas costumbres que eran igualmente impensables para la sociedad europea. El más claro ejemplo era la modalidad del “sirvinaco” entre los incas. Esta era (y sigue siendo aun en algunas comunidades andinas) una tradición por la cual las parejas se unían en convivencia antes de oficializar el matrimonio. Si la experiencia resultaba satisfactoria para ambos, daban el siguiente paso y se casaban. Si no, cada uno regresaba a su casa y aquí no ha pasado nada. Otro ejemplo a mencionar sería el caso del adulterio entre los aztecas. Este pueblo era muy estricto en ese sentido pero es de destacar que las penas (muy severas) eran igualmente aplicables a hombres y mujeres.

Un sacerdote escribía que, entre los mocovíes, a las mujeres se les reservaban los trabajos más penosos y eran frecuentemente castigadas y maltratadas por sus maridos: “Estos salvajes embrutecidos tratan a sus mujeres como podrían hacerlo con un animal doméstico”. Nuevo caso de doble moral en el pensamiento europeo. Seguramente el clérigo no tuvo en consideración las palabras de un colega (fray Luis de León) que en un célebre tratado de costumbres cristianas decreta que "los fundamentos de la casa son la mujer y el buey: el buey para que are y la mujer para que guarde".

Tampoco le habrán parecido “salvajes embrutecidos” los españoles que violaban y abusaban de las mismas mujeres nativas a su paso conquistador. Muy por el contrario, estas acciones recibieron la indulgente denominación de “mestizaje”.

Al decir de Dora Barrancos, “El abuso sexual, el sometimiento por la fuerza de las nativas, constituyó un modo corriente de ser y existir en nuevo continente. El mestizaje iberoamericano tiene la marca de origen de la violencia”. No son pocos los relatos en primera persona que dan cuenta de las violaciones perpetradas por los conquistadores en contra de las féminas nativas. Muchos de estos caballeros daban por sentado que, por el solo hecho de estar desnudas, las mujeres eran putas y, como tales, estaban a disposición de sus apetitos sexuales. Si ella se negaba a satisfacerlos, justo era darle azotes hasta que abriera dócilmente las piernas. Todo muy civilizado y cristiano ¿verdad?

MUJERES INDOMABLES

Pero las crueldades de los invasores no se limitaban al abuso sexual. Los relatos de los mismos cronistas dan noticias sobre la falta de límites a la hora de ejercer su poder. Los españoles esclavizaron pueblos enteros y los trasladaron de región en región para que las rebeliones se desmoralizaran con el desarraigo. En esos traslados, era habitual que pagaran el pato las personas más débiles, muchas veces las mujeres y casi siempre los niños, que no gozaban de ningún privilegio, como podrán imaginar. Numerosas crónicas (de los propios españoles) dan fe de que los niños que no podían andar al paso del contingente, atados unos a otros como iban, solían ser degollados en medio de la marcha por no tomarse el trabajo de desatarlos antes de ser abandonados. Las mujeres que eran castigadas con la muerte (por la razón que fuere) solían ser ajusticiadas junto a sus hijos para escarmiento de las demás. Por esta razón, frente al terror aplicado por los conquistadores, las mujeres sobrevivientes de varias zonas del Caribe optaban por el suicidio en masa. En otras ocasiones, se negaban a parir y se practicaban abortos con el solo objeto de no permitir que sus hijos fueran asesinados o esclavizados por los invasores. Es conocido el caso de las tribus de la actual Nicaragua cuyos integrantes, en las primeras décadas de la conquista, fueron traficados como esclavos y terminaban sus días en las minas del Perú. El primer acto de rebeldía fue un gran levantamiento contra el poder español que fue finalmente aplastado y los cabecillas de la insurrección arrojados a los perros hambrientos. Fue entonces cuando las mujeres promovieron una huelga sexual que sus compañeros varones acompañaron. Se dice que en dos años casi no nacieron niños y los pocos que alcanzaron a nacer fueron muertos por sus propias madres. Muchas de las embarazadas prefirieron el aborto o el suicidio antes que dar a luz. Fue necesario un cambio de política para que esta situación se modificara. El mismo gobernador tuvo que prometer solemnemente mejores tratos y el fin del tráfico de esclavos.

Cuando las crónicas oficiales hablan de las mujeres nativas de aquella época, casi el único nombre propio que mencionan es el de la Malinche, la princesa mexica que terminó sus días como intérprete y amante del asesino conquistador del Imperio Azteca, Hernán Cortés. La historia de la Malinche fue contada y recreada infinitamente como ejemplo de la liviana fidelidad que profesaban las indias hacia sus propios pueblos. De todos modos, no faltaron los románticos que la pintaron como una abnegada mujer que traicionó a los suyos por la fuerza del amor que la unía al español quemador de naves.

Es curioso que esas mismas crónicas no mencionen a las numerosas mujeres (no todas anónimas) que fueron fieles a su raza y enfrentaron al poder invasor hasta ofrendar la vida en post de la libertad. Casi ni mencionan a Anacaona, la cacica taína que acompañó a su esposo en la primera gran rebelión contra el invasor y que asumió la conducción de la misma cuando éste muriera en combate. Diez años duró la insurrección y cuando finalmente cayó prisionera, Anacaona fue ahorcada por el gobernador Nicolás de Ovando.

Tampoco se acuerdan en los textos de la historia oficial de la Gaitana. Esta era la madre de Buiponga, un jefe guerrero de lo que hoy conocemos como Colombia. Buiponga fue el único líder de la región que se negó a someterse a las imposiciones de los españoles enviados por ese otro asesino, el conquistador del Imperio Inca, Francisco de Pizarro. Como escarmiento y ejemplo para futuros insurrectos, el jefe rebelde fue quemado vivo frente a su madre. La mujer logró escapar y prometió venganza. Recorrió todas las poblaciones nativas de la región, incluso las de aquellos que siempre habían sido sus enemigos, y les explicó lo sucedido con dolor de madre. Al poco tiempo, ella misma lideraba un ejército de seis mil guerreros que mantuvieron en vilo el poder español durante dos años. En uno de los combates, cayó prisionero el enviado de Pizarro que había ordenado la muerte de su hijo y fue llevado directamente ante su presencia. La Gaitana en persona le arrancó los ojos pero evitó que muriera en el momento. Luego le ató una soga al cuello y lo llevó a la rastra en su campaña, de pueblo en pueblo, hasta que finalmente murió. De ahí en más, la cacica continuó la lucha y logró la adhesión de todas las tribus que, en conjunto, lograron expulsar a los invasores. Pero estos regresaron con una superioridad técnica que los nativos no pudieron vencer con su superioridad numérica. La Gaitana murió peleando.

Otra de las guerreras que suelen ser omitidas en las crónicas oficiales es la mapuche Yanequeo. Su historia es similar a la de Anacaona. Muerto su esposo, el lonko Huepután, a manos de los españoles que invadían el actual territorio chileno, se puso al frente de su gente, fue nombrada lonko y sumó a las demás mujeres a la lucha. Los españoles fueron incapaces de frenar el avance de estas gentes que peleaban por su libertad y así lo testimonian las crónicas de la época, que destacan especialmente la fiereza de las mujeres en la lucha. Nadie sabe cómo ni dónde murió Yanequeo. Solo se dice que desapareció sin dejar rastro tras una victoria mientras se retiraba hacia el sur para pasar el invierno. Incluso hay quienes dudan de su existencia. Claro: a la historia oficial suelen resultarle incómodas estas heroínas que ponen en evidencia el lado oscuro de los supuestos héroes portadores de cultura y de progreso. Sin embargo, nadie ha podido desmentir con argumentos la bravura y la importancia de las mujeres mapuches en aquella etapa de resistencia.

La existencia de Ana Soto, sin embargo, está fuera de discusión. Se trataba de una joven guayona nacida en Barquisimeto, actual Venezuela, a fines del siglo XVI. En su infancia fue esclavizada y obligada a servir como cocinera para sus enemigos. Hasta que un día de 1618 huyó de la hacienda en la que estaba confinada y en los montes organizó a su gente para luchar contra los usurpadores de sus tierras. En una verdadera guerra de guerrillas, sus tropas atacaban a los españoles al grito de “resistencia y muerte al invasor” y los mantuvo a raya por más de ¡cincuenta años! Fue tal el odio que despertó entre los conquistadores que cuando finalmente fue apresada, ya anciana, la condenaron a muerte y fue EMPALADA el 6 de agosto de 1668.

Y la lista sigue.

Cientos y miles de mujeres lucharon codo a codo con sus hombres en defensa de la libertad y la dignidad de su raza y de su tierra. Cientos y miles de esposas y de madres que sabían quiénes eran y entregaron su coraje en virtud de una causa justa. Esposas y madres que las canallescas crónicas de Indias pretendieron borrar a base de mentiras y omisiones sin tomar en cuenta que la historia, la verdadera, es como el curso de agua que siempre halla el camino para llegar al mar.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de esta tímidamente primaveral y siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que en el día de hoy solo busca hacerle honor a las que supieron ganárselo con creces.




sábado, 12 de octubre de 2013

Descubrimientos y encubrimientos

(del libro "Mujeres tenían que ser" de Felipe Pigna)



Aunque parezca mentira, en pleno siglo XXI, se siguen publicando libros que al referirse a la invasión europea al continente americano, iniciada en octubre de 1492, continúan hablando del "descubrimiento de América", concepto eurocéntrico según el cual las cosas y los seres comienzan a existir cuando entran en contacto con los representantes del "viejo continente".

Entre los pueblos originarios, esta tierra recibía tan bellos y variados nombres como pueblos habían florecido en ella. El pueblo Kuna de las actuales Panamá y Colombia la llamaba Abya Yala -tierra en florecimiento-, expresión que hoy ha sido adoptada por muchas naciones indígenas.

América se llamará así en honor al navegante florentino Américo Vespucio (1), que había viajado a las "nuevas tierras" dos veces entre 1499 y 1502. Al regresar escribió dos hermosas cartas: una, fechada en 1503 y dada a conocer a principios de 1504, estaba dirigida a uno de los hombres más ricos y poderosos de su tiempo, Lorenzo Piero de Médici; y otra a su compañero de colegio, Pietro Soderini. Esta última se tradujo al latín y se publicó en 1507 en el apéndice de la obra Universalis Cosmographia, de Martin Waldseemüller, alias Ilacominus, un notable científico nacido en Friburgo, actual Alemania, profesor de Geografía en Saint-Dié en el ducado de Lorena.
Podríamos decir que Vespucio primerió a Colón, ya que mientras la relación del tercer viaje de Colón, en el que tocó tierra firme, se publicó en latín recién en 1508, las relaciones de los viajes de don Américo, como vimos, se conocían desde 1504 y 1507.

En la introducción de la obra de Waldseemüller, el geógrafo francés Jean Basin de Sandocourt proponía:

Verdaderamente, ahora que tres partes de la tierra, Europa, Asia y África, han sido ampliamente descriptas, y que otra cuarta parte ha sido descubierta por Américo Vespucio, no vemos con qué derecho alguien podría negar que por su descubridor Américo, hombre de sagaz ingenio, se la llame América, como si dijera tierra de Américo; tal como Europa y Asia tomaron sus nombres de mujeres.

Años más tarde, Waldseemüller y Basin reconocieron su error, a tal punto que en el mapa que publicaron en 1515 llaman al nuevo mundo "Tierra Incógnita" y no América. Pero ya era demasiado tarde (2).

________________________

(1) Nacido en Florencia en 1454, Vespucio se dedicó al comercio como dependiente de la familia Médici. Hacia 1492 se encontraba en Florencia como agente comercial y en estrecho contacto con marinos de la época. Navegó al servicio de los reinos de Castilla y de Portugal las costas de los actuales Brasil, Venezuela y Argentina. En 1508 integró la Junta de Burgos y fue nombrado piloto mayor del reino de Castilla. Murió en Sevilla en 1512.

(2) A la familia de Colón no le iría tan mal. Su hijo mayor, Diego, recibió una pensión de 50.000 maravedíes y se casó con María Rojas de Toledo, sobrina del duque de Alba, ingresando de esta forma los Colón a la nobleza y consolidando su fortuna.




miércoles, 13 de marzo de 2013

Del Cónclave del Terror al de los Cardenales sin Techo



Supongo que nadie ignora que, por estos días, se están llevando a cabo en la ciudad de Roma las negociaciones tendientes a la elección de un nuevo Papa. En el día de ayer, ciento quince prelados se han reunido en la recientemente inaugurada Casa de Santa Marta, donde se sacarán los ojos de modo más o menos secreto y decidirán quién será el encargado de llevar las riendas del Estado Vaticano y de toda la Grey Católica (o al menos la parte de ella que todavía sigue los preceptos de la Santa Sede).

Los seguidores de este blog y quienes me conocen en persona habrán de saber que este tipo de cuestiones litúrgicas están muy por fuera de mis intereses habituales. Pero así como los vaivenes de esta oligarquía cardenalicia me tienen muy sin cuidado, debo confesar que mi amor por la historia y el morbo comadril que anida en mis tuétanos me ha llevado a leer sobre algunos acontecimientos (remotos y no tanto) vinculados con las elecciones papales a lo largo de la Era Cristiana.

La historia misma de la palabra "cónclave" ya resulta interesante, por ejemplo, y podríamos iniciarla hablando brevemente de Federico II Hohenstaufen, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, cuyo reinado se caracterizó por una terrible enemistad con el papado que sería muy extenso detallar en estas líneas pero que no deja de ser interesante a la hora de analizar los intereses políticos que se movían, ya desde aquellas épocas lejanas, en torno al poder de los herederos de Pedro.

El Siglo que parió los Cónclaves


Corría el año 1241 y Federico había sido excomulgado por el Papa Gregorio IX, quien quiso reforzar su posición convocando un concilio en Roma con el solo objetivo de deponer al emperador. Obvio que Federico no se quedó de brazos cruzados. Puso sitio a Roma y ordenó la detención de todo el que viajara a la ciudad para responder al pedido del papa. Quiso entonces el destino que, durante el sitio, muriera Gregorio IX.

Se celebró entonces en Roma lo que muchos historiadores llamaron el "cónclave del terror".

Había en ese momento en el mundo cristiano solo doce cardenales, de los cuales dos habían caído prisioneros en manos del Emperador y, por consiguiente, no podrían participar de la elección del nuevo papa. Los diez participantes estaban divididos, por partes iguales, entre los que propiciaban un entendimiento con Federico y los que pretendían luchar contra él hasta las últimas consecuencias. Se tornaba así imposible que un candidato alcanzara los dos tercios de los votos necesarios para ser electo. Tras nueve días de infructuosas negociaciones, el senador romano Mateo Rosso Orsini (virtual dictador de la ciudad sitiada) ordenó que los cardenales fueran encerrados en las ruinas del Palacio Septizonio, ubicado en el Palatino, para acelerar la elección e impedir la influencia del Emperador. Como los prelados fueron encerrados bajo llave ("cum clavis" en latín), este evento es reconocido como el primer Cónclave de la historia.

Aun así, el encierro no fue suficiente para dirimir las diferencias entre los cardenales y las discusiones se alargaron durante dos meses más. Las disputas hubieran sido incluso más prolongadas de no haber mediado una circunstancia que quizá nadie tuvo en cuenta en ese momento. El Septizornio era un edificio del siglo I y se caía a pedazos. No contaba con ninguna comodidad ni servicio sanitario. De modo que las duras condiciones del encierro provocaron la muerte de dos de los electores, produciéndose así un desbalance en la cantidad de miembros de una de las facciones enfrentadas. El 25 de octubre de 1241, los ocho cardenales, congregados a la fuerza entre aquellas paredes corroídas por la humedad, eligieron como nuevo papa al cardenal Godfredo Castiglioni, quien adoptó el nombre de Celestino IV.

Lo paradójico fue que el flamante pontífice no llegó a ser consagrado y murió dos semanas después a causa de los padecimientos sufridos durante las deliberaciones (aunque hay quien afirma que se trató de un caso de envenenamiento). Su única decisión importante fue la de excomulgar a Orsini.

Y lo gracioso fue que, ante la muerte repentina de Celestino, temerosos de un nuevo cónclave en las mismas condiciones, los cardenales huyeron de Roma y no volvieron a reunirse hasta 1243, cuando pudieron elegir a Inocencio IV, en condiciones mucho más humanitarias.

El siguiente cónclave, como tal, tendría lugar 27 años después.

Entretanto, Inocencio llegó a un acuerdo con Federico y todos los problemas entre el Papado y el Imperio parecían llegar a su fin. Pero pronto quedaría claro que no todo lo que brilla es oro. Federico pretendía el poder sobre Europa y no podía permitir que un papa, cualquiera fuera, le impusiera condiciones. De manera que, tras nuevos entredichos, nuevas excomuniones y reiterados sitios a Roma y a las ciudades italianas, la victoria parecía ya del lado del Emperador cuando éste encontró la muerte el 13 de diciembre de 1250 en Castel Fiorentino cerca de Lucera, en Apulia, después de un ataque de disentería. El papa lo seguiría cuatro años más tarde.

El siguiente papa fue Alejandro IV, quien siguió las luchas contra los Hohenstaufen, herederos de Federico, y canonizó a Santa Clara de Asís. Murió en 1261 y sus restos descansan en la Catedral de Viterbo pero se desconoce su ubicación exacta, ya que fueron escondidos por temor a que el cuerpo fuese profanado. Se ve que no eran tiempos amables para los papas.

Viterbo es una ciudad italiana cercana a Roma que aun hoy conserva entre sus atractivos turísticos el Palacio de los Papas, una propiedad que los pontífices utilizaron durante siglos como residencia de verano o como residencia provisional cada vez que en Roma la cosa se ponía peligrosa. Allí se reunieron los cardenales para elegir al sucesor de Alejandro IV. Claro que esa reunión no tenía nada que ver con los padecimientos sufridos en 1241. Desde aquella época, los cardenales seguían siendo ocho y, entre ellos, de pura casualidad, se hallaba el Patriarca de Jerusalén, Jacques Pantaleón, francés hijo de un zapatero, que buscaba ayuda contra el asedio que sufría el Santo Sepulcro por parte de los musulmanes. Los prelados una vez más no se ponían de acuerdo y ninguno de los candidatos presentados alcanzaba los dos tercios; de modo que, tras tres meses de deliberaciones, alguien decidió patear el tablero y propuso al Patriarca. La elección no se hizo esperar y el nuevo papa asumió con el nombre de Urbano IV (no es mi culpa que casi todos los papas de este siglo fueran IV).

Con la excusa de solucionar el problema de las largas discusiones por alcanzar los dos tercios para la elección de los papas, una de las primeras disposiciones de Urbano fue la de nombrar 14 nuevos cardenales. Por esta razón, fue prontamente acusado de nepotismo, ya que los nuevos prelados eran todos parientes de los cardenales que lo habían puesto en el trono de Pedro. Cada cual que piense lo que quiera. Los problemas con los sucesores de Federico no terminaban y en Roma la cosa estaba cada vez más caldeada entre los partidarios de pactar con el Imperio (los gibelinos) y sus enemigos (los güelfos). Al punto que Urbano creyó conveniente no acercase a la Santa Sede y pasó la mayor parte de su papado en Viterbo.

Claro que el papa tomó partido por los güelfos e hizo todo lo que estuvo a su alcance para perjudicar los intereses de los Hohenstaufen, herederos de Federico II. Para ello contó con un talentoso jurista y diplomático francés llamado Guy Le Gros Foulques, quien desempeñaría un papel muy importante en toda esta historia.

Guy Le Gros Foulques era noble y había nacido en 1202 en la ciudad de Saint Gilles, al sur de Francia. Cuando su madre murió, su padre dejó de lado sus deberes familiares y se metió a monje. Guy se hizo cargo de los bienes familiares, contrajo matrimonio y sirvió durante un tiempo como oficial de los ejércitos reales, para finalmente iniciar una exitosa carrera como jurista. El mismo Rey Luis IX de Francia (canonizado en 1297 por el papa Bonifacio VIII) lo llamó a su servicio y lo convirtió en uno de sus principales consejeros. Sin embargo, en 1256, al quedar viudo él también y con dos hijas, siguió los pasos de su padre, abandonó la vida mundana y también se refugió en un convento. Se nota que había cierta predisposición genética.

Sin embargo, seguir los pasos de su padre tal vez fuera su intención pero las necesidades del monarca eran superiores a sus deseos y, a los pocos meses de tomar los hábitos, se vio obligado a retornar al servicio activo. Claro que su "sacrificio" se vio retribuido con una carrera eclesiástica que podríamos llamar meteórica, puesto que en 1261 ya era nombrado como cardenal por el papa Urbano IV, en una de sus primeras disposiciones al frente de la Santa Sede.

Luego de numerosas misiones diplomáticas al servicio del Papa y del Rey de Francia, en 1265, participó en las operaciones que terminarían por reponer a Enrique III (cuñado de Luis IX) en el trono de Inglaterra y es durante el viaje de regreso a Francia que se produce la muerte del Papa. Apenas pisó suelo francés, recibió un mensaje urgente del Colegio Cardenalicio exigiéndo su presencia inmediata en Perugia, ciudad de Italia en la que había fallecido el pontífice. Recién cuando estuvo frente a los cardenales se le comunicó que había sido electo por unanimidad "in absentia".

Por cierto que Guy era un tipo de sobrada experiencia en cuestiones palaciegas y tal vez por eso se vio sorprendido por su nombramiento y no se creyó capaz de llevar la carga que se le estaba ofreciendo. Nadie tenía dudas de que detrás de su elección se hallaban las maquinaciones de Luis IX, pero aun así su primera reacción fue la de rechazar el papado. Se dice que dio sólidos argumentos para que los electores cambiaran de parecer e incluso que llegó a implorarles que no lo eligieran. Sin embargo, sus súplicas y sus lágrimas no convencieron a los cardenales y, tras una reunión secreta con los enviados del rey, Guy terminó aceptando a regañadientes y fue finalmente coronado con el nombre de Clemente IV (¡otro más!). A juzgar por las opiniones de sus contemporáneos, la decisión de los cardenales (influidos tal vez por el Rey Luis) no fue errada, ya que todos coinciden en que fue un papa piadoso y ejemplar, algo poco frecuente en aquellas y todas las épocas, si se me permite la opinión personalísima. Las únicas pobres que tal vez no estuvieron felices con su pontificado fueron justamente sus hijas. Tras su nombramiento, Clemente IV dispuso que ninguno de sus parientes tuviera acceso a cargos dentro de la Curia y que las dotes de sus hijas serían reducidas drásticamente para desalentar las aspiraciones a ser yernos del papa. Resultado: ante la falta de candidatos, las dos niñas terminaron metiéndose en un convento.

En otro orden de cosas, fue Clemente el encargado de terminar con las extensas disputas entre el Papado y la familia de los Hohenstaufen. Su lealtad estaba con el Rey de Francia y por él se jugó el todo por el todo. Enfrentó militarmente a Manfredo, hijo y heredero de Federico II, y gracias a su tenacidad salió triunfante. Manfredo se había hecho coronar como Rey de Sicilia y en alianza con las ciudades del norte de Italia reclamaba el control de toda la península. Ya Alejandro IV lo había excomulgado y durante el papado de Urbano IV se había ofrecido la corona de Sicilia a Carlos de Anjou, hermano del Rey de Francia, a través de negociaciones inspiradas por el aun Cardenal Guy Le Gros Foulques. Con la aparición de los ejércitos franceses, tras las victorias de Benevento (1266) y Tagliacozzo (1268), terminó definitivamente el poder de los Hohenstaufen.

Carlos lograba así la corona de Sicilia, pero para ello tuvo que firmar un tratado con el papa en el que se aseguraba la libertad de la iglesia y la supremacía de la Santa Sede en la política italiana. En 1266, Carlos fue coronado en la Basílica de San Pedro, pero Clemente le daría muestras de su poder terrenal. El día de la ceremonia, se retiró de Roma rumbo a Viterbo y dejó la coronación en manos de un cardenal designado a ese propósito. Era su manera de decirle a Carlos: "Sos importante pero no tanto como para que yo me tome el trabajo de coronarte". Obvio que las relaciones entre Carlos y Clemente no fueron, desde entonces, las más cordiales, pero el papa mantuvo siempre el dominio y cuando murió, en 1268, dejó el papado en una mucha mejor condición que cuando recibió las llaves de San Pedro.

Lo que él no sabía era que su muerte sería sucedida por el cónclave más largo de la historia.

Clemente IV también murió en Viterbo y allí se reunió el Colegio Cardenalicio una vez más, dividido en diferentes facciones, cada cual con posiciones distintas a la hora de decidir cómo manejar el poder que dejaba el pontífice fallecido. Unos eran partidarios del alineamiento con Francia y otros del incremento el poder italiano liderado por Roma.

Las deliberaciones comenzaron el 29 de noviembre de 1268 y las posiciones enfrentadas eran tan firmes que, pasado el tiempo, era imposible llegar a un acuerdo. Entretanto, las autoridades civiles de Viterbo se esmeraban por hacer que la vida de los prelados durante las votaciones fuera lo más placentera posible. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba sin que se llegara a un acuerdo, los fieles empezaron a impacientarse y (recordando la elección de Celestino IV) optaron por recurrir una vez más al método del cónclave.

Habían pasado ya más de dos años de discusiones (y algunos cardenales habían fallecido durante las mismas) cuando, por orden municipal, los electores fueron encerrados en el Palacio Episcopal bajo llave y con impedimento de comunicarse con el exterior hasta tanto la Cristiandad no contara con un nuevo pontífice. Como el encierro no daba resultado, se les disminuyó la alimentación a tan solo pan y agua. Pero ni aún así se llegaba a un acuerdo, por lo que los habitantes decidieron levantar el techo del palacio para dejar a los cardenales expuestos a las inclemencias del clima y así "inspirarlos en su contacto con el Espíritu Santo".

Acuciados por la situación, los quince cardenales que quedaban decidieron nombrar una comisión de seis integrantes para que realizara la elección. Era un método desesperado pero que dio resultado, aun cuando el merecedor de los votos cardenalicios fue quizá el menos esperado. Su nombre, Teobaldo Visconti, diácono de Lyon, nacido en 1210 en Placenza, Italia, y educado en Francia. Era tal vez una consesión por parte de ambos bandos. Pero lo extraño fue que ni siquiera era sacerdote al momento de ser elegido. Es más, ni siquiera se encontraba en Europa, ya que un año antes, después de pasar por Roma, se había plegado a la Octava Cruzada impulsada por Luis IX. Recibió la noticia de su nombramiento en San Juan de Acre, en Tierra Santa, y hubo que esperar su llegada a Italia para proceder a su ordenación como sacerdote, el 19 de marzo de 1272, y su consagración como Papa, una semana después, adoptando el nombre de Gregorio X.

Podría seguir contándoles "exentricidades" de las elecciones papales, pero lo cierto es que ya me dio pereza.

Eso es todo por hoy. Desde las callecitas ya otoñales de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, hoy por hoy, sigue viendo con mejores ojos las viejas historias lavadas por el tiempo y las prefiere a las mezquindades y bajezas contemporáneas, que sí han de afectarnos directa o indirectamente.



Novelas de Carlos Ruiz Zafón