Las locas llevan en su misma esencia la temeridad. La temeridad de ser quienes son sin condiciones. No conocen otro modo y quienes escondemos bajo la alfombra varias cobardías sabemos venerarlas.
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jueves, 17 de septiembre de 2020
viernes, 11 de septiembre de 2020
Deshonra nacional
Domingo Faustino Sarmiento fue un adelantado a su época. Ya en el siglo XIX promovía las ideas eugenésicas que, en el siglo XX, llevaron adelante los jerarcas del nazismo.
miércoles, 5 de febrero de 2020
martes, 14 de enero de 2020
Treinta y dos de enero
Alumno varón, 23 años, clase media, aspira a aprobar ingreso a UTN después de tres intentos fallidos (burro pero pertinaz).
Yo: Hoy es 14 de enero. ¿Qué fecha va a ser dentro de 17 días?
Alumno: 31 de enero.
Yo: Bien. ¿Y dentro de 18 días?
Alumno: 32 de enero.
Me soltó la respuesta sin la menor sospecha de un posible error. Casi como sobrándome, como diciéndome "¡Mirá la pelotudez que me preguntás!".
El diálogo derivó de un problema en el que se hablaba de los años bisiestos. El joven desconocía por completo el concepto. Jamás había escuchado la palabra.
¡23 AÑOS!
Es asombroso que alguien pueda atravesar toda su escolaridad sin que algún maestro o profesor (¡o algún progenitor!) haya podido inculcarle conceptos básicos y elementales de la cultura en la que se desarrolla su existencia.
Este chico quiere ser ingeniero. Y yo no dejo de preguntarme en qué hemos fallado como sociedad para que él y otros muchos desaprovechen sus capacidades y crezcan en la abulia y en un desinterés alarmante por el mundo que los rodea. Cuando le pregunté la causa por la que quiere estudiar ingeniería, la respuesta fue, una vez más, sorprendente: "Porque se gana mucha plata", me respondió.
No es un chico feo. Diría incluso que es bastante atractivo. Aunque tiene una mirada que delata el vacío que hay por detrás de sus globos oculares. Me siento culpable por pensar que esa vacuidad craneal no lo deja darse cuenta de que, en su actual estado de ignorancia supina, tiene cero posibilidades de ingresar siquiera a la carrera y que (si de ganar mucha plata se trata) tiene más posibilidades en el campo de la prostitución de alta gama. Susana Gimenez podría ser su ejemplo a seguir.
La duda se cansó de dar vueltas dentro de mi cabeza. Lo conozco ya desde hace más de un año y durante semanas he tratado de descifrar la razón por la que eligió ingeniería como medio para ganar "mucha plata". Finalmente, hoy decidí preguntárselo sin más vueltas y la nueva respuesta fue tan obvia y escalofriante que no voy a poder dormir tranquilo por meses:
- ¡Mirá Macri! Es ingeniero y está podrido en guita. Y hasta fue presidente.
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Esto es todo por hoy. Desde las grises callecitas de esta lluviosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que está tentado en pedirle a este chico que no vuelva más. Es un caso perdido. Me hace mal... Y el recuerdo de sus declaraciones de hoy poblarán mis pesadillas hasta el día en que me muera.
sábado, 13 de julio de 2019
Un fierrazo en la nuca
El viaje habrá durado unos treinta minutos. El colectivo iba lleno y, frente a mí, iba sentado un señor muy mayor que sostenía entre sus manos artríticas un palo de escoba que oficiaba de bastón. Tenía barba de varios días, una campera barata, pantalón de algodón remendado... o sea: era pobre.
En un momento, no sé por qué, con tonada inequívocamente tucumana, empieza a dialogar con otro señor que iba sentado a su lado (aparentemente en una situación socioeconómica más desahogada). Inmerso en mis propios pensamientos, no les presto atención... Hasta que el segundo señor le pregunta al del bastón:
- Vos te debés acordar: ¿Quién era el que hacía la locución en el palco cuando fue lo de Ezeiza?
- ¡Ese era Leonardo Fabio! -le responde el otro sin dudarlo.
Estuve a punto de intervenir para decirles que yo estaba seguro de que era el querido y recordado Edgardo Suárez, pero preferí callar. ¡Y lo bien que hice! Porque, a continuación, el viejo tucumano (sí, a partir de ese momento dejó de ser "el señor" para transformarse en "el viejo") inició una diatriba en contra de los "comunistas y guerrilleros que destruyeron el peronismo".
- ¡A mí no me lo contaron! ¡Yo estaba ahí! Tenía 23 años y lo escuché a Fabio que decía: "Nos vayamos que estos hijos de puta me lo quieren matar al General". Por eso después Perón los echa de la plaza.
Y así siguió el viejo despotricando contra los montoneros, entre los que (yo ya lo veía venir) terminó incluyendo a los Kirchner. Según él, Néstor y Cristina eran dos delincuentes que se llenaban la boca con Perón y Evita pero solo querían cagar a la gente del pueblo. "¡Ella misma confesó que nunca fue peronista! ¡Yo la vi por tele diciendo que nunca fue peronista!".
En beneficio de mi presión arterial (que viene un tanto cacheteada últimamente), traté de aislarme de la situación. Pero el viejo hablaba cada vez más fuerte. Que durante veinte años habían esquilmado la provincia (supongo que se referiría a la de Santa Cruz y que la elección del verbo no había sido casual) y, como ya no les quedaba nada por robarse, "el Tuerto dijo que quería la presidencia porque no quería dejar de robar". Hubiera deseado que en ese momento apareciera Maxwel Smart con su cono del silencio. Pero el viejo seguía con su irritante delirio.
- A Alfonsín no lo dejaron terminar tranquilo. Menos mal que estaba Menem. Y al finado De La Rua lo volvieron loco y lo terminaron acusando de un "supuesto" soborno. ¡Como si este país no fuera una mierda!
Yo, al borde del ACV. Y el resto del pasaje como si nada.
- Y cuando viene un dirigente que quiere poner las cosas en orden, -continuó- le dicen que la gente tiene hambre. ¡Que la gente tiene hambre! ¡Si para eso son pobres! Se cagan de hambre pero quedan las rutas y los puentes.
Gente como esta no me da pena. Me da bronca. Gente de mierda que se regodea en su podredumbre. Gente cuyo único aporte a la humanidad ha sido el dejar un mal recuerdo. Clarín y Magnetto son capaces de sacar a flote la mierda que esta gente lleva dentro. Pero en casos como los de este viejo, el trabajo les resultó muy sencillo. Gente peligrosa además, porque amparada en sus años pretende dar cátedra sobre un mundo que no conoce más allá de sus propios prejuicios.Un mundo que los pisotea con licencia. Un mundo gobernado por crápulas que lo mean mientras él abre la boca y agradece que al menos le den de beber. Todo enmarcado en unos supuestos valores patrióticos que está dispuesto a violentar toda vez que interfieran con los intereses de quienes le pisan la cabeza. Idiotas útiles, dirán algunos. Miserables cipayos, digo yo.
Por fortuna, el viejo se bajó antes que yo. Se apoyó con dificultad en su palo de escoba y, mientras se ponía de pie, le agregó a su compañero:
- Lo único que no le perdono a Videla es que no haya terminado la limpieza de toda esta lacra.
Se ve que, ante esa frase, mis músculos faciales me traicionaron y, por primera vez en el recorrido, el viejo tucu se dirigió a mi directamente:
- Y usté, mozo, no me mire con esa cara. Yo digo la verdá y usté debe ser uno más de los tarados que quieren salvar al país con los derechos humanos.
Yugular a punto de estallar en menos de...
- ¿Por qué me insulta? -le retruco- Desde que empezó a hablar que me di cuenta que usted es un hijo de puta. Pero como soy un tipo educado, no se lo digo.
En el entorno, el resto del pasaje permanecía impasible. Y el viejo que se encamina hacia la puerta:
- Velo al maricón...
Se bajó del colectivo insultando entre dientes a los putos que vamos a salvar al pais.
Cuando el vehículo retomó la marcha, el otro viejo, el interlocutor, me mira y me dice:
- Estaba enojado el viejito.
Todavía no logro comprender la razón por la que me sonreía al decirlo. Pero está claro que él sí supo el significado de mi silencio y mi mirada fulminante. Me dio la impresión de que estuvo a punto de declarar que la política no le interesaba. Qué bueno que se calló la boca.
Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de esta invernal Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que sabe que los pelotudos, si viejos, son doblemente peligrosos. Si no fuera políticamente incorrecto y por demás inútil, afirmaría que este tipo de gente merecería un fierrazo en la nuca. Y a no dejarse engañar, que VIEJO POBRE no es sinónimo de POBRE VIEJO.
martes, 22 de mayo de 2018
viernes, 1 de septiembre de 2017
El leproso del aula
Cursaba la dictadura y yo el colegio religioso, detrás de cuyos muros se vivía una cotidianidad apacible en la que la muerte, las desapariciones y el programa de destrucción de la economía, basado en la toma ilimitada de deuda, no tenían entidad, no tenían nombre, ni algún otro sentido para nosotros que no fuera dado por los medios de comunicación en manos de los grandes depredadores ni, por tanto, en la familia burguesa. Las hostias y las caricias del señor B, ese rector que años después debió responder por abuso sexual, encarnaban en el alumnado lo real siniestro del país. Éramos impermeables a la catástrofe extramuros. Hasta que una tarde el silencioso chico Vázquez pronunció en la clase de religión la palabra pobreza, en relación a las villas miseria. Villas miseria y la opción del cristianismo por los siempre olvidados. La Biblia Latinoamericana, según ellos un engendro marxista, se coló en la respuesta indignada del profesor y en la mirada aterrada de todos nosotros. Vázquez estaba infectado de alguna horrible verdad. Como si se hubieran roto los vidrios de las ventanas entró el lenguaje como un ángel a confundir al alumnado, trajo con la verdad el pensamiento, y con este el acuerdo y el desacuerdo. Por un momento el colegio se sustrajo al desierto y arrojó luz sobre las fosas comunes y el ajuste eterno sobre los desposeídos. Si hubo alguien que quiso mantenernos en la oscuridad fue aquel profesor que se negaba a mencionar a los pobres como hoy el poder pretende que los docentes hagan en relación a la desaparición forzada de Maldonado. En aquel momento, como en este, pretendieron que los derechos humanos no tenían relación con la educación de los chicos. Ojalá que en nuestras escuelas crezcan más leprosos que piensen y no se callen lo que piensan.
domingo, 9 de julio de 2017
Una Independencia Agrietada
A fuerza de escucharlo (o de que le machaquen a uno la cabeza), muchos han naturalizado aquello de que hay una “grieta” en la sociedad argentina y, por supuesto, si esa grieta existe, la generaron los K. Ninguno, entre ese rebaño de chichipíos, sabe que (siempre y cuando sea verdad que esa grieta existe) la padecemos desde los mismos albores de la nacionalidad.
domingo, 17 de agosto de 2014
El otro general y el otro laberinto
Tal vez algunos recuerden que el feriado del 17 de agosto, antes que un día no laborable para algunos (este año, incluso, fin de semana largo), es una conmemoración del fallecimiento de don José Francisco de San Martín, ese hombre de figura anquilosada por el BILLIKEN y por su nefasto biógrafo, Bartolomé Mitre.
Todos saben que San Martín era militar y que se inició en la carrera de las armas en España. Don Bartolo se ocupó exitosamente de ensalsar sus hazañas en el norte de África y sus condecoraciones en la batalla de Bailén. Lo que ocultó (y el BILLIKEN ignoró) fue que el gran prócer siempre tuvo claro cuál era su verdadera patria y, a principios del siglo XIX, ingresó a la Sociedad de los Caballeros Racionales (también llamada Logia Lautarina), una logia masónica creada para impulsar el regreso a sus países de origen de todos los americanos que vivían en Europa y así participar del proceso emancipador iniciado en 1809, con la fallida Revolución de Chuquisaca. ¿San Martín era masón entonces? Yo diría que sí y no.
En 1812, ante la seguidilla de movimientos revolucionarios en América (de los que solo se mantenía el iniciado en Buenos Aires el 25 de mayo de 1810), San Martín renuncia finalmente a su cargo en el ejército español y (luego de pasar por Londres, donde se entrevistó con otros americanos partidarios de la emancipación) se embarcó hacia el Río de la Plata. Aquí, la situación era más bien complicada. El gobierno de Buenos Aires (personificado por los miembros del Primer Triunvirato y su secretario Bernardino Rivadavia) no se atrevía a llevar adelante acciones emancipadoras y pretendía imponer a las provincias políticas de libre comercio que no hacían más que perjudicar las economías locales. Los recién llegados, con San Martín a la cabeza, organizaron entonces una filial de la logia a la que pertenecían y le dieron el nombre de Logia Lautaro, en honor al caudillo mapuche que sublevó a su pueblo contra los conquistadores españoles en Chile durante el siglo XVI. En la historia oficial de Don Bartolo, este hecho es apenas una referencia del fervor libertador de Don José Francisco.
En general, las logias masónicas fueron un instrumento muy útil para universalizar la influencia británica en todas las latitudes conocidas. Sin embargo, el lema de la Logia Lautaro (escrito de puño y letra por San Martín) decía: "Nunca reconocerás como gobierno legítimo de la patria sino a aquel que haya sido elegido por la viva y espontánea voluntad del pueblo". O sea que la Logia Lautaro (y también San Martín) era masónica en las formas (ritos de iniciación, accionar secreto, etc.) pero no en los objetivos. En cumplimiento de estos objetivos fue que San Martín recibió de inmediato el encargo de organizar un regimiento disciplinado que pusiera fin a las incursiones realistas que el frustrado virrey Francisco Javier de Elío (nombrado por la Junta de Sevilla en reemplazo de Cisneros) enviaba periódicamente hacia las costas de Buenos Aires y el Litoral. La idea era que las nuevas tropas asumieran una función similar a las de una guardia costera pero, sin embargo, Don Bartolo también se ocupó de ocultar su verdadero bautismo militar.
Para la historia oficial, la primera acción de fuego protagonizada por el Regimiento de Granaderos a Caballo fue el famoso Combate de San Lorenzo, harto divulgado y loado por las maestras de primaria, con la muy discutida participación y muerte del soldado Bautista Cabral, quien fue ascendido a sargento post mortem, por más que la marchita diga lo contrario. En cambio, la realidad nos cuenta que la primera intervención de San Martín al frente de sus granaderos fue un golpe de estado.
¿Cómo que San Martín era un subversivo? Sí señor. Más allá del hecho de que todos aquellos que lucharon contra el poder monárquico no estaban haciendo otra cosa que subvertir el poder instituido (¿habían pensado en esto alguna vez?), San Martín y los miembros de la Logia Lautaro usaron a sus soldados para derrocar al Primer Triunvirato. Pero sobre todo a Rivadavia, que era quien efectivamente gobernaba. El gobierno fue reemplazado por el llamado Segundo Triunvirato, integrado por figuras más afines a las ideas revolucionarias. ¿Se imaginan al BILLIKEN diciendo que el Padre de la Patria era un sedicioso? ¡HORROR! (si quieren divertirse un poco, recomiendo el capítulo de El Mundo de Zamba en el que se presenta el evento. No tiene desperdicio).
Claro que las cosas nunca son tan sencillas y claras. No todos los miembros de la Logia Lautaro comulgaban con la idea plasmada por San Martín. Muchos masones estaban ligados al proyecto británico. Basta mencionar la actitud política de su amigo Carlos María de Alvear. Devenido Director Supremo, su gobierno terminó en un completo desastre y, cuando el poder se le escapaba de las manos, trabajó por la instauración de un protectorado británico en nuestro territorio. Por supuesto que la historia oficial de Don Bartolo omitió ese detalle y es así como el gran Carlitos tiene su avenida y su monumento, como si en verdad hubiera sido un gran patriota. San Martín nunca trabajó para los ingleses, aunque sus planes de emancipación coincidieron con los intereses comerciales de Londres. Aun así, la diplomacia inglesa desconfiaba de San Martín y pretendió usarlo para alcanzar sus propios fines. De hecho, luego de libertar Chile, la escuadra formada para bloquear el puerto de Lima fue puesta al mando de Lord Cochrane, un marino escocés impuesto por los emisarios de Su Real Majestad. Hoy diríamos que San Martín se tuvo que comer un sapo. Nunca se llevó bien con Cochrane y supo desde el principio que el almirante tenía la misión de seguir e informar todos los movimientos del general. Tan ríspida fue la relación entre ambos que, apenas establecido el bloqueo a Lima, las desavenencias fueron en aumento hasta que el almirante renunció y se retiró con parte de la flota hacia Valparaíso, poniendo en riesgo el éxito de la campaña.
Pero Lord Cochrane no fue la única piedra en el zapato (o más bien en la bota) para San Martín. Tal como ha sucedido siempre en nuestra historia (hasta los días actuales incluso), los poderes fácticos se valieron también de personajes locales para poner palos en la rueda de los proyectos nacionales. Obvio que Don Bartolo tampoco lo dice.
Uno de los grandes enemigos de San Martín fue aquel cuyo nombre fue dado a la avenida más importante de Buenos Aires: Bernardino Rivadavia.
Después de su derrocamiento en 1812, Berny demostró que era un tipo de muy buena memoria. A pesar de su alejamiento del poder político, Rivadavia era astuto y se mantuvo siempre cerca de los poderosos, atento al momento en que pudiera volver a tener la sartén por el mango.
Tras la caída de Alvear, la Logia Lautaro perdió influencia pero sus miembros se mantuvieron activos hasta imponer a otro de sus hombres en el cargo ejecutivo de mayor jerarquía. En 1816, el Congreso de Tucumán, por influencia de la logia, nombra a Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo. Éste reorganiza la logia con el nombre de Gran Logia o Logia Ministerial. Liderada por el propio Pueyrredón y por sus ministros Gregorio García de Tagle y Tomás Guido (amigo y confidente de San Martín), la logia se puso al servicio de la gesta libertadora y su papel en la recuperación de Chile fue fundamental. En noviembre de 1816, el Director Pueyrredón le escribe a San Martín: "Van los 200 sables de repuesto que me pidió. Van las 200 tiendas de campaña, y no hay más. Va el mundo, va el demonio, va la carne. Y yo no sé cómo me iría con las trampas en que quedo para pagarlo todo, a bien que, en quebranto me voy yo también para que usted me dé algo del charqui que le mando, y ¡carajo! No me vuelva usted a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorcado en un tirante de la Fortaleza".
Lamentablemente, los demás aspectos de su gobierno no tuvieron igual brillo. Pueyrredón desterró a la mayoría de sus enemigos políticos y combatió (con todos los medios a su alcance) contra los defensores del federalismo. Tal era la idea originaria de la Logia Lautaro: la creación de un estado constitucional, liberal y unitario.
¿San Martín estaba de acuerdo con estas ideas? Todo lleva a pensar que, al principio, sí. Pero era un hombre lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que no se puede ir en contra de los deseos del pueblo y que no siempre es malo adecuarse a los tiempos que corren. En cambio Pueyrredón se mantuvo firme en sus convicciones y (tal vez sin darse cuenta) terminó transitando hacia la ideología rivadaviana, que prefería "un país pequeño pero culto". Incapaz de derrotar a Artigas, Pueyrredón invitó al gobierno de Brasil a invadir la Banda Oriental. Estaba dispuesto a perder una provincia a cambio de poder gobernar centralizadamente a las demás. Para evitar nuevos conflictos, ordenó trasladar el Congreso de Tucumán a Buenos Aires y expulsó a los diputados que se opusieran a su política. Desesperado e ignorante de los pactos secretos entre Buenos Aires y Río de Janeiro, Artigas rogó por ayuda militar al Director Supremo, pero éste le respondió que le era imposible, dado que todas las fuerzas disponibles habían sido enviadas al Ejército de los Andes. Pero la hipocrecía de su respuesta se vio develada cuando, acto seguido, despachó numerosas tropas contra las provincias opositoras (principalmente Santa Fe y Entre Ríos). Para eso sí que tenía recursos. No obstante, el Director Supremo no pudo doblegar a los caudillos federales y, cuando la sopa se le puso espesa, renunció a su puesto y fue reemplazado por José Rondeau, un general de actuación penosa en el Ejército del Norte.
El nuevo Director mantuvo su política beligerante contra los federales y demostró ser tan necio como su antecesor, o aún más. Para salvaguardar la supremacía de Buenos Aires hizo uso de todos los recursos, salvo negociar con sus enemigos y cederles un poco de la autonomía que reclamaban. Así fue que, como última opción, ordenó a San Martín que trajera el Ejército de los Andes a luchar también en la guerra civil. Por supuesto que el general se negó diciendo que él jamás desenvainaría su espada en contra de sus hermanos. Entonces Rondeau lo relevó del mando y envió al general Juan Ramón González Balcarce en su reemplazo. Pero las tropas del gobernador Estanislao López lo interceptaron y el relevo nunca se produjo. Curiosa y loable filosofía sanmartiniana. Sobre todo para uno, que se ha criado en un momento histórico en el que los militares que usurpaban el poder se autoproclamaban como "ejército sanmartiniano" a la par que masacraban violentamente a sus opositores políticos y ponían sus armas al servicio de los intereses extranjeros. Claro que de esto no le vamos a echar la culpa a Don Bartolo (que ya estaba seco bajo una lápida) pero vale mencionar la responsabilidad (y la complicidad) de sus descendientes, tanto sanguíneos como ideológicos.
Luego de este cortocircuito con Rondeau y sus lides contra Lord Cochrane, San Martín pudo finalmente concretar su cruzada libertadora, siendo nombrado (a pesar de sus deseos) como Protector del Perú, con la suma del poder público. Corría ya 1821 y habían sucedido muchas cosas en el Río de la Plata, una tierra que (al parecer) siempre vivió a los saltos.
Acosado por los realistas que se reagrupaban en el interior del Perú y por la crisis económica que trajo aparejada la caída del régimen virreinal, San Martín no tuvo más remedio que pedir ayuda a Buenos Aires, donde Bernardino Rivadavia estaba nuevamente en el poder, como Ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores del gobernador Martín Rodríguez. Adivina adivinador: ¿Rivadavia recibió de inmediato al enviado de San Martín y le dio todo el apoyo que necesitaba o lo hizo esperar durante más de un mes para recibirlo y al final le negó toda ayuda? Si eligieron la primera opción, PERDIERON.
Cuando su emisario regresó a Lima, San Martín asumió lo que ya sabía: que estaba solo. En esas condiciones acudió a la entrevista de Guayaquil con Simón Bolivar, quien no podía (o no estaba dispuesto a) entregarle los nueve mil soldados que necesitaba para aniquilar el poder realista en el Perú. Aquí, una vez más, Don Bartolo y sus secuaces hicieron de las suyas. Presentaron una versión difusa y controversial del encuentro entre los libertadores, dando a entender que no se sabía qué habían hablado entre ellos. La verdad es que no hubo tal misterio y San Martín no tenía muchas alternativas. Es cierto que su pensamiento era opuesto al del venezolano. Él era partidario de que cada pueblo americano se gobernara según sus decisiones, mientras Bolivar pretendía formar un gran estado bajo su mando personal. Pero las situaciones políticas de ambos eran también muy diferentes y San Martín carecía de apoyo real para hacer prevalecer sus ideas. Esta imagen de un Libertador vencido por la mezquindad de sus compatriotas era algo que los artífices de la historia oficial no podían permitir. Mucho menos si tenían en mente enaltecer la imagen de un Rivadavia como un adelantado adalid del progreso y la cultura nacional.
De regreso a Lima, San Martín renuncia a su cargo y deja en manos de Bolívar la culminación de la guerra, en parte también cansado de escuchar y leer las acusaciones que lo presentaban como un político interesado solo en afianzar su poder personal. Imposible no traspolar este tipo de opiniones a tiempos más recientes ¿verdad? Si hasta me parece escucharlos...
Tampoco cuentan (los mitristas en su historia) lo sucedido al regreso de San Martín al territorio nacional. La historia oficial se limita a decir que el Gran Libertador regresa de Perú y, ante el fallecimiento de su esposa, se embarca rumbo a Europa con su pequeña hija Mercedes y ahí se regodea con la grandeza del héroe que escribió las máximas y bla, bla, bla, bla...
De regreso en Cuyo, San Martín se afinca en su chacra de Mendoza y, tal como estaban las cosas, pide permiso al gobierno porteño para regresar a Buenos Aires, donde su esposa estaba gravemente enferma. Rivadavia no solo le niega el permiso sino que organiza una red de espionaje para controlar los movimientos del general. El caso fue que la salud de Remedios empeoró y su marido decidió desobedecer una vez más las órdenes de Buenos Aires. Los doctorcitos del puerto lo acusaban de tener aspiraciones políticas y lo consideraban un peligro para su hegemonía, razón por la cual apostaron partidas de maleantes en el camino con el objeto de liquidarlo. Lo salvó (una vez más) la intervención de Estanislao López, gobernador federal de Santa Fe, quien amenazó con invadir Buenos Aires y pasar por las armas a los responsables de cualquier daño que pudiera sufrir el Libertador. Esto tampoco lo cuenta Don Bartolo, en cuya versión de la historia, los caudillos federales tenían que ser malos, sucios y feos... Ah, y Rivadavia y sus amigos, buenos, perfumados y, por lo menos, simpáticos.
Francamente descorazonado por ese cóctel de adversidades y habiendo llegado tarde para volver a ver con vida a su mujer, San Martín efectivamente se embarca hacia Europa junto a su hija Merceditas, a la que le escribe las máximas y bla, bla, bla...
En 1829, San Martín regresó de Europa, llamado por el Gobernador Manuel Dorrego. Desde su partida, había estallado la Guerra contra el Brasil y Rivadavia había sido elegido como el Primer Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata (1826). Sin embargo, el flamante mandatario pretendió seguir con su política de unitarismo a ultranza. Además de reforzar la enemistad que las provincias ya le prodigaban desde hacía más de una década, la crisis financiera padecida por el bloqueo del puerto por parte de la escuadra brasileña y las presiones británicas para terminar con la guerra en favor de la reanudación del comercio, Rivadavia decidió hacer lo posible por terminar con el conflicto contra el Brasil. La negociación encargada a Manuel José García fue vergonzosa e inaceptable para los miembros del Congreso y los caudillos federales. Cercado políticamente, el presidente pretendió desconocer el acuerdo y echarle la culpa a García, pero su situación ya era insostenible: presentó su renuncia el 27 de junio de 1827 y se retiró a un exilio del que ya nunca regresaría.
El gobierno nacional quedaba nuevamente disuelto y la provincia de Buenos Aires retomaba su autonomía con Dorrego (un antiguo granadero de San Martín) en el gobierno. El conflicto con Brasil continuó, razón por la cual llamó a San Martín en su auxilio. Pero el viaje desde Europa en aquellos años tardaba varios meses y, para cuando el Libertador llegó a Río de Janeiro, los ingleses habían obligado a Dorrego a firmar la paz y a aceptar la independencia de la República Oriental del Uruguay. Es más: cuando San Martín llegó a Montevideo, Dorrego ya había sido derrocado y fusilado por otro de sus granaderos: el "sable sin cabeza" de Juan Lavalle. El general estrella de la Guerra contra el Brasil había actuado instigado por los seguidores de Rivadavia, quienes también le entregaron la gobernación. En el puerto de Buenos Aires, San Martín ni siquiera bajó del barco, pero recibió a varios emisarios de uno y otro bando que le rogaron hacerse cargo de la situación. El propio Lavalle le cedió su puesto, pero el Libertador no quiso hacerse cómplice de lo sucedido y retornó a Europa para siempre. Sabía que las cosas habían llegado demasiado lejos y que solo un nuevo baño de sangre pondría fin al conflicto. En una carta a su amigo Tomás Guido, explica las razones de su decisión:
Partiendo del principio de ser absolutamente necesario que desaparezca uno de los dos partidos de unitarios o federales, por ser incompatible la presencia de ambos con la tranquilidad pública, ¿será posible sea yo el escogido para ser verdugo de mis conciudadanos y, cual otro Sila, cubra a mi patria de proscripciones? No, amigo mío, mil veces preferiré envolverme en los males que ser yo el ejecutor de tamaños horrores. Por otra parte, después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos contendientes, ¿me sería permitido que quedase vencedor de una clemencia que no sólo está en mis principios, sino que es del interés del país y de nuestra opinión con los gobiernos extranjeros, o me vería precisado a ser el agente de pasiones exaltadas que no consulten otro principio que el de la venganza? Mi amigo, es necesario que le hable la verdad: la situación de este país es tal que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de someterse a una facción o dejar de ser hombre público... Ud. conocerá que en el estado de exaltación a que han llegado las pasiones es absolutamente imposible reunir los partidos en cuestión, sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno de ellos”
La historia oficial casi no mencionará el incidente. De hecho, aun hoy, las maestras de primaria (que siguen recortando las figuritas de la Genios, sucesora del Billiken) se siguen salteando el período que va desde 1820 hasta 1853 como si en ese tiempo no hubiera pasado nada importante en el país.
Es que el bando triunfante en la batalla de Caseros sintió la necesidad política de generar un mito, un espejismo que mostrara una patria naciente en la que nada había salido mal. Todos los patriotas serían buenos y en especial San Martín, que había sido elegido para cumplir con el rol de "Padre de la Patria". El "Santo de la Espada" (¿a alguien se le ocurre un oxímoron más potente que este?) no podía ser tan solo un hombre. Pero ya que era imposible mostrarlo como un verdadero superhéroe, optaron por convertirlo en una caricatura, en el Gran Capitán de los Andes, tan prístino e inmaculado como un arcángel. Imaginen a la maestra diciéndoles a los chicos que San Martín era enemigo de Rivadavia (al que Don Bartolo presentara como "el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos"); que San Martín había conspirado para derrocar al Primer Triunvirato; que admiraba a Juan Manuel de Rosas (el malo más que malo de la historia, ese al que ni siquiera se mencionaba antes de que su cara fuera imprimida en los billetes de 20 pesos) y que le dejó en herencia el sable corvo que usara durante su campaña libertadora. Al decir de Fermín Chávez: "Ya no podría ser El Santo de la Espada y se tornaría en una figura contradictoria e inmanejable porque estaría vinculada con la política. Sería OTRO San Martín, estaría demasiado vivo y se tornaría peligroso". Ciertamente, hubiera sido una figura que hoy aterrorizaría a ciertas clases ignorantes que vuelven a ver en la política a la fuente de todos nuestros males.
Esto es todo por hoy. Desde las extrañamente cálidas callecitas de esta Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no siente simpatía alguna por los militares... pero ya sabemos que San Martín fue mucho más que eso.
sábado, 19 de octubre de 2013
Las Mujeres de Abya Yala
El 12 de octubre fue celebrado durante décadas en la Argentina como el Día de la Raza, algo así como un agradecimiento a los españoles por existir y por venir a imponernos cómo teníamos que ser. Porque es obvio que con eso de “raza” se referían exclusivamente a la “raza europea” (si es que algo así existiera) que a las mentes cipayas vernáculas era lo único que les importaba.
Por fortuna, algunas cosas han cambiado en nuestro país en los últimos años y, desde 2010, la fecha aniversario de la llegada de Colón a tierras de Abya Yala (nombre que le daban a nuestro continente algunos pueblos nativos de aquellos tiempos) se conmemora como Día del Respeto a la Diversidad Cultural.
Este año, la efeméride se conjuga con la celebración local del Día de la Madre (apenas una semana de diferencia) y con mi lectura atenta y minuciosa de "Mujeres tenían que ser", un libro de Felipe Pigna que recomiendo a cuanta persona quiera comprender un poco de lo que ha sucedido en estas tierras durante los últimos quinientos años. Es una buena conjugación puesto que permitirá unir ambos temas en un solo artículo. Economía de conceptos que le dicen...
EL DESPRECIO CONQUISTADOR
Una de las características más notorias de la historia oficial que nos inculcaron durante siglos es la “mirada zoológica” con que se describe a las culturas nativas de este continente que los europeos llamaron América. La mirada europeizante (que aun goza de muy buena salud entre extensos sectores de la sociedad) considera a los pueblos originarios como gentes inferiores. “Si no hubieran llegado [los europeos] todavía estaríamos con las plumas”, palabras muy elocuentes de la alicaída diva rubia de la televisión. La misma que en su programa del último lunes dio vergüenza ajena confesando estúpidamente que no puede recordar una sucesión de solo siete palabras sin necesidad de leerlo. Y para colmo, cuando las lee, las lee mal.
Para la versión oficial de los hechos, los pobladores nativos de América eran (son) seres salvajes e inhumanos que debían ser gobernados para adaptarlos a la “vida verdadera” que llegaba de allende los mares. Esta deshumanización estaba muy lejos de ser fortuita y apuntaba claramente a crear las condiciones necesarias para justificar el despojo y la barbarie que caracterizó a la conquista y cuyos efectos aun se replican en las diversas sociedades de nuestra América Morena.
Es obvio que este desprecio hacia los pueblos originarios se vio incrementado a la hora de considerar a las mujeres incluidas en esos pueblos. Los llamados “cronistas de Indias” hicieron gala de la más profunda misoginia imaginable, excusando violaciones y humillaciones cotidianas, separaciones forzosas y hasta asesinatos. El modus operandi no era nuevo. Así como en España casi no se tenía en cuenta a las mujeres, en las crónicas de la invasión tanto las mujeres como los niños fueron apenas elementos del paisaje. No deja de tener su lógica. Aun en el mundo actual, para gran parte de las personas el ideal de una “sociedad civilizada” sigue siendo el modelo europeo. O sea que los pueblos son más o menos desarrollados (y por lo tanto “mejores”) en la medida en que se parezcan al “metro-patrón”. En ese sentido, las féminas fueron desde siempre personajes secundarios (muy secundarios) a los que se les aplicaba las normas con un rigor superior, en función (justamente) de su “inferioridad”. De este modo, el “justo castigo” se disfraza de “civilización” y esa “mirada civilizada” naturaliza la masacre y hace la vista gorda ante los atropellos más infames. El mundo de hoy sigue entronizando esa extraña lógica (detestable lógica) que lleva a los varones a prenderles fuego a sus esposas o novias con la más variada gama de excusas. Todas estúpidas y, por supuesto, prejuiciosas.
Para manifestar su desprecio por las culturas americanas, los cronistas recurren al mismo reduccionismo que lleva a los machistas de hoy y de siempre a manifestar que “todas las mujeres son iguales”. Muy pocos historiadores han tenido en cuenta que casi lo único en común que poseían los pueblos americanos de la época de la conquista era su padecimiento ante la brutalidad y el exterminio. Tales principios siguen rigiendo hoy en día, sobre todo en la educación. ¡Pavada de vigencia! En nuestras escuelas se sigue estudiando minuciosamente la historia europea, diferenciando sus diversos períodos de evolución y sus peculiaridades. Pero cuando se trata de América (sobre todo de la que se conoce comúnmente como América Latina), bastan unos pocos párrafos para englobar 20.000 años de historia previa a la llegada de las primeras carabelas bajo el título de “Pueblos Precolombinos”. Y si se trata de nuestra historia posterior al inicio de la conquista, nuestra “evolución” se estudia a la sombra de los hechos sucedidos en Europa, centro universal de los grandes hechos de la humanidad. Según esta premisa, Latinoamérica (y también África y en cierta manera Asia, justo es destacarlo) sería un conglomerado homogéneo de seres que se solazan en su atraso y anarquía, todos iguales y sin distinciones entre sí. Y en ese fárrago de ninguneos, la mujer también tiene su capítulo aparte. Porque los cronistas de Indias no tenían empacho a la hora de hacer comparaciones y, al tiempo que las mujeres europeas eran presentadas como damas educadas y de “buena conducta”, las nativas corrieron con todas las descalificaciones que ellos tuvieron a la mano. Una de las primeras cosas que notaron los conquistadores fue la predisposición presentada por las mujeres americanas ante las relaciones sexuales. Criadas en culturas que desconocían el concepto de “pecado”, en general vivían su sexualidad con naturalidad. Todo lo contrario a lo impuesto por las ideas judeocristianas al respecto. Lo que esos cronistas se cuidaron de mencionar fue que las mujeres europeas vivían bajo el yugo de guerreros, sacerdotes y monarcas machistas y misóginos. Aunque las leyes establecían que el matrimonio debía ser monogámico, los hombres (cualquiera fuera su condición) podían tener todas las amantes que pudieran mantener. Doble moral, que le dicen. Si en los pueblos americanos era habitual encontrar sociedades en las cuales un solo varón tuviera relaciones sexuales con varias mujeres, eso se llamaba acusatoriamente “poligamia” y constituía un acto reprochable y vergonzoso. Ahora, si reyes, obispos o papas mantenían a sus favoritas y cortesanas bajo el hipócrita manto del recato, eso era solo una “licencia” propia de las necesidades masculinas. Esas múltiples relaciones (que casi nunca podían llamarse “amorosas”) dieron por resultado una extensa lista de “ilegítimos” notables y no notables. Fernando el Católico fue uno de los más destacados engendradores de bastardos. El papa Alejandro VI tuvo innumerables amantes e incluso tuvo un hijo con su propia hija, la famosa Lucrecia Borgia. Al mismo tiempo, es curioso cómo el “honor” de la mujer se veía manchado ante una infidelidad de esta y esa misma mancha ensuciaba también el honor de su marido. En cambio, las infidelidades del varón no traían consecuencias similares y apenas si se las podía cuestionar cuando se realizaban con ausencia total de discreción. Para el hombre, la mayor deshonra era, en cambio, no poder cumplir con su misión de proveedor, en términos económicos. Pero la mancha siempre podía lavarse en épocas de vacas gordas, mientras que la mujer deshonrada jamás recuperaba su “decencia”. Como verán, algunas de estas ideas perduran en la actualidad, aunque hay que reconocer que van en franca retirada.
Obviamente, esa “decencia” de la que hablo estaba y sigue estando muy vinculada a los prejuicios morales propios de los peninsulares de entonces. Los invasores europeos quedaron azorados (por ejemplo) ante la desnudez de los habitantes de estas tierras. Y más todavía ante la “lujuria” manifiesta de las lugareñas, que tenían por costumbre “entregarse” a quien les viniera en gana sin que sus maridos vieran en ese acto nada reprochable. Lejos de asumir una postura de respeto hacia las culturas diferentes, como si tuvieran derecho a imponer preceptos que nadie les reclamara, los conquistadores (fueran guerreros o eclesiásticos) les aplicaron a los nativos y a las nativas sus categorías punitivas y juzgaron sus hábitos como propios de animales o de demonios. Claro que los nativos eran animales y demonios por carecer de vergüenza y de pudor, en tanto que los europeos, con el propósito de encarrilar tales desvíos, representaban la cultura y la civilización perpetrando todo tipo de violaciones y de crímenes en nombre de Dios y del Rey.
Si bien la mayoría de los datos que se poseen sobre este respecto provienen de los textos escritos por los propios conquistadores (en general preocupados por defenestrar a las culturas vernáculas, objetivo para el cual no trepidaron en recurrir a la mentira y la destrucción de documentos originales, con honrosas excepciones como Fray Bartolomé de Las Casas), las investigaciones demuestran que estas conductas que refiero no eran universales en el mundo americano de la época. En otras culturas, como la incaica o la azteca, las mujeres estaban muy lejos de gozar de cierta igualdad social o sexual respecto de los hombres. No obstante, tenían algunas costumbres que eran igualmente impensables para la sociedad europea. El más claro ejemplo era la modalidad del “sirvinaco” entre los incas. Esta era (y sigue siendo aun en algunas comunidades andinas) una tradición por la cual las parejas se unían en convivencia antes de oficializar el matrimonio. Si la experiencia resultaba satisfactoria para ambos, daban el siguiente paso y se casaban. Si no, cada uno regresaba a su casa y aquí no ha pasado nada. Otro ejemplo a mencionar sería el caso del adulterio entre los aztecas. Este pueblo era muy estricto en ese sentido pero es de destacar que las penas (muy severas) eran igualmente aplicables a hombres y mujeres.
Un sacerdote escribía que, entre los mocovíes, a las mujeres se les reservaban los trabajos más penosos y eran frecuentemente castigadas y maltratadas por sus maridos: “Estos salvajes embrutecidos tratan a sus mujeres como podrían hacerlo con un animal doméstico”. Nuevo caso de doble moral en el pensamiento europeo. Seguramente el clérigo no tuvo en consideración las palabras de un colega (fray Luis de León) que en un célebre tratado de costumbres cristianas decreta que "los fundamentos de la casa son la mujer y el buey: el buey para que are y la mujer para que guarde".
Tampoco le habrán parecido “salvajes embrutecidos” los españoles que violaban y abusaban de las mismas mujeres nativas a su paso conquistador. Muy por el contrario, estas acciones recibieron la indulgente denominación de “mestizaje”.
Al decir de Dora Barrancos, “El abuso sexual, el sometimiento por la fuerza de las nativas, constituyó un modo corriente de ser y existir en nuevo continente. El mestizaje iberoamericano tiene la marca de origen de la violencia”. No son pocos los relatos en primera persona que dan cuenta de las violaciones perpetradas por los conquistadores en contra de las féminas nativas. Muchos de estos caballeros daban por sentado que, por el solo hecho de estar desnudas, las mujeres eran putas y, como tales, estaban a disposición de sus apetitos sexuales. Si ella se negaba a satisfacerlos, justo era darle azotes hasta que abriera dócilmente las piernas. Todo muy civilizado y cristiano ¿verdad?
MUJERES INDOMABLES
Pero las crueldades de los invasores no se limitaban al abuso sexual. Los relatos de los mismos cronistas dan noticias sobre la falta de límites a la hora de ejercer su poder. Los españoles esclavizaron pueblos enteros y los trasladaron de región en región para que las rebeliones se desmoralizaran con el desarraigo. En esos traslados, era habitual que pagaran el pato las personas más débiles, muchas veces las mujeres y casi siempre los niños, que no gozaban de ningún privilegio, como podrán imaginar. Numerosas crónicas (de los propios españoles) dan fe de que los niños que no podían andar al paso del contingente, atados unos a otros como iban, solían ser degollados en medio de la marcha por no tomarse el trabajo de desatarlos antes de ser abandonados. Las mujeres que eran castigadas con la muerte (por la razón que fuere) solían ser ajusticiadas junto a sus hijos para escarmiento de las demás. Por esta razón, frente al terror aplicado por los conquistadores, las mujeres sobrevivientes de varias zonas del Caribe optaban por el suicidio en masa. En otras ocasiones, se negaban a parir y se practicaban abortos con el solo objeto de no permitir que sus hijos fueran asesinados o esclavizados por los invasores. Es conocido el caso de las tribus de la actual Nicaragua cuyos integrantes, en las primeras décadas de la conquista, fueron traficados como esclavos y terminaban sus días en las minas del Perú. El primer acto de rebeldía fue un gran levantamiento contra el poder español que fue finalmente aplastado y los cabecillas de la insurrección arrojados a los perros hambrientos. Fue entonces cuando las mujeres promovieron una huelga sexual que sus compañeros varones acompañaron. Se dice que en dos años casi no nacieron niños y los pocos que alcanzaron a nacer fueron muertos por sus propias madres. Muchas de las embarazadas prefirieron el aborto o el suicidio antes que dar a luz. Fue necesario un cambio de política para que esta situación se modificara. El mismo gobernador tuvo que prometer solemnemente mejores tratos y el fin del tráfico de esclavos.
Cuando las crónicas oficiales hablan de las mujeres nativas de aquella época, casi el único nombre propio que mencionan es el de la Malinche, la princesa mexica que terminó sus días como intérprete y amante del asesino conquistador del Imperio Azteca, Hernán Cortés. La historia de la Malinche fue contada y recreada infinitamente como ejemplo de la liviana fidelidad que profesaban las indias hacia sus propios pueblos. De todos modos, no faltaron los románticos que la pintaron como una abnegada mujer que traicionó a los suyos por la fuerza del amor que la unía al español quemador de naves.
Es curioso que esas mismas crónicas no mencionen a las numerosas mujeres (no todas anónimas) que fueron fieles a su raza y enfrentaron al poder invasor hasta ofrendar la vida en post de la libertad. Casi ni mencionan a Anacaona, la cacica taína que acompañó a su esposo en la primera gran rebelión contra el invasor y que asumió la conducción de la misma cuando éste muriera en combate. Diez años duró la insurrección y cuando finalmente cayó prisionera, Anacaona fue ahorcada por el gobernador Nicolás de Ovando.
Tampoco se acuerdan en los textos de la historia oficial de la Gaitana. Esta era la madre de Buiponga, un jefe guerrero de lo que hoy conocemos como Colombia. Buiponga fue el único líder de la región que se negó a someterse a las imposiciones de los españoles enviados por ese otro asesino, el conquistador del Imperio Inca, Francisco de Pizarro. Como escarmiento y ejemplo para futuros insurrectos, el jefe rebelde fue quemado vivo frente a su madre. La mujer logró escapar y prometió venganza. Recorrió todas las poblaciones nativas de la región, incluso las de aquellos que siempre habían sido sus enemigos, y les explicó lo sucedido con dolor de madre. Al poco tiempo, ella misma lideraba un ejército de seis mil guerreros que mantuvieron en vilo el poder español durante dos años. En uno de los combates, cayó prisionero el enviado de Pizarro que había ordenado la muerte de su hijo y fue llevado directamente ante su presencia. La Gaitana en persona le arrancó los ojos pero evitó que muriera en el momento. Luego le ató una soga al cuello y lo llevó a la rastra en su campaña, de pueblo en pueblo, hasta que finalmente murió. De ahí en más, la cacica continuó la lucha y logró la adhesión de todas las tribus que, en conjunto, lograron expulsar a los invasores. Pero estos regresaron con una superioridad técnica que los nativos no pudieron vencer con su superioridad numérica. La Gaitana murió peleando.
Otra de las guerreras que suelen ser omitidas en las crónicas oficiales es la mapuche Yanequeo. Su historia es similar a la de Anacaona. Muerto su esposo, el lonko Huepután, a manos de los españoles que invadían el actual territorio chileno, se puso al frente de su gente, fue nombrada lonko y sumó a las demás mujeres a la lucha. Los españoles fueron incapaces de frenar el avance de estas gentes que peleaban por su libertad y así lo testimonian las crónicas de la época, que destacan especialmente la fiereza de las mujeres en la lucha. Nadie sabe cómo ni dónde murió Yanequeo. Solo se dice que desapareció sin dejar rastro tras una victoria mientras se retiraba hacia el sur para pasar el invierno. Incluso hay quienes dudan de su existencia. Claro: a la historia oficial suelen resultarle incómodas estas heroínas que ponen en evidencia el lado oscuro de los supuestos héroes portadores de cultura y de progreso. Sin embargo, nadie ha podido desmentir con argumentos la bravura y la importancia de las mujeres mapuches en aquella etapa de resistencia.
La existencia de Ana Soto, sin embargo, está fuera de discusión. Se trataba de una joven guayona nacida en Barquisimeto, actual Venezuela, a fines del siglo XVI. En su infancia fue esclavizada y obligada a servir como cocinera para sus enemigos. Hasta que un día de 1618 huyó de la hacienda en la que estaba confinada y en los montes organizó a su gente para luchar contra los usurpadores de sus tierras. En una verdadera guerra de guerrillas, sus tropas atacaban a los españoles al grito de “resistencia y muerte al invasor” y los mantuvo a raya por más de ¡cincuenta años! Fue tal el odio que despertó entre los conquistadores que cuando finalmente fue apresada, ya anciana, la condenaron a muerte y fue EMPALADA el 6 de agosto de 1668.
Y la lista sigue.
Cientos y miles de mujeres lucharon codo a codo con sus hombres en defensa de la libertad y la dignidad de su raza y de su tierra. Cientos y miles de esposas y de madres que sabían quiénes eran y entregaron su coraje en virtud de una causa justa. Esposas y madres que las canallescas crónicas de Indias pretendieron borrar a base de mentiras y omisiones sin tomar en cuenta que la historia, la verdadera, es como el curso de agua que siempre halla el camino para llegar al mar.
Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de esta tímidamente primaveral y siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que en el día de hoy solo busca hacerle honor a las que supieron ganárselo con creces.
viernes, 12 de abril de 2013
PUTO
No suelo hacer estas cosas, pero esta vez comparto con todos una pequeña reflexión de un amigo que bien vale la pena leer y reflexionar.
"PUTO... si, así, a secas... puto... en blanco y negro... y con letras grandes. Esta semana he escuchado esta palabrita todo el tiempo en la tele, y gracias a un señor al que llaman DIOS... puto, puto, puto, la usan para descalificar, para ofender, para denigrar... la usan como insulto, como agresión, como mala palabra, como sinónimo de maricón, de poco hombre, de cobarde.. yo toda la semana he sentido como un ruidito interno y me pregunto... PUTO quién?, puto el que tiene sexo con otro hombre ?? o puto el que tiene sexo con cualquiera, con esta, con aquella, con la de enfrente, con la de al lado, con una puta, con una esclava, con una niña..?? puto quién ??? el que elige vivir su sexualidad como la siente en la intimidad de su casa o el que decide ser cómplice de delitos como la trata de personas ???, puto quién ??? el que no sabe jugar al fútbol y por eso no es un "chongo" o puto el que descalifica a una mujer y la usa como objeto, la vende y la compra... Puto quién??? Puto yo ?? que respeté a mi madre y a mis hermanas, que acompañe hasta el día de su muerte a mis padres, cambiándoles pañales y dándoles de comer en la boca.. puto yo ?? o puto el que tira viejos en depósitos geriátricos ?? el que olvida a la madre ?? sí, a la madre que lo pario y que le dio de comer !!! o puto el que golpea cobardemente a una mina hasta desfigurarla y si con eso no le alcanza para descargar su ira, le tira alcohol y la prende fuego... puto yo ??? o puto él ???... Puto yo que tuve huevos enfrenté de todos y les dije que era puto, y me di y les di la oportunidad de vivir la vida como se nos dio, aceptándonos y queriéndonos así, como somos..... Puto yo?? o puto el hombre que se casa para ser macho, jefe de familia y de noche, a oscuras se come a cuanto puto se le cruza, sin tener conciencia del riesgo al que expone a su familia por su promiscua cobardía... Puto yo?, que deseé con toda el alma ser padre, que me jugué con alma, corazón y vida, que sufrí, lloré, me revolqué por no poder serlo ..... Puto yo?? o putos los que abandonan hijos, niegan apellidos, especulan, negocian, usan su sangre como botín de guerra en divorcios vergonzosos como peleas de verdulería... quien es el puto eh ??? tal vez ofenda leer tantas veces esta palabra, es raro que yo escriba este tipo de cosas... pero saben una cosa señores.. y sobre todo a los hombres se los digo.... hay que ser muy HOMBRE para ser PUTO".
Aplauso, medalla y beso para mi amigo Marcelo, que cuando quiere dice lo que siente y a todos les queda claro lo que quiere decir. Si quieren felicitarlo, pueden hacerlo directamente en su FACEBOOK.
Esto es todo por hoy. Desde las húmedas y grises callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que (a veces) sabe robar material ajeno del bueno (lo que no deja de ser un mérito).
Esto es todo por hoy. Desde las húmedas y grises callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que (a veces) sabe robar material ajeno del bueno (lo que no deja de ser un mérito).
viernes, 11 de enero de 2013
Donde nadie va
Película de guerra yanqui. O al menos es lo que parecía porque, al final, terminó tratando sobre lo que pasa después de que los soldados vuelven de la guerra. Nada nuevo. Un grupo de soldados norteamericanos que están en Irak (no se dice en la película por qué ya que, imagino, el guionista confiaba en que todo el mundo sabe algo de historia)... decía, el grupo de soldados estaba allá y los mandan a una última misión solidaria antes de regresar a casa. Todos contentos de poder escapar finalmente del horror. Entre ellos, Samuel Jackson, que es un médico muy bueno que hace su trabajo con abnegación. También está Chad Michael Murray (siempre tiene que haber un muchachito lindo y rubio en este tipo de historias), pero muere en la emboscada que los malvados e ingratos iraquíes tienen preparada para recibirlos. Su mejor amigo de la infancia y compañero de batallón le pide que no se muera pero el otro (por contrato) ya no puede decir nada más. La chica rubia que conduce el camión que explota al intentar huir del lugar, gracias a la bomba que hace detonar un adolescente por medio de un celular, pierde una mano y es rescatada por Jackson en medio de la balacera. Y otro negro muy grandote llamado Jamal mata sin querer a una mujer de negro que se aparece por una puerta y la deja tendida, pero la imagen de su rostro velado se sabe que no se le va a borrar por el resto de su vida (lo cual, por suerte para él, no es mucho tiempo porque Jamal muere a mitad de la película, como media hora después, cuando toma de rehenes a un grupo de personas inocentes en un autoservicio y un grupo de tareas especiales tipo SWAT le mete una bala entre ceja y ceja). Nadie se explica cómo pueden salir de aquel infierno, rodeados por francotiradores que hacen estallar bombas por todos lados y destrozan los camiones con misiles. Bah, al menos yo no me lo explico. Pero lo cierto es que, fuere como fuere, regresan a sus casas en EUA, donde todos son recibidos como héroes de guerra. Y nada más.
Película cebollera clase B. Pero debo reconocer que Samuel Jackson actúa de la hostia. Y también debo reconocer que pueden extraerse algunas enseñanzas de esta historia:
1. LA GUERRA ES UNA MIERDA. Y acá pensé en mi hermano José, que en el ’82 llegó a acusarme de traidor por no festejar el desembarco en Malvinas. Creo que desde entonces no volvimos a estar de acuerdo en nada, nunca más.
2. ESTÁ TERMINANTEMENTE PROHIBIDO PREGUNTARSE QUÉ CORNO HACÍAN LOS ESTADOUNIDENSES GUERREANDO EN MEDIO ORIENTE. Y acá me acordé de un boludito que aparecía en la tele y decía que él admiraba a Bush y que los yanquis eran un pueblo admirable.
3. ES MENTIRA QUE EN EL GRAN PAÍS DEL NORTE SE TRATE CON HONORES A LOS VETERANOS. Porque todos terminaron bien chapita, víctimas de la burocracia, de la mezquindad, de la indiferencia, y bien podría decirse que los más afortunados fueron el rubiecito y Jamal. Y acá pensé en Sábato porque don Ernesto decía en alguna de sus novelas (creo que en “Abbadon...”) que la guerra puede ser inútil o estúpida, pero el batallón es sagrado (palabras más, palabras menos). Y queda claro que, para los que mandan gente a la guerra (cualquier guerra, las de allá o las de acá), esas gentes no son más que peones, herramientas menos costosas que la bala que las mata.
Y sin que hubiera una relación directa (la mente humana tiene esas conexiones indescifrables) también pensé en otras guerras, en esas que uno, consciente o no, libra día a día. Ya sé que no hay comparación. Que uno no es un héroe ni deja la vida en cada “misión”. Pero, yo qué sé, me acordé de eso.
Más exactamente, me acordé del último día de trabajo en escuelas del año 2012.
El día venía mal barajado de entrada. Hacía un tremendo calor, el tránsito de la ciudad era un incordio ya desde temprano. Y para colmo de males, las señas que nos había dado la orientadora social del colegio al que íbamos no se correspondían con el mapa de la zona. Estábamos perdidos y no hallábamos el modo de orientarnos.
En plena búsqueda, deambulando con la camioneta por una ruta, vemos un edificio extraño. Una especie de cuadrado amurallado que ocupaba varias manzanas y en la muralla varias torres que, a las claras, eran torres de vigilancia. Gastón y yo nos miramos y los dos pensamos lo mismo: no sabíamos que en esa localidad hubiera una cárcel. Al costado de la ruta cundían los anuncios de un cementerio privado que quedaba por la zona (ya los veníamos leyendo desde varios kilómetros atrás) y, a poco andar, se nos aparece como de la nada la entrada a un relleno "sanitario" del CEAMSE. Cartón lleno, dijimos: cárcel, cementerio y basural. A veces la realidad se llena de ironía y abusa de los simbolismos.
No recuerdo cómo, pero a mitad de la mañana llegamos por fin a la escuela. “Ay, pensábamos que ya no venían”, nos dice la orientadora social al recibirnos, con una sonrisita amable pero sin disimular el reproche. Con la misma amabilidad tratamos de darle a entender que su cargo de “orientadora” era una paradoja más de aquella jornada enrevesada.
El barrio no era pobre. Era muy pobre. Al menos en lo que a lo material se refiere. De esos que, si uno creyera en dios, lo primero que haría sería pedirle que se diera una vueltita por allá, de tanto en tanto, porque claramente se notaba que nunca había estado ni siquiera cerca. Curiosamente, mientras las celadoras reunían al estudiantado para participar de los talleres, la orientadora quiso tener una charla previa con nosotros para ponernos sobre aviso. Que los chicos eran muy especiales, que a veces tenían algún problema de conducta, que eran difíciles y bla, bla, bla. Nos quería prevenir para que no saliéramos corriendo ante la primera muestra de indisciplina. Tal vez creyera que no sabríamos afrontar una situación hostil o que los adolescentes con los que tratamos a diario son como esos personajes de plástico que aparecen en las series juveniles. Nos contó un poco sus experiencias y las dificultades por las que atravesaba la escuela. “En este barrio no hay nada...”, dijo, “ni siquiera vienen los evangelistas”. Lo cual nos pareció un dato muy duro. Si no hay siquiera un templo evangélico, sí que están sonados, je. Y justo que empezábamos a polemizar sobre el asunto, fuimos interrumpidos por un griterío que venía del corredor, a escasos cinco metros de donde estábamos.
Un chico rubiecito y flacuchento estaba peleando con una chica. Ambos de unos quince años. Pero cuando digo “peleando”, digo PELEANDO. A las piñas. Gastón y yo nos miramos y volvimos a coincidir en el pensamiento: esto no nos sucede a diario y por ahí la mina sí tiene razón en eso de que estos chicos son “especiales”. Sin embargo, ninguno de los dos pensó siquiera en dar marcha atrás. El incidente se dio por terminado de manera expeditiva. Las preceptoras separaron a los litigantes y todo pareció regresar a la calma. Y así fue, efectivamente. La orientadora regresó junto a nosotros y trató de excusarse por el “mal momento”, como si hubiera sido necesario. Luego ensayó una especie de resumen de la problemática que atravesaba el rubiecito. Por fortuna, fue interrumpida por una señora que entró para comunicarnos que los grupos ya estaban esperándonos para iniciar las charlas. Entonces, Gastón y yo hicimos de tripas corazón y salimos al ruedo. Cada uno en su fuero interno pensando cómo encarar la conversación, de manera que a los chicos les resultara interesante y todos pudiéramos volver a casa con la sensación de que había servido para algo.
A lo largo de la jornada, a los dos nos sucedió algo semejante. El día había comenzado mal, pero terminó de maravillas. En lo personal, los talleres que di en aquella escuela ya están atesorados entre los mejores recuerdos de mi paso por la actividad docente. Contrariamente a lo que suponíamos, los alumnos se comportaron con el mayor de los respetos y participaron activamente con preguntas, dudas, comentarios, risas, bromas, controversias, acuerdos, disensos, apertura y libertad. La verdad que de vih hablamos poco (yo diría que lo justo y necesario), pero hablamos de sexualidad, de sus proyectos de vida, de la ausencia de proyectos, de la vida en general, de sus miedos y los míos, de las posibles formas de afrontarlos, de los hijos, de los padres, de querernos, de cuidarnos... Hablé hasta quedar sin voz pero también escuché hasta superar transitoriamente mis problemas de audición, frente a un grupo de alumnos que necesitaban oír y ser oídos. Unos chicos que no sé cómo hacen para seguir peleándola en ese sitio olvidado y rodeado por un basural, una cárcel y un cementerio. Los que basan sus teorías sociales y económicas en la igualdad de oportunidades no tienen la más puta idea de lo que dicen. Cuando uno se aleja de la heladera llena y el aire acondicionado, la realidad se ve de otra manera. Pero si lo hace y tiene suerte, le puede pasar como me sucedió a mí aquel día, cuando una vocecita cantarina me sobaba el pecho diciendo “¿Viste por qué seguís en esto?”.
No obstante, al final de una de las charlas, uno de los alumnos se acercó para darme la mano. Obvio que no solemnemente como solemos hacer los adultos sino de esa manera tan especial que usan los jóvenes, entrecruzando los brazos y reteniéndote cerca, como si no quisieran dejarte ir. “Gracias por venir” me dijo. Y como si no hubiera sido bastante remató con un “Ojalá puedan venir el año que viene. Acá nunca viene nadie”.
Ya sé que la frase daba para emocionarse e incluso para liberar algún que otro moco. Pero no pude. Justamente yo que soy de moco predispuesto. No me animé a decirle que es bastante poco probable que volvamos. Que nuestro trabajo diario en escuelas está mal remunerado y además cobramos cada tres o cuatro meses, cuando los encargados de poner la plata se acuerdan de que existimos o se cansan de que les taladremos el cerebro a sus empleados por teléfono. ¿Alguien habría tenido el coraje de decirles a esos chicos, que carecen de casi todo, que ya no vanos a volver porque nosotros también necesitamos mantener lo que ellos tampoco tienen? Yo no. Y me siento todavía un miserable porque sé que esos chicos están hartos de promesas y de olvidos y están necesitados de cualquier esperancita que les dé una razón para no tirar la toalla. Sé que merecían de mi parte al menos una pequeña honestidad, pero no me animé a confesar que aquel era seguramente el último día del proyecto que, durante años hemos llevado adelante con tanto empeño y sacrificio.
Esa es (o era) nuestra guerra diaria. Extraña por demás. Porque nunca estamos cara a cara con los enemigos. Esos que son como los francotiradores de la película, que activan las bombas a distancia, aunque los iraquíes defendían su libertad mientras que los de acá tan solo protegen intereses que no siempre son propios. Rara también porque en esta guerra diaria de la que hablo no somos ni víctimas ni victimarios. No apretamos el gatillo ni perecemos bajo el impacto del imaginario misil. Tan solo somos la curita que intenta frenar la hemorragia que sucede al estallido. Y aún así, nada me quita de la cabeza la idea de que nuestro trabajo es (o era) importante. Porque así como el rubiecito de la peli no debería haber muerto en tierras extrañas, así como la rubia no tendría que haber perdido la mano y Jamal debería haber llegado a viejo con un trabajo digno y feliz de sus nietos; del mismo modo aquellos chicos y chicas que me ofrecieron su respeto aquel día merecen al menos que alguien les tire un cable de tanto en tanto.
Eso ha sido todo por hoy. Desde las tórridas y despobladas callecitas veraniegas de la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, a veces, no puede con su impotencia y otras se traga la rabia para poder continuar... Iba a terminar diciendo que ojalá podamos continuar, que ojalá podamos seguir yendo a esos lugares donde nadie va. Pero me acordé de que “ojalá” significa “dios quiera” y de que hace rato tengo la certeza de que dios tiene muy poco que ver en estos asuntos. Los que cortan el bacalao están mucho más cerca y son mucho más tangibles.
miércoles, 8 de agosto de 2012
Mika es gay... ¿y qué?
Al leer la noticia, muchos habrán exclamado (yo incluido) “¡Chocolate por la noticia!”. Aparte de él, creo que a nadie le cabía la menor duda. Pero fíjense qué curiosa (y terrible) puede resultar, aun hoy, la salida del armario. El tipo es una reconocidísima estrella del pop internacional y, aun así, con todos los privilegios e impunidades que su fama le confiere, tardó años en sincerarse (primero ante sí mismo y después ante el público). Y es que asumir una sexualidad discordante con la heterosexualidad sigue siendo una carga difícil de llevar.
Hace algunas semanas, la farándula argentina se relamía con el gustito a escándalo generado en torno a un seudo paso de comedia que renovaba, una vez más, el manido estereotipo de la marica afeminada. Escándalo que, como cualquier otro que se genera en procura de un mayor rating, pasó finalmente al olvido y “acá no ha pasado nada”. La FALGBT emitió un comunicado repudiando el acto de discriminación y otras organizaciones siguieron en su tesitura de llevar la contra y reivindicar la figura del maricón, obviando el hecho de que incluso los maricones merecen un tratamiento respetuoso desde los medios. Porque lo que casi nadie destacó en todo ese entredicho es que ese tipo de burlas alimenta ideologías homófobas.
Y si hay algo que la realidad mundial nos enseña, día a día, es que LA HOMOFOBIA MATA.
Pregúntenselo, si no, a los parientes y amigos de la Pepa Gaitán, o a los de Pelusa Liendro, Daniel Zamudio y tantos y tantas otros y otras cuyos nombres ya se hace casi imposible de enumerar. Al menos Valeska Salazar la puede contar, pero cuántos y cuántas no han corrido la misma suerte. Octavio Romero, por ejemplo, no.
La homofobia, esa execrable versión del machismo más rancio, sigue matando y muchas veces de modo impune. Incluso hay estados que matan por homofobia. U homófobos que asesinan alentados por ciertas corrientes religiosas. Me contaban, hace unos días, el caso de Brasil, donde los asesinatos de odio contra gays, lesbianas y trans están a la orden del día y ya son tantos que han dejado de ser noticia. Solamente en 2011, la Secretaría de Derechos Humanos de ese país registró 1.259 denuncias de violencia contra homosexuales, las cuales incluyen episodios de violencia física, sexual, psicológica e institucional. Pero más escalofriantes son los 266 asesinatos de homosexuales que se han registrado en ese mismo período. Como si esto fuera poco, los evangélicos ya no se contentan con alentar este tipo de crímenes desde los púlpitos, sino que han crecido de manera alarmante en poder e influencias, al punto de tener una fuerte presencia en el Poder Legislativo. Tanto que la misma presidenta Dilma Rousseff ha claudicado en su prédica a favor de los derechos humanos y ha dejado al colectivo LGBT brasileño librado a su suerte, tan necesitada como está de mantener una buena relación con los dipu-evangélicos. Así es como, casi a diario, los asesinatos homofóbicos se repiten y nadie hace nada... Perdón, nadie hace nada, no. Porque las distintas iglesias brasileñas se han manifestado multitudinariamente en diversas oportunidades EN CONTRA DE LA APROBACIÓN DE UNA LEY QUE PENALICE LA HOMOFOBIA. Y entre tanto, los muertos se amontonan. Personas a las que se les arranca la vida de la forma más horrorosa. Hablamos de empalamientos, decapitaciones y mutilaciones varias que suelen llegar luego de crueles y demoníacas vejaciones.
¿Y cuál es el argumento que esgrimen estas instituciones para marchar contra una legislación que proteja especialmente la integridad de las personas LGBT? La libertad de expresión. Así como lo leen: porque los ciudadanos tienen derecho a “expresar su pensamiento ‘filosófico’, amparados en la libertad constitucional de expresión”. ¿Alguien puede, honestamente, oponerse a una ley que criminalice la homofobia con tan pueril argumento? ¿Arengar a la gente con discursos en los que se degrada la dignidad de gays, lesbianas y trans, mostrándonos como seres que merecemos la peor de las muertes, es un legítimo ejercicio de la libertad de expresión? Esta gente no tiene límites y ni siquiera repara en el hecho de que su prédica ya ha comenzado a dar señales de descontrol. Es que cuando uno tira tiros al aire nunca se sabe dónde va a bajar la bala. Entonces sucede, por ejemplo, que en Bahía dos hermanos fueron brutalmente golpeados por ir abrazados por la calle. La sola sospecha de homosexualidad bastó para que un grupo de cobardes matones, muy machitos ellos, se creyeran con derecho a insultarlos, patearlos, golpearlos, arrojarles piedras y acuchillarlos, mientras les gritaban “¡Mujercitas!”, entre risas y festejos. La macana (para los matones, digo) fue que solo uno de los dos hermanos murió. El otro sobrevivió a la agresión y pudo denunciarlos. ¿Será este un caso aislado? ¡Por supuesto que no! Tiempo atrás, un padre y su hijo cometieron el error de ir por la calle abrazados y también fueron atacados salvajemente, quedando al borde de la muerte. Ambos casos lograron gran repercusión en los medios de prensa, justamente, porque las víctimas no eran gays. O sea, no eran culpables de andar por la calle manifestando su repugnante desviación.
Pero en todos lados se cuecen habas. No vaya usté a creer...
El lunes pasado (sí, el 6 de agosto), en Bruselas, un hombre que paseaba a su perrito empezó a ser insultado por otros tres, obviamente con epítetos homófobos. El agredido no se animó a enfrentarlos y caminó hacia su casa. Pero, hete aquí, que los truhanes lo siguieron hasta su domicilio sin dejar de insultarlo, ante la mirada impávida de los demás transeúntes. Ya en la puerta de su hogar, mientras intentaba colocar la llave en la cerradura con mucho nerviosismo, el hombre fue empujado por uno de los agresores, con lo cual cayó al suelo y empezó a ser pateado por los otros dos. Viendo la escena, su compañero salió en su ayuda y enfrentó a la turba, recibiendo también una golpiza que lo dejó en tal estado que debió ser hospitalizado. Solo uno de los atacantes fue capturado (un tipo de 35 años que ya tiene otras ¡22! causas por delitos similares). De nuevo la misma pregunta: ¿Será este un caso aislado? Y exactamente la misma respuesta: ¡Por supuesto que no! Hay casos peores.
En Bélgica todavía no se deciden: ignoran si en los últimos tiempos los ataques homofóbicos se han multiplicado o es que sencillamente ahora los atacados hacen más denuncias. Será acaso que, tiempo atrás, el novio del hombre del perrito habría ido al hospital diciendo que “se había golpeado con el picaporte de la puerta”.
A mediados de julio, en la ciudad de Lieja, un gay fue asesinado a martillazos. El autor confeso dijo en su defensa que lo había asesinado “por venganza”. Según la prensa local, la víctima era un sexagenario sin domicilio fijo y su cadáver fue descubierto en el parque de Avroy, conocido sitio de levante gay de la ciudad. El hecho fue reportado a la policía por un amigo del victimario, al cual este le había confesado su crimen de manera inmediata. El homicida (también de 35 años) fue detenido e interrogado esa misma noche y de ninguna manera disimuló el carácter homófobo y premeditado de sus actos al declarar que lo había hecho porque “el viejo me la quería chupar”. Además, amplió sus dichos confesando que se la tenía jurada a todos los homosexuales porque “había sido violado por uno, hace un año, en el mismo parque”. Lo extraño es que nunca había hecho denuncia de esa supuesta violación y al ser interrogado no fue capaz de dar detalles del suceso. Pero más extraño es que una persona se pasee de noche por un parque público, donde se ofrece sexo, con un martillo en la mano. ¿Es demasiado descabellado suponer que, desde el vamos, el tipo ya tenía la idea de matar al primer puto que le hiciera una insinuación?
En la misma Lieja, el último 22 de abril, un grupo de gays locales empezaba a distribuir en las redes sociales el aviso de desaparición de Ihsane Jarfi, de 32 años. Ihsane había sido visto por última vez en la puerta de un bar gay, cuando subía a un auto desconocido. Dos semanas después, su cuerpo sería encontrado en un campo lindante a una ruta poco transitada. La autopsia determinaría que el joven había muerto a causa de la terrible golpiza recibida. Pocas horas después del hallazgo del cadáver, la policía arrestaba al primer sospechoso. El muy idiota, afortunadamente, había estado mandando mensajes de texto a sus amigotes desde el celular de Ihsane. En la sala de interrogatorio, sus declaraciones fueron más que risibles, si no hubiera una muerte de por medio. Dijo que, la noche de los hechos, estaba con dos amigos en la puerta del bar, “tratando de convencer a una puta para que se fuera con ellos”. Como ella no accedía, Ihsane había salido en su defensa y se había ¡“ofrecido a suplantarla”!, con lo cual ellos estuvieron de acuerdo. Ahora bien, una vez dentro del auto, Ihsane empezó a hacerles “proposiciones indecentes” (¿para qué otra cosa pudo haber subido al auto?), por lo que los muchachotes montaron en cólera y lo apalearon para dejarlo finalmente abandonado en el campo antes mencionado. En su defensa, tanto él como sus cómplices, aluden que al momento de dejarlo en el descampado el joven estaba vivo. Asesinos pero no tontos: los tres fueron acusados por robo violento, secuestro y lesiones graves que originaron un homicidio culposo. Eso sí, el carácter homófobo de la agresión podría constituir una circunstancia agravante. Al respecto, la organización Arco Iris Valonia (en referencia a la región belga cuya capital es Lieja) ha expresado su repudio respecto de este asesinato: “La homofobia está al mismo nivel que el racismo, un fenómeno grave que debe ser tomado en serio y no debe ser subestimado por los poderes públicos”. Además, reclamaron un plan nacional de lucha contra la discriminación y la homofobia.
Y así podríamos seguir y seguir. Porque los casos de homofobia no son patrimonio exclusivo de Brasil o de Bélgica. Estos son apenas unos pocos ejemplos de lo que sucede en todo el mundo. ¡Si hasta en los Juegos Olímpicos hubo un caso de homofobia contra uno de los integrantes del equipo británico de saltos ornamentales!
Nosotros, en Buenos Aires (ya que no en toda la Argentina) gozamos del raro privilegio de integrar una sociedad en la cual no está demasiado bien visto eso de la homofobia. Pero a no engañarse que, de todos modos, los homófobos porteños son como las brujas: no existen pero que los hay, los hay. Es justo decir, sin embargo, que el problema de la homofobia en Argentina (legislación mediante) está lejos de ser comparable con los casos de Brasil, de México, EUA u otros países donde la vida de un gay vale menos que la bala que les quita la vida. Aunque como tal (como problema) requiere soluciones y, en tanto éstas no se implementen, salir del armario va a seguir siendo una decisión, muchas veces, kamikaze.
Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la lluviosa y siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, aun sin sorprenderse, puede comprender las razones por las cuales incluso un astro pop de alcance internacional siente temor de mostrarse ante el mundo tal cual es. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
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