lunes, 17 de mayo de 2010
De ciegues y de elefantes
miércoles, 24 de marzo de 2010
Aporte a la memoria
Ausencias es un proyecto expositivo que partiendo de material fotográfico de álbumes familiares muestra diecisiete casos a través de los cuales se pone rostro al universo de los que ya no están: trabajadores, militantes barriales, estudiantes, obreros, profesionales, familias enteras; ellas y ellos víctimas del plan sistemático de represión ilegal y desaparición forzada de personas, instaurado por la dictadura militar argentina, entre 1976 y 1983.
EXCELENTE TRABAJO DEL FOTÓGRAFO GUSTAVO GERMANO,
Juntas. La típica foto de los años 70 con las chicas en el barrio.
Sola. La sobreviviente junto a lo que ahora es una pura ausencia.
Cuatro hermanos. Gustavo,Guillermo, Diego y Eduardo Germano.
Grupo de amigos en 1971. Hoy faltan dos.
Raul y su hemano Manuel con sus novias en 1973.
Laura con sus padres en 1976.
Son imágenes de desaparecidos y sobrevivientes en un mismo lugar, con 30 años de diferencia.
"Partí de una necesidad expresiva personal de ponerle presencia a la ausencia, pero al mismo tiempo de buscar aportar a la memoria", señaló Germano, fotógrafo radicado en España, cuyo hermano Eduardo fue secuestrado a los 18 años, en 1976. "
lunes, 8 de marzo de 2010
Los derechos de las mujeres también son derechos humanos
Esta frase me acompañó a lo largo de toda mi vida, aun ahora que ya han pasado casi quince años desde que mi madre ya no está. Pero lejos de ser una ley universal, es más bien una proclama que incita a la rebelión.
No es que no fuera una mujer inteligente. Edipos aparte, mi madre ha sido una de las mujeres más brillantes que he conocido. Esto no impidió que haya hecho del machismo uno de los pilares de su existencia. Una mujer que luchó a destajo por sacar su familia adelante, sin un marido a su lado en quien recostarse. Una mujer con una fuerza titánica y un sentido de la dignidad y de la solidaridad inigualable. Una mujer que, sin embargo, no pudo ir más allá de los prejuicios que la relegaban a un rol meramente doméstico, por más que estuvieran a la vista sus capacidades trascendentes de aquella tradición medieval.
A veces se me da por preguntarme qué pensaría mi madre ahora, si viviera. No lo sé. A pesar de su lucidez, no la imagino como una mina flexible que se adaptara fácilmente a las nuevas circunstancias. Si me apuran, me atrevería a asegurar que, hoy por hoy, estaría en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, se opondría a la legalización del aborto, no aceptaría el desarrollo de la tecnología de las células madres ni la proliferación del alquiler de vientres. Y también estoy seguro de que no tendría una justificación muy clara para adoptar esas posiciones. La tradición tiene esas cosas. Su mundo caótico necesitaba cimientos inamovibles y cualquier temblor amenazaba la estructura misma de la vida. En cambio, la imagino defensora de las mujeres golpeadas y de las víctimas de la trata de personas. ¿Era mi madre distinta a las demás madres? ¿Era menos evolucionada que las demás mujeres y los hombres de su época? ¿Era un dinosaurio si la comparamos con la media de la sociedad actual? No lo creo.
Ciertamente, mi señora madre y la gran mayoría de sus congéneres no han hecho del feminismo su manera de enfrentar el mundo y (al menos no masivamente) tampoco lo hacen en la actualidad. La necesidad de rebelarse y de revelarse no es un norte que guíe el derrotero de tantas y tantas que padecen todavía la cultura que nos legaran los ancestros. Sin embargo, rebelarse en contra de esa tradición que las oprime y revelarse a sí mismas como personas dignas de respeto que ejercen sus derechos, ese fragor por dar a conocer al mundo quiénes son y quienes quieren ser, es una música que comenzó como un tenue murmullo y hoy en día ya se perfila como bella sinfonía que llegará a liberarlas y a liberarnos.
El 8 de marzo es, sin dudas, un día de lucha, un día de denuncia que no solo rememora aquel luctuoso incendio que causara la muerte de 140 mujeres trabajadoras. El “Día Internacional de las Mujeres” (porque también es una falacia eso de que todas las mujeres son iguales) es una fecha para proclamar a los cuatro vientos las opresiones generadas por este sistema patriarcal en el que estamos inmersos y (¿por qué no?) también las propias del sistema económico-social que, en nombre del mercado, no duda en destruir lo más valioso del espíritu humano. En un mundo (o una munda, como gustan decir las feministas) en el que todo y todes somos mercancía, se diluye el espacio propio de las individualidades y, por tanto, los derechos que los individuos pudieran ejercer. “Desmercantilizar nuestras vidas es parte de una opción radical de lucha en una munda donde quepan todos los mundos”, según palabras de mi admirada Liliana Daunes.
Luchar, cade une a su manera, por la libertad, por el imperio de la verdad y la justicia, no puede eludir un cambio de conciencia y de actitud respecto de las mujeres, relegadas por siglos, asesinadas, denigradas, ignoradas.
“El cambio es nuestra opción y se inicia cuando se decide”, palabras textuales de la ratita protagonista de la película de Disney, “Ratatouille”. Palabras que refrendo a pie juntillas. Y es en función de esta máxima que la prédica del feminismo debe transformarse en una prédica universal que nos comprometa a todes. Reivindicar las historias de Lisistrata (que propuso una huelga de piernas cruzadas para terminar la guerra entre Atenas y Esparta), de la teórica marxista Rosa Luxemburgo (golpeada a culatazos hasta morir), de la peruana Flora Tristán (fundadora del feminismo moderno) o la de su compatriota Micaela Bastidas, esposa de Tupac Amaru (leona militante a la que le cortaron la lengua, antes de ser descuartizada), la historia de Juana Azurduy, la de Manuela Saenz y la de Macacha Güemes... otorgar la justa relevancia que estas y tantas mujeres valerosas y valiosas a lo largo de la historia de la humanidad, mujeres como nuestra Alicia Moreau, nuestra Alfonsina Storni, nuestra Eva Duarte, de nuestras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o de ignotas y sacrificadas mujeres como mi madre, es una deuda que la humanidad toda tiene para con ellas y para con nosotres mismes. Porque nada nos enaltece tanto como hacernos cargo de nuestras propias miserias. Lo digo como hombre y como gay que sabe de qué habla cuando dice “discriminación”, tanto en el rol de víctima como en el de victimario. Y si de discriminación se trata, tampoco debemos olvidar a mis queridas Diana Sacayán, Marcela Romero, Lohana Berkins y tantas otras, que saben mejor que nadie defender con el cuerpo su derecho a ser.
El 8 de diciembre no es una simple efemérides. O no debería serlo. Igual que el 1° de mayo, o el 17 de mayo, o el 28 de junio o decenas de conmemoraciones que, a fuerza de repetición, van perdiendo su sentido y se convierten en bochornosa burocracia.
Es necesario poner en relieve las libertades ausentes, las miserias acumuladas, las postergaciones vergonzantes. Les feministes tenemos hoy la obligación de denunciar las masacres a las que son sometidas miles de mujeres en el mundo y en nombre de intereses espurios. La trata de personas, la violencia intrafamiliar en todas sus formas y el femicidio no son más que distintas caras de una misma moneda de cambio que incluye también al racismo, a la homo-lesbo-transfobia y otros tantos odios que no hacen otra cosa que denigrar a la raza humana en su conjunto.
Esto ha sido todo por hoy. Desde las ruidosas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, para terminar, cita una vez más a la Daunes:
“Basta de violencia, basta de femicidios, aborto legal seguro y gratuito, abolición del sistema prostituyente, no a la heterosexualidad obligatoria, no a la militarización del continente, basta de pobreza, trabajo para todas y todos, no a la publicidad sexista... Recordemos que los derechos de las mujeres también son derechos humanos”.
domingo, 7 de febrero de 2010
Yo tengo fe

Mi optimismo es más genuino y terreno.
Cuando yo era (más) joven, allá por los setenta, no existía McDonald’s y la firma encargada de atosigarnos con su comida chatarra llevaba el nombre de Pumpernic, cuyos locales eran punto de reunión obligado para la juventud de entonces. No eran épocas muy felices para nuestro país y había que tener cuidado. Cualquier error o cualquier imprudencia podía terminar en tragedia. Sin embargo, a pesar de las innumerables recomendaciones de nuestres padres, como buenos jóvenes que éramos, de tanto en tanto se nos daba por retar al destino. Les más memoriosos no me dejarán mentir. Recuerdo específicamente un mediodía de primavera en el Pumpernic del barrio de Floresta. El que durante los años de mi adolescencia fue mi novio me había invitado a almorzar. Habíamos estado un poco distanciados por algunos meses y tratábamos de recomponer la relación, de modo que el plan era compartir y satisfacer la necesidad de estar juntos. El local estaba atestado de gente y fue larga la espera para que nos entregaran la bandejita con la comida. Entre tanto, la charla era fluida y abundaban las miradas y las caricias furtivas. En el ámbito represivo en el que vivíamos, era la manera de decir “te quiero”. Luego nos sentamos en la mesa más escondida y continuamos con nuestro divertido juego de seducción. Poco a poco, la conversación se puso más y más melosa y ambos nos sentíamos en el paraíso por el simple hecho de saber que nuestro amor era correspondido. Les adolescentes han sido, son y serán siempre iguales. De tanto en tanto, percibíamos alguna mirada censora por parte de la gente que estaba a nuestro alrededor pero, teniendo la certeza de no estar haciendo nada malo, hacíamos caso omiso de todo tipo de murmuraciones. Claro: el asunto fue que, confiados en nuestra felicidad, devoradas ya las hamburguesas y las papas fritas, nos dejamos llevar y por un par de segundos (juro que no fueron más que un par de segundos) la mano de él se posó sobre la mía. A los pocos minutos, el encargado del local se acercó a nuestra mesa y con expresión circunspecta nos invitó a retirarnos del establecimiento.
Tal vez lo que más escandalizó a las personas presentes no fuera el roce de su mano sobre la mía. Hoy en día me inclino a suponer que lo peor para ellas residía en nuestra expresión de plena felicidad y gozo al hacerlo. Sin mencionar el horror de todos los rostros cuando, levantándonos de las sillas y encaminándonos hacia la salida, nos abrazamos y nos dimos un beso en la boca. Nada sexual, por cierto: solo un simple y acaramelado besito en los labios. Oímos los murmullos y las desaprobaciones diversas de les presentes. Sobre todo un sonoro y estridente “¡putazos!”, celebrado por las risotadas de muches, que quedó resonando en la sala hasta que nos fuimos.
Habemos quienes hemos vivido esa triste época en la que la mera expresión de afecto entre dos hombres era razón suficiente para la censura y el escarnio. Los varones debíamos saludarnos con un apretón de manos, cuanto más fuerte mejor (si me habrán hecho crujir los huesitos con el propósito de demostrar virilidad). En su defecto, lo máximo que se permitía era un abrazo, pero este abrazo debía ser “a lo macho”, con fuertes y exagerados golpes en la espalda. Como dijo alguien alguna vez: eran tiempos en los que había que ser muy macho para ser puto. Y con esto no pretendo decir que en la actualidad estemos atravesando la era del respeto universal y absoluto por la diversidad sexual. Nada que ver. Pero convengamos que, hoy en día, al menos en Buenos Aires y en otras grandes ciudades, la vida de gays y lesbianas es mucho menos tortuosa que entonces. Excluyendo, por supuesto, a las personas trans, para quienes la era del respeto social se vislumbra todavía muy lejana. Para ellas, el tiempo parece haberse detenido en la época de la santa inquisición.
Circula por ahí una encuesta que busca reforzar la idea de que algo así como el 70% de les argentines está de acuerdo con la sanción de una ley que nos permita contraer matrimonio. O sea que la mayoría de la gente vería con buenos ojos que dos hombres o dos mujeres (casi no hay referencias a las personas trans) puedan casarse con todas las de la ley. Todes sabemos la facilidad con que hoy en día se manipulan las encuestas y no sería de extrañar que tales resultados no se correspondieran exactamente con la realidad. En la vida cotidiana, no he tenido hasta el momento la felicidad de toparme con ese 70% de compatriotas que apoyan nuestra causa. Pero de ser correctos, me inclinaría a suponer que esas cifras corresponden a la ciudad de Buenos Aires y no a toda la nación. Más allá de ello y afrontando otro aspecto del tema, deberíamos preguntarnos sobre la verdadera relevancia de estos porcentajes. ¿Acaso nuestros derechos dependen de la opinión de la mayoría de la sociedad? Si la encuesta hubiera dado resultados adversos, ¿tendríamos menos derecho a ser tratados en un plano de equidad con el resto de los ciudadanos? Lejos estoy de negar la importancia de tales resultados pero me parece importante dejar en claro que nuestros derechos son inherentes a nuestra condición humana y no están sujetos a los vaivenes de la opinión pública.
Por otra parte, el lema de “Los mismos derechos con los mismos nombres”, que las organizaciones LGBT enarbolan desde hace ya varios años, se ve mancillado cada vez que se habla de la “Ley de matrimonio gay”. Nadie (o casi nadie) se rebela ante este mote. Yo no quiero un matrimonio gay. No existe el matrimonio gay. El matrimonio debe ser uno solo, más allá de la orientación sexual de les contrayentes. Y no es este un tema menor. Mientras sigamos hablando de matrimonio gay, aun les que de una u otra manera estamos involucrades en la defensa de nuestros derechos seguiremos consintiendo en que nuestras uniones son diferentes a las de las personas heterosexuales y, por lo tanto, pasibles de un tratamiento diferencial. Mientras los nuestros sean matrimonios gays permanecerá cerrado nuestro acceso a la adopción y al respeto social que sin ninguna duda merecemos. Tampoco ayudan (a mi juicio) las pantomimas mediáticas de algunos personajes faranduleros que, carentes de ideales vinculados a la reivindicación de nuestras dignidades, no trepidaron en organizar grandes festejos, dándoles el rótulo de “casamiento”, como si la sola proclamación del deseo fuera suficiente para lograr su concreción. No son pocas las personas desprevenidas que, a partir de las publicitadas ceremonias, asumieron que las bodas entre personas del mismo sexo son legalmente posibles. Aún más, este tipo de confusiones ha dado pie para que, durante la campaña electoral de 2009, una de las candidatas de la derecha (cuya posición adversa al reconocimiento de nuestros derechos es conocida por todes) se permitiera la promesa de que las parejas del mismo sexo podrían casarse cuando ella fuera electa. Pasadas las elecciones y con la banca en el congreso asegurada, la ex candidata se sacó la careta y se manifestó en contra de una ley de matrimonio que eliminara los condicionamientos ligados a la sexualidad de les contrayentes. A lo máximo que accedería sería a una ley nacional de unión civil, similar a la que ya rige en Buenos Aires. Cuando se le señaló la incongruencia de sus declaraciones, sin ponerse colorada, argumentó que se trataba de una mala interpretación de sus palabras, que los mismos gays llaman “casamiento” a la unión civil. Eso de darles letra a les adversaries debería preocuparnos.
El caso de la Iglesia es mucho más frontal y carente de sutilezas. Es por demás conocida la posición de este papa respecto del reconocimiento de nuestros derechos. A él se suma una extensísima lista de fundamentalistas que pretenden elevar sus prejuicios al rango de ley. A partir de sus declaraciones, la comunidad homosexual sería la responsable de todas las calamidades de la humanidad y ahora, a partir de nuestra pretensión de acceder al matrimonio, también seríamos les causantes de la degradación y la desaparición de la familia y de la raza humana en su totalidad. En los últimos meses ha llegado a sorprenderme (e incluso a desconcertarme) la virulencia de los ataques perpetrados por la cúpula vaticana en contra de cualquier avance a favor de nuestra causa. No hace falta un detalle de tan extenso inventario, ¿verdad?
Sin embargo (y sin ánimos de avivar giles), me atrevería a aseverar que tanto empeño en denigrar nuestra lucha y en desconocer nuestros derechos no es más que una muestra de la debilidad que los aqueja. Si nos atacan con tanto encono, si se obstinan en ocupar cuanto espacio les permita la difusión de sus mensajes medievales, si no cejan en su política de difamación y chantaje, es porque TIENEN MIEDO. Saben mejor que nosotres mismes que la victoria de nuestra labor es un hecho que llegará tarde o temprano, tal como sucedió durante la segunda mitad del siglo veinte con las reivindicaciones de los afrodescendientes o con los derechos civiles de las mujeres, por mencionar apenas dos de los tantos avances en materia de derechos humanos acaecidos en la última centuria. En la actualidad, sistemas tales como el suprimido apartheid sudafricano son considerados una atrocidad por la gran mayoría de las personas. Igual desprecio merecen los regímenes fascistas capaces de perpetrar genocidios en contra de millones de judíos, armenios, gitanos y demás etnias irracionalmente perseguidas y masacradas.
A través de sus prédicas homolesbotransfóbicas, tan exacerbadas e insidiosas, los heraldos de la intolerancia no hacen más que mantener el tema en la cabecera de los titulares y, contrariamente a lo que ellos suponen, este hecho redunda en nuestro beneficio. Si bien se cumple también en este caso el espurio axioma goebeliano (“miente, miente, que algo quedará”), no es menos cierto que el tema de los derechos de las diversidades sexuales se va instalando en el discurso cotidiano de la sociedad y llegará el momento en que nadie se escandalice ante la posibilidad de que lesbianas, gays y trans puedan contraer matrimonio, adoptar, heredar y recibir el mismo trato que el resto de los mortales, sin ninguna discriminación. Basta como prueba de lo que digo el actual estado de las cosas. En los tiempos que corren, ningún empleado del McDonald’s se atrevería a echarme del local por mostrarme en público cariñoso con mi pareja, cada vez son más las parejas del mismo sexo que pasean por la calle tomadas de la mano sin que haya consecuencias desagradables, por citar solo algunos ejemplos. Incluso las críticas y las diatribas contribuyen a instalar el tema en la opinión pública y, por paradójico que parezca, la cotidianeidad juega a nuestro favor
Paralelamente, claro, esta situación permite también la aparición de personajes mediáticos que, so pretexto de defender nuestras prerrogativas o en búsqueda lisa y llana de réditos personales, allanan el camino de nuestros detractores mediante actitudes y discursos contrarios a lo que aparentemente intentan sostener.
Pero a pesar de ello, me siento optimista. La razón de ese optimismo se funda en la certidumbre de que el reconocimiento de nuestros derechos inherentes serán un hecho más temprano que tarde. El nuestro es un camino que sin dudas tiene un final y nuestro avance no admite desvíos. Nuestros adversarios están nerviosos y esa es la única prueba que necesito para darme cuenta de que están perdiendo la partida.
Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad ha aprendido a lo largo de sus lustros que el amor y los ideales siempre son más fuertes.
domingo, 13 de diciembre de 2009
¿Quién es Abel Posse?
viernes, 20 de noviembre de 2009
El valor de una coma

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda."
"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda."
"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda."
domingo, 25 de octubre de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
¡La pobreza está de moda!

Esto es algo que no sucedía (si la memoria no me falla) desde que la televisión descubriera que en Tucumán había chicos que se morían de hambre, allá por el 2003.
Rompió el hielo Hugo Biolcati, Presidente de la Sociedad Rural Argentina, con un discurso en el cual desarrolló extensamente su idea de PATRIA y tras lo cual (ya finalizando) se preguntó: "¿Porque el 27% de los argentinos padece hambre? ¿Por qué hay familias que revuelven los tachos de basura en busca de comida?". Curioso que se lo pregunte recién ahora, siendo que muches de nosotres, sin ser eruditos en la materia, nos lo venimos preguntando desde hace décadas. ¿Habrá algún oscuro trasfondo detrás de la "preocupación" de Biolcati? En esto estoy con el diputado Claudio Lozano: Si tan afligido está, primero hablemos de POBREZA entonces y después de RETENCIONES.
Pero el titular de la SRA no fue el único. Benenito XVI también hizo lo suyo. En un telegrama enviado a la Nunciatura en mayo último, el Papa pidió “reducir el escándalo de la pobreza y la inequidad social” para “hacer posible una sociedad más justa y solidaria”. Con meses de anticipación a la polémica que algunos medios intentan implantar ahora, no hizo más que impartir una bendición apostólica para la colecta Más por Menos de Caritas Argentina. Supongo que ha de ser un mensaje estandarizado similar al que pudo haber enviado a Panamá, Jamaica o Etiopía, pero vino como anillo al dedo para atizar las brasas destinadas a deslucir aun más la gestión del matrimonio presidente. Los medios hacen estas cosas porque saben que funcionan. Ya se sabe que a rio revuelto...
Cuando leía las declaraciones de Biolcati y las palabras de Benenito me asusté. ¿Cómo podía ser que a estas alturas de mi vida pudiera yo estar de acuerdo con esta "gente"? Después me tranquilicé: la pobreza es un escándalo, del mismo modo que la riqueza extrema y vergonzante de muches individues es una obscenidad. E igualmente indignante resulta que personajes de esa calaña se apropien de la defensa de les pobres, como si alguna vez se hubieran preocupado por aquelles que sufren el hambre y la miseria. El mismo hambre y la misma miseria que han alimentado las cuentas bancarias de les que ahora se rasgan las vestiduras. Huelga repetir que les Biolcati, les K, les Benenito y tantes otres han sido desde siempre aliades estratégiques de ese poder que genera la pobreza que hoy tanto les duele. No es necesario decir que NO LES CREO NADA. Y es que les pobres nos les han interesado, no les interesan ni les interesarán jamás en la medida en que no puedan explotarles. La síntesis del genial Quino puede decirlo mejor que cualquiera:

Y ahí está el asunto: estes pobres de hoy, por más que se les exprima, ya no sueltan jugo de tan seques y esquilmades que están. Muy por el contrario, les pobres de hoy se han convertido en una amenaza por la simple razón de que ya no tienen nada que perder y están dispuestes (por decisión o por instinto) a tomar por la fuerza lo que les ha sido arrebatado desde siempre de manera solapada (y no tanto). En este caso, les agresores originales se pretenden víctimas de la INSEGURIDAD y manipulan la opinión pública en su favor. Hay gente que siempre cae parade y puede fumar bajo el agua. El maestro Quino también lo sabía desde hace tiempo:

¿Y nosotres que papel desempeñamos en todo este desbarajuste? Muches de nosotres también hemos pecado por falta u omisión. Otres hemos sido muy inocentes.
En una parte de su alocución, el titular de la SRA decía: "Pienso en Manuel Belgrano, en José de San Martín, en Domingo Faustino Sarmiento, en Juan Bautista Alberdi, hombres que le dieron a la PATRIA todo, sin pedirle nada". ¡Minga que no le pidieron nada! Eran tan de carne y hueso como cualquier hije de vecine y necesitaban al menos el sustento mínimo para continuar con sus patrióticas gestas. El caso más triste, el del pobre Belgrano, que no solo era ideológicamente enemigo de los grandes terratenientes sino que reclamó de la PATRIA los pagos de sus sueldos atrasados hasta el día de su muerte (pagos que nunca se efectuaron, por supuesto). Sin embargo, a dirigentes como Biolcati les conviene fomentar la ancestral prédica cristiana de la mansedumbre. Agachemos la cabeza y banquémonos lo que venga, que nuestra recompensa vendrá recién en la vida eterna. Y entre tanto ¡A JODERSE! que para eso somos pobres.
La pobreza de hoy no la inventaron los K. Los gobiernos anteriores tampoco han hecho mucho por mejorar la situación. A la rata riojana alguien la votó. Todavía hay quienes aseguran que con les miliques y sus amiguites civiles estábamos mejor. La evasión impositiva sigue siendo deporte nacional, como tener empleados en negro o creer que un plasma nos pone por encima de quienes nada tienen. ¿Acaso durante la última campaña electoral alguien priorizó a la POBREZA como uno de los males a resolver? ¿Cuántes de nosotros está de acuerdo con la señora de los almuerzos cuando dice que les pobres no tienen la capacidad de pensar, abriendo las puertas de la democracia al voto calificado? Lo peor que hemos hecho la mayoría de nosotres alguna vez es habernos creído el cuento del sueño americano, fomentando el "no te metás" y el "sálvese quien pueda".

En nuestra comunidad LGBT esto último toma un ribete muy desagradable. Alguien (vaya une a saber por qué... o sí se sabe...) ha decretado que les gays debemos ser todes glamoroses y de clase media/alta. Una de las consecuencias es que nuestra "cultura" invisibiliza a les pobres como pocos otros sectores de la sociedad. Aún más que a les viejes, que ya bien poca atención reciben (o recibimos, bah). "Ser pobre no es vergüenza" se suele decir, pero no son poques les que se niegan a considerar a las personas LGBT con necesidades básicas no satisfechas a la hora de los reclamos. Como hijes de esta sociedad discriminadora que nos amamanta (a veces) hemos acuñado desprecios tan degradantes como "marica talón rajado" y linduras por el estlo, como si solo fuéramos una cáscara, relegando la esencia del ser humano al último plano de importancia. Recuerdo con vergüenza ajena las declaraciones del "señor" Roberto Piazza alegrándose de la muerte de un joven que lo había asaltado en un restorant de lujo. Se me revuelve el estómago cuando el "señor" Jaime Bayly hace uso de los medios para referirse a algo que tenga que ver, aunque sea de lejos, con lo popular.
Queda mucho por decir. Pero sobre todo, queda mucho por reflexionar y por hacer para lograr una "sociedad más justa y solidaria". Dejemos de soñar con llegar a ser como Susana Giménez o como Mirta. Como los príncipes azules, las divas también destiñen y no me cabe duda de que, cuando van al baño, no cagan rosas. Sería mejor aprender de Don José de San Martín (ya que Biolcati dice admirarlo tanto) que alguna vez dijo: "Debemos aprender a distinguir entre los que buscan nuestro bien y los que solo pretenden nuestra ruina".

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que sabe positivamente que Benenito y compañía están entre les segundes.
miércoles, 29 de julio de 2009
La Teoría de los Quichicientos Demonios

Dicen que Cristina (nuestra presidente) citó a los jefes de la oposición para iniciar la ronda de diálogo y para que la cosa fuera más distendida decidieron reunirse a orillas de los Lagos de Palermo. En plena charla, el viento levantó en vuelo las listas de peticiones que llevaban los opositores, diseminándolas por la superficie del lago. Entonces Cristina, para dar muestras de su buena voluntad, se puso de pie y, caminando sobre las aguas, llegó hasta el centro del lago, tomó uno a uno los papeles, los sopló y regresó para distribuirlos nuevamente entre los presentes, completamente secos. La reunión continuó con toda normalidad y se llegaron a acuerdos muy importantes. A la mañana siguiente, Clarín tituló en primera plana: CRISTINA NO SABE NADAR.
"La gente quiere un cambio" repetía un amigo, con toda la euforia, feliz por el triunfo de De Narváez en la Provincia de Buenos Aires, el pasado 28 de junio. Yo me pregunto: ¿de qué cambio me habla? Francisco De Narváez surgió a la política al amparo de la rata y nunca ha renegado de su pasado menemista. Muy por el contrario, él y su socio Mauricio siguen adhiriendo a la ideología que entronara al hoy vetusto caudillo riojano. Ambos dos reproducen en su discurso las propuestas que ya han fracasado en manos de su mentor... O... perdón, me rectifico: esas políticas no han fracasado en absoluto. Las medidas instrumentadas en los '90 fueron sumamente efectivas y terminaron (tal como era su objetivo) con la tarea iniciada por los tantos Krieger Vasena y Martínez de Hoz que han poblado nuestra historia. Eso es lo que nos trae la Unión PRO como propuesta: más de lo mismo para que todo siga igual.
En ese sentido, cuando alguien despotrica en contra del gobierno actual, no me queda otra que mirar a quienes están en la vereda de enfrente. A estas alturas de mi vida ya he aprendido que el sol que entibia los intereses de la Sociedad Rural, de Techint, de les Mariano Grondona, de les Biolcati, de les Macri, de les Ernestina de Noble, de les Eduardo Feinman... ese sol JAMÁS habrá de darle bienestar a les que soñamos un mundo más solidario. No se trata, sin embargo, de optar por lo menos malo. La idea sería la de no facilitarle la tarea al poder que siempre nos ha ninguneado, generar opciones o creer en las que ya existen. En lo que respecta a nosotres mismes, les integrantes de la comunidad LGBT, sería bueno que evitáramos participar también de este sinsentido descomunal que busca soluciones en una ideología que de ninguna manera puede dar respuestas positivas a nuestras necesidades. La derecha ya se ha manifestado en contra de la Ley de Matrimonio para las personas del mismo género, tibiamente apoyaría apenas (y a penas) una Ley de Unión Civil. Ya se sabe que la derecha no acepta la adopción por parte de personas LGBT, que desprecia a les trans y nos considera a todes como enfermes (cuando no pecadores), solo porque en el siglo XXI ya no es políticamente correcto endilgarnos el sambenito de "delincuentes". ¿En estas personas buscamos realmente el cambio? A mí me da más síndrome de Estocolmo que otra cosa. Sensación que podría extender a la sociedad en su conjunto y en referencia no solo a les polítiques que encumbra sino también a les ídoles populares. Las declaraciones que la señora Legrand ha regurgitado en los últimos tiempos exponiendo sus ideas sobre les pobres, los derechos humanos o la defensa de los regímenes democráticos deberían ser razón más que suficiente para merecer el repudio generalizado. Sin embargo, goza de toda la popularidad que un pueblo puede otorgar a una diva de su calaña. En la misma tesitura, podría mencionar a la inefable Su con su prédica a favor de la pena de muerte. Pero el mayor galardón, el Gran Premio al Cretino de Oro de los Medios, yo se lo daría a Marcelo Hugo, un chacal de proporciones que carece de límites y de vergüenza y no trepida en recibir a la rata en su programa (aún hoy) con elogios tales como "Es un honor para nosotros...". Curioso que se emplee dicho término en una situación semejante.
No creo en demonios. No. Ni siquiera otorgo esa categoría a la rata riojana que, hoy por hoy, es uno de los personajes de nuestra realidad que más desprecio. Creo en les canallas, en las personas sin escrúpulos y también creo en las gentes que, con buenas o malas intenciones, les hacen el caldo gordo.
Soy de la idea que nuestro mundo no habrá de cambiar en tanto y en cuanto nosotres, la gente común, no hagamos un mea culpa y reflexionemos sobre lo que hemos hecho (y lo que no) para que las cosas hayan llegado hasta este estado. Denostar al matrimonio presidencial, empleando las palabras que otres ponen en nuestra boca y eludiendo una argumentación sólida, o negar los muchos o pocos aciertos de su gestión es un camino cómodo hacia la frustración de muches y el pingüe beneficio de muy poques. En todo caso, si tan disconformes estamos con el gobierno, lo positivo sería tratar de dilucidar las razones por las cuales les pingüines están donde están, haciendo lo que hacen y lo que no. ¿Qué responsabilidad tenemos nosotres en ello? Si queremos un cambio, optemos por algo nuevo de verdad, por descabellado que parezca. Es de necios negar tozudamente las opciones existentes. Pero si no nos animamos, o nos da igual, o si lo único que nos interesa es seguir mirándonos el ombligo o cuidar el bolsillo, o si nos resulta más fácil hacer la gran Homero y creer a pie juntillas lo que dice la televisión, sigamos admirando y premiando a les que nos desprecian. Total... siempre podremos echarle la culpa de lo que nos pasa a los demonios de turno.
Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no necesita inventar demonios para justificar los propios errores... o los ajenos.




