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jueves, 17 de septiembre de 2020

Tengo miedo, Torero

Las locas llevan en su misma esencia la temeridad. La temeridad de ser quienes son sin condiciones. No conocen otro modo y quienes escondemos bajo la alfombra varias cobardías sabemos venerarlas.

lunes, 20 de julio de 2020

La misma pero distinta


La curiosidad siempre me ha deparado lindas sorpresas (y aquí imagino la sonrisa de alguien que bien sabe que, en general, las sorpresas me producen urticaria).

lunes, 27 de enero de 2020

La Edad de las Locas


La edad de las locas es una manera interesante de inadaptación social. “Un homosexual está desplazado”, escribe Didier Eribon, “en todos los sentidos de la palabra”. Una capacidad de engañar al calendario de la desdicha profetizada. O de reírnos de la dignidad que nos toca asumir dentro de alguna institución egregia, como un juez supremo que desfiló con un turbante a lo Garbo en la intimidad de un cuarto de hotel, simulando peluca señorial. No en balde durante la dictadura engañábamos a la cana simulando ser artistas de varieté. Nadie más listo que nosotras en el oficio de revelar el lado absurdo de las situaciones y la pedorrada de los roles. Es que por obra de la inadaptación originaria comprendemos mejor que otros la ironía inagotable de la fatalidad; un saber que nació apenas advertimos de chiquitos que no hay acontecimiento feliz que no esté habitado ya por la muerte. Que en medio de la algarabía de la mesa familiar está escondido el cadáver de un niño, el nuestro. Y que llegará el momento de desenterrarlo, porque nos acompañará siempre.



viernes, 22 de septiembre de 2017

Tacle irlandés


"Todos tenemos algo de lo que nos avergonzamos. El recuerdo de un momento tan bochornoso que no sabemos si algún día podremos superarlo. Un momento que sigue desvelándonos a las cuatro de la madrugada. 'MARICA'... Cuando ocurrió mi momento terrible tuve miedo. Tuve miedo porque perdí al único amigo de verdad que jamás había tenido. La gente hace cosas malas por miedo".

domingo, 18 de enero de 2015

Paternidad (una buena peli para ver sin pagar entrada)


Salvando las convenciones de Hollywood que todxs conocemos, si sos padre/madre, esta película te va a mostrar que, aunque se cumple a rajatabla el teorema de Bonavena ("cuando tocan la campana te quitan hasta el banquito"), ser padre/madre no es una tragedia tan apocalíptica como parece mientras estás ejerciendo. Si sos hijx, te vas a dar cuenta de que no todo es tan sencillo como se ve desde afuera y que siempre cupo la posibilidad de haber tenido un padre/madre peor que el/la que tenés. Y mejor también.


En Parenthood ("Paternidad") van a tener la ocasión de ver una de las mejores actuaciones de Steve Martin (por no decir la única buena, pero no me lleven mucho el apunte porque no es santo de mi devoción). También veremos un excelente trabajo por parte de Mary Steenburgen, como la madre abnegada que tiene que lidiar no solo con los problemas de sus hijos sino sobre todo con los de su marido. Mención especialísima para Dianne Wiest, interpretando a esa madre más real que lidia con sus propios miedos, sin conocer muy bien el terreno en el que le toca correr. Ni hablar de Keanu Reeves, que interpreta a un adolescente padre prematuro, con varios momentos de antología. Pero uno de los más destacables es, sin dudas, Leaf Phoenix (hoy más conocido como Joaquin Phoenix), que nos demuestra que llevaba la actuación en el alma ya desde chiquito.


De todas maneras, a pesar de las cualidades del argumento y la realización, esta película no es la cura de todos los males. Te va a hacer llorar (aunque no de tristeza) y te va a dejar pensando. Ah, y te vas a reír también. Pero es muy posible que, siendo padre/madre, sigas echándote la culpa de las cosas malas que le han sucedido a tu hijx; y si sos hijx, tal vez no cambie tu idea de que tu padre/madre es un/a pelotudx. Así es la vida al fin y al cabo.



Eso es todo por hoy. Desde las siempre misteriosas y ahora inquietantes callecitas de esta Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que tiene un poco de todos los padres que puedan imaginarse. Y de los hijos también.


sábado, 19 de octubre de 2013

Las Mujeres de Abya Yala


El 12 de octubre fue celebrado durante décadas en la Argentina como el Día de la Raza, algo así como un agradecimiento a los españoles por existir y por venir a imponernos cómo teníamos que ser. Porque es obvio que con eso de “raza” se referían exclusivamente a la “raza europea” (si es que algo así existiera) que a las mentes cipayas vernáculas era lo único que les importaba.

Por fortuna, algunas cosas han cambiado en nuestro país en los últimos años y, desde 2010, la fecha aniversario de la llegada de Colón a tierras de Abya Yala (nombre que le daban a nuestro continente algunos pueblos nativos de aquellos tiempos) se conmemora como Día del Respeto a la Diversidad Cultural.

Este año, la efeméride se conjuga con la celebración local del Día de la Madre (apenas una semana de diferencia) y con mi lectura atenta y minuciosa de "Mujeres tenían que ser", un libro de Felipe Pigna que recomiendo a cuanta persona quiera comprender un poco de lo que ha sucedido en estas tierras durante los últimos quinientos años. Es una buena conjugación puesto que permitirá unir ambos temas en un solo artículo. Economía de conceptos que le dicen...

EL DESPRECIO CONQUISTADOR

Una de las características más notorias de la historia oficial que nos inculcaron durante siglos es la “mirada zoológica” con que se describe a las culturas nativas de este continente que los europeos llamaron América. La mirada europeizante (que aun goza de muy buena salud entre extensos sectores de la sociedad) considera a los pueblos originarios como gentes inferiores. “Si no hubieran llegado [los europeos] todavía estaríamos con las plumas”, palabras muy elocuentes de la alicaída diva rubia de la televisión. La misma que en su programa del último lunes dio vergüenza ajena confesando estúpidamente que no puede recordar una sucesión de solo siete palabras sin necesidad de leerlo. Y para colmo, cuando las lee, las lee mal. 

Para la versión oficial de los hechos, los pobladores nativos de América eran (son) seres salvajes e inhumanos que debían ser gobernados para adaptarlos a la “vida verdadera” que llegaba de allende los mares. Esta deshumanización estaba muy lejos de ser fortuita y apuntaba claramente a crear las condiciones necesarias para justificar el despojo y la barbarie que caracterizó a la conquista y cuyos efectos aun se replican en las diversas sociedades de nuestra América Morena.

Es obvio que este desprecio hacia los pueblos originarios se vio incrementado a la hora de considerar a las mujeres incluidas en esos pueblos. Los llamados “cronistas de Indias” hicieron gala de la más profunda misoginia imaginable, excusando violaciones y humillaciones cotidianas, separaciones forzosas y hasta asesinatos. El modus operandi no era nuevo. Así como en España casi no se tenía en cuenta a las mujeres, en las crónicas de la invasión tanto las mujeres como los niños fueron apenas elementos del paisaje. No deja de tener su lógica. Aun en el mundo actual, para gran parte de las personas el ideal de una “sociedad civilizada” sigue siendo el modelo europeo. O sea que los pueblos son más o menos desarrollados (y por lo tanto “mejores”) en la medida en que se parezcan al “metro-patrón”. En ese sentido, las féminas fueron desde siempre personajes secundarios (muy secundarios) a los que se les aplicaba las normas con un rigor superior, en función (justamente) de su “inferioridad”. De este modo, el “justo castigo” se disfraza de “civilización” y esa “mirada civilizada” naturaliza la masacre y hace la vista gorda ante los atropellos más infames. El mundo de hoy sigue entronizando esa extraña lógica (detestable lógica) que lleva a los varones a prenderles fuego a sus esposas o novias con la más variada gama de excusas. Todas estúpidas y, por supuesto, prejuiciosas.

Para manifestar su desprecio por las culturas americanas, los cronistas recurren al mismo reduccionismo que lleva a los machistas de hoy y de siempre a manifestar que “todas las mujeres son iguales”. Muy pocos historiadores han tenido en cuenta que casi lo único en común que poseían los pueblos americanos de la época de la conquista era su padecimiento ante la brutalidad y el exterminio. Tales principios siguen rigiendo hoy en día, sobre todo en la educación. ¡Pavada de vigencia! En nuestras escuelas se sigue estudiando minuciosamente la historia europea, diferenciando sus diversos períodos de evolución y sus peculiaridades. Pero cuando se trata de América (sobre todo de la que se conoce comúnmente como América Latina), bastan unos pocos párrafos para englobar 20.000 años de historia previa a la llegada de las primeras carabelas bajo el título de “Pueblos Precolombinos”. Y si se trata de nuestra historia posterior al inicio de la conquista, nuestra “evolución” se estudia a la sombra de los hechos sucedidos en Europa, centro universal de los grandes hechos de la humanidad. Según esta premisa, Latinoamérica (y también África y en cierta manera Asia, justo es destacarlo) sería un conglomerado homogéneo de seres que se solazan en su atraso y anarquía, todos iguales y sin distinciones entre sí. Y en ese fárrago de ninguneos, la mujer también tiene su capítulo aparte. Porque los cronistas de Indias no tenían empacho a la hora de hacer comparaciones y, al tiempo que las mujeres europeas eran presentadas como damas educadas y de “buena conducta”, las nativas corrieron con todas las descalificaciones que ellos tuvieron a la mano. Una de las primeras cosas que notaron los conquistadores fue la predisposición presentada por las mujeres americanas ante las relaciones sexuales. Criadas en culturas que desconocían el concepto de “pecado”, en general vivían su sexualidad con naturalidad. Todo lo contrario a lo impuesto por las ideas judeocristianas al respecto. Lo que esos cronistas se cuidaron de mencionar fue que las mujeres europeas vivían bajo el yugo de guerreros, sacerdotes y monarcas machistas y misóginos. Aunque las leyes establecían que el matrimonio debía ser monogámico, los hombres (cualquiera fuera su condición) podían tener todas las amantes que pudieran mantener. Doble moral, que le dicen. Si en los pueblos americanos era habitual encontrar sociedades en las cuales un solo varón tuviera relaciones sexuales con varias mujeres, eso se llamaba acusatoriamente “poligamia” y constituía un acto reprochable y vergonzoso. Ahora, si reyes, obispos o papas mantenían a sus favoritas y cortesanas bajo el hipócrita manto del recato, eso era solo una “licencia” propia de las necesidades masculinas. Esas múltiples relaciones (que casi nunca podían llamarse “amorosas”) dieron por resultado una extensa lista de “ilegítimos” notables y no notables. Fernando el Católico fue uno de los más destacados engendradores de bastardos. El papa Alejandro VI tuvo innumerables amantes e incluso tuvo un hijo con su propia hija, la famosa Lucrecia Borgia. Al mismo tiempo, es curioso cómo el “honor” de la mujer se veía manchado ante una infidelidad de esta y esa misma mancha ensuciaba también el honor de su marido. En cambio, las infidelidades del varón no traían consecuencias similares y apenas si se las podía cuestionar cuando se realizaban con ausencia total de discreción. Para el hombre, la mayor deshonra era, en cambio, no poder cumplir con su misión de proveedor, en términos económicos. Pero la mancha siempre podía lavarse en épocas de vacas gordas, mientras que la mujer deshonrada jamás recuperaba su “decencia”. Como verán, algunas de estas ideas perduran en la actualidad, aunque hay que reconocer que van en franca retirada.

Obviamente, esa “decencia” de la que hablo estaba y sigue estando muy vinculada a los prejuicios morales propios de los peninsulares de entonces. Los invasores europeos quedaron azorados (por ejemplo) ante la desnudez de los habitantes de estas tierras. Y más todavía ante la “lujuria” manifiesta de las lugareñas, que tenían por costumbre “entregarse” a quien les viniera en gana sin que sus maridos vieran en ese acto nada reprochable. Lejos de asumir una postura de respeto hacia las culturas diferentes, como si tuvieran derecho a imponer preceptos que nadie les reclamara, los conquistadores (fueran guerreros o eclesiásticos) les aplicaron a los nativos y a las nativas sus categorías punitivas y juzgaron sus hábitos como propios de animales o de demonios. Claro que los nativos eran animales y demonios por carecer de vergüenza y de pudor, en tanto que los europeos, con el propósito de encarrilar tales desvíos, representaban la cultura y la civilización perpetrando todo tipo de violaciones y de crímenes en nombre de Dios y del Rey.

Si bien la mayoría de los datos que se poseen sobre este respecto provienen de los textos escritos por los propios conquistadores (en general preocupados por defenestrar a las culturas vernáculas, objetivo para el cual no trepidaron en recurrir a la mentira y la destrucción de documentos originales, con honrosas excepciones como Fray Bartolomé de Las Casas), las investigaciones demuestran que estas conductas que refiero no eran universales en el mundo americano de la época. En otras culturas, como la incaica o la azteca, las mujeres estaban muy lejos de gozar de cierta igualdad social o sexual respecto de los hombres. No obstante, tenían algunas costumbres que eran igualmente impensables para la sociedad europea. El más claro ejemplo era la modalidad del “sirvinaco” entre los incas. Esta era (y sigue siendo aun en algunas comunidades andinas) una tradición por la cual las parejas se unían en convivencia antes de oficializar el matrimonio. Si la experiencia resultaba satisfactoria para ambos, daban el siguiente paso y se casaban. Si no, cada uno regresaba a su casa y aquí no ha pasado nada. Otro ejemplo a mencionar sería el caso del adulterio entre los aztecas. Este pueblo era muy estricto en ese sentido pero es de destacar que las penas (muy severas) eran igualmente aplicables a hombres y mujeres.

Un sacerdote escribía que, entre los mocovíes, a las mujeres se les reservaban los trabajos más penosos y eran frecuentemente castigadas y maltratadas por sus maridos: “Estos salvajes embrutecidos tratan a sus mujeres como podrían hacerlo con un animal doméstico”. Nuevo caso de doble moral en el pensamiento europeo. Seguramente el clérigo no tuvo en consideración las palabras de un colega (fray Luis de León) que en un célebre tratado de costumbres cristianas decreta que "los fundamentos de la casa son la mujer y el buey: el buey para que are y la mujer para que guarde".

Tampoco le habrán parecido “salvajes embrutecidos” los españoles que violaban y abusaban de las mismas mujeres nativas a su paso conquistador. Muy por el contrario, estas acciones recibieron la indulgente denominación de “mestizaje”.

Al decir de Dora Barrancos, “El abuso sexual, el sometimiento por la fuerza de las nativas, constituyó un modo corriente de ser y existir en nuevo continente. El mestizaje iberoamericano tiene la marca de origen de la violencia”. No son pocos los relatos en primera persona que dan cuenta de las violaciones perpetradas por los conquistadores en contra de las féminas nativas. Muchos de estos caballeros daban por sentado que, por el solo hecho de estar desnudas, las mujeres eran putas y, como tales, estaban a disposición de sus apetitos sexuales. Si ella se negaba a satisfacerlos, justo era darle azotes hasta que abriera dócilmente las piernas. Todo muy civilizado y cristiano ¿verdad?

MUJERES INDOMABLES

Pero las crueldades de los invasores no se limitaban al abuso sexual. Los relatos de los mismos cronistas dan noticias sobre la falta de límites a la hora de ejercer su poder. Los españoles esclavizaron pueblos enteros y los trasladaron de región en región para que las rebeliones se desmoralizaran con el desarraigo. En esos traslados, era habitual que pagaran el pato las personas más débiles, muchas veces las mujeres y casi siempre los niños, que no gozaban de ningún privilegio, como podrán imaginar. Numerosas crónicas (de los propios españoles) dan fe de que los niños que no podían andar al paso del contingente, atados unos a otros como iban, solían ser degollados en medio de la marcha por no tomarse el trabajo de desatarlos antes de ser abandonados. Las mujeres que eran castigadas con la muerte (por la razón que fuere) solían ser ajusticiadas junto a sus hijos para escarmiento de las demás. Por esta razón, frente al terror aplicado por los conquistadores, las mujeres sobrevivientes de varias zonas del Caribe optaban por el suicidio en masa. En otras ocasiones, se negaban a parir y se practicaban abortos con el solo objeto de no permitir que sus hijos fueran asesinados o esclavizados por los invasores. Es conocido el caso de las tribus de la actual Nicaragua cuyos integrantes, en las primeras décadas de la conquista, fueron traficados como esclavos y terminaban sus días en las minas del Perú. El primer acto de rebeldía fue un gran levantamiento contra el poder español que fue finalmente aplastado y los cabecillas de la insurrección arrojados a los perros hambrientos. Fue entonces cuando las mujeres promovieron una huelga sexual que sus compañeros varones acompañaron. Se dice que en dos años casi no nacieron niños y los pocos que alcanzaron a nacer fueron muertos por sus propias madres. Muchas de las embarazadas prefirieron el aborto o el suicidio antes que dar a luz. Fue necesario un cambio de política para que esta situación se modificara. El mismo gobernador tuvo que prometer solemnemente mejores tratos y el fin del tráfico de esclavos.

Cuando las crónicas oficiales hablan de las mujeres nativas de aquella época, casi el único nombre propio que mencionan es el de la Malinche, la princesa mexica que terminó sus días como intérprete y amante del asesino conquistador del Imperio Azteca, Hernán Cortés. La historia de la Malinche fue contada y recreada infinitamente como ejemplo de la liviana fidelidad que profesaban las indias hacia sus propios pueblos. De todos modos, no faltaron los románticos que la pintaron como una abnegada mujer que traicionó a los suyos por la fuerza del amor que la unía al español quemador de naves.

Es curioso que esas mismas crónicas no mencionen a las numerosas mujeres (no todas anónimas) que fueron fieles a su raza y enfrentaron al poder invasor hasta ofrendar la vida en post de la libertad. Casi ni mencionan a Anacaona, la cacica taína que acompañó a su esposo en la primera gran rebelión contra el invasor y que asumió la conducción de la misma cuando éste muriera en combate. Diez años duró la insurrección y cuando finalmente cayó prisionera, Anacaona fue ahorcada por el gobernador Nicolás de Ovando.

Tampoco se acuerdan en los textos de la historia oficial de la Gaitana. Esta era la madre de Buiponga, un jefe guerrero de lo que hoy conocemos como Colombia. Buiponga fue el único líder de la región que se negó a someterse a las imposiciones de los españoles enviados por ese otro asesino, el conquistador del Imperio Inca, Francisco de Pizarro. Como escarmiento y ejemplo para futuros insurrectos, el jefe rebelde fue quemado vivo frente a su madre. La mujer logró escapar y prometió venganza. Recorrió todas las poblaciones nativas de la región, incluso las de aquellos que siempre habían sido sus enemigos, y les explicó lo sucedido con dolor de madre. Al poco tiempo, ella misma lideraba un ejército de seis mil guerreros que mantuvieron en vilo el poder español durante dos años. En uno de los combates, cayó prisionero el enviado de Pizarro que había ordenado la muerte de su hijo y fue llevado directamente ante su presencia. La Gaitana en persona le arrancó los ojos pero evitó que muriera en el momento. Luego le ató una soga al cuello y lo llevó a la rastra en su campaña, de pueblo en pueblo, hasta que finalmente murió. De ahí en más, la cacica continuó la lucha y logró la adhesión de todas las tribus que, en conjunto, lograron expulsar a los invasores. Pero estos regresaron con una superioridad técnica que los nativos no pudieron vencer con su superioridad numérica. La Gaitana murió peleando.

Otra de las guerreras que suelen ser omitidas en las crónicas oficiales es la mapuche Yanequeo. Su historia es similar a la de Anacaona. Muerto su esposo, el lonko Huepután, a manos de los españoles que invadían el actual territorio chileno, se puso al frente de su gente, fue nombrada lonko y sumó a las demás mujeres a la lucha. Los españoles fueron incapaces de frenar el avance de estas gentes que peleaban por su libertad y así lo testimonian las crónicas de la época, que destacan especialmente la fiereza de las mujeres en la lucha. Nadie sabe cómo ni dónde murió Yanequeo. Solo se dice que desapareció sin dejar rastro tras una victoria mientras se retiraba hacia el sur para pasar el invierno. Incluso hay quienes dudan de su existencia. Claro: a la historia oficial suelen resultarle incómodas estas heroínas que ponen en evidencia el lado oscuro de los supuestos héroes portadores de cultura y de progreso. Sin embargo, nadie ha podido desmentir con argumentos la bravura y la importancia de las mujeres mapuches en aquella etapa de resistencia.

La existencia de Ana Soto, sin embargo, está fuera de discusión. Se trataba de una joven guayona nacida en Barquisimeto, actual Venezuela, a fines del siglo XVI. En su infancia fue esclavizada y obligada a servir como cocinera para sus enemigos. Hasta que un día de 1618 huyó de la hacienda en la que estaba confinada y en los montes organizó a su gente para luchar contra los usurpadores de sus tierras. En una verdadera guerra de guerrillas, sus tropas atacaban a los españoles al grito de “resistencia y muerte al invasor” y los mantuvo a raya por más de ¡cincuenta años! Fue tal el odio que despertó entre los conquistadores que cuando finalmente fue apresada, ya anciana, la condenaron a muerte y fue EMPALADA el 6 de agosto de 1668.

Y la lista sigue.

Cientos y miles de mujeres lucharon codo a codo con sus hombres en defensa de la libertad y la dignidad de su raza y de su tierra. Cientos y miles de esposas y de madres que sabían quiénes eran y entregaron su coraje en virtud de una causa justa. Esposas y madres que las canallescas crónicas de Indias pretendieron borrar a base de mentiras y omisiones sin tomar en cuenta que la historia, la verdadera, es como el curso de agua que siempre halla el camino para llegar al mar.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de esta tímidamente primaveral y siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que en el día de hoy solo busca hacerle honor a las que supieron ganárselo con creces.




jueves, 8 de marzo de 2012

Susana Trimarco: ejemplo de que se puede



Cada año, para estas fechas, los muros feisbuqueanos, los blogs y twitters suelen poblarse de salutaciones y artículos varios referidos al Día Internacional de la Mujer. Estoy seguro de que muchas y muchos entre quienes participan de este ritual pagano desconocen por completo las razones históricas de tal conmemoración. No seré yo, sin embargo, el encargado de iluminar ese bache cultural (para eso existe WIKIPEDIA). Muchas personas, incluso, suelen caer en viejos lugares comunes y declaman con orgullo que “días de la mujer son los trescientos sesentaicinco días del año”. Tampoco voy a entrar en la polémica. Aunque no me privaré de opinar que la demagogia no cotiza tanto como el respeto.

De todos modos, cada año para estas fechas, suelo preguntarme íntimamente qué mujer sería la merecedora del “premio a la mujer del año” y mi selección siempre resulta engorrosa, además de parcial e intrascendente. Pero la consideración de la vida misma puede, en muchos casos, merecer los mismos calificativos, razón por la cual insisto una y otra vez, año tras año. Claro que cualquiera podría preguntarse para qué sirve tal galardón y una respuesta rápida bien podría asegurar que no sirve para nada. En cambio, si nos ponemos a pensar, si consideramos las desventajas que aun hoy deben afrontar las mujeres en medio de las distintas culturas machocéntricas que pueblan el amplio espectro de nuestras sociedades, la respuesta se hace acreedora a una mayor deferencia.

Imposible no pensar por estas fechas en Susana Trimarco, una mujer que ha sacado de sus tripas el coraje inconmensurable que le otorga su maternidad para llevar adelante una investigación que ni las autoridades gubernamentales tuvieron la voluntad de emprender. He escuchado por ahí que una madre es capaz de todo por sus hijos, pero la realidad nos enrostra que, entre todas las madres cuyas hijas han sido víctimas de la trata, solo Susana Trimarco ha tenido la fuerza de luchar contra viento y marea, de enfrentarse a vaya uno a saber qué peligros y mafias, con tal de dilucidar el misterio que envuelve a la desaparición de Marita. Desaparición que ya se ha extendido durante NUEVE AÑOS sin que los poderes del Estado hayan podido darle a Susana una solución o una respuesta que aplaque su insoportable dolor y su desesperación. Cada quien hace lo que puede con la cruz que le toca, pero habrá que reconocer que hay quienes pueden más que el común de los mortales. En ese sentido, no faltará quien opine que la fortaleza de espíritu no es privilegio del género femenino y sin dudas voy a estar de acuerdo con ello. Lo que pasa es que, si hablamos de trata (y sin ánimos de bastardear el tema reduciéndolo a un impúdico Boca-River de los derechos humanos), las mujeres se llevan la peor parte.

Somos muchas las personas que, en nuestro país y en el mundo, seguimos con atención el juicio oral y público que se está desarrollando por estos días en la ciudad de Tucumán. Juicio que por fin lleva al banquillo a trece imputados por la desaparición de Marita Verón. Juicio que nunca hubiera tenido lugar sin la terca convicción, la férrea voluntad y el temerario amor de una madre como Susana Trimarco.

Algunas personas preferirán autoengañarse y quedarse con la idea de que en el Jardín de la República solo se está sometiendo a juicio a unos tipos responsables de un delito. Pero este juicio no es solo eso, sino que además es un enjuiciamiento a tantos años de hacernos los boludos. Este juicio, para quienes tienen la honestidad de verlo, también pone en evidencia la naturalización del proxenetismo y la aceptación irresponsable (sin causas valederas pero con terribles efectos) de una condición sub-masculina a la que se desecha todo ser humano que no encaje en la escueta definición de “macho”. Y es más: este juicio, que desenmascara la hipocresía y la doble moral del patriarcado, le grita piedra libre a la complicidad de jueces, policías y políticos, sin cuya protección las redes de trata de mujeres, niñas y niños no podrían actuar con la libertad con que lo hacen. Susana ha denunciado públicamente y con nombre y apellido a elevados funcionarios de gobiernos provinciales y a miembros del aparato judicial y de seguridad. Una de las ciento veintinueve víctimas liberadas, gracias a las acciones emprendidas por la madre de Marita, se negó a declarar frente a un juez de La Rioja por haberlo reconocido como uno de los asiduos clientes del prostíbulo donde ella estaba secuestrada. ¿Puede una persona cabal y honesta seguir mirando para otro lado cuando se le enrostra que la sociedad en la que vivimos ha estado conviviendo con esta tragedia cotidiana y silenciosa durante décadas sin que a ninguno de nosotros nos haya nacido la voluntad de decir basta, sin que a ninguno se nos haya ocurrido sencillamente la idea de cuestionar cuán natural puede ser que una mujer resulte apenas una cosa al servicio del placer del macho?

Tenemos por delante una gran tarea educativa. La trata de personas existe; no son pocas las mujeres que mueren quemadas por machos celosos y déspotas; las disputas conyugales siguen resolviéndose a los golpes; aunque tambaleante, el machismo sigue reinando en nuestros hogares, en nuestras escuelas y hasta en nuestro lenguaje; los adolescentes gays se siguen suicidando agotados por el acoso al que son sometidos a raíz de su condición sexual; las personas trans se ven obligadas día a día a defender su identidad y su integridad frente a la violencia de una sociedad que no comprende que todas y todos tenemos derecho a ser quienes sentimos que somos... Mientras todo esto siga formando parte de nuestro presente, habrá que seguir trabajando en contra de una cultura que nos ha enseñado durante siglos que todos somos iguales, pero también que algunos son más iguales que otros, de acuerdo a lo que tengan entre las piernas y al uso que haga de esos atributos.

Estamos en una época de cambios. Una época en la que Susana Trimarco hace diferencia. ¿Por qué? Sencillamente porque, más allá de la sentencia a la que arribe el tribunal tucumano, ella es el ejemplo cabal de que se puede luchar contra el sistema con la decisión de abjurar las injusticias y mejorar lo heredado.

Todas y todos podemos aceptar lo que nos caiga encima con encomiable estoicismo. Pero también podemos asumir los costos y hacer algo para que las generaciones futuras sean capaces de ver las iniquidades de hoy (esas que nos siguen pareciendo tan “naturales”) como lo que realmente son: malditos engendros de una cultura que se nutre de odio, discriminación y violencia.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, apenas un cronista de su realidad que en el día de la fecha busca homenajear en una mujer a todas las mujeres que aman y se esfuerzan día a día por defender su dignidad (más allá de lo que haya entre sus piernas, por supuesto).




Novelas de Carlos Ruiz Zafón