miércoles, 2 de mayo de 2012

Justin Fashanu mártir



Recuerdo a José Sacristán en aquella maravillosa serie de TVE, “Gatos en el Tejado” (1988). Manolo Beltrán, su personaje, era un cómico de tv abatido por las vicisitudes de la vida, un hombre que (como tantos otros) debe afrontar la muerte de su esposa, la conflictiva relación con sus hijos y la intempestiva aparición de un padre abandónico, interpretado magistralmente por el mejor Alberto Closas. Si la serie hubiera contado con los adelantos tecnológicos y comunicacionales de la actualidad, no cabe duda de que cundirían hoy las páginas de Facebook armadas por sus fans, los blogs y las respectivas aplicaciones recordando las magistrales frases que destilaba el humor ácido del protagonista.

“La vida es como la escalera del gallinero: cortita y llena de mierda”

Cosas así solía decir Manolo Beltrán. Y a lo largo de estos años (¡mierda! ¡24!) en más de una oportunidad me aferré a esa certidumbre engañosa que puede llevarnos a errores difíciles de remediar. Porque nadie me va a negar que, cuando uno está con la angustia hasta el cuello, la comicidad corrosiva de las tablas puede adquirir dimensiones aplastantes de realidad.

Probablemente, muchos entre quienes lean estas líneas habrán de ignorar por completo quién ha sido Justin Fashanu. Yo mismo lo ignoraba hasta hace algunos días, cuando leí su historia en uno de los blogs que frecuento.

Justinus Soni "Justin" Fashanu era acuariano como yo, nacido en febrero de 1961, hijo de un abogado nigeriano afincado en el Reino Unido. Imagino que allí empezaron sus amarguras: no debía resultar sencillo ser negro en la Inglaterra de los sesenta. Y mucho menos sencillo habrá sido cargar con el estigma de ser abandonado por sus padres luego de una separación. Justin vivió en un orfanato hasta los seis años, cuando él y su hermano Jhon fueron entregados a una familia adoptiva que los llevó a Norfolk. No se sabe bien cómo fue su vida durante esa época, pero sí que el adolescente Justin tenía mucha adrenalina por descargar y supo hacerlo a través del boxeo, deporte que practicó durante algunos años con calidad destacable. Sin embargo, a los dieciséis, influenciado por Jhon, empezó a entrenar en el Norwich City Football Club, siendo su desempeño tan peculiar que fue contratado como jugador profesional y debutó a comienzos del '79, cuando le faltaban semanas para cumplir los 18 años. Era la gloria. Pero pasajera. Se transformó en el jugador estrella del Norwich City y en apenas dos años de actuación fue transferido al Nottingham Forest, convirtiéndose en el primer jugador negro de un millón de libras. Seguro que Justin sintió que tocaba el cielo con las manos y cualquiera se hubiera sentido así. Pero, si nos atenemos a la frase de Manolo Beltrán, nunca deberíamos bajar la guardia.

La vida en el Nottingham no fue tan maravillosa como parecía. Había un detalle que, en el mundo del fútbol, aún hoy no es menor: a pesar de los estereotipos, de su pasado como boxeador y de la rudeza que la figura de Justin irradiaba, Fashanu era homosexual.

Claro que este tipo de asuntos pueden mantenerse en el plano de lo privado y no traer mayores inconvenientes, más allá de la autorrepresión y el consiguiente sentimiento de frustración por no poder mostrarse ante el mundo tal cual uno es. Pero ese tipo de actitudes no es para cualquiera. Algunos llevan en su alma el germen de la rebelión y asumen su ser ante el mundo, más allá de los golpes y las imposiciones.

Justin comenzó a frecuentar bares gay y parece que no tomó los recaudos necesarios porque la noticia llegó enseguida a oídos de Brian Clough, el entrenador del Nottingham, quien no se destacó precisamente como defensor de las libertades civiles. A lo largo de los meses siguientes y con varias discusiones de por medio (por cierto, subidas de tono), Clough le hizo a Justin la vida imposible e incluso llegó a prohibirle que entrenara con el resto del equipo. La fractura de la relación fue tan fulminante que, a poco más de un año de haber ingresado en la institución, Justin fue vendido al Notts County por sólo 150.000 libras. De allí en más, su carrera como futbolista deambuló entre diversos clubes de Inglaterra y también Norteamérica, con buen desempeño muchas veces, pero sin continuidad.




En 1990, en una entrevista para el diario británico The Sun, el tabloide de habla inglesa más leído en el mundo, se declaró públicamente como homosexual, siendo el primer futbolista de renombre que asumió semejante riesgo. El reportaje incluía detalles sensacionalistas que luego fueron desmentidos por el mismo Fashanu pero, de todos modos, el escándalo adquirió pronto dimensiones espectaculares y al futbolista le llovieron las críticas y las condenas, incluso por parte de su propio hermano. La hostilidad de sus colegas y los insultos que le propinaban los hinchas dejaban bien a las claras que los homosexuales no eran bienvenidos en el mundo deportivo. Por supuesto que esta entrevista y otras varias posteriores le valieron a Fashanu un dinero extra para nada despreciable, pero él mismo declaró alguna vez que mucho más dinero le habían ofrecido para que no saliera del armario. Supongo que habrán sido gentes que podrían haberse visto perjudicadas por la sinceridad del jugador. Gentes conocidas por todos seguramente, de esas que suelen moverse mejor en medio de la hipocresía y la doble moral.

Desde aquel año, por más que Fashanu se mantuvo en plena forma, ningún club cruzó los límites impuestos por el prejuicio para ofrecerle un contrato a tiempo completo. Ni siquiera un romance inventado con una actriz británica “sospechada” de lesbiana pudo “lavar” su imagen. Jugó en equipos menores de la liga inglesa, en Escocia, en Suecia, EUA e incluso en el ’97 pasó por Australia, antes de regresar nuevamente a Norteamérica donde planeaba finalmente anunciar su retiro definitivo del fútbol. Tenía ya 36 años.

El 25 de marzo de 1998, un jovencito de 17 años se presentó ante la policía de Maryland para denunciar abuso sexual por parte del futbolista. Como era de esperar, Fashanu fue citado a declarar. El 3 de abril de ese año, hizo su descargo ante las autoridades, tras lo cual armó las maletas y regresó a Inglaterra. Claro, los grandes titulares de la prensa ya habían hecho lo suyo, inventando detalles sobre una supuesta detención del jugador y una acusación formal por agresión sexual en segundo grado. Una investigación posterior demostró que, de hecho, nunca había existido una orden de detención para Fashanu y que la policía de EUA había abandonado la investigación por falta de pruebas.

En la noche del 2 de mayo de 1998, Justin Fashanu se ahorcó en un garaje de Londres. En uno de sus bolsillos se encontró una nota que decía:

“Me he dado cuenta de que ya he sido condenado como culpable. No quiero ser más una vergüenza para mis amigos y familia. Espero que el Jesús que amo me dé la bienvenida y finalmente encuentre la paz”.

Qué más se puede decir ¿verdad? La historia habla por sí sola.




Esto es todo por hoy. Desde las frescas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, aun siendo ajeno al mundo de los deportes en general y del fútbol en particular, puede darse cuenta (con profunda pena) que cumplidos hoy catorce años de este lamentable hecho todavía las cosas siguen como entonces. La homofobia más cerril sigue reinando en la canchas y el podio de Justin Fashanu solo es compartido por el sueco Hysen Antón, otro valiente que, por el solo hecho de haberse mostrado al mundo sin hipocresías, merece la gloria y el reconocimiento de quienes bregamos por un mundo mejor. Que al fin y al cabo, la frasesita de Manolo Beltrán no es más que un buen chiste de quienes ven siempre el vaso medio vacío.


viernes, 27 de abril de 2012

Violencia solapada



En esta ciudad nuestra (la de Buenos Aires digo) hay ciento de miles de historias. Algunas importantes que merecen titulares en los medios. Otras insignificantes. Algunas que vemos. Otras que imaginamos... Y muchas que vemos y no nos importan (por miles de razones). La que sigue está recién salidita del horno. Sucedió hace unas horas frente a la Plaza Flores, cuando estaba anocheciendo.

El hombrecito andaba rengo vaya a saber por qué. Era una bolsita de huesos que apenas superaba el metro y medio. ¿Edad? Indeterminada: más de veinte y menos de ciento cincuenta. Empezó a cruzar la Avenida Rivadavia por el medio de la calle como quien no quiere llegar a la otra vereda. Yo lo miraba casi de frente y lo vi surfear entre los autos con su andar de péndulo, gritando y gesticulando como loco que lo lleva el diablo. Me bastó con mirar fugazmente en dirección a sus gestos para completar la escena: un colectivo de la línea 133 levantaba pasajeros en su correspondiente parada. Seguramente el hombrecito temía perderlo y por eso emprendió la arriesgada travesía pasando por alto las sendas peatonales. Fueron décimas de segundo lo que duró mi distracción mirando el colectivo. Cuando mi atención regresó con el hombrecito pude ver cómo una camioneta le golpeaba el brazo izquierdo y, en el sacudón tremendo, su gorra azul volaba tras el vehículo que casi lo había atropellado. Él no pareció inmutarse. Como robotizado y esquivando a los demás autos con extraña pericia, fue detrás de su gorra con su melena renegrida y pegoteada al descubierto. Yo, que tampoco estoy exento de prejuicios, imaginé cuántos días llevaría esa cabeza sin lavarse... y hasta pude oler el sudor rancio que emanaba de su cuerpo, sin contar con el don especial que hubiera necesitado para ello. El hombrecito recuperó su gorra a unos veinte metros, se agachó para recogerla del asfalto y otro auto estuvo a punto de llevárselo puesto cuando se erguía. Entretanto, el último pasajero ya estaba a punto de subir al colectivo, razón por la cual el hombrecito retomó el plan primigenio y empezó una vez más con los gritos y los gestos para llamar la atención del colectivero. Cuando pudo por fin llegar a la vereda, el colectivero cerró la puerta y arrancó. Los demás vehículos que circulaban por la avenida y el corte del semáforo de la esquina le impidieron recorrer más de veinte metros. Siempre a puertas cerradas. Fue así como el hombrecito corrió una vez más y golpeó tímidamente el vidrio de la puerta plegadiza del colectivo y suplicó al chofer que lo dejara subir al vehículo. Incluso le mostró las moneditas con las que iba a pagar el pasaje. Llevaba una camperita de nylon roja, muy liviana, y a través de una gran tajo lateral podía verse que debajo no había nada; solo pellejo adherido a la osamenta. Y hacía frío.

El chofer se mantuvo en sus trece y no abrió la puerta. El hombrecito resignado se dejó caer sobre el cordón de la vereda y ahí permaneció sentado unos segundos. El colectivo había vuelto a moverse pero el tránsito a esas horas es muy pesado y no tuvo más que detenerse una vez más antes de llegar a la esquina. Al ver esto, el hombrecito volvió a la carga. Como si el frío del anochecer no le hiciera mella, se levantó como resorte y corrió tambaleante hasta ponerse una vez más junto a la puerta de acceso al colectivo. Golpeó una vez más el vidrio. Un poco más decidido esta vez. Pero el resultado fue el mismo: la puerta continuó cerrada.

Entonces con un gesto de hartazgo, bajó los brazos y enfiló nuevamente con su pata mocha hacia la parada.

Pasaba junto a mí cuando alguien gritó "Eh, flaco" entre el tumulto de los bocinazos. Instintivamente se dio vuelta el hombrecito, seguro de que ese llamado era para él. Y no se equivocaba. Yo también giré mi vista en dirección a la voz que lo llamaba. Dos señoras y el adolescente que había gritado, bien vestidos ellos, se disponían a abordar el colectivo de la línea 133 al que el hombrecito parecía no tener acceso.

La escena que siguió duró apenas unas décimas de segundo. El rostro sucio del hombrecito se iluminó fugazmente y su pierna mocha intentó moverse para dar el primer paso. Pero de inmediato una sombra lo oscureció aun más de lo que ya era y cualquiera que tuviera una pizca de sensibilidad habría podido descubrir en su mirada la huella inconfundible de la desolación. Chasqueó los labios, dejó caer los brazos otra vez y bajó la cabeza. Permaneció allí unos segundos como un muñequito de trapo sostenido de la nada y después reemprendió la marcha oscilante hacia la parada. El colectivo arrancó y, esta vez sí, se sumó a la fluidez del tránsito y desapareció rumbo al centro.

Eso es todo por hoy, amigas y amigos. Desde las frías callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que no ignora que hay mil formas de abatir a un ser humano. Miserable aquel que golpea sin arriesgar la cara...


lunes, 26 de marzo de 2012

Daniel Zamudio - por Bruno Bimbi

Hoy solo comparto una nota de Bruno Bimbi, publicada en su blog de TN, que habla por sí sola...



Daniel Zamudio


Por Bruno Bimbi

Por estos muertos, nuestros muertos, pido castigo.
Pablo Neruda

Daniel Zamudio nació en Bogotá pero vive en Río de Janeiro. Es soltero y tiene dos hermanos. Su mamá se llama Sandra. Le gustó mucho la película “Bastardos sin gloria”, de Quentin Tarantino.
Daniel Zamudio vive en Salvador y está de novio con Raissa. Tiene el pelo medio enrulado y un tatuaje en el brazo. A veces usa anteojos negros.
Daniel Zamudio estudió derecho y economía en la Universidad Autónoma del Estado de México. Tiene una camioneta blanca y usa el pelo corto.
Daniel Zamudio vive en Lomas de Zamora y trabaja en la Asociación Mutual de Protección Familiar. Estudió en la UCES y es hincha de River. Le gustan mucho Los Piojos, Divididos y los Redonditos de Ricota.
Daniel Zamudio estudió ciencias químicas e ingeniería en la Universidad Autónoma de Baja California. Vive en Tijuana y habla inglés. Está de novio con una morocha de pelo largo que se llama Zyanya. Es probable que se hayan conocido en la facultad.
Daniel Zamudio va a cumplir cuarenta años en febrero de 2013 y vive en Buenos Aires. Tenemos una amiga en común. En 2009 estuvo en Viña del Mar.
Daniel Zamudio es profesor de ciencias naturales en tres escuelas de Ledesma, Jujuy. Es casado.
Daniel Zamudio trabaja en un Mc Donalds de California.
Daniel Zamudio está con muerte cerebral . Desde el 3 de marzo estaba en un hospital, en Santiago de Chile, y los médicos hacían todo lo posible para salvarle la vida.
A Daniel Zamudio lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Le apagaron cigarrillos en el cuerpo. Le desfiguraron la cara. Le arrojaron varias veces una piedra: en el estómago, en el rostro y en otras partes del cuerpo. Le arrancaron parte de una oreja. Le rompieron una botella en la cabeza y le marcaron tres cruces esvásticas en la piel con pedazos de vidrio. Hicieron palanca con una de sus piernas hasta que el hueso cedió y se rompió. Los médicos dicen que sus órganos están tan deteriorados que ni siquiera sirven para ser donados.
Daniel Zamudio es diferente de cada uno de sus tocayos en muchas cosas, como ellos lo son entre sí. Pero una sola les importó a sus asesinos. Era lo único que sabían sobre él. Lo único que les parecía relevante. Daniel Zamudio era gay.
No les importó su edad. Daniel Zamudio tiene 24 años, pero no llegará a cumplir 25.
No les importó su apariencia. Daniel Zamudio tenía el pelo corto y usaba anteojos.
No les importó dónde trabajaba, qué idiomas hablaba, qué estudiaba, qué música escuchaba, cuál era su comida favorita.
Daniel Zamudio era gay y con eso alcanzaba.
Sus asesinos —los autores materiales, que no son los únicos— se llaman Raúl López, Patricio Ahumada, Fabián Mora y Alejandro Angulo. El más chico tiene 19 años y el más grande, 26.  López contó que cuando le rompieron la pierna a Daniel, “sonaron como unos huesos de pollo, y como ya el muchacho estaba muy mal, nos fuimos cada uno por su lado”.
***
En 2009, la Iglesia católica chilena publicó un libro titulado “Homosexualidad juvenil: orientaciones educativo pastorales”, presentado en público con la presencia del presidente del Área de Educación de la Conferencia Episcopal de Chile, Mons. Carlos Pellegrin. La publicación dice que la homosexualidad es “un desequilibrio y una desviación” y la compara con el sadismo, el masoquismo, la pedofilia y la bestialidad. Dice también que “la actividad homosexual impide la propia realización y felicidad porque es contraria a la sabiduría creadora de Dios” y que “el acto homosexual es pobre y empobrece a quien lo realiza”, y acusa a los gays de narcisistas, pecadores y desviados, cuyos actos “desordenados” no pueden recibir aprobación alguna.
Entrevisté entonces para el diario Crítica a Javier Díaz, uno de los autores del libro, miembro del Equipo de Evangelización y Catequesis de la Inspectoría Salesiana de Chile. Lo que sigue es un fragmento de la entrevista :
—¿Qué sentiría usted si fuera homosexual y leyera su libro?
—Me sentiría contento, porque por fin soy valorado como persona y no por mi sexualidad, y el libro me dice que soy hijo de Dios y que las dificultades que estoy sintiendo, así como uso lentes, si tienen una relación con los crímenes, los asesinatos o la pornografía es porque como seres humanos estamos dañados.
—No entiendo lo que dice. En principio, explíqueme lo de los lentes…
—Yo soy miope y eso es algo que no debería vivir; está presente porque el plan de Dios se ha desvirtuado, así como otras personas están enfermas o han muerto.
—¿Ser homosexual es como usar lentes, estar enfermo o morirse?
—La cuestión de fondo es que hay algo que no debería existir. Hay personas a las que se les ha tergiversado el desarrollo normal hacia la heterosexualidad, así como mi vista está dañada y así como todos morimos.
La homosexualidad es algo que no debería existir, dice Díaz.
Lo mismo pensaron Raúl López, Patricio Ahumada, Fabián Mora y Alejandro Angulo.
Daniel Zamudio dejará de existir gracias a ellos. 
Terminé mi nota para Crítica citando un texto de la periodista chilena Pilar Pezoa que decía: “Monseñor Pellegrin jamás se ensuciaría las manos pegándole a una ‘loca’ en la calle. Respondería que cómo se me ocurre que haría o apoyaría vulgaridades o crímenes como esos. Pero la próxima vez que un brutal e indignado heterosexual decida insultar, golpear o hasta matar a un gay, ya no sólo podrá decir que lo hace porque él no soporta a los anormales y a los desviados, sino que hay autoridades religiosas y seculares, gente con cargos y poder, que piensan más o menos lo mismo que él”.

(Pueden leer el artículo original y los comentarios -muchos de los cuales vale la pena leer- en http://blogs.tn.com.ar/todxs/2012/03/25/daniel_zamudio/




jueves, 8 de marzo de 2012

Susana Trimarco: ejemplo de que se puede



Cada año, para estas fechas, los muros feisbuqueanos, los blogs y twitters suelen poblarse de salutaciones y artículos varios referidos al Día Internacional de la Mujer. Estoy seguro de que muchas y muchos entre quienes participan de este ritual pagano desconocen por completo las razones históricas de tal conmemoración. No seré yo, sin embargo, el encargado de iluminar ese bache cultural (para eso existe WIKIPEDIA). Muchas personas, incluso, suelen caer en viejos lugares comunes y declaman con orgullo que “días de la mujer son los trescientos sesentaicinco días del año”. Tampoco voy a entrar en la polémica. Aunque no me privaré de opinar que la demagogia no cotiza tanto como el respeto.

De todos modos, cada año para estas fechas, suelo preguntarme íntimamente qué mujer sería la merecedora del “premio a la mujer del año” y mi selección siempre resulta engorrosa, además de parcial e intrascendente. Pero la consideración de la vida misma puede, en muchos casos, merecer los mismos calificativos, razón por la cual insisto una y otra vez, año tras año. Claro que cualquiera podría preguntarse para qué sirve tal galardón y una respuesta rápida bien podría asegurar que no sirve para nada. En cambio, si nos ponemos a pensar, si consideramos las desventajas que aun hoy deben afrontar las mujeres en medio de las distintas culturas machocéntricas que pueblan el amplio espectro de nuestras sociedades, la respuesta se hace acreedora a una mayor deferencia.

Imposible no pensar por estas fechas en Susana Trimarco, una mujer que ha sacado de sus tripas el coraje inconmensurable que le otorga su maternidad para llevar adelante una investigación que ni las autoridades gubernamentales tuvieron la voluntad de emprender. He escuchado por ahí que una madre es capaz de todo por sus hijos, pero la realidad nos enrostra que, entre todas las madres cuyas hijas han sido víctimas de la trata, solo Susana Trimarco ha tenido la fuerza de luchar contra viento y marea, de enfrentarse a vaya uno a saber qué peligros y mafias, con tal de dilucidar el misterio que envuelve a la desaparición de Marita. Desaparición que ya se ha extendido durante NUEVE AÑOS sin que los poderes del Estado hayan podido darle a Susana una solución o una respuesta que aplaque su insoportable dolor y su desesperación. Cada quien hace lo que puede con la cruz que le toca, pero habrá que reconocer que hay quienes pueden más que el común de los mortales. En ese sentido, no faltará quien opine que la fortaleza de espíritu no es privilegio del género femenino y sin dudas voy a estar de acuerdo con ello. Lo que pasa es que, si hablamos de trata (y sin ánimos de bastardear el tema reduciéndolo a un impúdico Boca-River de los derechos humanos), las mujeres se llevan la peor parte.

Somos muchas las personas que, en nuestro país y en el mundo, seguimos con atención el juicio oral y público que se está desarrollando por estos días en la ciudad de Tucumán. Juicio que por fin lleva al banquillo a trece imputados por la desaparición de Marita Verón. Juicio que nunca hubiera tenido lugar sin la terca convicción, la férrea voluntad y el temerario amor de una madre como Susana Trimarco.

Algunas personas preferirán autoengañarse y quedarse con la idea de que en el Jardín de la República solo se está sometiendo a juicio a unos tipos responsables de un delito. Pero este juicio no es solo eso, sino que además es un enjuiciamiento a tantos años de hacernos los boludos. Este juicio, para quienes tienen la honestidad de verlo, también pone en evidencia la naturalización del proxenetismo y la aceptación irresponsable (sin causas valederas pero con terribles efectos) de una condición sub-masculina a la que se desecha todo ser humano que no encaje en la escueta definición de “macho”. Y es más: este juicio, que desenmascara la hipocresía y la doble moral del patriarcado, le grita piedra libre a la complicidad de jueces, policías y políticos, sin cuya protección las redes de trata de mujeres, niñas y niños no podrían actuar con la libertad con que lo hacen. Susana ha denunciado públicamente y con nombre y apellido a elevados funcionarios de gobiernos provinciales y a miembros del aparato judicial y de seguridad. Una de las ciento veintinueve víctimas liberadas, gracias a las acciones emprendidas por la madre de Marita, se negó a declarar frente a un juez de La Rioja por haberlo reconocido como uno de los asiduos clientes del prostíbulo donde ella estaba secuestrada. ¿Puede una persona cabal y honesta seguir mirando para otro lado cuando se le enrostra que la sociedad en la que vivimos ha estado conviviendo con esta tragedia cotidiana y silenciosa durante décadas sin que a ninguno de nosotros nos haya nacido la voluntad de decir basta, sin que a ninguno se nos haya ocurrido sencillamente la idea de cuestionar cuán natural puede ser que una mujer resulte apenas una cosa al servicio del placer del macho?

Tenemos por delante una gran tarea educativa. La trata de personas existe; no son pocas las mujeres que mueren quemadas por machos celosos y déspotas; las disputas conyugales siguen resolviéndose a los golpes; aunque tambaleante, el machismo sigue reinando en nuestros hogares, en nuestras escuelas y hasta en nuestro lenguaje; los adolescentes gays se siguen suicidando agotados por el acoso al que son sometidos a raíz de su condición sexual; las personas trans se ven obligadas día a día a defender su identidad y su integridad frente a la violencia de una sociedad que no comprende que todas y todos tenemos derecho a ser quienes sentimos que somos... Mientras todo esto siga formando parte de nuestro presente, habrá que seguir trabajando en contra de una cultura que nos ha enseñado durante siglos que todos somos iguales, pero también que algunos son más iguales que otros, de acuerdo a lo que tengan entre las piernas y al uso que haga de esos atributos.

Estamos en una época de cambios. Una época en la que Susana Trimarco hace diferencia. ¿Por qué? Sencillamente porque, más allá de la sentencia a la que arribe el tribunal tucumano, ella es el ejemplo cabal de que se puede luchar contra el sistema con la decisión de abjurar las injusticias y mejorar lo heredado.

Todas y todos podemos aceptar lo que nos caiga encima con encomiable estoicismo. Pero también podemos asumir los costos y hacer algo para que las generaciones futuras sean capaces de ver las iniquidades de hoy (esas que nos siguen pareciendo tan “naturales”) como lo que realmente son: malditos engendros de una cultura que se nutre de odio, discriminación y violencia.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, apenas un cronista de su realidad que en el día de la fecha busca homenajear en una mujer a todas las mujeres que aman y se esfuerzan día a día por defender su dignidad (más allá de lo que haya entre sus piernas, por supuesto).




domingo, 26 de febrero de 2012

El dolor y los deberes


Hubo en los últimos días gente que me interrogó sobre mi postura frente a la tragedia de Once. Bueno, para quienes quieran conocerla, acá va este artículo de mi admirado Mario Wainfeld, que ha puesto en palabras mi pensamiento. Artículo de LECTURA MORALMENTE OBLIGATORIA para todo aquel que pretenda tener una visión cabal de lo que sucedió y sucede en torno a este tema. Artículo que es un ejemplo para todas aquellas personas que prefieren hablar por hablar, o dejarse llevar torpemente por la bronca o (lo que es más repugnante) aprovechar la coyuntura para sacar provecho a costa de la vida de la gente o para vocear triunfalmente sus agoreras predicciones.

Insisto: adhiero en cada punto y en cada coma lo expresado por el cronista y considero que nadie debería discutir sobre el tema sin antes haber leído este artículo.



El dolor y los deberes

Las víctimas y la identificación de los ciudadanos. Los derechos de los pasajeros ciudadanos, mal atendidos. La querella oficial, un paso en falso. La necesidad de una respuesta política. El sistema ferroviario, su destrucción, la necesidad de repararlo. Los debates que van más allá de TBA, los desafíos para el Gobierno.

 Por Mario Wainfeld
Las víctimas directas de la tragedia del miércoles pasado son o eran personas de trabajo, de clases populares o medias. La mayoría de los usuarios del tren en esos horarios no viven al lado de su estación ni trabajan cerca de Plaza Once. Deben pues, diariamente, tomar dos o tres medios de transporte. Muchas horas de su vida transcurren ahí, tienen derecho a una prestación digna y, más vale, a llegar a su destino indemnes y sin malos tratos.
Personas del común, trabajadores que añaden al esfuerzo cotidiano el de movilizarse. La identificación de los demás ciudadanos, conmovidos y solidarios, es clavada. Un par de corolarios, evidentes y válidos, se tornan sentido común: “Eso pudo ocurrirme a mí o a mi familia” y “no fue un hecho azaroso sino la consecuencia de un sistema que debe cambiar”. Ninguna pericia judicial, arriesga el cronista, podrá alterar esas convicciones, que no se dejan dividir por la díada “oficialismo-oposición”. Los llamados de oyentes a las radios, los blogs más afines al Gobierno (hay post recomendables en Artepolítica, en La Barbarie, en Mendieta el renegau) expresan la disconformidad con el presente y el reclamo a futuro.
La tragedia evoca, con sus variantes que incluyen el lugar en que se produjeron, a la de Cromañón. Claro que, en ese caso, confluyeron responsabilidades de los músicos y del particular que arrojó la bengala. En éste, los pasajeros no influyeron para nada en el desenlace. Las responsabilidades que deben investigarse son las de la empresa TBA, el Gobierno y el motorman. Las primeras medidas solicitadas por el fiscal Federico Delgado no se circunscriben sólo a la dinámica del choque sino también a cuestiones de contexto como el estado del material rodante, las inversiones realizadas, los protocolos de seguridad utilizados. Adelantar algo en ese sentido es temerario y superfluo. La causa penal lo dirimirá y es esencial que se tramite con la mayor celeridad y credibilidad.
Pero hay un trasfondo político, responsabilidades de gestión del concesionario y del concedente, que debe abordarse de modo acuciante sin esperar a los largos plazos de los expedientes.
El ministro Julio De Vido anunció que el Estado se presentará como particular querellante para cobijar el interés de las víctimas y que se esperará a la Justicia para tomar decisiones administrativas. La información disponible al cierre de esta nota es que el Gobierno no aplicará (no se restringirá a) tal criterio, que el cronista juzga erróneo. La intervención a TBA y la caída de la concesión están en el menú de decisiones que se estudian en la Casa Rosada. A los ojos del cronista, revocar la concesión es un primer paso, tan imprescindible como insuficiente.
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El estado querellante: La querella estatal está guiada, explican en el Gobierno, por el afán de ponerse del lado de los damnificados. El loable objetivo se cumplió acabadamente con los sobrios anuncios de los ministros Alicia Kirchner y Juan Manzur de prestar atención médico psicológica y contención a familiares de víctimas fatales y a sobrevivientes. La querella, en cambio, es un paso en falso por dos motivos básicos: agrega una quinta rueda al de por sí lento carro de “la Justicia” y hace caso omiso de que el Estado debe ser investigado. Por otra parte, el interés general está representado por el Ministerio Público (la Fiscalía). Y el estado no es una ONG que puede entrar a un expediente en el que todo debe ser puesto bajo la lupa. El juez federal Claudio Bonadío debería desestimar el planteo, lo que no resentiría en nada los derechos de los damnificados.
Las carencias de TBA, que para muchos son flagrantes, pueden implicar responsabilidades de funcionarios, nadie debe interferir en esa procura. Por cierto, la culpa penal es una mira muy estrecha: requiere comisión de delitos, usualmente dolosos. La responsabilidad de gestión es mucho más vasta, debe juzgarse de modo veloz y no rige para ella la presunción de inocencia.
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El maquinista y la empresa: El maquinista Marcos Antonio Córdoba (que cargará de por vida la terrible imagen de lo sucedido con el consiguiente trauma en cualquier caso, aunque sea plenamente inocente) declaró que los frenos no funcionaban bien. Que había avisado a sus superiores y se le ordenó seguir. Otros testimonios de empleados ferroviarios, extrajudiciales por ahora, hablan de insuficiencias endémicas en los frenos y específicas en esa formación. Muchos especialistas, relevados en este diario entre otros, concuerdan en que el material rodante es obsoleto, lo que pudo no incidir en el choque mismo pero sí en la magnitud de sus consecuencias.
Las versiones oficiosas sobre los hechos difieren mucho, seguramente tanto como sus propaladores. Algunas atribuyen a Córdoba haber mandado mensajes de texto segundos antes de la catástrofe. La culpa exclusiva del maquinista es una tabla de salvación deseada por los empresarios. La discusión, propone este escriba, debería ir más allá y aún más atrás.
Puesto a modo de slogan y sin negar la terrible gravedad del accidente y la necesidad de dar con sus culpables: es válido cuestionar si TBA prestaba un servicio acorde con sus deberes el martes pasado, horas antes de la tragedia. Esa pregunta ya fue respondida por usuarios, organismos de control, sindicalistas del sector, académicos interesados en la materia (de posiciones políticas muy variadas y prestigio elevado): TBA ha incumplido aspectos básicos de la prestación a su cargo. El estrago no fue un hecho imponderable sino una consecuencia posible de largas desidias e irresponsabilidades.
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Dos secretarios en cuestión: Ricardo Jaime, secretario de Transporte durante todo el mandato del ex presidente Néstor Kirchner y parte del primero de Cristina Kirchner, fue un funcionario sospechoso, que está asediado por causas judiciales. Legalmente es inocente y lo será en tanto no reciba una condena firme. Políticamente fue una figura opaca, por sus tratos confianzudos con los concesionarios, su modo de vida ostentoso y hasta la joyería que llevaba puesta como parte de su atuendo. Su laconismo era proverbial, era incapaz de expresarse en público, lo que es un defecto en un secretario de Estado, máxime en un área tan sensible y desamparada.
Su reemplazante, Juan Pablo Schiavi, tenía un perfil público más valorable: frecuente comunicador, a menudo bueno. En estos días, los más terribles de su gestión, echó por la borda esos precedentes. Sus declaraciones transitaron entre el titubeo y lo intolerable. Hebe de Bonafini lo tildó de “pelotudo”, el colega Martín Granovsky le endilgó “frivolidad” en este diario. En el mismo estilo que su compañero, este cronista estima que las especulaciones acerca de qué hubiera pasado si el choque se producía un feriado son banales e irrespetuosas. Tampoco tienen mucho asidero las farragosas informaciones de pesquisa sobre las velocidades de la máquina antes de entrar a la estación y los adelantos técnicos existentes para medirlas, datos irrelevantes cuando la misión del Gobierno es infundir tranquilidad, arropar a las víctimas, acercar información al juez o al Fiscal. E investigar, puertas adentro, las responsabilidades no penales para adoptar medidas en corto plazo. Se está haciendo, ya se dijo: el mensaje de Schiavi no lo trasuntó y pareció distractivo. Al día siguiente trató de explicarlo, aunque de modo frío y sin pedir disculpas.
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El mundo del transporte: Cada vez que se habla de los ferrocarriles es forzoso volver al desquicio que produjo el menemismo, desbaratando las redes construidas con el sacrificio colectivo, malvendiendo el patrimonio público. Restaurar el estado anterior es imposible, tanto como imperioso ir recuperando terreno. Esa es una de las misiones del kirchnerismo, que se presenta (con sobradas credenciales) como reparador de los retrocesos históricos de la dictadura y el neoconservadurismo.
La destrucción del sistema ferroviario impulsó el transporte terrestre de cargas y pasajeros. El desguace del Estado, los despidos masivos, la necesidad de subsistir incubaron formas de transporte “truchas”: remises, combis, colectivos, ómnibus. El crecimiento relativo del sector, dicho sea como digresión, fertilizó el aumento del poder relativo de los gremios del sector. El actual secretario general de la CGT, Hugo Moyano, comanda desde sus orígenes un conjunto de sindicatos básicamente de transporte (en su momento el Movimiento de Trabajadores argentinos). Eso no lo indujo a ser aquiescente con el modelo menemista, una virtud de su trayectoria.
Hoy día, el “sistema” de transporte está por debajo de las necesidades de los pasajeros, laburantes ellos. El intríngulis es previo y superior al caso específico de TBA. La política oficial, que hizo centro en la accesibilidad al servicio a través de la baratura del pasaje, es correcta en ese aspecto e insuficiente. En lo atinente a la empresa de Grupo Cirigliano es factible una respuesta veloz. Si no honró los deberes del concesionario debe rescindirse, por su culpa, el contrato. La dimensión económica es, en este rubro, secundaria. Así fuera muy costoso, debe hacerse y el Estado tendrá que rebuscárselas para conseguir los fondos necesarios.
Distinta es la perspectiva, que con toda lógica empieza a insinuarse, de una reestatización total o parcial de los ferrocarriles. Néstor Kirchner exploró la hipótesis y la dejó de lado por lo que implicaría en términos económicos, financieros y de gerenciamiento. Su punto de vista es digno de mención, por su legitimidad y por el momento de ascenso en que se expresó.
La trama de relaciones laborales es un nodo del problema. Puede sonar chocante decirlo pero es real: la privatización de los ferrocarriles y los teléfonos (a diferencia de las de Aerolíneas Argentinas e YPF) encontraron un suelo fertilizado por la pésima gestión pública y los abusos de muchos (no todos) los gremios respectivos. También fueron numerosos (aunque jamás la totalidad) los dirigentes sindicales que parasitaron al Estado y se convirtieron en cómplices y socios de los privados. José Pedraza es la nave enseña (mas no el único ejemplo) de ese colectivo.
La bandera de la recuperación del ferrocarril es grata para quienes comulgamos con el ideario nacional popular. El debate de su implementación, bien arduo. En otras páginas de esta misma edición se aborda el tema. El cronista adhiere a la bandera, aunque asume sus limitaciones para explayarse sobre su factibilidad.
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Lo de siempre, en otra pantalla: Medios y dirigentes opositores se valen de la tragedia para ningunear al Gobierno, deslegitimarlo, hasta borrar (si eso fuera posible) el veredicto electoral de octubre. La legitimidad de origen y de ejercicio derivada del 54 por ciento de los votos está indemne y será puesta cabalmente a prueba en otros comicios. La distribución de bancas en el Congreso robustece la autoridad presidencial.
Claro que nada dispensa al Gobierno de hacerse cargo de nuevos desafíos o demandas de segunda generación. El transporte público, el sistema de Salud, el acceso a vivienda digna y al suelo para construirla son objetivos del segundo mandato de la presidenta Cristina. Por ahora, sólo esta última demanda está en la agenda parlamentaria más o menos inmediata.
Esos temas, o la protesta contra la minería a cielo abierto, son agenda que imponen los ciudadanos o la cruel realidad. Si se mira bien, seguramente muchos usuarios del tren o muchos habitantes de provincias mineras eligieron a Cristina, conociendo los déficits por los que claman ahora. No hay incongruencia en sus procederes. No otorgaron un cheque en blanco, sino la oportunidad de seguir gobernando. Quien recuperó trabajo o mejoró sus salarios exige ahora mejores prestaciones de servicios. Quienes valoran numerosas ampliaciones de derechos quieren hacerlas extensivas a los usuarios de transporte o del sistema de salud.
Los desafíos para el Gobierno son crecientes: tornar en metas y concreciones tamañas necesidades, que son derechos. Las tareas son ciclópeas. El mejor modo de acometerlas, el que conoce el kirchnerismo. Saber responder a los reclamos, cambiar cuando es necesario. Mantener siempre la aprobación popular que lo acompaña desde hace casi nueve años, consecuencia cabal de sus realizaciones.
mwainfeld@pagina12.com.ar




Por mi parte, no tengo nada que agregar. 
Salvo un enorme agradecimiento a Mario por su lucidez y su coherencia.

martes, 3 de enero de 2012

La Canción de Palito



Qué bueno empezar el año reflexionando y recordando. Por más que los recuerdos no siempre sean gratos y las reflexiones puedan resultar merecedoras de un silente manto de piedad antes que de un sitio privilegiado entre los hitos de la memoria.

Recién retornado a Buenos Aires, después de haber recibido el año frente a la bahía de Valparaíso y sus majestuosos fuegos artificiales, una de las primeras cosas que leo, al entrar en internet, es el testimonio de un querido amigo en el destacable blog Boquitas Pintadas, que heroicamente resiste los embates homofóbicos de un medio tan conservador como lo es el diario La Nación. En dicha publicación, Roberto nos cuenta cómo vivió la relación con su familia frente a la incuestionable certidumbre de su homosexualidad. Obvio que recomiendo la lectura del artículo, no solo por presentar una parte de la vida de un amigo, sino también por considerarlo de importancia para todas aquellas personas que pudieren estar atravesando una situación similar o no lograren superarla.

Mientras leía, soslayando los detalles, mi mente entraba en sintonía con una cincuentenaria canción de Palito Ortega (Ay, Rober, mirá las cosas extrañas que generás). La canción de marras, que ha de tener más o menos mi edad y la de mi amigo, empezaba diciendo “A mí me pasa lo mismo que a usted...” con una melodía sumamente intimista, tan bella que hasta me ha hecho dudar en muchas ocasiones acerca de su autoría. Se me hace que todo aquel que pueda recordar el primer alunizaje ha de saber a qué canción me refiero.

Y por cierto que la asociación es pertinente y para nada antojadiza. Si bien todas las historias de vida son únicas e irrepetibles, no es menos cierto que hay hilos conductores que nos emparentan, al menos en el padecimiento.

Tal vez ya haya contado en estas páginas la historia referida a mi salida del armario frente a mi familia. Pero como “el público se renueva” (ML dixit) no viene mal repetir anécdotas. Sobre todo cuando cabe la posibilidad de agregar algún detalle valioso o interesante omitido anteriormente.

Yo no tuve necesidad de decirle abiertamente a mi vieja “soy gay”. Ella era lo suficientemente zorra como para advertirlo sin que nadie se lo tuviera que decir. Pero como buena zorra, durante años permaneció en silencio y mostró las garras cuando creyó que era el mejor momento. El único antecedente que recuerdo acerca de una mención en el seno familiar acerca de mi sexualidad estuvo a cargo de mi hermano mayor. Yo tendría unos diez años y ya era un chico raro. Los potreros, el fútbol, las figuritas y todas esas cosas tan característicamente “chongas” para los niños de aquellos tempranos años de la década del sesenta me eran total y absolutamente ajenas. Lo mío era sentarme en el zaguán de mi casa a leer las revistas de Mafalda y... bueno... es hora de que lo confiese (si es que la memoria no me falla y no lo hice ya anteriormente)... Lo mío era leer a Mafalda y jugar con las muñecas de mi prima, sobre todo con una que era mi preferida y estaba vestida de monjita (panzada para los sicólogos). Será por eso tal vez que un día, en alusión a mis protestas por ser obligado a hacer tareas de hombre cuando apenas era “un proyecto de hombre” (sic), mi hermano reforzó la idea recalcando entre risas que no todos los proyectos terminaban en hechos. Muy sutil lo de mi hermano. Pocos años más tarde, cuando él ya se había ido a causa de un cáncer que lo fulminó en apenas seis meses a la edad de veintidós, recordé la anécdota y quise suponer que había sido un guiño por parte de mi hermano para decirme “está todo bien”.

Claro que mi vieja no fue tan sutil. Y mucho menos comprensiva. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer:

Año ’81, febrero o marzo, llego a casa y ella me intercepta apenas transpongo la puerta de entrada. “Hijo, tenemos que hablar” me dice con tono apesadumbrado que ya anunciaba tormenta, (que ella me llamara “hijo” era igual a que Doña Florinda llamara “Federico” a Quico). Sin decir más, me llevó hasta la cocina, me hizo sentar y me preguntó con voz de ultratumba: “Hijo, ¿vos sos homosexual?”.

Yo siempre había sabido que lo era. Aun cuando no tenía idea de que existiera la palabreja ni de su significado. Lo supe desde que empecé a tener sueños húmedos con Walter Valdés, el malandra de la escuela por el que suspiraban todas las quinceañeras... y yo. ¡Si hasta llegué (en mi infinita inocencia de diez u once años) a rogarle a Dios que me convirtiera en mujer para poder tener alguna oportunidad con él! ¿Pueden creer semejante fantasía trans en un pre púber? Luego mis deseos pasaron a otros chicos, hasta que por fin fui correspondido.

El caso fue que mi señora madre me puso entre la espada y la pared y, a los 19 años, tuve que “confesar” y esa confesión desató una de las reacciones más absurdas que pude ver en mi vieja (una mina que siempre se mantuvo fría a la hora de afrontar los problemas). Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer: se tomó de los pelos y empezó a gritar “¡Qué me hiciste! ¡Qué me hiciste! ¡Qué me hiciste! ¡Qué me hiciste!”. Se me ocurre que, ya por entonces, corría por mis venas una gotita de sangre militante y ese ME me indignó. Más que nada porque yo no comprendía (y en realidad todavía no comprendo cabalmente) de qué se me estaba acusando. ¿Qué podía yo haberle hecho A ELLA teniendo relaciones con chicos y no con chicas? (si algún sicólogo lee esto y tiene ganas de aclarármelo, lo agradeceré grandemente). Lo concreto fue que se desató allí una discusión descarnada y cruel, de la que tiempo después llegué a arrepentirme, y que terminó con una súplica de su parte: “Lo único que te pido es que no me los traigas a casa”... Y terminó allí porque ya mi odio alcanzaba su zenit, entremezclado con el amor que se negaba a desvanecerse. Me puse de pie, di un portazo y no volvimos a hablar del asunto NUNCA MÁS. Ni siquiera años después, cuando la vida me llevó al amor de una mujer maravillosa con la que tuve la dicha de tener tres hermosos hijos y a la cual me sigue uniendo un afecto infinito, a pesar de que el matrimonio no haya funcionado.

El caso de mi viejo fue más increíble. Conocedor sin dudas del “intercambio de ideas” con mi vieja, él optó por hacer mutis por el foro. Nunca dijo nada, ni una alusión tangencial, ni una indirecta... Nada... Hasta que una noche de navidad, bajo los efectos del alcohol, uno de sus mejores amigos se fue de boca y me puso al tanto de todo lo que el viejo decía a mis espaldas. Un horror. UN HORROR.

Mi otro hermano (no el que mencioné anteriormente, ése no llegó a ver concretadas sus sospechas) tampoco dijo nada. Pero nada de nada. Estuvo años sin dirigirme la palabra. Pero como la muerte de los padres suele traer como consecuencia que los herederos deban ponerse de acuerdo en qué destino se les dará a los bienes transferidos, cada vez que me habla y aprovecha para reclamar algo del pasado utiliza la misma fórmula: “Vos decidiste hacer tu vida y yo no me metí”. Huelgan los comentarios. Tal vez me atrevería a resaltar en este caso cierta envidia de su parte: porque yo sí me animé a “hacer mi vida” (pagando los costos, por supuesto) y a elegir y a optar por la búsqueda de la felicidad, estuviere donde estuviere y fuere lo que fuere.

El cuadro familiar se cierra finalmente con mi hermanita menor (la hija de la vejez, veinte años menor que yo). Ella siempre dijo respetar mis “elecciones de vida”, hasta que un día, en medio de una discusión doméstica, aludió al tema de mi sexualidad diciendo que yo no era el hermano que ella habría soñado y que cómo le explicaba ella a las mamás de los otros nenes del jardín que sus hijos tenían dos tíos en vez de un tío y una tía. Ups, eso dolió y todavía duele, más que todo lo que hizo y dijo el resto de la familia. Sin embargo, dejo constancia de que mi hermanita querida (y esto carece por completo de ironía) fue la única que reconoció su exabrupto y me pidió perdón (reiteradas veces), dejando al descubierto mis propias ruindades.

En apenas veintitantos días cumplo los cincuenta, como mi amigo Roberto, y me queda la certeza de que uno resiste mucho más de lo que se imagina. Basta con ponerse una armadura y hacer de cuenta que no ve las abolladuras que van apareciendo con el correr de los años. Obvio que mejor sería ser uno mismo y ponerle el pecho a las balas pero... ¿qué ser humano podría bancarse semejante tiroteo?

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la infernal y misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que se ha pasado la vida poniéndose el yelmo pero cantando también la canción de Palito... que nunca está de más el abrazo y la comprensión de ese al que le pasa lo mismo que a uno.

Aunque no sea lo mismo pero sea igual...



Novelas de Carlos Ruiz Zafón