lunes, 17 de mayo de 2010

De ciegues y de elefantes


Habrá sido allá por el ’66 ó ’67. Todavía vivíamos en Tucumán, en el barrio de Villa Urquiza, cerca de la cárcel,, en la casa de la bisabuela que albergaba a gran parte de la familia. Como gallina clueca, Doña Carmen cobijaba a hijes, nietes y bisnietes con la única condición de que se le permitiera hacerse cargo del cuidado de les más pequeñes. Y lo hacía muy bien. Mi vida (y supongo que también la de mis primes) habría sido muy diferente, si ella no se hubiera ocupado de mi crianza durante mis primeros años. Por lo pronto, esa tarde nos habló sobre les ciegues y les elefantes.

Mis primes y yo nos habíamos enojado furiosamente, unes con otres, por alguna razón que no recuerdo. Seguramente fue una tontería pero, a esa edad, hasta lo más intrascendente cobra dimensiones extraordinarias. Al principio, se mantuvo al margen pero, al ver que la situación se salía de madres, Doña Carmen intervino a su estilo:

- Imaginen a los changuitos que han nacido cieguitos. ¿Cómo pueden saber lo que es un elefante si nunca lo han podido ver?

La pregunta era por demás extraña pero nosotres ya estábamos acostumbrades a situaciones parecidas. Sin embargo, ella tenía ese don de captar nuestra atención. Cuando la bisabuela hablaba se detenía el tiempo.

- Los ciegos ven con las manos –dijo uno de los primos mayores.

- Ajá... Entonces el cieguito que se ponga junto a la trompa del elefante y la toque va a pensar que un elefante es una gran manguera... –todes nos reímos porque nosotres sí sabíamos cómo era un elefante- el que le toque la pata pensará que es una enorme columna, el que esté junto a la panza tendrá la impresión de que es una pelota descomunal... ¿Cuál de todos tendría la razón?

- ¡Ninguno! –dijimos algunes.

- ¡Todos! –aseguraron otres.

Fue entonces que Doña Carmen nos explicó que todes estarían en parte acertades y en parte equivocades. Conclusión de la bisabuela: la solución sería que todes expusieran sus propias impresiones y así todes tendrían un panorama más amplio de lo que es un elefante, o que se tomaran el trabajo de recorrer al animal para tener una idea más acabada. ¡Qué vieja sabia mi bisa! Por eso, cuando murió, sentí que una parte de mí se iba con ella. Aunque desde entonces la mantengo siempre viva en mis recuerdos.

Esta anécdota en particular me ronda la cabeza desde que empezó el debate fuerte por la Ley de Medios Audiovisuales y más recurrente se tornó con el de la modificación del Código Civil para permitir el Matrimonio Civil Igualitario. Y a medida que escuchaba o leía las diversas posturas, me daba cuenta de que muches de les involucrades en la discusión no eran más que ciegues tocando un elefante. Incluso aquelles que tienen una visión menos limitada y pueden ver más allá de sus manos. Cuánto más les que, pudiendo percibir la diversidad, se empeñan en negarla para defender sus privilegios e intereses sectarios. Mi bisa hubiera dicho que estes últimes son les más ciegues porque son incapaces de ver con el corazón. Yo tengo que hacer un esfuerzo para no emplear términos más fuertes...

Caso similar presentan otras discusiones como la política de derechos humanos, las medidas económicas, los códigos contravencionales, la corrupción, el aborto, la minería a cielo abierto, las relaciones internacionales y decenas de otros temas en los que la gran mayoría toca de oído. Lo malo es que, ante las reiteradas desafinaciones, nadie está dispueste a abandonar la orquesta.

Les integrantes de la llamada comunidad LGBT (si es que tal cosa existe) no estamos fuera de esa norma, lo cual refuerza la idea de que no deberíamos ser considerados de un modo diferencial. Aburre tener que repetirlo (incluso a les mismes integrantes de la cofradía, que solemos tender a sacarnos los ojos ante cualquier divergencia) pero somos tan diversos como el resto de la humanidad, con virtudes y defectos, aciertos y errores, dudas y certezas. Humanos, bah. Por eso resulta inadecuado meternos a todes en la misma bolsa y hacer de cuenta que todes hacemos, pensamos y sentimos del mismo modo. Y esta inconveniencia se torna infame maledicencia cuando se la emplea para demostrar, justamente, que la bolsa, con nosotres dentro, es una bolsa de gates.

En los últimos tiempos, he leído, escuchado y presenciado muchos (¡demasiados!) discursos orientados a poner de manifiesto diferencias que, a las claras, resulta improcedente si de derechos se habla. A ver si soy claro: el hecho de preferir a una persona de nuestro mismo sexo a la hora de ir a la cama (o donde fuere que une lo hace) no nos hace menos humanes. Resulta incomprensible que aun existan gentes aferradas a prejuicios medievales que siguen negando tozudamente una realidad que cada día es más y más patente. Repitiendo hasta el hartazgo las palabras de Osvaldo Bazán: “la homosexualidad no es nada”. Dice el refrán que no hay peor ciegue que le que no quiere ver y somos tan humanes, tan idéntiques al resto de la humidad que incluso personas LGBT se ubican en la vereda de enfrente a la hora de defender nuestros derechos. O mejor dicho: a la hora de trabajar por el reconocimiento jurídico y social de nuestros derechos. Porque no debemos olvidar ni por un instante que somos tan personas que también nosotres ya tenemos derecho a amar, a ser amados, a formar una familia, a criar y educar a nuestres hijes adoptades o biológiques, a tener un seguro social, a recibir pago por nuestro trabajo, a acceder una pensión por viudez y un larguísimo etcétera que me llevaría demasiadas líneas detallar. Y muches de nosotres ya ejercemos algunos de esos derechos sin pedirle permiso a nadie. Claro que sin el respeto ni el reconocimiento que merecemos.

Lo indignante es comprobar que los seudoargumentos por la negativa pretenden tomarnos, a nosotres y a la sociedad toda, por idiotes. Ya no estamos en épocas en las que sea necesario recurrir a los cuentitos infantiles para hacernos ver la realidad. Así como no es cierto que Eva fuera creada a partir de una costilla de Adán y que el mundo no se construyera en siete días, tampoco es cierto que el matrimonio sea una institución legada por el buen Dios a los hombres para perpetuar la especie. ¿Acaso el matrimonio no existía en las culturas anteriores a la judeo-cristiana, cuando Moisés y Jesucristo no eran siquiera una cigota? ¡Un elefante no es una columna maciza! Tampoco es cierto que la modificación del Código Civil para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo sea una condena para la perpetuación de la especie. ¿Desde cuándo un derecho es una obligación? Supongo que todo ser humano tiene el derecho de comer pescado frito los sábados de agosto de los años bisiestos, sin embargo, imagino que poques hacemos uso de él y siempre según nuestro libre albedrío. ¡Un elefante no es una gran manguera! ¿Es necesario seguir enumerando excusas inconsistentes? Si no fuera una propuesta sórdida, me reiría de aquelles bienpensantes que dicen estar de acuerdo con el matrimonio pero no con la adopción. Afirman que les niñes necesitan tener padre y madre (así, con el macho adelante porque, al fin y al cabo, es lo que más importa). A ver, mi amor, el mundo está lleno desde tiempos inmemoriales de niñes huérfanos de papá y/o de mamá sin que nadie se rasgara las vestiduras por ello. Y da la casualidad que, algunes de eses padres heterosexuales, maltratan, abusan, abandonan y hasta matan a sus propies hijes. ¿Qué garantías dan, por lo tanto, las impolutas familias occidentales y cristianas? ¿Se entiende que un elefante no es una pelota descomunal?

“Esto sería un muy buen chiste si no fuera una joda bárbara” decía Tato Bores. Y siempre lo cito porque se adapta a toda situación donde la sinrazón se asocie a la injusticia, a la violencia y a la discriminación. Cóctel que puede desembocar incluso en la muerte (ejemplos sobran).

Pero si hablamos de adopción, hay un par de consideraciones que nadie debería pasar por alto y, sin embargo, casi nadie menciona en el debate.

1) La modificación del Código Civil que permitirá el matrimonio entre personas del mismo sexo no hace ninguna referencia a la adopción. La adopción por parte de personas homosexuales, en la Argentina, ya está permitida por la legislación correspondiente. LES HOMOSEXUALES YA PODEMOS ADOPTAR EN LA ARGENTINA. Lo que la modificación del Código Civil permitiría, de modo implícito, es que las adopciones puedan realizarse en forma conjunta por ambos miembros de la pareja, con todos los beneficios sociales que gozan actualmente les hijes de parejas heterosexuales. Sin esta modificación, les hijes de parejas homosexuales (que ya existen) seguirán siendo “hijes de segunda”, como lo son ahora y como eran antiguamente les hijes extramatrimoniales (aberración que felizmente se corrigió hace décadas y tiene un correlato directo con la situación expuesta).

2) HABEMOS MUCHES HOMOSEXUALES QUE YA TENEMOS HIJES (biológiques o adoptades) y nuestra orientación sexual no nos quita mérito como madres o padres. Somos tan capaces de desempeñar un buen papel como un papel desastroso, al igual que el común de les mortales. Hay quien afirma que nuestres hijes van a “heredar” nuestra orientación gracias a (o por culpa de) los “ejemplos” que recibirán en nuestros hogares. Aburre, cansa recordarles a esas personas que la mayoría de nosotres se ha criado en el seno de una familia heteroparental y sin embargo... Lo curioso (por decirlo de un modo amable) es que todes quienes pretextan estos reparos sostienen que no tienen nada en contra de les homosexuales, pero coinciden en suponer que serlo es un disvalor. ¿Qué problema habría, si no, en que la gente tuviera hijes gays?

Los elefantes son mucho más que un simple cuerno de marfil.

¿Hasta cuándo vamos a seguir discutiendo estos asuntos que ya deberían haberse superado? Las mismas excusas (me niego a otorgarles el rango de argumentos) fueron esgrimidos antaño para negar otras cuestiones igualmente discriminatorias. Hubo una época en la que les cristianes discutían si la mujer era una criatura de dios o del demonio (y en realidad la discusión aun no termina, a juzgar por los numerosos impedimentos que padecen las féminas dentro de la jerarquía clerical). De hecho, en lo civil solo pudieron ejercer sus derechos de sufragio a partir del siglo XX. Se puso en tela de juicio también la humanidad de les negres, para justificar de ese modo que se los esclavizara en el seno de las comunidades seguidoras de la doctrina de Cristo. Nazismo, apartheid y aberraciones similares defendieron, en diversos momentos de la historia, la superioridad de unas razas por sobre las demás con las consecuencias que ya todes conocemos (o sería esperable que conociéramos). Hace un par de décadas, sin ir más lejos, las facciones cristianas de nuestro país vaticinaban el fin de la familia y de la civilización ante la inminencia de la aprobación de la Ley de Divorcio Vincular.

Las teorías conspirativas y las predicciones agoreras no son más que palos en la rueda que pretenden detener un proceso que no tiene marcha atrás. Todas las cuestiones mencionadas fueron felizmente superadas y hoy ya nadie se atrevería a defenderlas con seriedad. Ni el mundo ni la sociedad han sucumbido todavía y, cuando la modificación al Código Civil sea aprobada finalmente por ambas cámaras parlamentarias (hecho que sucederá más temprano que tarde) los mismos pretextos han de servir a los oscurantistas de siempre para oponerse a otros asuntos que aun quedan pendientes: la necesaria legislación sobre aborto responsable, la ley de identidad de género y la idónea implementación de la ya aprobada ley de educación sexual, por ejemplo.

Cansa, aburre, harta tener que repetir una y otra vez los mismos fundamentos, pero está visto que nunca será suficiente. Las pruebas al canto. Incluso en estas páginas, (donde sería de esperar que todes les lectores estuviéramos de acuerdo respecto de estos planteos) se torna imprescindible machacar y machacar.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije,, un cronista de su realidad que se esfuerza por darle varias vueltas al elefante (y a veces me llevo cada sorpresa....

miércoles, 24 de marzo de 2010

Aporte a la memoria

Me enviaron esto que comparto

Ausencias es un proyecto expositivo que partiendo de material fotográfico de álbumes familiares muestra diecisiete casos a través de los cuales se pone rostro al universo de los que ya no están: trabajadores, militantes barriales, estudiantes, obreros, profesionales, familias enteras; ellas y ellos víctimas del plan sistemático de represión ilegal y desaparición forzada de personas, instaurado por la dictadura militar argentina, entre 1976 y 1983.

EXCELENTE TRABAJO DEL FOTÓGRAFO GUSTAVO GERMANO,














Juntas. La típica foto de los años 70 con las chicas en el barrio.
Sola. La sobreviviente junto a lo que ahora es una pura ausencia.


Cuatro hermanos. Gustavo,Guillermo, Diego y Eduardo Germano.


Grupo de amigos en 1971. Hoy faltan dos.


Raul y su hemano Manuel con sus novias en 1973.


Laura con sus padres en 1976.







Ni olvido ni perdon...
Son imágenes de desaparecidos y sobrevivientes en un mismo lugar, con 30 años de diferencia.
"Partí de una necesidad expresiva personal de ponerle presencia a la ausencia, pero al mismo tiempo de buscar aportar a la memoria", señaló Germano, fotógrafo radicado en España, cuyo hermano Eduardo fue secuestrado a los 18 años, en 1976. "


Día de la Memoria



lunes, 8 de marzo de 2010

Los derechos de las mujeres también son derechos humanos


Cuando yo era joven, las discusiones con mi señora madre podían surgir a partir de cualquier nimiedad. Ambos éramos lo suficientemente tercos como para no dar el brazo a torcer, más allá de las consecuencias. Ella misma aseguraba que, en la vida, había dos maneras de hacer las cosas: mal o como las hacía ella. Y mi espíritu acuariano me llevaba a cuestionar sistemáticamente sus métodos, aun cuando en mi fuero interno estuviera de acuerdo con ellos en más de un caso. Planchar las camisas, por ejemplo. A mi juicio, ella nunca las planchaba lo suficientemente bien y era mi gusto hacerlo a mi modo. Sin embargo, para una mujer que había sido educada a la vieja usanza, permitir que su hijo varón realizara una tarea eminentemente femenina era algo vergonzoso y digno de desaprobación. “¡Cómo vas a planchar vos si estoy yo en la casa para hacerlo!”.

Esta frase me acompañó a lo largo de toda mi vida, aun ahora que ya han pasado casi quince años desde que mi madre ya no está. Pero lejos de ser una ley universal, es más bien una proclama que incita a la rebelión.

No es que no fuera una mujer inteligente. Edipos aparte, mi madre ha sido una de las mujeres más brillantes que he conocido. Esto no impidió que haya hecho del machismo uno de los pilares de su existencia. Una mujer que luchó a destajo por sacar su familia adelante, sin un marido a su lado en quien recostarse. Una mujer con una fuerza titánica y un sentido de la dignidad y de la solidaridad inigualable. Una mujer que, sin embargo, no pudo ir más allá de los prejuicios que la relegaban a un rol meramente doméstico, por más que estuvieran a la vista sus capacidades trascendentes de aquella tradición medieval.

A veces se me da por preguntarme qué pensaría mi madre ahora, si viviera. No lo sé. A pesar de su lucidez, no la imagino como una mina flexible que se adaptara fácilmente a las nuevas circunstancias. Si me apuran, me atrevería a asegurar que, hoy por hoy, estaría en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, se opondría a la legalización del aborto, no aceptaría el desarrollo de la tecnología de las células madres ni la proliferación del alquiler de vientres. Y también estoy seguro de que no tendría una justificación muy clara para adoptar esas posiciones. La tradición tiene esas cosas. Su mundo caótico necesitaba cimientos inamovibles y cualquier temblor amenazaba la estructura misma de la vida. En cambio, la imagino defensora de las mujeres golpeadas y de las víctimas de la trata de personas. ¿Era mi madre distinta a las demás madres? ¿Era menos evolucionada que las demás mujeres y los hombres de su época? ¿Era un dinosaurio si la comparamos con la media de la sociedad actual? No lo creo.

Ciertamente, mi señora madre y la gran mayoría de sus congéneres no han hecho del feminismo su manera de enfrentar el mundo y (al menos no masivamente) tampoco lo hacen en la actualidad. La necesidad de rebelarse y de revelarse no es un norte que guíe el derrotero de tantas y tantas que padecen todavía la cultura que nos legaran los ancestros. Sin embargo, rebelarse en contra de esa tradición que las oprime y revelarse a sí mismas como personas dignas de respeto que ejercen sus derechos, ese fragor por dar a conocer al mundo quiénes son y quienes quieren ser, es una música que comenzó como un tenue murmullo y hoy en día ya se perfila como bella sinfonía que llegará a liberarlas y a liberarnos.

El 8 de marzo es, sin dudas, un día de lucha, un día de denuncia que no solo rememora aquel luctuoso incendio que causara la muerte de 140 mujeres trabajadoras. El “Día Internacional de las Mujeres” (porque también es una falacia eso de que todas las mujeres son iguales) es una fecha para proclamar a los cuatro vientos las opresiones generadas por este sistema patriarcal en el que estamos inmersos y (¿por qué no?) también las propias del sistema económico-social que, en nombre del mercado, no duda en destruir lo más valioso del espíritu humano. En un mundo (o una munda, como gustan decir las feministas) en el que todo y todes somos mercancía, se diluye el espacio propio de las individualidades y, por tanto, los derechos que los individuos pudieran ejercer. “Desmercantilizar nuestras vidas es parte de una opción radical de lucha en una munda donde quepan todos los mundos”, según palabras de mi admirada Liliana Daunes.

Luchar, cade une a su manera, por la libertad, por el imperio de la verdad y la justicia, no puede eludir un cambio de conciencia y de actitud respecto de las mujeres, relegadas por siglos, asesinadas, denigradas, ignoradas.

“El cambio es nuestra opción y se inicia cuando se decide”, palabras textuales de la ratita protagonista de la película de Disney, “Ratatouille”. Palabras que refrendo a pie juntillas. Y es en función de esta máxima que la prédica del feminismo debe transformarse en una prédica universal que nos comprometa a todes. Reivindicar las historias de Lisistrata (que propuso una huelga de piernas cruzadas para terminar la guerra entre Atenas y Esparta), de la teórica marxista Rosa Luxemburgo (golpeada a culatazos hasta morir), de la peruana Flora Tristán (fundadora del feminismo moderno) o la de su compatriota Micaela Bastidas, esposa de Tupac Amaru (leona militante a la que le cortaron la lengua, antes de ser descuartizada), la historia de Juana Azurduy, la de Manuela Saenz y la de Macacha Güemes... otorgar la justa relevancia que estas y tantas mujeres valerosas y valiosas a lo largo de la historia de la humanidad, mujeres como nuestra Alicia Moreau, nuestra Alfonsina Storni, nuestra Eva Duarte, de nuestras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o de ignotas y sacrificadas mujeres como mi madre, es una deuda que la humanidad toda tiene para con ellas y para con nosotres mismes. Porque nada nos enaltece tanto como hacernos cargo de nuestras propias miserias. Lo digo como hombre y como gay que sabe de qué habla cuando dice “discriminación”, tanto en el rol de víctima como en el de victimario. Y si de discriminación se trata, tampoco debemos olvidar a mis queridas Diana Sacayán, Marcela Romero, Lohana Berkins y tantas otras, que saben mejor que nadie defender con el cuerpo su derecho a ser.

El 8 de diciembre no es una simple efemérides. O no debería serlo. Igual que el 1° de mayo, o el 17 de mayo, o el 28 de junio o decenas de conmemoraciones que, a fuerza de repetición, van perdiendo su sentido y se convierten en bochornosa burocracia.

Es necesario poner en relieve las libertades ausentes, las miserias acumuladas, las postergaciones vergonzantes. Les feministes tenemos hoy la obligación de denunciar las masacres a las que son sometidas miles de mujeres en el mundo y en nombre de intereses espurios. La trata de personas, la violencia intrafamiliar en todas sus formas y el femicidio no son más que distintas caras de una misma moneda de cambio que incluye también al racismo, a la homo-lesbo-transfobia y otros tantos odios que no hacen otra cosa que denigrar a la raza humana en su conjunto.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las ruidosas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, para terminar, cita una vez más a la Daunes:

“Basta de violencia, basta de femicidios, aborto legal seguro y gratuito, abolición del sistema prostituyente, no a la heterosexualidad obligatoria, no a la militarización del continente, basta de pobreza, trabajo para todas y todos, no a la publicidad sexista... Recordemos que los derechos de las mujeres también son derechos humanos”.


domingo, 7 de febrero de 2010

Yo tengo fe


Tranquiles, que el título de este artículo no tiene nada que ver con alguna remota simpatía de mi parte hacia la producción artística de Palito Ortega, mucho menos hacia esa canción homónima, que resume la falta de talento y buen gusto de su autor. Tampoco se relaciona mi fe con esa necesidad humana de explicar el universo a través de postulados dogmáticos que pueden llegar a calmar alguna angustia pero son incapaces de contribuir al desarrollo de un hombre libre.

Mi optimismo es más genuino y terreno.

Cuando yo era (más) joven, allá por los setenta, no existía McDonald’s y la firma encargada de atosigarnos con su comida chatarra llevaba el nombre de Pumpernic, cuyos locales eran punto de reunión obligado para la juventud de entonces. No eran épocas muy felices para nuestro país y había que tener cuidado. Cualquier error o cualquier imprudencia podía terminar en tragedia. Sin embargo, a pesar de las innumerables recomendaciones de nuestres padres, como buenos jóvenes que éramos, de tanto en tanto se nos daba por retar al destino. Les más memoriosos no me dejarán mentir. Recuerdo específicamente un mediodía de primavera en el Pumpernic del barrio de Floresta. El que durante los años de mi adolescencia fue mi novio me había invitado a almorzar. Habíamos estado un poco distanciados por algunos meses y tratábamos de recomponer la relación, de modo que el plan era compartir y satisfacer la necesidad de estar juntos. El local estaba atestado de gente y fue larga la espera para que nos entregaran la bandejita con la comida. Entre tanto, la charla era fluida y abundaban las miradas y las caricias furtivas. En el ámbito represivo en el que vivíamos, era la manera de decir “te quiero”. Luego nos sentamos en la mesa más escondida y continuamos con nuestro divertido juego de seducción. Poco a poco, la conversación se puso más y más melosa y ambos nos sentíamos en el paraíso por el simple hecho de saber que nuestro amor era correspondido. Les adolescentes han sido, son y serán siempre iguales. De tanto en tanto, percibíamos alguna mirada censora por parte de la gente que estaba a nuestro alrededor pero, teniendo la certeza de no estar haciendo nada malo, hacíamos caso omiso de todo tipo de murmuraciones. Claro: el asunto fue que, confiados en nuestra felicidad, devoradas ya las hamburguesas y las papas fritas, nos dejamos llevar y por un par de segundos (juro que no fueron más que un par de segundos) la mano de él se posó sobre la mía. A los pocos minutos, el encargado del local se acercó a nuestra mesa y con expresión circunspecta nos invitó a retirarnos del establecimiento.

Tal vez lo que más escandalizó a las personas presentes no fuera el roce de su mano sobre la mía. Hoy en día me inclino a suponer que lo peor para ellas residía en nuestra expresión de plena felicidad y gozo al hacerlo. Sin mencionar el horror de todos los rostros cuando, levantándonos de las sillas y encaminándonos hacia la salida, nos abrazamos y nos dimos un beso en la boca. Nada sexual, por cierto: solo un simple y acaramelado besito en los labios. Oímos los murmullos y las desaprobaciones diversas de les presentes. Sobre todo un sonoro y estridente “¡putazos!”, celebrado por las risotadas de muches, que quedó resonando en la sala hasta que nos fuimos.

Habemos quienes hemos vivido esa triste época en la que la mera expresión de afecto entre dos hombres era razón suficiente para la censura y el escarnio. Los varones debíamos saludarnos con un apretón de manos, cuanto más fuerte mejor (si me habrán hecho crujir los huesitos con el propósito de demostrar virilidad). En su defecto, lo máximo que se permitía era un abrazo, pero este abrazo debía ser “a lo macho”, con fuertes y exagerados golpes en la espalda. Como dijo alguien alguna vez: eran tiempos en los que había que ser muy macho para ser puto. Y con esto no pretendo decir que en la actualidad estemos atravesando la era del respeto universal y absoluto por la diversidad sexual. Nada que ver. Pero convengamos que, hoy en día, al menos en Buenos Aires y en otras grandes ciudades, la vida de gays y lesbianas es mucho menos tortuosa que entonces. Excluyendo, por supuesto, a las personas trans, para quienes la era del respeto social se vislumbra todavía muy lejana. Para ellas, el tiempo parece haberse detenido en la época de la santa inquisición.

Circula por ahí una encuesta que busca reforzar la idea de que algo así como el 70% de les argentines está de acuerdo con la sanción de una ley que nos permita contraer matrimonio. O sea que la mayoría de la gente vería con buenos ojos que dos hombres o dos mujeres (casi no hay referencias a las personas trans) puedan casarse con todas las de la ley. Todes sabemos la facilidad con que hoy en día se manipulan las encuestas y no sería de extrañar que tales resultados no se correspondieran exactamente con la realidad. En la vida cotidiana, no he tenido hasta el momento la felicidad de toparme con ese 70% de compatriotas que apoyan nuestra causa. Pero de ser correctos, me inclinaría a suponer que esas cifras corresponden a la ciudad de Buenos Aires y no a toda la nación. Más allá de ello y afrontando otro aspecto del tema, deberíamos preguntarnos sobre la verdadera relevancia de estos porcentajes. ¿Acaso nuestros derechos dependen de la opinión de la mayoría de la sociedad? Si la encuesta hubiera dado resultados adversos, ¿tendríamos menos derecho a ser tratados en un plano de equidad con el resto de los ciudadanos? Lejos estoy de negar la importancia de tales resultados pero me parece importante dejar en claro que nuestros derechos son inherentes a nuestra condición humana y no están sujetos a los vaivenes de la opinión pública.

Por otra parte, el lema de “Los mismos derechos con los mismos nombres”, que las organizaciones LGBT enarbolan desde hace ya varios años, se ve mancillado cada vez que se habla de la “Ley de matrimonio gay”. Nadie (o casi nadie) se rebela ante este mote. Yo no quiero un matrimonio gay. No existe el matrimonio gay. El matrimonio debe ser uno solo, más allá de la orientación sexual de les contrayentes. Y no es este un tema menor. Mientras sigamos hablando de matrimonio gay, aun les que de una u otra manera estamos involucrades en la defensa de nuestros derechos seguiremos consintiendo en que nuestras uniones son diferentes a las de las personas heterosexuales y, por lo tanto, pasibles de un tratamiento diferencial. Mientras los nuestros sean matrimonios gays permanecerá cerrado nuestro acceso a la adopción y al respeto social que sin ninguna duda merecemos. Tampoco ayudan (a mi juicio) las pantomimas mediáticas de algunos personajes faranduleros que, carentes de ideales vinculados a la reivindicación de nuestras dignidades, no trepidaron en organizar grandes festejos, dándoles el rótulo de “casamiento”, como si la sola proclamación del deseo fuera suficiente para lograr su concreción. No son pocas las personas desprevenidas que, a partir de las publicitadas ceremonias, asumieron que las bodas entre personas del mismo sexo son legalmente posibles. Aún más, este tipo de confusiones ha dado pie para que, durante la campaña electoral de 2009, una de las candidatas de la derecha (cuya posición adversa al reconocimiento de nuestros derechos es conocida por todes) se permitiera la promesa de que las parejas del mismo sexo podrían casarse cuando ella fuera electa. Pasadas las elecciones y con la banca en el congreso asegurada, la ex candidata se sacó la careta y se manifestó en contra de una ley de matrimonio que eliminara los condicionamientos ligados a la sexualidad de les contrayentes. A lo máximo que accedería sería a una ley nacional de unión civil, similar a la que ya rige en Buenos Aires. Cuando se le señaló la incongruencia de sus declaraciones, sin ponerse colorada, argumentó que se trataba de una mala interpretación de sus palabras, que los mismos gays llaman “casamiento” a la unión civil. Eso de darles letra a les adversaries debería preocuparnos.

El caso de la Iglesia es mucho más frontal y carente de sutilezas. Es por demás conocida la posición de este papa respecto del reconocimiento de nuestros derechos. A él se suma una extensísima lista de fundamentalistas que pretenden elevar sus prejuicios al rango de ley. A partir de sus declaraciones, la comunidad homosexual sería la responsable de todas las calamidades de la humanidad y ahora, a partir de nuestra pretensión de acceder al matrimonio, también seríamos les causantes de la degradación y la desaparición de la familia y de la raza humana en su totalidad. En los últimos meses ha llegado a sorprenderme (e incluso a desconcertarme) la virulencia de los ataques perpetrados por la cúpula vaticana en contra de cualquier avance a favor de nuestra causa. No hace falta un detalle de tan extenso inventario, ¿verdad?

Sin embargo (y sin ánimos de avivar giles), me atrevería a aseverar que tanto empeño en denigrar nuestra lucha y en desconocer nuestros derechos no es más que una muestra de la debilidad que los aqueja. Si nos atacan con tanto encono, si se obstinan en ocupar cuanto espacio les permita la difusión de sus mensajes medievales, si no cejan en su política de difamación y chantaje, es porque TIENEN MIEDO. Saben mejor que nosotres mismes que la victoria de nuestra labor es un hecho que llegará tarde o temprano, tal como sucedió durante la segunda mitad del siglo veinte con las reivindicaciones de los afrodescendientes o con los derechos civiles de las mujeres, por mencionar apenas dos de los tantos avances en materia de derechos humanos acaecidos en la última centuria. En la actualidad, sistemas tales como el suprimido apartheid sudafricano son considerados una atrocidad por la gran mayoría de las personas. Igual desprecio merecen los regímenes fascistas capaces de perpetrar genocidios en contra de millones de judíos, armenios, gitanos y demás etnias irracionalmente perseguidas y masacradas.

A través de sus prédicas homolesbotransfóbicas, tan exacerbadas e insidiosas, los heraldos de la intolerancia no hacen más que mantener el tema en la cabecera de los titulares y, contrariamente a lo que ellos suponen, este hecho redunda en nuestro beneficio. Si bien se cumple también en este caso el espurio axioma goebeliano (“miente, miente, que algo quedará”), no es menos cierto que el tema de los derechos de las diversidades sexuales se va instalando en el discurso cotidiano de la sociedad y llegará el momento en que nadie se escandalice ante la posibilidad de que lesbianas, gays y trans puedan contraer matrimonio, adoptar, heredar y recibir el mismo trato que el resto de los mortales, sin ninguna discriminación. Basta como prueba de lo que digo el actual estado de las cosas. En los tiempos que corren, ningún empleado del McDonald’s se atrevería a echarme del local por mostrarme en público cariñoso con mi pareja, cada vez son más las parejas del mismo sexo que pasean por la calle tomadas de la mano sin que haya consecuencias desagradables, por citar solo algunos ejemplos. Incluso las críticas y las diatribas contribuyen a instalar el tema en la opinión pública y, por paradójico que parezca, la cotidianeidad juega a nuestro favor

Paralelamente, claro, esta situación permite también la aparición de personajes mediáticos que, so pretexto de defender nuestras prerrogativas o en búsqueda lisa y llana de réditos personales, allanan el camino de nuestros detractores mediante actitudes y discursos contrarios a lo que aparentemente intentan sostener.

Pero a pesar de ello, me siento optimista. La razón de ese optimismo se funda en la certidumbre de que el reconocimiento de nuestros derechos inherentes serán un hecho más temprano que tarde. El nuestro es un camino que sin dudas tiene un final y nuestro avance no admite desvíos. Nuestros adversarios están nerviosos y esa es la única prueba que necesito para darme cuenta de que están perdiendo la partida.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad ha aprendido a lo largo de sus lustros que el amor y los ideales siempre son más fuertes.

domingo, 13 de diciembre de 2009

¿Quién es Abel Posse?

Pensaba escribir un artículo al respecto de la designación de este sujeto al frente del ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pero no vale la pena. Ya hay otros que lo han dicho todo mejor que de lo que yo hubiera podido hacerlo. Sobre todo el mismo Posse.







Eso es todo por hoy. Desde las convulsionadas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que aun guarda la tímida esperanza de que nuestro país algún día envuentre el rumbo hacia las soluciones integradoras y democráticas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El valor de una coma


Alguien me envió esto por mail y me parece que está bueno compartirlo. No solo porque es chistoso en sí mismo, sino porque además demuestra que muchas de las cosas que pueden considerarse secundarias no lo son tanto.

EL VALOR DE UNA COMA

Julio Cortázar escribe "La coma" es la puerta giratoria del pensamiento. En efecto, lea y analice la siguiente frase:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda."

¿Dónde colocaría usted la coma?

- Si usted es mujer, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra mujer. Lo que daría:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda."

Pero, si usted es varón, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra tiene. Y quedaría:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda."


domingo, 9 de agosto de 2009

¡La pobreza está de moda!


Esto es algo que no sucedía (si la memoria no me falla) desde que la televisión descubriera que en Tucumán había chicos que se morían de hambre, allá por el 2003.

Rompió el hielo Hugo Biolcati, Presidente de la Sociedad Rural Argentina, con un
discurso en el cual desarrolló extensamente su idea de PATRIA y tras lo cual (ya finalizando) se preguntó: "¿Porque el 27% de los argentinos padece hambre? ¿Por qué hay familias que revuelven los tachos de basura en busca de comida?". Curioso que se lo pregunte recién ahora, siendo que muches de nosotres, sin ser eruditos en la materia, nos lo venimos preguntando desde hace décadas. ¿Habrá algún oscuro trasfondo detrás de la "preocupación" de Biolcati? En esto estoy con el diputado Claudio Lozano: Si tan afligido está, primero hablemos de POBREZA entonces y después de RETENCIONES.

Pero el titular de la SRA no fue el único. Benenito XVI también hizo lo suyo. En un telegrama enviado a la Nunciatura en mayo último, el Papa pidió “reducir el escándalo de la pobreza y la inequidad social” para “hacer posible una sociedad más justa y solidaria”. Con meses de anticipación a la polémica que algunos medios intentan implantar ahora, no hizo más que impartir una bendición apostólica para la colecta Más por Menos de Caritas Argentina. Supongo que ha de ser un mensaje estandarizado similar al que pudo haber enviado a Panamá, Jamaica o Etiopía, pero vino como anillo al dedo para atizar las brasas destinadas a deslucir aun más la gestión del matrimonio presidente. Los medios hacen estas cosas porque saben que funcionan. Ya se sabe que a rio revuelto...

Cuando leía las declaraciones de Biolcati y las palabras de Benenito me asusté. ¿Cómo podía ser que a estas alturas de mi vida pudiera yo estar de acuerdo con esta "gente"? Después me tranquilicé: la pobreza es un escándalo, del mismo modo que la riqueza extrema y vergonzante de muches individues es una obscenidad. E igualmente indignante resulta que personajes de esa calaña se apropien de la defensa de les pobres, como si alguna vez se hubieran preocupado por aquelles que sufren el hambre y la miseria. El mismo hambre y la misma miseria que han alimentado las cuentas bancarias de les que ahora se rasgan las vestiduras. Huelga repetir que les Biolcati, les K, les Benenito y tantes otres han sido desde siempre aliades estratégiques de ese poder que genera la pobreza que hoy tanto les duele. No es necesario decir que NO LES CREO NADA. Y es que les pobres nos les han interesado, no les interesan ni les interesarán jamás en la medida en que no puedan explotarles. La síntesis del genial Quino puede decirlo mejor que cualquiera:


Y ahí está el asunto: estes pobres de hoy, por más que se les exprima, ya no sueltan jugo de tan seques y esquilmades que están. Muy por el contrario, les pobres de hoy se han convertido en una amenaza por la simple razón de que ya no tienen nada que perder y están dispuestes (por decisión o por instinto) a tomar por la fuerza lo que les ha sido arrebatado desde siempre de manera solapada (y no tanto). En este caso, les agresores originales se pretenden víctimas de la INSEGURIDAD y manipulan la opinión pública en su favor. Hay gente que siempre cae parade y puede fumar bajo el agua. El maestro Quino también lo sabía desde hace tiempo:


¿Y nosotres que papel desempeñamos en todo este desbarajuste? Muches de nosotres también hemos pecado por falta u omisión. Otres hemos sido muy inocentes.

En una parte de su alocución, el titular de la SRA decía: "Pienso en Manuel Belgrano, en José de San Martín, en Domingo Faustino Sarmiento, en Juan Bautista Alberdi, hombres que le dieron a la PATRIA todo, sin pedirle nada". ¡Minga que no le pidieron nada! Eran tan de carne y hueso como cualquier hije de vecine y necesitaban al menos el sustento mínimo para continuar con sus patrióticas gestas. El caso más triste, el del pobre Belgrano, que no solo era ideológicamente enemigo de los grandes terratenientes sino que reclamó de la PATRIA los pagos de sus sueldos atrasados hasta el día de su muerte (pagos que nunca se efectuaron, por supuesto). Sin embargo, a dirigentes como Biolcati les conviene fomentar la ancestral prédica cristiana de la mansedumbre. Agachemos la cabeza y banquémonos lo que venga, que nuestra recompensa vendrá recién en la vida eterna. Y entre tanto ¡A JODERSE! que para eso somos pobres.

La pobreza de hoy no la inventaron los K. Los gobiernos anteriores tampoco han hecho mucho por mejorar la situación. A la rata riojana alguien la votó. Todavía hay quienes aseguran que con les miliques y sus amiguites civiles estábamos mejor. La evasión impositiva sigue siendo deporte nacional, como tener empleados en negro o creer que un plasma nos pone por encima de quienes nada tienen. ¿Acaso durante la última campaña electoral alguien priorizó a la POBREZA como uno de los males a resolver? ¿Cuántes de nosotros está de acuerdo con la señora de los almuerzos cuando dice que les pobres no tienen la capacidad de pensar, abriendo las puertas de la democracia al voto calificado? Lo peor que hemos hecho la mayoría de nosotres alguna vez es habernos creído el cuento del sueño americano, fomentando el "no te metás" y el "sálvese quien pueda".


En nuestra comunidad LGBT esto último toma un ribete muy desagradable. Alguien (vaya une a saber por qué... o sí se sabe...) ha decretado que les gays debemos ser todes glamoroses y de clase media/alta. Una de las consecuencias es que nuestra "cultura" invisibiliza a les pobres como pocos otros sectores de la sociedad. Aún más que a les viejes, que ya bien poca atención reciben (o recibimos, bah). "Ser pobre no es vergüenza" se suele decir, pero no son poques les que se niegan a considerar a las personas LGBT con necesidades básicas no satisfechas a la hora de los reclamos. Como hijes de esta sociedad discriminadora que nos amamanta (a veces) hemos acuñado desprecios tan degradantes como "marica talón rajado" y linduras por el estlo, como si solo fuéramos una cáscara, relegando la esencia del ser humano al último plano de importancia. Recuerdo con vergüenza ajena las declaraciones del "señor" Roberto Piazza alegrándose de la muerte de un joven que lo había asaltado en un restorant de lujo. Se me revuelve el estómago cuando el "señor" Jaime Bayly hace uso de los medios para referirse a algo que tenga que ver, aunque sea de lejos, con lo popular.

Queda mucho por decir. Pero sobre todo, queda mucho por reflexionar y por hacer para lograr una "sociedad más justa y solidaria". Dejemos de soñar con llegar a ser como Susana Giménez o como Mirta. Como los príncipes azules, las divas también destiñen y no me cabe duda de que, cuando van al baño, no cagan rosas. Sería mejor aprender de Don José de San Martín (ya que Biolcati dice admirarlo tanto) que alguna vez dijo: "Debemos aprender a distinguir entre los que buscan nuestro bien y los que solo pretenden nuestra ruina".


Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que sabe positivamente que Benenito y compañía están entre les segundes.

miércoles, 29 de julio de 2009

La Teoría de los Quichicientos Demonios


Días atrás, me contaron un chiste que, además de gracioso, me resulta significativo.

Dicen que Cristina (nuestra presidente) citó a los jefes de la oposición para iniciar la ronda de diálogo y para que la cosa fuera más distendida decidieron reunirse a orillas de los Lagos de Palermo. En plena charla, el viento levantó en vuelo las listas de peticiones que llevaban los opositores, diseminándolas por la superficie del lago. Entonces Cristina, para dar muestras de su buena voluntad, se puso de pie y, caminando sobre las aguas, llegó hasta el centro del lago, tomó uno a uno los papeles, los sopló y regresó para distribuirlos nuevamente entre los presentes, completamente secos. La reunión continuó con toda normalidad y se llegaron a acuerdos muy importantes. A la mañana siguiente, Clarín tituló en primera plana: CRISTINA NO SABE NADAR.

¿Notaron que NADA de lo que haga el gobierno conforma a la oposición? Ni a la oposición ni a Mirtha Legrand, por supuesto, quien (según lo dicho graciosamente por el actor Federico Luppi) "se ha convertido en una derechona gorilaza". Aunque en verdad siempre lo ha sido.

Cuando presidía el país Néstor Kirchner, en cualquier mesa de café se decía que el verdadero gobierno estaba en manos de Cristina. La sospecha era sazonada con guarnición de chistes y era, más que nada, una broma. Ahora que ella gobierna efectivamente, la sospecha ha dado un giro de 180 grados y se dice que el que maneja los destinos del Estado no es otro que Néstor. Curiosamente, al revés de lo que sucedía antes, la idea de que la presidente sea manipulada por su marido deja de ser graciosa y se transforma en un pecado capital que hundirá a Cristina en las mazmorras de la ignominia y la demonización. ¿Habrá aquí una cuestión de género sin resolver? ¿Se tratará acaso de un nuevo ejemplo de la proverbial misoginia que define a nuestra sociedad? Como es mi costumbre, lanzo la pregunta y les dejo a mis lectores la elaboración de una respuesta.

Pero voy un poco más allá. ¿Es Cristina el único demonio político de estos tiempos? ¿Qué pasa con su marido? ¿Qué con Guillermo Moreno, ícono de la amenaza y la extorsión en el gobierno de los Kirchner? ¿Qué con Luis D´Elía, dirigente kirchnerista que ha encontrado en el odio hacia la oligarquía su energía vital?

Más que el fútbol, el deporte nacional parece ser el de encontrar DEMONIOS a quienes culpar del supuesto estancamiento en el que se encuentra nuestro país. Digo supuesto porque se me hace que este concepto es de los que une puede considerar como subjetivo en este caso, ya que para algunes estamos atravesando la peor crisis de nuestra historia y para otres nunca estuvimos tan cerca del paraíso terrenal. Al respecto solo diré que he vivido épocas más florecientes (como individuo y como miembro de esta comunidad) pero también debo confesar que (a mi entender) la situación actual de nuestro país no se asemeja ni por lejos a los años de la rata riojana o (mucho menos todavía) a las épocas de Videla y sus secuaces. ¡No jodamos!

Personalmente, no creo en demonios.

Sí creo en la falta de voluntad, en el egoísmo, en las actitudes corporativas, en la soberbia, en la mezquindad, en la ausencia de espíritu solidario... ¡uf!... y la lista sigue. Cualidades que, por cierto, no son patrimonio exclusivo del matrimonio presidente. Los líderes de la oposición han dado ya suficientes muestras de que no son mejores. Nosotres mismes como sociedad también.

"La gente quiere un cambio" repetía un amigo, con toda la euforia, feliz por el triunfo de De Narváez en la Provincia de Buenos Aires, el pasado 28 de junio. Yo me pregunto: ¿de qué cambio me habla? Francisco De Narváez surgió a la política al amparo de la rata y nunca ha renegado de su pasado menemista. Muy por el contrario, él y su socio Mauricio siguen adhiriendo a la ideología que entronara al hoy vetusto caudillo riojano. Ambos dos reproducen en su discurso las propuestas que ya han fracasado en manos de su mentor... O... perdón, me rectifico: esas políticas no han fracasado en absoluto. Las medidas instrumentadas en los '90 fueron sumamente efectivas y terminaron (tal como era su objetivo) con la tarea iniciada por los tantos Krieger Vasena y Martínez de Hoz que han poblado nuestra historia. Eso es lo que nos trae la Unión PRO como propuesta: más de lo mismo para que todo siga igual.

En ese sentido, cuando alguien despotrica en contra del gobierno actual, no me queda otra que mirar a quienes están en la vereda de enfrente. A estas alturas de mi vida ya he aprendido que el sol que entibia los intereses de la Sociedad Rural, de Techint, de les Mariano Grondona, de les Biolcati, de les Macri, de les Ernestina de Noble, de les Eduardo Feinman... ese sol JAMÁS habrá de darle bienestar a les que soñamos un mundo más solidario. No se trata, sin embargo, de optar por lo menos malo. La idea sería la de no facilitarle la tarea al poder que siempre nos ha ninguneado, generar opciones o creer en las que ya existen. En lo que respecta a nosotres mismes, les integrantes de la comunidad LGBT, sería bueno que evitáramos participar también de este sinsentido descomunal que busca soluciones en una ideología que de ninguna manera puede dar respuestas positivas a nuestras necesidades. La derecha ya se ha manifestado en contra de la Ley de Matrimonio para las personas del mismo género, tibiamente apoyaría apenas (y a penas) una Ley de Unión Civil. Ya se sabe que la derecha no acepta la adopción por parte de personas LGBT, que desprecia a les trans y nos considera a todes como enfermes (cuando no pecadores), solo porque en el siglo XXI ya no es políticamente correcto endilgarnos el sambenito de "delincuentes". ¿En estas personas buscamos realmente el cambio? A mí me da más síndrome de Estocolmo que otra cosa. Sensación que podría extender a la sociedad en su conjunto y en referencia no solo a les polítiques que encumbra sino también a les ídoles populares. Las declaraciones que la señora Legrand ha regurgitado en los últimos tiempos exponiendo sus ideas sobre les pobres, los derechos humanos o la defensa de los regímenes democráticos deberían ser razón más que suficiente para merecer el repudio generalizado. Sin embargo, goza de toda la popularidad que un pueblo puede otorgar a una diva de su calaña. En la misma tesitura, podría mencionar a la inefable Su con su prédica a favor de la pena de muerte. Pero el mayor galardón, el Gran Premio al Cretino de Oro de los Medios, yo se lo daría a Marcelo Hugo, un chacal de proporciones que carece de límites y de vergüenza y no trepida en recibir a la rata en su programa (aún hoy) con elogios tales como "Es un honor para nosotros...". Curioso que se emplee dicho término en una situación semejante.

No creo en demonios. No. Ni siquiera otorgo esa categoría a la rata riojana que, hoy por hoy, es uno de los personajes de nuestra realidad que más desprecio. Creo en les canallas, en las personas sin escrúpulos y también creo en las gentes que, con buenas o malas intenciones, les hacen el caldo gordo.

Soy de la idea que nuestro mundo no habrá de cambiar en tanto y en cuanto nosotres, la gente común, no hagamos un mea culpa y reflexionemos sobre lo que hemos hecho (y lo que no) para que las cosas hayan llegado hasta este estado. Denostar al matrimonio presidencial, empleando las palabras que otres ponen en nuestra boca y eludiendo una argumentación sólida, o negar los muchos o pocos aciertos de su gestión es un camino cómodo hacia la frustración de muches y el pingüe beneficio de muy poques. En todo caso, si tan disconformes estamos con el gobierno, lo positivo sería tratar de dilucidar las razones por las cuales les pingüines están donde están, haciendo lo que hacen y lo que no. ¿Qué responsabilidad tenemos nosotres en ello? Si queremos un cambio, optemos por algo nuevo de verdad, por descabellado que parezca. Es de necios negar tozudamente las opciones existentes. Pero si no nos animamos, o nos da igual, o si lo único que nos interesa es seguir mirándonos el ombligo o cuidar el bolsillo, o si nos resulta más fácil hacer la gran Homero y creer a pie juntillas lo que dice la televisión, sigamos admirando y premiando a les que nos desprecian. Total... siempre podremos echarle la culpa de lo que nos pasa a los demonios de turno.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no necesita inventar demonios para justificar los propios errores... o los ajenos.







Novelas de Carlos Ruiz Zafón