domingo, 7 de febrero de 2010

Yo tengo fe


Tranquiles, que el título de este artículo no tiene nada que ver con alguna remota simpatía de mi parte hacia la producción artística de Palito Ortega, mucho menos hacia esa canción homónima, que resume la falta de talento y buen gusto de su autor. Tampoco se relaciona mi fe con esa necesidad humana de explicar el universo a través de postulados dogmáticos que pueden llegar a calmar alguna angustia pero son incapaces de contribuir al desarrollo de un hombre libre.

Mi optimismo es más genuino y terreno.

Cuando yo era (más) joven, allá por los setenta, no existía McDonald’s y la firma encargada de atosigarnos con su comida chatarra llevaba el nombre de Pumpernic, cuyos locales eran punto de reunión obligado para la juventud de entonces. No eran épocas muy felices para nuestro país y había que tener cuidado. Cualquier error o cualquier imprudencia podía terminar en tragedia. Sin embargo, a pesar de las innumerables recomendaciones de nuestres padres, como buenos jóvenes que éramos, de tanto en tanto se nos daba por retar al destino. Les más memoriosos no me dejarán mentir. Recuerdo específicamente un mediodía de primavera en el Pumpernic del barrio de Floresta. El que durante los años de mi adolescencia fue mi novio me había invitado a almorzar. Habíamos estado un poco distanciados por algunos meses y tratábamos de recomponer la relación, de modo que el plan era compartir y satisfacer la necesidad de estar juntos. El local estaba atestado de gente y fue larga la espera para que nos entregaran la bandejita con la comida. Entre tanto, la charla era fluida y abundaban las miradas y las caricias furtivas. En el ámbito represivo en el que vivíamos, era la manera de decir “te quiero”. Luego nos sentamos en la mesa más escondida y continuamos con nuestro divertido juego de seducción. Poco a poco, la conversación se puso más y más melosa y ambos nos sentíamos en el paraíso por el simple hecho de saber que nuestro amor era correspondido. Les adolescentes han sido, son y serán siempre iguales. De tanto en tanto, percibíamos alguna mirada censora por parte de la gente que estaba a nuestro alrededor pero, teniendo la certeza de no estar haciendo nada malo, hacíamos caso omiso de todo tipo de murmuraciones. Claro: el asunto fue que, confiados en nuestra felicidad, devoradas ya las hamburguesas y las papas fritas, nos dejamos llevar y por un par de segundos (juro que no fueron más que un par de segundos) la mano de él se posó sobre la mía. A los pocos minutos, el encargado del local se acercó a nuestra mesa y con expresión circunspecta nos invitó a retirarnos del establecimiento.

Tal vez lo que más escandalizó a las personas presentes no fuera el roce de su mano sobre la mía. Hoy en día me inclino a suponer que lo peor para ellas residía en nuestra expresión de plena felicidad y gozo al hacerlo. Sin mencionar el horror de todos los rostros cuando, levantándonos de las sillas y encaminándonos hacia la salida, nos abrazamos y nos dimos un beso en la boca. Nada sexual, por cierto: solo un simple y acaramelado besito en los labios. Oímos los murmullos y las desaprobaciones diversas de les presentes. Sobre todo un sonoro y estridente “¡putazos!”, celebrado por las risotadas de muches, que quedó resonando en la sala hasta que nos fuimos.

Habemos quienes hemos vivido esa triste época en la que la mera expresión de afecto entre dos hombres era razón suficiente para la censura y el escarnio. Los varones debíamos saludarnos con un apretón de manos, cuanto más fuerte mejor (si me habrán hecho crujir los huesitos con el propósito de demostrar virilidad). En su defecto, lo máximo que se permitía era un abrazo, pero este abrazo debía ser “a lo macho”, con fuertes y exagerados golpes en la espalda. Como dijo alguien alguna vez: eran tiempos en los que había que ser muy macho para ser puto. Y con esto no pretendo decir que en la actualidad estemos atravesando la era del respeto universal y absoluto por la diversidad sexual. Nada que ver. Pero convengamos que, hoy en día, al menos en Buenos Aires y en otras grandes ciudades, la vida de gays y lesbianas es mucho menos tortuosa que entonces. Excluyendo, por supuesto, a las personas trans, para quienes la era del respeto social se vislumbra todavía muy lejana. Para ellas, el tiempo parece haberse detenido en la época de la santa inquisición.

Circula por ahí una encuesta que busca reforzar la idea de que algo así como el 70% de les argentines está de acuerdo con la sanción de una ley que nos permita contraer matrimonio. O sea que la mayoría de la gente vería con buenos ojos que dos hombres o dos mujeres (casi no hay referencias a las personas trans) puedan casarse con todas las de la ley. Todes sabemos la facilidad con que hoy en día se manipulan las encuestas y no sería de extrañar que tales resultados no se correspondieran exactamente con la realidad. En la vida cotidiana, no he tenido hasta el momento la felicidad de toparme con ese 70% de compatriotas que apoyan nuestra causa. Pero de ser correctos, me inclinaría a suponer que esas cifras corresponden a la ciudad de Buenos Aires y no a toda la nación. Más allá de ello y afrontando otro aspecto del tema, deberíamos preguntarnos sobre la verdadera relevancia de estos porcentajes. ¿Acaso nuestros derechos dependen de la opinión de la mayoría de la sociedad? Si la encuesta hubiera dado resultados adversos, ¿tendríamos menos derecho a ser tratados en un plano de equidad con el resto de los ciudadanos? Lejos estoy de negar la importancia de tales resultados pero me parece importante dejar en claro que nuestros derechos son inherentes a nuestra condición humana y no están sujetos a los vaivenes de la opinión pública.

Por otra parte, el lema de “Los mismos derechos con los mismos nombres”, que las organizaciones LGBT enarbolan desde hace ya varios años, se ve mancillado cada vez que se habla de la “Ley de matrimonio gay”. Nadie (o casi nadie) se rebela ante este mote. Yo no quiero un matrimonio gay. No existe el matrimonio gay. El matrimonio debe ser uno solo, más allá de la orientación sexual de les contrayentes. Y no es este un tema menor. Mientras sigamos hablando de matrimonio gay, aun les que de una u otra manera estamos involucrades en la defensa de nuestros derechos seguiremos consintiendo en que nuestras uniones son diferentes a las de las personas heterosexuales y, por lo tanto, pasibles de un tratamiento diferencial. Mientras los nuestros sean matrimonios gays permanecerá cerrado nuestro acceso a la adopción y al respeto social que sin ninguna duda merecemos. Tampoco ayudan (a mi juicio) las pantomimas mediáticas de algunos personajes faranduleros que, carentes de ideales vinculados a la reivindicación de nuestras dignidades, no trepidaron en organizar grandes festejos, dándoles el rótulo de “casamiento”, como si la sola proclamación del deseo fuera suficiente para lograr su concreción. No son pocas las personas desprevenidas que, a partir de las publicitadas ceremonias, asumieron que las bodas entre personas del mismo sexo son legalmente posibles. Aún más, este tipo de confusiones ha dado pie para que, durante la campaña electoral de 2009, una de las candidatas de la derecha (cuya posición adversa al reconocimiento de nuestros derechos es conocida por todes) se permitiera la promesa de que las parejas del mismo sexo podrían casarse cuando ella fuera electa. Pasadas las elecciones y con la banca en el congreso asegurada, la ex candidata se sacó la careta y se manifestó en contra de una ley de matrimonio que eliminara los condicionamientos ligados a la sexualidad de les contrayentes. A lo máximo que accedería sería a una ley nacional de unión civil, similar a la que ya rige en Buenos Aires. Cuando se le señaló la incongruencia de sus declaraciones, sin ponerse colorada, argumentó que se trataba de una mala interpretación de sus palabras, que los mismos gays llaman “casamiento” a la unión civil. Eso de darles letra a les adversaries debería preocuparnos.

El caso de la Iglesia es mucho más frontal y carente de sutilezas. Es por demás conocida la posición de este papa respecto del reconocimiento de nuestros derechos. A él se suma una extensísima lista de fundamentalistas que pretenden elevar sus prejuicios al rango de ley. A partir de sus declaraciones, la comunidad homosexual sería la responsable de todas las calamidades de la humanidad y ahora, a partir de nuestra pretensión de acceder al matrimonio, también seríamos les causantes de la degradación y la desaparición de la familia y de la raza humana en su totalidad. En los últimos meses ha llegado a sorprenderme (e incluso a desconcertarme) la virulencia de los ataques perpetrados por la cúpula vaticana en contra de cualquier avance a favor de nuestra causa. No hace falta un detalle de tan extenso inventario, ¿verdad?

Sin embargo (y sin ánimos de avivar giles), me atrevería a aseverar que tanto empeño en denigrar nuestra lucha y en desconocer nuestros derechos no es más que una muestra de la debilidad que los aqueja. Si nos atacan con tanto encono, si se obstinan en ocupar cuanto espacio les permita la difusión de sus mensajes medievales, si no cejan en su política de difamación y chantaje, es porque TIENEN MIEDO. Saben mejor que nosotres mismes que la victoria de nuestra labor es un hecho que llegará tarde o temprano, tal como sucedió durante la segunda mitad del siglo veinte con las reivindicaciones de los afrodescendientes o con los derechos civiles de las mujeres, por mencionar apenas dos de los tantos avances en materia de derechos humanos acaecidos en la última centuria. En la actualidad, sistemas tales como el suprimido apartheid sudafricano son considerados una atrocidad por la gran mayoría de las personas. Igual desprecio merecen los regímenes fascistas capaces de perpetrar genocidios en contra de millones de judíos, armenios, gitanos y demás etnias irracionalmente perseguidas y masacradas.

A través de sus prédicas homolesbotransfóbicas, tan exacerbadas e insidiosas, los heraldos de la intolerancia no hacen más que mantener el tema en la cabecera de los titulares y, contrariamente a lo que ellos suponen, este hecho redunda en nuestro beneficio. Si bien se cumple también en este caso el espurio axioma goebeliano (“miente, miente, que algo quedará”), no es menos cierto que el tema de los derechos de las diversidades sexuales se va instalando en el discurso cotidiano de la sociedad y llegará el momento en que nadie se escandalice ante la posibilidad de que lesbianas, gays y trans puedan contraer matrimonio, adoptar, heredar y recibir el mismo trato que el resto de los mortales, sin ninguna discriminación. Basta como prueba de lo que digo el actual estado de las cosas. En los tiempos que corren, ningún empleado del McDonald’s se atrevería a echarme del local por mostrarme en público cariñoso con mi pareja, cada vez son más las parejas del mismo sexo que pasean por la calle tomadas de la mano sin que haya consecuencias desagradables, por citar solo algunos ejemplos. Incluso las críticas y las diatribas contribuyen a instalar el tema en la opinión pública y, por paradójico que parezca, la cotidianeidad juega a nuestro favor

Paralelamente, claro, esta situación permite también la aparición de personajes mediáticos que, so pretexto de defender nuestras prerrogativas o en búsqueda lisa y llana de réditos personales, allanan el camino de nuestros detractores mediante actitudes y discursos contrarios a lo que aparentemente intentan sostener.

Pero a pesar de ello, me siento optimista. La razón de ese optimismo se funda en la certidumbre de que el reconocimiento de nuestros derechos inherentes serán un hecho más temprano que tarde. El nuestro es un camino que sin dudas tiene un final y nuestro avance no admite desvíos. Nuestros adversarios están nerviosos y esa es la única prueba que necesito para darme cuenta de que están perdiendo la partida.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad ha aprendido a lo largo de sus lustros que el amor y los ideales siempre son más fuertes.

domingo, 13 de diciembre de 2009

¿Quién es Abel Posse?

Pensaba escribir un artículo al respecto de la designación de este sujeto al frente del ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pero no vale la pena. Ya hay otros que lo han dicho todo mejor que de lo que yo hubiera podido hacerlo. Sobre todo el mismo Posse.







Eso es todo por hoy. Desde las convulsionadas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que aun guarda la tímida esperanza de que nuestro país algún día envuentre el rumbo hacia las soluciones integradoras y democráticas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El valor de una coma


Alguien me envió esto por mail y me parece que está bueno compartirlo. No solo porque es chistoso en sí mismo, sino porque además demuestra que muchas de las cosas que pueden considerarse secundarias no lo son tanto.

EL VALOR DE UNA COMA

Julio Cortázar escribe "La coma" es la puerta giratoria del pensamiento. En efecto, lea y analice la siguiente frase:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda."

¿Dónde colocaría usted la coma?

- Si usted es mujer, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra mujer. Lo que daría:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda."

Pero, si usted es varón, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra tiene. Y quedaría:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda."


domingo, 9 de agosto de 2009

¡La pobreza está de moda!


Esto es algo que no sucedía (si la memoria no me falla) desde que la televisión descubriera que en Tucumán había chicos que se morían de hambre, allá por el 2003.

Rompió el hielo Hugo Biolcati, Presidente de la Sociedad Rural Argentina, con un
discurso en el cual desarrolló extensamente su idea de PATRIA y tras lo cual (ya finalizando) se preguntó: "¿Porque el 27% de los argentinos padece hambre? ¿Por qué hay familias que revuelven los tachos de basura en busca de comida?". Curioso que se lo pregunte recién ahora, siendo que muches de nosotres, sin ser eruditos en la materia, nos lo venimos preguntando desde hace décadas. ¿Habrá algún oscuro trasfondo detrás de la "preocupación" de Biolcati? En esto estoy con el diputado Claudio Lozano: Si tan afligido está, primero hablemos de POBREZA entonces y después de RETENCIONES.

Pero el titular de la SRA no fue el único. Benenito XVI también hizo lo suyo. En un telegrama enviado a la Nunciatura en mayo último, el Papa pidió “reducir el escándalo de la pobreza y la inequidad social” para “hacer posible una sociedad más justa y solidaria”. Con meses de anticipación a la polémica que algunos medios intentan implantar ahora, no hizo más que impartir una bendición apostólica para la colecta Más por Menos de Caritas Argentina. Supongo que ha de ser un mensaje estandarizado similar al que pudo haber enviado a Panamá, Jamaica o Etiopía, pero vino como anillo al dedo para atizar las brasas destinadas a deslucir aun más la gestión del matrimonio presidente. Los medios hacen estas cosas porque saben que funcionan. Ya se sabe que a rio revuelto...

Cuando leía las declaraciones de Biolcati y las palabras de Benenito me asusté. ¿Cómo podía ser que a estas alturas de mi vida pudiera yo estar de acuerdo con esta "gente"? Después me tranquilicé: la pobreza es un escándalo, del mismo modo que la riqueza extrema y vergonzante de muches individues es una obscenidad. E igualmente indignante resulta que personajes de esa calaña se apropien de la defensa de les pobres, como si alguna vez se hubieran preocupado por aquelles que sufren el hambre y la miseria. El mismo hambre y la misma miseria que han alimentado las cuentas bancarias de les que ahora se rasgan las vestiduras. Huelga repetir que les Biolcati, les K, les Benenito y tantes otres han sido desde siempre aliades estratégiques de ese poder que genera la pobreza que hoy tanto les duele. No es necesario decir que NO LES CREO NADA. Y es que les pobres nos les han interesado, no les interesan ni les interesarán jamás en la medida en que no puedan explotarles. La síntesis del genial Quino puede decirlo mejor que cualquiera:


Y ahí está el asunto: estes pobres de hoy, por más que se les exprima, ya no sueltan jugo de tan seques y esquilmades que están. Muy por el contrario, les pobres de hoy se han convertido en una amenaza por la simple razón de que ya no tienen nada que perder y están dispuestes (por decisión o por instinto) a tomar por la fuerza lo que les ha sido arrebatado desde siempre de manera solapada (y no tanto). En este caso, les agresores originales se pretenden víctimas de la INSEGURIDAD y manipulan la opinión pública en su favor. Hay gente que siempre cae parade y puede fumar bajo el agua. El maestro Quino también lo sabía desde hace tiempo:


¿Y nosotres que papel desempeñamos en todo este desbarajuste? Muches de nosotres también hemos pecado por falta u omisión. Otres hemos sido muy inocentes.

En una parte de su alocución, el titular de la SRA decía: "Pienso en Manuel Belgrano, en José de San Martín, en Domingo Faustino Sarmiento, en Juan Bautista Alberdi, hombres que le dieron a la PATRIA todo, sin pedirle nada". ¡Minga que no le pidieron nada! Eran tan de carne y hueso como cualquier hije de vecine y necesitaban al menos el sustento mínimo para continuar con sus patrióticas gestas. El caso más triste, el del pobre Belgrano, que no solo era ideológicamente enemigo de los grandes terratenientes sino que reclamó de la PATRIA los pagos de sus sueldos atrasados hasta el día de su muerte (pagos que nunca se efectuaron, por supuesto). Sin embargo, a dirigentes como Biolcati les conviene fomentar la ancestral prédica cristiana de la mansedumbre. Agachemos la cabeza y banquémonos lo que venga, que nuestra recompensa vendrá recién en la vida eterna. Y entre tanto ¡A JODERSE! que para eso somos pobres.

La pobreza de hoy no la inventaron los K. Los gobiernos anteriores tampoco han hecho mucho por mejorar la situación. A la rata riojana alguien la votó. Todavía hay quienes aseguran que con les miliques y sus amiguites civiles estábamos mejor. La evasión impositiva sigue siendo deporte nacional, como tener empleados en negro o creer que un plasma nos pone por encima de quienes nada tienen. ¿Acaso durante la última campaña electoral alguien priorizó a la POBREZA como uno de los males a resolver? ¿Cuántes de nosotros está de acuerdo con la señora de los almuerzos cuando dice que les pobres no tienen la capacidad de pensar, abriendo las puertas de la democracia al voto calificado? Lo peor que hemos hecho la mayoría de nosotres alguna vez es habernos creído el cuento del sueño americano, fomentando el "no te metás" y el "sálvese quien pueda".


En nuestra comunidad LGBT esto último toma un ribete muy desagradable. Alguien (vaya une a saber por qué... o sí se sabe...) ha decretado que les gays debemos ser todes glamoroses y de clase media/alta. Una de las consecuencias es que nuestra "cultura" invisibiliza a les pobres como pocos otros sectores de la sociedad. Aún más que a les viejes, que ya bien poca atención reciben (o recibimos, bah). "Ser pobre no es vergüenza" se suele decir, pero no son poques les que se niegan a considerar a las personas LGBT con necesidades básicas no satisfechas a la hora de los reclamos. Como hijes de esta sociedad discriminadora que nos amamanta (a veces) hemos acuñado desprecios tan degradantes como "marica talón rajado" y linduras por el estlo, como si solo fuéramos una cáscara, relegando la esencia del ser humano al último plano de importancia. Recuerdo con vergüenza ajena las declaraciones del "señor" Roberto Piazza alegrándose de la muerte de un joven que lo había asaltado en un restorant de lujo. Se me revuelve el estómago cuando el "señor" Jaime Bayly hace uso de los medios para referirse a algo que tenga que ver, aunque sea de lejos, con lo popular.

Queda mucho por decir. Pero sobre todo, queda mucho por reflexionar y por hacer para lograr una "sociedad más justa y solidaria". Dejemos de soñar con llegar a ser como Susana Giménez o como Mirta. Como los príncipes azules, las divas también destiñen y no me cabe duda de que, cuando van al baño, no cagan rosas. Sería mejor aprender de Don José de San Martín (ya que Biolcati dice admirarlo tanto) que alguna vez dijo: "Debemos aprender a distinguir entre los que buscan nuestro bien y los que solo pretenden nuestra ruina".


Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que sabe positivamente que Benenito y compañía están entre les segundes.

miércoles, 29 de julio de 2009

La Teoría de los Quichicientos Demonios


Días atrás, me contaron un chiste que, además de gracioso, me resulta significativo.

Dicen que Cristina (nuestra presidente) citó a los jefes de la oposición para iniciar la ronda de diálogo y para que la cosa fuera más distendida decidieron reunirse a orillas de los Lagos de Palermo. En plena charla, el viento levantó en vuelo las listas de peticiones que llevaban los opositores, diseminándolas por la superficie del lago. Entonces Cristina, para dar muestras de su buena voluntad, se puso de pie y, caminando sobre las aguas, llegó hasta el centro del lago, tomó uno a uno los papeles, los sopló y regresó para distribuirlos nuevamente entre los presentes, completamente secos. La reunión continuó con toda normalidad y se llegaron a acuerdos muy importantes. A la mañana siguiente, Clarín tituló en primera plana: CRISTINA NO SABE NADAR.

¿Notaron que NADA de lo que haga el gobierno conforma a la oposición? Ni a la oposición ni a Mirtha Legrand, por supuesto, quien (según lo dicho graciosamente por el actor Federico Luppi) "se ha convertido en una derechona gorilaza". Aunque en verdad siempre lo ha sido.

Cuando presidía el país Néstor Kirchner, en cualquier mesa de café se decía que el verdadero gobierno estaba en manos de Cristina. La sospecha era sazonada con guarnición de chistes y era, más que nada, una broma. Ahora que ella gobierna efectivamente, la sospecha ha dado un giro de 180 grados y se dice que el que maneja los destinos del Estado no es otro que Néstor. Curiosamente, al revés de lo que sucedía antes, la idea de que la presidente sea manipulada por su marido deja de ser graciosa y se transforma en un pecado capital que hundirá a Cristina en las mazmorras de la ignominia y la demonización. ¿Habrá aquí una cuestión de género sin resolver? ¿Se tratará acaso de un nuevo ejemplo de la proverbial misoginia que define a nuestra sociedad? Como es mi costumbre, lanzo la pregunta y les dejo a mis lectores la elaboración de una respuesta.

Pero voy un poco más allá. ¿Es Cristina el único demonio político de estos tiempos? ¿Qué pasa con su marido? ¿Qué con Guillermo Moreno, ícono de la amenaza y la extorsión en el gobierno de los Kirchner? ¿Qué con Luis D´Elía, dirigente kirchnerista que ha encontrado en el odio hacia la oligarquía su energía vital?

Más que el fútbol, el deporte nacional parece ser el de encontrar DEMONIOS a quienes culpar del supuesto estancamiento en el que se encuentra nuestro país. Digo supuesto porque se me hace que este concepto es de los que une puede considerar como subjetivo en este caso, ya que para algunes estamos atravesando la peor crisis de nuestra historia y para otres nunca estuvimos tan cerca del paraíso terrenal. Al respecto solo diré que he vivido épocas más florecientes (como individuo y como miembro de esta comunidad) pero también debo confesar que (a mi entender) la situación actual de nuestro país no se asemeja ni por lejos a los años de la rata riojana o (mucho menos todavía) a las épocas de Videla y sus secuaces. ¡No jodamos!

Personalmente, no creo en demonios.

Sí creo en la falta de voluntad, en el egoísmo, en las actitudes corporativas, en la soberbia, en la mezquindad, en la ausencia de espíritu solidario... ¡uf!... y la lista sigue. Cualidades que, por cierto, no son patrimonio exclusivo del matrimonio presidente. Los líderes de la oposición han dado ya suficientes muestras de que no son mejores. Nosotres mismes como sociedad también.

"La gente quiere un cambio" repetía un amigo, con toda la euforia, feliz por el triunfo de De Narváez en la Provincia de Buenos Aires, el pasado 28 de junio. Yo me pregunto: ¿de qué cambio me habla? Francisco De Narváez surgió a la política al amparo de la rata y nunca ha renegado de su pasado menemista. Muy por el contrario, él y su socio Mauricio siguen adhiriendo a la ideología que entronara al hoy vetusto caudillo riojano. Ambos dos reproducen en su discurso las propuestas que ya han fracasado en manos de su mentor... O... perdón, me rectifico: esas políticas no han fracasado en absoluto. Las medidas instrumentadas en los '90 fueron sumamente efectivas y terminaron (tal como era su objetivo) con la tarea iniciada por los tantos Krieger Vasena y Martínez de Hoz que han poblado nuestra historia. Eso es lo que nos trae la Unión PRO como propuesta: más de lo mismo para que todo siga igual.

En ese sentido, cuando alguien despotrica en contra del gobierno actual, no me queda otra que mirar a quienes están en la vereda de enfrente. A estas alturas de mi vida ya he aprendido que el sol que entibia los intereses de la Sociedad Rural, de Techint, de les Mariano Grondona, de les Biolcati, de les Macri, de les Ernestina de Noble, de les Eduardo Feinman... ese sol JAMÁS habrá de darle bienestar a les que soñamos un mundo más solidario. No se trata, sin embargo, de optar por lo menos malo. La idea sería la de no facilitarle la tarea al poder que siempre nos ha ninguneado, generar opciones o creer en las que ya existen. En lo que respecta a nosotres mismes, les integrantes de la comunidad LGBT, sería bueno que evitáramos participar también de este sinsentido descomunal que busca soluciones en una ideología que de ninguna manera puede dar respuestas positivas a nuestras necesidades. La derecha ya se ha manifestado en contra de la Ley de Matrimonio para las personas del mismo género, tibiamente apoyaría apenas (y a penas) una Ley de Unión Civil. Ya se sabe que la derecha no acepta la adopción por parte de personas LGBT, que desprecia a les trans y nos considera a todes como enfermes (cuando no pecadores), solo porque en el siglo XXI ya no es políticamente correcto endilgarnos el sambenito de "delincuentes". ¿En estas personas buscamos realmente el cambio? A mí me da más síndrome de Estocolmo que otra cosa. Sensación que podría extender a la sociedad en su conjunto y en referencia no solo a les polítiques que encumbra sino también a les ídoles populares. Las declaraciones que la señora Legrand ha regurgitado en los últimos tiempos exponiendo sus ideas sobre les pobres, los derechos humanos o la defensa de los regímenes democráticos deberían ser razón más que suficiente para merecer el repudio generalizado. Sin embargo, goza de toda la popularidad que un pueblo puede otorgar a una diva de su calaña. En la misma tesitura, podría mencionar a la inefable Su con su prédica a favor de la pena de muerte. Pero el mayor galardón, el Gran Premio al Cretino de Oro de los Medios, yo se lo daría a Marcelo Hugo, un chacal de proporciones que carece de límites y de vergüenza y no trepida en recibir a la rata en su programa (aún hoy) con elogios tales como "Es un honor para nosotros...". Curioso que se emplee dicho término en una situación semejante.

No creo en demonios. No. Ni siquiera otorgo esa categoría a la rata riojana que, hoy por hoy, es uno de los personajes de nuestra realidad que más desprecio. Creo en les canallas, en las personas sin escrúpulos y también creo en las gentes que, con buenas o malas intenciones, les hacen el caldo gordo.

Soy de la idea que nuestro mundo no habrá de cambiar en tanto y en cuanto nosotres, la gente común, no hagamos un mea culpa y reflexionemos sobre lo que hemos hecho (y lo que no) para que las cosas hayan llegado hasta este estado. Denostar al matrimonio presidencial, empleando las palabras que otres ponen en nuestra boca y eludiendo una argumentación sólida, o negar los muchos o pocos aciertos de su gestión es un camino cómodo hacia la frustración de muches y el pingüe beneficio de muy poques. En todo caso, si tan disconformes estamos con el gobierno, lo positivo sería tratar de dilucidar las razones por las cuales les pingüines están donde están, haciendo lo que hacen y lo que no. ¿Qué responsabilidad tenemos nosotres en ello? Si queremos un cambio, optemos por algo nuevo de verdad, por descabellado que parezca. Es de necios negar tozudamente las opciones existentes. Pero si no nos animamos, o nos da igual, o si lo único que nos interesa es seguir mirándonos el ombligo o cuidar el bolsillo, o si nos resulta más fácil hacer la gran Homero y creer a pie juntillas lo que dice la televisión, sigamos admirando y premiando a les que nos desprecian. Total... siempre podremos echarle la culpa de lo que nos pasa a los demonios de turno.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no necesita inventar demonios para justificar los propios errores... o los ajenos.







lunes, 20 de julio de 2009

¿Amigues?

Durante mucho tiempo me he esforzado por demostrar que las relaciones afectivas entre personas del mismo género no difieren mayormente de las de las parejas heterosexuales. Entre gays y lesbianas suele haber asimetrías de poder económico, conflictos referentes a los diferentes roles a desempeñar dentro de la pareja, lealtades, celos, infidelidades y todos los etcéteras que une pudiere imaginar. Es decir que, parafraseando a Osvaldo Bazán, ser homosexual no significa nada. Sin embargo, en esta fecha tan cara a la idiosincracia argentina como lo es el Día del Amigue, se me dio por preguntar: ¿puede la amistad interferir en las relaciones de pareja entre dos personas LGBT?

Para una mujer heterosexual, los amigos varones de su marido-novio suelen representar un dolor de ovarios, básicamente porque el tipo suele pasar más tiempo con ellos que con ella. Abunda entonces en reproches por las habituales reuniones en el bar, los partidos de fútbol de los viernes por la noche y cosas por el estilo. Si aparece alguna amiga, en cambio, el fastidio trocará en desconfianza y/o paranoia en virtud de la potencial competencia a nivel sexual. Para su fortuna, la amistad entre el hombre y la mujer ha sido puesta en duda desde el inicio de los tiempos y, en general, las contrincantes no se presentan bajo la fachada de una tierna ovejita.

El hombre heterosexual, por su parte, acostumbra ver a las amigas de su esposa-novia (además de como amantes en potencia, si son de su gusto o le tiran onda) como un hato de brujas, apenas inferiores a su propia suegra en cuanto a su nocividad, que gustan en resaltar supuestos defectos del macho para hacerle la vida miserable. Nada que un verdadero macho no pueda manejar. La alarma se accionará si aparece un amigo heterosexual (de ella) que pueda serrucharle el piso. De no ser así, todo permanecerá dentro de los cánones habituales y él seguirá convencido de que el mundo gira en la dirección correcta.

Ahora, ¿qué sucede en las parejas LGBT?

Circunscribiéndome al caso de los varones gays, que es el que mejor conozco o creo conocer (las chicas lesbianas y les chiques trans tal vez puedan darnos oportunamente su punto de vista), opino que, respecto de los amigos, puede conformarse un caldo explosivo que va a estallar irremediablemente, si ambos miembros de la pareja no se manejan con sinceridad y prudencia. Sucede que para nosotros mantienen su validez todas y cada una de las consideraciones vertidas con anterioridad, con el agravante de que (además) un amigo gay de nuestro consorte también representa un contrincante. Uno que nunca falta, puesto que los gays tenemos gran afinidad a entablar amistad con otros gays.

Todo dependerá de la madurez y la confianza que exista en la pareja... Sí, sí, pero, ¿nunca les picó el bichito de la duda cuando perciben esa excesiva efusividad con que su marido-novio se despide de su amigo? ¿Nunca se les estrujó el píloro por querer saber de qué diablos se ríen entre cuchicheos? ¿Nunca le revisaron el celular para saber cuál es la razón que los impulsa a mensajearse de madrugada? ¿Nunca sintieron accesos asesinos al comprobar que ante su amiguito es siempre pura sonrisa y buen humor, mientras que en casa, a solas, se la pasa tirado en el sillón, mirando tele y despotricando contra lo mal que lo trata la vida?

Cierto es que hay casos y casos. Estas líneas intentan ser apenas un disparador que inspire algo de reflexión a favor o en contra de mis argumentos. Reflexión para ir en contra del entorno ¿no?

De todos modos, tampoco es mi intención abogar en contra de la amistad. Sobre todo cuando une misme tiene amigues querides e imprescindibles. Aprovecho la ocasión para saludarles a todes y cada une de les que me hacen más hermosa la vida.

FELIZ DÍA, AMIGUES.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que (diga lo que diga) ha hecho de la amistad un culto, al mejor estilo serratiano:

Mis amigos son gente cumplidora
que acuden cuando saben que yo espero.
Si les roza la muerte disimulan.
Que pa' ellos la amistad es lo primero.




sábado, 27 de junio de 2009

Celebrar con el voto


Estoy más que seguro de que CFK y su gente no nos tuvieron en cuenta al momento de adelantar las elecciones legislativas de este año. No dijeron: "Realicemos el acto eleccionario el 28 de junio para inducir a las personas LGBT a votar con orgullo y celebrar de una manera diferente un nuevo aniversario de la revuelta de Stonewall". Nada de eso. De hecho, ni este ni ningún gobierno anterior se ha preocupado demasiado por nuestros reclamos y necesidades.

Sin embargo, nosotres tenemos siempre la posibilidad, el derecho e incluso la obligación de manifestar nuestro parecer y premiar con nuestro voto a les poques que no han hecho oídos sordos a nuestra realidad. Para eso sería necesario que todes tomáramos conciencia del berenjenal en el que estamos metides.

Ayer por la tarde, me llamó por teléfono mi amigo T... Hacía mucho que no hablábamos y nos pusimos rápidamente al tanto de nuestras últimas experiencias. Él se quejaba de que, en su entorno de amigues y conocides, hubiera todavía tanta inconciencia respecto del vih y que casi nadie tomara las precauciones básicas para prevenir infecciones. Hablamos largamente sobre el tema (a mí me importaba en particular como integrante del grupo de trabajo de la Fundación Buenos Aires Sida). Luego la conversación derivó hacia otros tópicos y, como no podía ser de otra manera, el tema de las elecciones no se hizo esperar. No recuerdo quién de los dos hizo primero la pregunta pero él fue el primero en responder:

- No sé a quién voy a votar... pero creo que a XXX (censuro aquí el nombre del candidato por respeto a la veda política, no es que mi amigo fuera a votar a un actor porno, je).

Mi reacción no se hizo esperar:

- Nooooooooooooooooooooooo. ¡No podés votar a ese tipo! ¿En qué estás pensando?

- No sé... me cae simpático.

- ¡No seas pelotudo! Él y les de su partido están en contra de las leyes que necesita nuestra comunidad.

- ¿Vos decís que es un mataputos?

- ¡¡¡Qué duda cabe!!!

El candidato de marras le resulta simpático porque se muestra en el programa de Tinelli con su sempiterna sonrisa de plástico y porque (al igual que a muches de nuestra comunidad) le gustaría tenerlo en su cama. Mi querido amigo no pensó que ese personaje y muches otres suelen vestirse de cordero para ocultar su total falta de interés en solucionar los problemas de la gente. No tomó en cuenta que, en el caso de nuestras necesidades LGBT, ni siquiera se tomaron el trabajo de camuflarse bajo un disfraz de buenas personas, tolerantes y progresistas. Él y sus compañeres declararon abiertamente que no están dispuestos a apoyar las nuevas Leyes de Matrimonio, Adopción y de lucha contra la Discriminación, cuya aprobación reconocería jurídicamente los derechos que ya nos asisten como seres humanes que somos. Tan solo la nueva Ley de Identidad de Género cuenta con el apoyo de estos sectores conservadores, aunque me atrevería a suponer que solo los mueve en este sentido una falsa concepción de lo políticamente correcto.

- ¿Y a quién voto entonces? -me preguntó al final, amedrentado sin dudas por mi reacción un poco avasalladora.

- Ay, T..., ya sos grande y no voy a ser yo el que te diga lo que tenés que hacer. Pero igual me parece que estaría muy mal si votás a ese tipo. Además, votás en capital y él es candidato para la provincia.

- Ahhhhh... tenés razón. Y ¿vos por quién vas a votar?

Le respondí e hice un poco de proselitismo en favor del único candidato abiertamente gay que se presenta para ingresar en la Legislatura porteña (ups, ¿estaré violando la veda con este comentario?).

Situación paradigmática la de mi amigo. La información y la experiencia personal en relación con el vih lo han llevado a tomar conciencia de los cuidados que todes deberíamos implementar para no perjudicar nuestra salud. Sin embargo, aun no ha logrado incorporar la conciencia necesaria para empezar a defender nuestros derechos y obrar en consecuencia. Se me ocurre que habrá muchos casos como el suyo y apostaría doble contra sencillo a que aquelles que no nos respetan como ciudadanos también lo saben.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que mañana habrá de votar con los colores del arco iris en el corazón. Es una excelente manera de celebrar nuestro Día del Orgullo.

lunes, 22 de junio de 2009

¿Padre hay uno solo?


A mí nunca me dieron permiso para tener hijos. Ni tampoco lo pedí. Del mismo modo en que tampoco solicité autorización para amar, para gozar, para entregarme. Nadie en su sano juicio podría imaginar que tales maravillas de la existencia humana debieran estar regladas por los tribunales del Estado, así como nadie que estuviera en sus cabales debería suponer que uno es mejor o peor padre si prefiere acostarse con una mujer o con otro hombre. Tema remanido que aun hoy (¡válgame dios!) es necesario aclarar a las mentes obtusas que gustan de dictaminar quiénes pueden y quiénes no ejercer un derecho tan indiscutiblemente humano como el de dar y recibir afecto.

¿Les conté alguna vez la historia de mis tres padres?

Creo que no. He hablado en estas páginas harto seguido de mi señora madre (Edipo mediante) pero me parece que mis padres jamás aparecieron en su justa medida. Bueno, hoy es el día.

Señoras y señores: YO TUVE TRES PADRES, a falta de uno. Y adelanto que nada tiene que ver esta historia con alguna experiencia licenciosa de mi progenitora (no que yo sepa).

El primero de mis padres se llamaba César (Cesáreo, a decir verdad, pero su coquetería lo llevaba a apocoparlo). Era un señor correntino que gustaba del chamamé y las guitarreadas, del buen vino y de hacer siempre lo que se le venía en gana. Tanto así que, después de algunos años de convivencia con mi madre y estando ella embarazada de quien suscribe, tomó una decisión que pocos hubieran esperado de un tipo honorable: una mañana se levantó temprano, armó su valija y, sin decir agua va, se fue de la casa. Esa misma mañana se casó con otra y formó una familia que (hasta donde yo sé) no fue mejor que la media de las familias disfuncionales. Meses después, dicen que regresó y trató de raptarme, que protagonizó una escena digna de una película clase "C" junto al vigilante de la cuadra y que nunca más volvió a dar la cara. Bueno, no hasta veinticuatro años después cuando el bebé ya tenía las patas bastante peludas. En su honor, no obstante, también fui bautizado como César, aunque en mi familia nunca se me nombró como tal.

Siendo yo todavía un bebé de pecho, apareció mi segundo papá: don Victorino, quien tuvo a bien cederme su apellido. Hoy en día supongo que la decisión debe haber respondido más bien a ciertas presiones de mi madre que, a fin de lograr su cometido, podía transformarse en un ser exasperante (porque no era "cosa decente" eso de andar por ahí con un hijo guacho). Y ya que cambiaban el apellido, la hicieron completa y arrasaron también con el nombre, que tantos malos recuerdos traía. De ese modo, diez meses después de mi nacimiento, dejé de llamarme César Luna para llamarme Víctor Ramírez, tal como ahora se me conoce. Believe it or not. Yo me desayuné de esta historia hace poco, cuando necesité obtener una copia de mi partida de nacimiento para hacer los trámites sucesorios. En la fotocopia del libro donde estaba asentado mi nacimiento que me entregaron en el Registro Civil figuraba claramente un "CÉSAR" tachado a mano con un "VÍCTOR" superpuesto y una salvedad al margen indicando que la corrección era válida. ¿Cómo era posible que hubieran hecho semejante atrocidad legal? No sé, pero lo hicieron y al parecer no es tan grave porque, en los trámites de la sucesión, nunca me cuestionaron el pequeño detalle.

El caso es que este señor, don Victorino, también desapareció (me inclinaría a pensar que a causa del caráter tan especial de mi señora madre pero no tengo pruebas valederas, más que mi propia experiencia de convivir a su lado durante casi veinticinco años). De allí en más, durante algunos años, carecí de padre y la imagen paterna que me correspondía quedó en manos de mi hermano mayor (medio hermano en realidad, porque su padre no tenía nada que ver con ninguno de los míos aparecidos hasta el momento) y en las de los varios "tíos" que solían frecuentar la casa. Hasta que uno de ellos decidió quedarse.

Él se llamaba José y se quedó en la familia hasta el día de su muerte, posterior a la de mi madre.

Cuando yo hablo de "mi viejo", hablo precisamente de él. Aunque no sé por qué. Los dos primeros no satisfacían ni de lejos las mínimas expectativas encuadradas dentro de la categoría "padre" y éste último tampoco. Era un virginiano demasiado simple que sometió su voluntad a las órdenes de una esposa taurina. Nunca dio muestras de alguna aspiración que no fuera poder ver los partidos de fútbol los domingos en la tele. Trabajaba mucho, eso sí. Nunca nos faltó nada, fuimos a muy buenos colegios, nos dimos ciertos lujos... pero no era de esos padres que abrazan o dan consejos. Sin duda porque nunca se habrá sentido un verdadero padre. ¿Se le puede reprochar eso? Yo sí hubiera querido que lo fuera, aun con sus tantísimos defectos. Incluso llegué a engañarme a mí mismo durante algunos años. Era linda la sensación de tener algo en común con el resto de mis compañeres del cole: tener a alguien a quien llamar "PAPÁ". El hecho de no gustarme el fútbol, ser medio maricón, gordo, estudioso y (por consiguiente) carecer de amigos me transformaba en un freak bastante poco discreto como para añadirle una orfandad paterna. Así fue como decidí valorar en José la única cualidad que lo ponía por sobre los otros dos padres que me regaló el destino: él fue el único que se quedó (lo cual, dadas las circunstancias, no era poco).

Sin embargo, cuando murió me permití llorarlo. Al fin y al cabo era el único padre que había conocido. Lo lloré sin saber muy bien si lloraba por él o lloraba por mí. Si lloraba al que él había sido o al que yo hubiera querido que fuera. Tal vez esta incertidumbre me iguale a tantes otres que, habiendo tenido solo uno, no corrieron mejor suerte que yo con los míos. Al menos (nobleza obliga) le agradezco el orgullo que le iluminaba la mirada cada vez que mis hijes lo llamaban "ABUELO". Que para elles (a dios gracias) fue el único que tuvieron.

Ayer fue el Día del Padre y me acordé de él con mucha tristeza.

Decía mi bisabuela que todes servimos para algo, aunque más no sea como mal ejemplo. Él me enseñó lo que no debía hacer si pretendía ser un buen padre y yo (tan humano como él) asimilé algunas lecciones y otras las sigo aprendiendo a fuerza de equivocaciones. Con el tiempo y cierta madurez, creo que me he reconciliado con su recuerdo. En parte porque nunca tuve el derecho de exigirle ser quien no era y además porque una vez más llegan las frases de mi bisabuela en mi auxilio: "casi nunca vivimos como queremos, apenas como podemos".

Durante muchos años, mi propia paternidad fue una fuente inagotable de temores. ¿Sería capaz de hacerlo bien? Une suele ponerse en estos casos metas demasiado altas y siempre se está al borde del abismo. Hoy por hoy, los temores no se han ido del todo y el camino sigue regado de avances y retrocesos. Tengo, eso sí, una buena excusa que suele ayudarme a superar los momentos aciagos: nadie me ha enseñado a ser buen padre y mucho menos a ser un padre gay (dato este que no debería tener relevancia pero la tiene). Y tengo algo mejor aún: el amor de mis hijes que, de tanto en tanto, me alientan con frases como la siguiente: "Sos raro, pero con esa historia hay que reconocer que bastante sanito resultaste". Y tienen razón.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, aun siendo gay, tiene todo el derecho a equivocarse, como cualquier padre de vecine.

Novelas de Carlos Ruiz Zafón