Mostrando las entradas con la etiqueta Derechos Humanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Derechos Humanos. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de septiembre de 2020

Tengo miedo, Torero

Las locas llevan en su misma esencia la temeridad. La temeridad de ser quienes son sin condiciones. No conocen otro modo y quienes escondemos bajo la alfombra varias cobardías sabemos venerarlas.

lunes, 27 de enero de 2020

La Edad de las Locas


La edad de las locas es una manera interesante de inadaptación social. “Un homosexual está desplazado”, escribe Didier Eribon, “en todos los sentidos de la palabra”. Una capacidad de engañar al calendario de la desdicha profetizada. O de reírnos de la dignidad que nos toca asumir dentro de alguna institución egregia, como un juez supremo que desfiló con un turbante a lo Garbo en la intimidad de un cuarto de hotel, simulando peluca señorial. No en balde durante la dictadura engañábamos a la cana simulando ser artistas de varieté. Nadie más listo que nosotras en el oficio de revelar el lado absurdo de las situaciones y la pedorrada de los roles. Es que por obra de la inadaptación originaria comprendemos mejor que otros la ironía inagotable de la fatalidad; un saber que nació apenas advertimos de chiquitos que no hay acontecimiento feliz que no esté habitado ya por la muerte. Que en medio de la algarabía de la mesa familiar está escondido el cadáver de un niño, el nuestro. Y que llegará el momento de desenterrarlo, porque nos acompañará siempre.



viernes, 22 de septiembre de 2017

Tacle irlandés


"Todos tenemos algo de lo que nos avergonzamos. El recuerdo de un momento tan bochornoso que no sabemos si algún día podremos superarlo. Un momento que sigue desvelándonos a las cuatro de la madrugada. 'MARICA'... Cuando ocurrió mi momento terrible tuve miedo. Tuve miedo porque perdí al único amigo de verdad que jamás había tenido. La gente hace cosas malas por miedo".

viernes, 1 de septiembre de 2017

El leproso del aula


Cursaba la dictadura y yo el colegio religioso, detrás de cuyos muros se vivía una cotidianidad apacible en la que la muerte, las desapariciones y el programa de destrucción de la economía, basado en la toma ilimitada de deuda, no tenían entidad, no tenían nombre, ni algún otro sentido para nosotros que no fuera dado por los medios de comunicación en manos de los grandes depredadores ni, por tanto, en la familia burguesa. Las hostias y las caricias del señor B, ese rector que años después debió responder por abuso sexual, encarnaban en el alumnado lo real siniestro del país. Éramos impermeables a la catástrofe extramuros. Hasta que una tarde el silencioso chico Vázquez pronunció en la clase de religión la palabra pobreza, en relación a las villas miseria. Villas miseria y la opción del cristianismo por los siempre olvidados. La Biblia Latinoamericana, según ellos un engendro marxista, se coló en la respuesta indignada del profesor y en la mirada aterrada de todos nosotros. Vázquez estaba infectado de alguna horrible verdad. Como si se hubieran roto los vidrios de las ventanas entró el lenguaje como un ángel a confundir al alumnado, trajo con la verdad el pensamiento, y con este el acuerdo y el desacuerdo. Por un momento el colegio se sustrajo al desierto y arrojó luz sobre las fosas comunes y el ajuste eterno sobre los desposeídos. Si hubo alguien que quiso mantenernos en la oscuridad fue aquel profesor que se negaba a mencionar a los pobres como hoy el poder pretende que los docentes hagan en relación a la desaparición forzada de Maldonado. En aquel momento, como en este, pretendieron que los derechos humanos no tenían relación con la educación de los chicos. Ojalá que en nuestras escuelas crezcan más leprosos que piensen y no se callen lo que piensan.


Novelas de Carlos Ruiz Zafón