martes, 17 de enero de 2012
martes, 3 de enero de 2012
La Canción de Palito
Qué bueno empezar el año reflexionando y recordando. Por más que los recuerdos no siempre sean gratos y las reflexiones puedan resultar merecedoras de un silente manto de piedad antes que de un sitio privilegiado entre los hitos de la memoria.
Recién retornado a Buenos Aires, después de haber recibido el año frente a la bahía de Valparaíso y sus majestuosos fuegos artificiales, una de las primeras cosas que leo, al entrar en internet, es el testimonio de un querido amigo en el destacable blog Boquitas Pintadas, que heroicamente resiste los embates homofóbicos de un medio tan conservador como lo es el diario La Nación. En dicha publicación, Roberto nos cuenta cómo vivió la relación con su familia frente a la incuestionable certidumbre de su homosexualidad. Obvio que recomiendo la lectura del artículo, no solo por presentar una parte de la vida de un amigo, sino también por considerarlo de importancia para todas aquellas personas que pudieren estar atravesando una situación similar o no lograren superarla.
Mientras leía, soslayando los detalles, mi mente entraba en sintonía con una cincuentenaria canción de Palito Ortega (Ay, Rober, mirá las cosas extrañas que generás). La canción de marras, que ha de tener más o menos mi edad y la de mi amigo, empezaba diciendo “A mí me pasa lo mismo que a usted...” con una melodía sumamente intimista, tan bella que hasta me ha hecho dudar en muchas ocasiones acerca de su autoría. Se me hace que todo aquel que pueda recordar el primer alunizaje ha de saber a qué canción me refiero.
Y por cierto que la asociación es pertinente y para nada antojadiza. Si bien todas las historias de vida son únicas e irrepetibles, no es menos cierto que hay hilos conductores que nos emparentan, al menos en el padecimiento.
Tal vez ya haya contado en estas páginas la historia referida a mi salida del armario frente a mi familia. Pero como “el público se renueva” (ML dixit) no viene mal repetir anécdotas. Sobre todo cuando cabe la posibilidad de agregar algún detalle valioso o interesante omitido anteriormente.
Yo no tuve necesidad de decirle abiertamente a mi vieja “soy gay”. Ella era lo suficientemente zorra como para advertirlo sin que nadie se lo tuviera que decir. Pero como buena zorra, durante años permaneció en silencio y mostró las garras cuando creyó que era el mejor momento. El único antecedente que recuerdo acerca de una mención en el seno familiar acerca de mi sexualidad estuvo a cargo de mi hermano mayor. Yo tendría unos diez años y ya era un chico raro. Los potreros, el fútbol, las figuritas y todas esas cosas tan característicamente “chongas” para los niños de aquellos tempranos años de la década del sesenta me eran total y absolutamente ajenas. Lo mío era sentarme en el zaguán de mi casa a leer las revistas de Mafalda y... bueno... es hora de que lo confiese (si es que la memoria no me falla y no lo hice ya anteriormente)... Lo mío era leer a Mafalda y jugar con las muñecas de mi prima, sobre todo con una que era mi preferida y estaba vestida de monjita (panzada para los sicólogos). Será por eso tal vez que un día, en alusión a mis protestas por ser obligado a hacer tareas de hombre cuando apenas era “un proyecto de hombre” (sic), mi hermano reforzó la idea recalcando entre risas que no todos los proyectos terminaban en hechos. Muy sutil lo de mi hermano. Pocos años más tarde, cuando él ya se había ido a causa de un cáncer que lo fulminó en apenas seis meses a la edad de veintidós, recordé la anécdota y quise suponer que había sido un guiño por parte de mi hermano para decirme “está todo bien”.
Claro que mi vieja no fue tan sutil. Y mucho menos comprensiva. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer:
Año ’81, febrero o marzo, llego a casa y ella me intercepta apenas transpongo la puerta de entrada. “Hijo, tenemos que hablar” me dice con tono apesadumbrado que ya anunciaba tormenta, (que ella me llamara “hijo” era igual a que Doña Florinda llamara “Federico” a Quico). Sin decir más, me llevó hasta la cocina, me hizo sentar y me preguntó con voz de ultratumba: “Hijo, ¿vos sos homosexual?”.
Yo siempre había sabido que lo era. Aun cuando no tenía idea de que existiera la palabreja ni de su significado. Lo supe desde que empecé a tener sueños húmedos con Walter Valdés, el malandra de la escuela por el que suspiraban todas las quinceañeras... y yo. ¡Si hasta llegué (en mi infinita inocencia de diez u once años) a rogarle a Dios que me convirtiera en mujer para poder tener alguna oportunidad con él! ¿Pueden creer semejante fantasía trans en un pre púber? Luego mis deseos pasaron a otros chicos, hasta que por fin fui correspondido.
El caso fue que mi señora madre me puso entre la espada y la pared y, a los 19 años, tuve que “confesar” y esa confesión desató una de las reacciones más absurdas que pude ver en mi vieja (una mina que siempre se mantuvo fría a la hora de afrontar los problemas). Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer: se tomó de los pelos y empezó a gritar “¡Qué me hiciste! ¡Qué me hiciste! ¡Qué me hiciste! ¡Qué me hiciste!”. Se me ocurre que, ya por entonces, corría por mis venas una gotita de sangre militante y ese ME me indignó. Más que nada porque yo no comprendía (y en realidad todavía no comprendo cabalmente) de qué se me estaba acusando. ¿Qué podía yo haberle hecho A ELLA teniendo relaciones con chicos y no con chicas? (si algún sicólogo lee esto y tiene ganas de aclarármelo, lo agradeceré grandemente). Lo concreto fue que se desató allí una discusión descarnada y cruel, de la que tiempo después llegué a arrepentirme, y que terminó con una súplica de su parte: “Lo único que te pido es que no me los traigas a casa”... Y terminó allí porque ya mi odio alcanzaba su zenit, entremezclado con el amor que se negaba a desvanecerse. Me puse de pie, di un portazo y no volvimos a hablar del asunto NUNCA MÁS. Ni siquiera años después, cuando la vida me llevó al amor de una mujer maravillosa con la que tuve la dicha de tener tres hermosos hijos y a la cual me sigue uniendo un afecto infinito, a pesar de que el matrimonio no haya funcionado.
El caso de mi viejo fue más increíble. Conocedor sin dudas del “intercambio de ideas” con mi vieja, él optó por hacer mutis por el foro. Nunca dijo nada, ni una alusión tangencial, ni una indirecta... Nada... Hasta que una noche de navidad, bajo los efectos del alcohol, uno de sus mejores amigos se fue de boca y me puso al tanto de todo lo que el viejo decía a mis espaldas. Un horror. UN HORROR.
Mi otro hermano (no el que mencioné anteriormente, ése no llegó a ver concretadas sus sospechas) tampoco dijo nada. Pero nada de nada. Estuvo años sin dirigirme la palabra. Pero como la muerte de los padres suele traer como consecuencia que los herederos deban ponerse de acuerdo en qué destino se les dará a los bienes transferidos, cada vez que me habla y aprovecha para reclamar algo del pasado utiliza la misma fórmula: “Vos decidiste hacer tu vida y yo no me metí”. Huelgan los comentarios. Tal vez me atrevería a resaltar en este caso cierta envidia de su parte: porque yo sí me animé a “hacer mi vida” (pagando los costos, por supuesto) y a elegir y a optar por la búsqueda de la felicidad, estuviere donde estuviere y fuere lo que fuere.
El cuadro familiar se cierra finalmente con mi hermanita menor (la hija de la vejez, veinte años menor que yo). Ella siempre dijo respetar mis “elecciones de vida”, hasta que un día, en medio de una discusión doméstica, aludió al tema de mi sexualidad diciendo que yo no era el hermano que ella habría soñado y que cómo le explicaba ella a las mamás de los otros nenes del jardín que sus hijos tenían dos tíos en vez de un tío y una tía. Ups, eso dolió y todavía duele, más que todo lo que hizo y dijo el resto de la familia. Sin embargo, dejo constancia de que mi hermanita querida (y esto carece por completo de ironía) fue la única que reconoció su exabrupto y me pidió perdón (reiteradas veces), dejando al descubierto mis propias ruindades.
En apenas veintitantos días cumplo los cincuenta, como mi amigo Roberto, y me queda la certeza de que uno resiste mucho más de lo que se imagina. Basta con ponerse una armadura y hacer de cuenta que no ve las abolladuras que van apareciendo con el correr de los años. Obvio que mejor sería ser uno mismo y ponerle el pecho a las balas pero... ¿qué ser humano podría bancarse semejante tiroteo?
Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la infernal y misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que se ha pasado la vida poniéndose el yelmo pero cantando también la canción de Palito... que nunca está de más el abrazo y la comprensión de ese al que le pasa lo mismo que a uno.
Aunque no sea lo mismo pero sea igual...
martes, 13 de diciembre de 2011
¿Ustedes son trezidavomartiofóbicos?
Jajajaja... Supongo que la mayoría de las personas que reciban esta pregunta se encontrarían en un serio aprieto. Yo hubiera sido una de ellas hasta hace tan solo un par de horas.
Aunque les parezca ridículo... perdón, corrijo... aunque SEA ridículo, ¡existe una palabra para designar a la fobia contra los MARTES 13! Esta es "trezidavomartiofobia". Y no es la única en su tipo: también tenemos "tocaidecamestafobia" para los que le tienen inquina al VIERNES 13 ó "triscaidecafobia" para los que tiemblan en presencia del mero numerito equivalente a 10 más 3. Se nota que también en el ámbito de la lengua hay gente que no tiene mucho qué hacer.
La información llegó a mi conocimiento a raíz de una repentina (e idiota) curiosidad por saber de dónde ha salido la superstición contra el martes 13, día que ha comenzado hace poco menos de cuatro horas (está claro que yo también puedo estar muy al gas para ponerme a escribir estar idioteces a estas horas de la madrugada).
Las viejas de la familia solían repetir aquello de "En martes 13 no te cases ni te embarques" y ahora vengo a caer en la cuenta de que era una versión libre de la verdadera (un poco más rimada): "En 13 y martes / no te cases ni te embarques". Es que las viejas de antes no eran dadas a la pureza poética.
Según Wikipedia, el número trece fue considerado como de mal augurio ya desde la antigüedad. En la Última Cena, había doce apóstoles y Jesús y, como la gente es ladina y siempre trata de acomodar las cosas a su conveniencia, se considera a Judas (el malo de la historia y no otro) como el número 13. Por otro lado, la Cábala enumera a 13 espíritus malignos, al igual que las leyendas nórdicas. En el Apocalipsis, su capítulo 13 corresponde al Anticristo y a la Bestia. También una leyenda escandinava cuenta que, en una cena de dioses en el Valhalla, Loki, el espíritu del mal, era el 13° invitado. Y como si todo esto no fuera prueba suficiente: en el Tarot, este número hace referencia a la muerte. Con semejantes indicios, ¿quién que esté en sus cabales podría no transformarse en un triscaidecafóbico de fuste?
Claro que si se trata de justificar el pánico hacia la combinación del numerejo con el día martes, la cosa se pone un poco más peliaguda.
Parece ser que la fobia por los días martes surgió por culpa de los turcos, que no tuvieron mejor idea que conquistar Constantinopla un día MARTES 29 de mayo de 1453. ¡Vamos!, que la culpa también podría ser de los bizantinos, por dejarse conquistar también en la misma fecha, ¡qué joder!. Encima, el martes es el día dedicado a Marte, el dios romano de la guerra, la destrucción, la sangre y la violencia. Ahí sí tenemos un punto más o menos importante. Pero la cosa vuelve a hacer agua cuando le hacemos caso a la leyenda que dice que un martes 13 se produjo la confusión de lenguas en la Torre de Babel. Con tanto bolonqui lingüístico, bien podrían haberse confundido de día ¿no?
Obvio que la persona que escribió el artículo de Wikipedia no se privó de nada y agregó una nutrida sección de "curiosidades" (con la prudente aclaración que reza: "Las secciones de curiosidades deben ser evitadas", a partir de lo cual podemos concordar en que ¡todo esto es un terrible y gran disparate!):
- Los antiguos egipcios consideraban que la 13ª fase del ciclo de la vida era la muerte; esto es, la vida después de la muerte, que pensaban que era una vida ideal y mejor.
- La carta de la Muerte en una baraja de tarot es la número 13, aunque en este caso representa la transformación, el cambio.
- Algunos edificios omiten el piso 13, saltando del piso 12 al 14 para evitar la angustia de los triscaidecafóbicos, o utilizando en su lugar 12A y 12B. Esto también se aplica en ocasiones a los números de las casas o habitaciones (como, por ejemplo, en los hospitales).
- Lo anterior también es válido para las filas de asientos en los aviones. Los aviones de la compañía aérea española Iberia, los de la italiana Alitalia y la panameña Copa Airlines no tienen en su numeración dicho número: la fila que sigue a la 12 es la 14.
- Algunas ciudades se "saltan" la 13ª Avda. No es el caso de Sacramento, California, que tiene una intersección donde se cruzan la 13th Street y la 13th Avenue.
- El compositor Arnold Schoenberg padecía triscaidecafobia. Irónicamente, nació y murió el día 13 del mes, a la edad de 76 años (7 + 6 = 13).
- El álbum musical Room for Squares, del compositor y cantante norteamericano John Mayer, consta de 14 pistas, aunque la 13ª es de 2 segundos de silencio (el mínimo de duración de acuerdo a los estándares) y no aparece en la carátula del álbum.
- El álbum Alivio de luto, de Joaquín Sabina, tampoco presenta este número: después de la pista número doce viene la pista "+uno".
- Todos lo discos de la banda uruguaya No te va gustar carecen de una pista número 13, pasando directamente de la 12 a la 14.
- El avión caza alemán desarrollado tras el He 112 fue designado He 100 para evitar la designación He 113, la cual se consideraba desafortunada, puesto que Adolf Hitler era triscaidecafóbico.
- En los Estados Unidos, nunca ha existido un caza denominado F-13, dado que muchos pilotos son supersticiosos.
- La compañía Renault ha contado, a lo largo de su historia, con una serie de modelos numerados. Desde el Renault 3 al Renault 25, existen modelos con todos los números, excepto con el 13.
- Ángel Nieto fue campeón del mundo de motociclismo en 13 ocasiones, pero él siempre hace referencia a que lo fue en 12+1 ocasiones.
- En la mayoría de las competiciones de automovilismo y motociclismo no se asigna el número 13 a ningún participante.
- El programa de diseño gráfico CorelDRAW cambió la numeración al llegar a la versión trece, denominándola CorelDRAW X3 (donde la X representa el 10 en números romanos). De manera similar, el paquete Microsoft Office pasó de la versión 12 (Office 2007) a la 14 (Office 2010); según declaró Jensen Harris, Lead Program Manager para el Microsoft's Office User Experience Team, el 13 fue omitido debido a la aversión por dicho número.
- WinZip no sacó una versión número 13 de su programa, pasando directamente de la 12 a la 14.
- En la actualidad el sistema de Metro de Madrid tiene 12 líneas, y la próxima en ser puesta en servicio será la línea 14, evitando el número 13.
O sea que, ya saben, si se están comiendo el decimosegundo huevo frito, ¡DETÉNGANSE! El próximo les podría provocar un fatídico ataque de hígado.
Esto es todo por hoy. Desde las cálidas y siempre misteriosas callecitas de la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, después de haber leído esta sesuda investigación, se alegra de vivir tan solo en un tercer piso, de que en Buenos Aires haya solo seis líneas de subte, que sus calles no sean numeradas y todas esas bobadas que parecen ser tan importantes, je.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Diego Rivera - 125 años
Uno de los pintores más grosos de la historia de la humanidad. Vale la pena entrar en Wikipedia para saber un poco más sobre Diego Rivera, su obra y su pensamiento.
Hoy se cumplen 125 años de su nacimiento y bien se merece el recuerdo.
miércoles, 7 de diciembre de 2011
La Biblia y el Calefón - La historia jamás contada
El texto que sigue no me pertenece e ignoro quién pudo haberlo escrito. Pero nos plantea una situación bastante peculiar, sobre todo para los amantes del tango como yo. No sé qué grado de verdad tenga esta crónica pero ciertamente no me parece descabellada y, de ser cierta, añade aun más brillo a la genialidad de Enrique Santos Discépolo.
Se habla de ello y la mayoría no sabe de qué se trata:He aquí la historia de un hecho de la vida cotidiana, que acontecía en la ciudad de Buenos Aires –no sé si en otros lugares pasaba o no–, y que explica el porqué de la aparentemente surrealista asociación de la Biblia junto al calefón que aparece en el tango "Cambalache", cuyas letra y música fueron compuestas por Enrique Santos Discépolo en 1935.La historia tiene relación con los baños, la higiene personal y la forma de realizarla; y como no se me escapa que algunos lectores pueden ser jóvenes y pueden no haber conocido otro tipo de baños que los que se estila usar en la actualidad al menos en el mundo occidental y cristiano, voy a recordar primero un par de datos que considero necesario sean tenidos en cuenta.Los baños que conocemos y que en algunos lugares son llamados 'completos', es decir, los que constan como mínimo de retrete inodoro, lavabo y ducha (algunos exquisitos, como el irresponsable que escribe, exigen que además tenga bidet –artefacto desconocido en muchos sitios–) son relativamente nuevos.Hasta finales del siglo XIX se utilizaban bacinillas (también llamadas ‘tazas de noche’), cuyos contenidos eran arrojados por las ventanas al grito de "agua va"; y antes aún, letrinas, que solían estar en los fondos de las casas. En Buenos Aires coexistieron bacinillas y letrinas hasta principios del siglo XX, época en que las familias ‘acomodadas’ comenzaron a instalar baños.Luego el uso de baños se generalizó y se empezó a construirlos en todas las viviendas, aun en las más modestas. El sencillo 'miniambiente' constaba al menos de retrete y lavabo y si los lujuriosos dueños de casa gustaban de practicar la morisca costumbre de lavarse todo el cuerpo más o menos seguido, y si además tenían medios económicos suficientes como para costearse ese capricho, los baños también tenían una ducha. Claro, si había una ducha era necesario calentar el agua, así que al lado de la ducha se instalaba un calefón.Sin embargo, el papel higiénico tardó en obtener su carta de ciudadanía para poder trabajar en limpio en estas sucias tierras y aun cuando apareció era bastante caro y no estaba al alcance de todas las familias, las cuales se veían obligadas a utilizar para esos fines sanitarios el vulgar papel de diario o, en su defecto, cualquier otro. Por supuesto, eran muy estimados los papeles más sedosos, así que los sufridos usuarios trataban de conseguir en las verdulerías y fruterías los papeles con los que venían envueltas las manzanas y otros productos de campo. Otro muy apreciado era el llamado ‘papel biblia’, especialmente delgado y suave.Ahora bien, ya por entonces existía la Sociedad Bíblica, una de cuyas misiones parece ser la de difundir la Biblia protestante, para lo cual regalaba ejemplares del sagrado libro –en la actualidad, lo sigue haciendo–.Pues, muchos de los habitantes de Buenos Aires deben de haber parecido devotos creyentes, ya que aceptaban de continuo esas gentilezas, y que siendo mayoría la grey católica, lo mismo pasaban y retiraban la biblia protestante tantas veces como sabían que la Sociedad las tenía en obsequio en las calles, plazas o en su sede central .Sin embargo, cuentan los hombres dignos de fe (aunque Alá sabe más) que quienes obtenían esas Biblias les perforaban una tapa y las colgaban de un gancho de alambre, al lado del calefón, cerca del retrete, e iban arrancando las suaves hojas para usarlas como papel higiénico.En este hecho se habría inspirado Enrique Santos Discépolo para decir con elegancia propia de un grande:Igual que en la vidriera irrespetuosade los cambalaches se ha mezclao la vida,Y HERIDA POR UN SABLE SIN REMACHEVES LLORAR LA BIBLIA JUNTO AL CALEFÓN.
Esto es todo por hoy. Desde las cálidas callecitas de la siempre mágica y misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que se sentiría muy feliz si alguna de las personas que pasan por este blog tiene algún conocimiento que pueda echar luz sobre este asunto tan pintoresco.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Ascos, asquitos y asquetes
Mientras fui chiquito (que yo también lo fui alguna vez) mi vieja se cuidó mucho de decir malas palabras. Incluso se enojaba cuando era yo quien, por error o no, las decía. Pero con el paso del tiempo, la costumbre se fue relajando y, poco a poco y sin que a nadie le llamara la atención, los “carajo” y los “mierda” pasaron a formar parte del diálogo cotidiano. Aun así, no sería justo decir que fuera mi madre una gran puteadora, como creo que tampoco lo soy yo. Pero lo cierto es que puedo recordar con claridad cuál fue la primera frase “relajada” que le escuché. En relación a una señora que parecía muy estirada, dijo: “Esa es de las que le tienen asco a la propia mierda”.
Recordé la anécdota días atrás.
Como gran admirador de Antonio Gasalla, había puesto Telefé para disfrutar el regreso de “La Abuela” al show de la inefable Susana Giménez, programa que de otra manera no representaría una opción a la hora de elegir algo con qué entretenerme en la televisión. Y así fue como me convertí en espectador directo de la anécdota lamentable que ya todas y todos conocerán: ante la negativa de la “diva” a reincidir en el plano amoroso, la Abuela lanza la frase “Te vas a hacer lesbiana, Susana”, a lo cual la rubia responde con un horrorizado y estridente “NO, ABUELA, ¡QUÉ ASCO! ANTES LA MUERTE”. Y, automáticamente, no sé por qué me acordé de la frase de mi vieja. ¿Por lo del asco será?
La escena fue fuerte. Semejante exabrupto en referencia a un judío (por ejemplo) hubiera desatado una batahola de reclamos y de cuestionamientos, se hubiera hablado durante semanas hasta en los programas de chimentos y tal vez hubiera merecido algún tipo de intervención judicial. Recuerdo, sin ir más lejos, las importantes repercusiones que tuvo su desafortunada “El que mata tiene que morir”. Sin embargo, en este caso en el que la ofensa iba dirigida contra la parte femenina de la comunidad LGBT, tuvimos que contentarnos con algún que otro reporte en los programas de archivos (que en general se limitaron a tomar para la chacota la previsible vacuidad cerebral de la conductora), con alguna somera referencia en algún matutino y con un artículo algo controversial en el sitio de TN escrito por Osvaldo Bazán. Claro que también la FALGBT hizo escuchar su voz, como le correspondía en función de su carácter de defensora de los derechos de nuestra comunidad. Desconozco si la CHA emitió algún documento semejante.
En los foros y los muros de Facebook también hubo alguna repercusión pero nada remarcable. Extraño. Sobre todo si tenemos en cuenta que, entre los comentarios vertidos, no fueron pocos los que pretendían quitar importancia a las manifestaciones de la rubia o incluso justificarlas. Todo en nombre y defensa de la libertad de expresión. Ni siquiera faltó quien buscara el justificativo por el lado de “le da asco SER lesbiana, no LAS lesbianas”, ¡lo cual me parece un insulto a la inteligencia de quienes pudimos leer semejante despropósito! Si le da asco ser lesbiana, es porque le dan asco las lesbianas. No hay manera de verlo de otro modo. A mí me da asco la mierda justamente porque es mierda, pero si una señora me invitara a la cama, hoy por hoy, declinaría amablemente su propuesta porque sencillamente mis gustos van por otros andariveles. Respeto la elección sexual de todo el mundo pero la de esta señora no la compartiría. Hay diferencia ¿no? ¿O eso es lo que Su Giménez llama asco?
Para algunos, no es tan reprobable decir que las lesbianas son seres repugnantes. Para otros, los que estamos en falta seríamos, paradójicamente, quienes salimos al cruce aseverando que el mensaje de Su es un mensaje de odio y altamente discriminativo. Para estas gentes, nosotros somos INTOLERANTES.
Y es aquí donde la cuestión empieza a hacerme ruido realmente.
Yo creo fervientemente en la libertad de expresión. Pero no me parece que pueda ser utilizada para justificar cualquier cosa. Mucha gente en los últimos años ha hecho uso y abuso de su derecho a expresarse, llegando a veces casi hasta la apología de algún delito. Por citar solo algunos ejemplos, se la ha escuchado a la misma Susana pidiendo mano dura, a Duhalde reclamando a favor de los que quieren a Videla, a su señora esposa acusándonos de complicidad con los traficantes de bebés, a Negre de Alonso diciendo que el matrimonio igualitario solo incentivaría el tráfico de esperma... y la lista de iniquidades sigue y sigue. En cada uno de esos casos, no era el derecho de las personas a decir lo que pensaban lo que estaba en juego (eso se da por descontado en un sistema democrático) sino los efectos que tales aseveraciones pueden provocar en la vida del ciudadano común. De hecho, cada uno de los mencionados fue fuertemente criticado por la comunidad en general. Nadie tiene por qué callar lo que considera una verdad. Pero no es menos cierto que debe hacerse cargo de las consecuencias de lo que dice o hace. Eslo también es convivencia.
Tolerar es hacer la vista gorda frente a algo que uno considera reprobable. Uno es tolerante con lo que le rompe las pelotas pero, para evitar inconvenientes o males mayores, deja pasar. En cuanto a Su, tolero que ella carezca de los filtros necesarios como para ejercer responsablemente su rol privilegiado en los medios de comunicación. Tolero sus prejuicios, tolero su incapacidad para medir las consecuencias de lo que dice, tolero su desprecio por las personas que asumen una posición diferente ante la vida... En resumen: sus actitudes gozan de mi más amplia tolerancia pero no cuentan con mi respeto más elemental. Sí respeto su derecho a decir lo que se le venga en gana, pero cualquier hijo de vecino sabe que todo acto tiene consecuencias. Y en el caso que nos ocupa, la consecuencia más directa será el enérgico repudio de quien suscribe hacia sus dichos y hacia su ideología mezquina. Sería de mi agrado, no obstante (dado que no imagino a SG afligida por causa de mi enojo)... sería de mi agrado que llegara el día en que tales manifestaciones fueran también pasibles de algún tipo de penalidad por parte de la justicia, en tanto ecos de una cultura machista y prepotente. No me caben dudas de que la discriminación debería ser un delito punible. Sobre todo en casos como estos, en los cuales la “desbocada” resulta ser una persona que maneja un medio de comunicación con mucha llegada entre la gente común, aun entre algunos de los miembros de la comunidad LGBT, quienes (en una especie de síndrome de Estocolmo) se solidarizan con alguien que nos tolera pero no nos respeta. Aunque tampoco deberíamos ponernos en víctimas privilegiadas. Después de su “pedido de disculpas”, de acuerdo a las exigencias de la carta documento librada por la FALGBT, quedó más que claro que su falta de respeto hacia la dignidad ajena no se circunscribe a gays y lesbianas. No de otra manera puede entenderse la frase final: “si todos se ofenden en este país, pronto no se va a poder hablar…”. Claro. Es que personas de la calaña de Susana Giménez jamás van a comprender la conveniencia de callarse la boca. Mientras sigan facturando, todo vale.
Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que sería un poco más tolerante tal vez si, detrás de estos flagrantes mensajes de odio, no se escondiera la justificación para los abusos y las muertes perpetrados en nombre de la moral y las buenas costumbres.
jueves, 24 de noviembre de 2011
LIBERCINE: Festival Internacional de Cine sobre Diversidad Sexual y Género: PROGRAMACIÓN DETALLADA FESTIVAL LIBERCINE BUENOS AIRES 2011
LIBERCINE: Festival Internacional de Cine sobre Diversidad Sexual y Género: PROGRAMACIÓN DETALLADA FESTIVAL LIBERCINE BUENOS AIRES 2011: Gladys, de Rodigo Araya (Documental, 110 minutos, Chile, 2009)
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viernes, 4 de noviembre de 2011
lunes, 5 de septiembre de 2011
Dos viudas en su laberinto
Se dice que es una maldición árabe. Yo ignoro su origen, pero me consta que hay quienes, para desearte lo peor, te enrostran un “ojalá que te enamores”. Y es que el amor resulta una cosa bastante inasible, inabarcable que (en el mejor de los casos) te hará derramar alguna lágrima. Porque si estás enamorado y no moqueás un poco, entonces no estás enamorado. Pero no es del amor de lo que quiero hablar. O sí.
Imaginemos una escena: la señora sexagenaria recibe un llamado telefónico en el que se le comunica que su marido (sexagenario también) acaba de sufrir un infarto y que se encuentra muy grave. Desesperada, sale corriendo hacia el hospital pero, al llegar al nosocomio, se encuentra con que, junto a la camilla en la que trasladan a su consorte, hay una veinteañera desconocida llorando como si fuese de la familia. Lleva puestos solo unos borcegos y un piloto que apenas le cubre las nalgas. ¿Qué hacer en esta situación? Aclaremos que la chica no es un gato ocasional. Hace cinco años que es amante del moribundo y, ahondando un poco en su historia, podremos concluir que lo que la une a él es amor del verdadero. Las normas de la etiqueta indicarían que ella, al ver llegar a la esposa “oficial”, debería dar un paso al costado y desaparecer de escena sin hacer olas. Podría también quedarse allí (opción un tanto menos formal) y defender lo que considera suyo. O apartarse del centro de la escena y quedarse en un costado, esperando el mejor momento para ocupar el sitio que le corresponda. La esposa más “añosa” puede, por su parte, armar un escándalo y echar a la mocosa a patadas de la sala y, a modo de patrón de estancia, marcar territorio (el decoro, las buenas costumbres y el buen gusto desaprobarían que se pusiera a mear las cuatro esquinas de la habitación). También podría la señora hacerse la boba, fingir que no se da cuenta de lo que ha sucedido y suponer que esa muchachita medio en bolas no es otra que una buena samaritana que recogió a su marido en la calle y lo llevó hasta el hospital más cercano.
Cualquiera fuera el caso, lo que nadie podría esperar (ni tolerar) sería que, al morir el hombre que han compartido durante tanto tiempo, ambas mujeres se acercaran y compartieran también el dolor inmenso que las desmorona. Eso diría la lógica convencional que regula, en general, las relaciones humanas. Pero a veces (solo a veces) las cosas no resultan tal como uno espera.
Quienes ya la hayan visto, se habrán dado cuenta de que la historia de la que hablo no es un invento de mi imaginación. Es una versión libre del argumento de “Viudas”, película argentina protagonizada por la Gra Borges y Valeria Bertuccelli en la que las protagonistas no siempre reaccionan como deberían.
Me consta que todavía existe, entre muchas y muchos, cierto prejuicio respecto de las películas nacionales. Se ha transformado en una especie de dogma incuestionable aquello de que el cine vernáculo es aburrido y de mala calidad. No es mi intención refutar tales preceptos porque, en alguna manera y con distinto énfasis a lo largo de mi existencia, supe hacerme eco de esa verdad instalada en la conciencia colectiva. Sin embargo, a mi favor puedo alegar que siempre he sido de los que se rebelan (lo que no es más que una manera elegante de decir que me gusta llevar la contra). Por eso insisto con el cine argentino y, mal que le pese a mi marido (porque no lo dice pero yo sé que me sigue en mis delirios como una forma de contribución a la armonía matrimonial), gracias a ello pudimos disfrutar de verdaderas joyas como “El Secreto de sus Ojos”, film al cual “Viudas” no tiene mucho que envidiarle.
Si me preguntaran, les diría que es una historia increíble. Aunque ese calificativo no es aquí mero sinónimo de “maravillosa” o “estupenda”. Es increíble sencillamente porque (se me ocurre) cualquier persona que haga honores a la sensatez más llana (y de esos y esas hay a montones por estas latitudes) llegará a la conclusión de que es una historia muy poco creíble. Claro que uno siempre tiene el pleno derecho a pasar por alto la opinión de los que solo se dejan arrastrar por su sed insaciable de realismo. En lo personal, cuando leo una novela o veo una película, no me importa si la obra es realista o no lo es. Me contento con que sea bella y eso me basta. Si además tiene un mensaje edificante, ¡cartón lleno!. Pero lo primordial es la belleza.
En ese plano, “Viudas” me pareció una bella película y, a decir verdad, no creo que sea una historia demasiado apartada de la realidad ni mucho menos insensata. En cierta manera, me veo identificado en algunos aspectos con una y otra de las protagonistas. La Borges es una mina fuerte, tal vez fortalecida por los años, capaz de amar y también de odiar (o al menos eso quisiera), sensata hasta la incoherencia. La Bertuccelli es inocente y frágil (o, mejor dicho, ignorante de su propia fortaleza, como la mayoría de los jóvenes), capaz de ver más allá de lo evidente. De otro modo, ¿cómo podría explicarse su amor por un hombre cuarenta años mayor?
Y es que los seres humanos podemos ser así de desconcertantes. A pesar de mi apego por las matemáticas, siempre he sostenido que en la vida no siempre dos más dos es cuatro e historias como estas me reafirman en mis convicciones. ¡Por fortuna! Nada me parecería más decepcionante que llegar a la conclusión de que las personas somos predecibles. En ese sentido, estas viudas parecen actuar sin libreto y obrar de acuerdo a su propia humanidad.
Más allá de mis prejuicios, chapeau a la actuación de la Borges. Esta es la mejor Graciela Borges que he visto y me siento tentado de pispear un poco en su pasado actoral para descubrir lo que, sin dudas, no me he permitido ver en su momento. Tal vez porque también estoy añoso, me hizo emocionar y hasta logró que se me piantara un lagrimón (bueno, está bien, ¡unos cuantos lagrimones!). La Bertuccelli también hace lo suyo y construye una interpretación sólida y potente. Aunque por esta vez me quedo con la presencia que imponen los años.
“Viudas” es una película tan rica que nos permite (en la medida en que cada quien se anime a hacerlo) ahondar en el héroe latente que cada uno es, así como también en el miserable (que suele ser un poco más explícito en la mayoría de los mortales). Y no hablo solo de lo que sucede en la pantalla. Esta es una película ideal para ser disfrutada en un cine antes que en el living de casa. No quiero adelantar pasajes jugosos del argumento, pero la aparición de la mucama provoca reacciones en la platea que, en general, no han sido de mi agrado. Sin embargo, la inclusión de este personaje me resulta invaluable. Una perlita cuyo valor radica precisamente en su “no-necesidad”. Es decir: es un personaje cuyas características no son imprescindibles para el desarrollo de la trama y es por eso que la enaltece. Tal vez no se entienda lo que quiero decir pero estoy seguro de que les quedará muy claro a poco de iniciada la función. La mucama es la única que logra poner negro sobre blanco en los conflictos y me animaría a decir que es la más auténtica de todas las mujeres que integran el reparto. Por más que muchas y muchos lleguen a pensar que lo mío es puro disparate. Es un personaje crudo y sin dobleces, mucho más real de lo que uno pudiera imaginar. Su presencia permite comprender más cabalmente quién era el marido-amante y, sobre todo, es esencial para saber, para descubrir, para sorprender y sacarle la careta al verdadero yo que llevamos dentro. Una de sus intervenciones más potentes: “Yo no soy alcohólica; yo tomo porque estoy vacía”. Pero no es cierto.
De todas maneras, sería un gran error quedarse con la idea de que se trata de una historia triste. Más bien diría que es como la vida misma: a veces dulce y otras amarga, con un balance final que siempre queda al arbitrio de lo que cada espectador ha querido guardar en la alacena. La humanidad es diversa y, mientras unos acumulan los recuerdos más melosos, otros dejan siempre a mano los más avinagrados.
Veanla y después, si quieren, me cuentan.
Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, a fuerza de humanidad, gusta de correr riesgos y, a veces, tiene la suerte de poder disfrutar de las cosas buenas que nos permite la vida.
jueves, 4 de agosto de 2011
Esa Yegua
Miércoles 3 de agosto. Puerta del Registro Nacional de las Personas de Paseo Colón. Larga fila de gentes para tramitar el nuevo DNI. Un señor de mediana edad (unos 55 más o menos) se descompone y cae al suelo. Los que estaban cerca evitan que se golpee y el agente dee la cuadra llama al SAME. El pobre hombre recupera el conocimiento y lo sientan en el suelo contra la pared. Está mareado y pálido, pero no parece grave. Igualmente, el tiempo pasa y la ambulancia no llega. Nadie dice nada pero todos nos preguntamos por qué tarda tanto. Finalmente, llega después de 45 minutos de espera. El médico examina al paciente (más paciente por la tardanza que por el padecimiento) y se lo lleva en la ambulancia.
Otro señor de la fila comenta:
- 45 minutos. ¡Qué vergüenza!
Y la señora que estaba detrás de él derrapa sin pudores:
- ¿Y qué quiere CON ESA YEGUA? -en alusión a la presidente.
- Usted es una ignorante, señora. -la espeta otro señor- El SAME es un servicio de la Ciudad. En todo caso se lo debería reclamar al que seguro usted votó el domingo pasado...
La vieja se quedó callada y no dijo nada. Tal vez porque lo que era una vergüenza era haber votado a Macri.
Una chica de unos veintitantos y yo aplaudimos la respuesta del hombre. Los demás permanecieron en silencio.
Eso es todo por hoy. Desde las frías callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que el 14 votará a CFK,, por primera vez en su vida convencido de su voto.
Eso es todo por hoy. Desde las frías callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que el 14 votará a CFK,, por primera vez en su vida convencido de su voto.
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