martes, 29 de junio de 2010

Como en el 83


Por si hay alguien que todavía no esté enterade, yo soy una de esas personas a las que ya les cuesta un poco apagar todas las velitas de un solo soplido. Decía mi bisabuela que lo malo de los años no es que pasen sino que se quedan y ciertamente no dejo de admirar día tras día la gran sabiduría de la vieja. Pero así como el paso del tiempo nos suma tragos amargos y abolladuras varias en la carrocería, no se puede negar que también suele regalarnos momentos que quedan por siempre grabados en un rinconcito privilegiado de nuestro corazón. Y en épocas de bajón, cobijarnos bajo su rescoldo es una sana costumbre. Bueno, para ir al grano, la noche de ayer, 28 de junio de 2010, fue uno de esos momentos para mí.


Disculpen si exagero

El 10 de diciembre del 83, con mis veintiuno a punto de caducar, fue la primera vez que sentí algo semejante. Tras la tragedia de la dictadura, asistíamos todes les argentines al inicio de una nueva era, teníamos la certeza y la alegría de que por fin algo estaba cambiando para mejor. Sin llegar a comprenderlo cabalmente (consecuencia lógica de la edad), las promesas del alfonsinismo me hacían llorar de emoción y parecía que, de allí en más, nada sería imposible.

Ya sé que la comparación puede que no sea todo lo feliz que une quisiera pero (soslayando el triste final de aquella primavera de la boina blanca), los tiempos que corren reviven una esperanza similar a la de entonces y encienden una brasita nueva que quedará guardadita, esperando el día en que necesite acurrucarme para contrarrestar el frío. Supongo que muches de les que ya peinan canas o se las tiñen (con o sin pudores) me acompañarán en este sentimiento.


Los perros de presa

Desde que les integrantes de la FALGBT iniciaron esta movida por lograr la modificación del Código Civil para que la legislación argentina se ponga a tono con el siglo y permita, sin ambages, el matrimonio universal, les tristes personajes que se oponen a la medida (con la diputada CHotton a la cabeza) han recurrido a los más bajos y vergonzosos argumentos. Por fortuna para nosotres, la postura contraria a la defensa de nuestros derechos es tan arbitraria y caprichosa que resulta fácil de rebatir en cualquiera de sus planteos de odio. Porque detrás de todo esto no hay más que odio y desprecio por lo que somos, por lo que expresamos y por lo que nos atrevemos a sentir con orgullo.

Se nos ha dicho que la homosexualidad es antinatural, que somos pervertides, que somos incapaces de dominar nuestros instintos primarios, que pretendemos la extinción de la especie, que buscamos obligar al mundo a adoptar nuestro modo de vida (como si tuviéramos solo uno y no cada cual el suyo), que somos la encarnación del demonio... uf... tantas y tantas barrabasadas que es imposible y hasta de mal gusto enumerarlas. Durante estos meses hemos sido testigues y destinataries de las acusaciones más mendaces y oprobiosas por parte de gentes que defienden una causa medieval. Personas supuestamente instruidas, propagadores de un discurso con más pretensiones que sustancia, alzando la voz en la tribuna pública y señalando con el dedito, segures de tener siempre la verdad. Sobre todo cuando esa verdad encarna lo más ruin y miserable del ser humano. Individues cuyas manifestaciones toman ribetes cada vez más violentos en la medida en que saben que van perdiendo la partida (aunque el reconocimiento de nuestros derechos no ha sido jamás un juego).


La noche de San Juan

El caso de la provincia cuyana de San Juan sea tal vez el más representativo de esta cruzada oscurantista contra una Argentina más digna. La manipulación de las audiencias públicas, las presiones indecorosas de las iglesias (sobre todo la católica, tan pontificia ella) sobre sus cautivos feligreses, las inauditas resoluciones del poder político, los avasallamientos a los derechos más elementales de las personas involucradas en la reivindicación de lo que nos corresponde (hablo de acoso policial, amenazas para nada veladas, allanamientos caprichosos, el secuestro de los equipos de sonido para la marcha y un largo etcétera) demuestran que estos personajes nefastos están decidides a llegar a las últimas consecuencias con tal de lograr sus objetivos. Loable la tarea de Fernando Baggio y les chiques de La Glorieta que, apoyades por la gente de la FALGBT, han podido y sabido ponerle el pecho a las balas. No es moco de pavo en una provincia en la que pareciera que el tiempo se ha detenido en la época de la colonia, con inquisición y sus propies Torquemada incluídes.


Las patas de la mentira

Y esta gente está dispuesta a todo. No les quepa la menor duda. La mejor prueba la dio la diputada CHotton que intentó embarrar la cancha al aseverar que se está tratando la “ley de matrimonio homosexual con adopción”. Patética estratagema muy bien neutralizada por Alex Freyre y María Rachid en un programa televisivo. Porque les integrantes de la comunidad LGBT no solo tenemos la capacidad de tener nuestres propies hijes biológiques (es un despropósito decir, como lo he escuchado, que por ser homosexuales somos estériles) sino que, además y por si esto fuera poco, las leyes de adopción actualmente vigentes no nos impiden adoptar. La FALGBT se ha encargado de dejar esto en claro ya en diversas oportunidades y no voy a redundar en el asunto.

Lo que sí vale la pena repetir una y otra vez hasta el hartazgo es el más férreo repudio contra la desvergüenza y la total falta de escrúpulos de la diputada CHotton que, embanderada en sus mentiras, no deja de recorrer los canales de televisión en pos de seguir propalando la peste de su homolesbotransfobia.


Ladran, Sancho

Cualquiera podría decir que “por fortuna” pero en realidad es “por justicia” que las voces de las catacumbas vaticanas y los puños de los prejuicios fachos, con su tan diversa variedad de tristes y reprimidos grises, están cada día más solos en medio del colorido de la verdadera diversidad, la que permite que todas las tonalidades coexistan en la misma paleta. La manifestación de esta noche del 28 de junio así lo demuestra. Miles de personas embanderadas tras una sola consigna, la de exigirle al Senado (y por ende al Estado) que apruebe de una buena vez la modificación del Código Civil que toda la población necesita para poner fin a la bochornosa situación de discriminación a la que nos ha relegado hasta ahora.

Aparecen entonces voces desde todos los ámbitos de la cultura y el arte popular voceando nuestras consignas. Consignas que no son solo nuestras. Voces incluso de algunos sacerdotes que marcan la diferencia a la hora de poner en claro quién es quién en el “reino de dios”. Cómo no mencionar las palabras del cura cordobés Nicolás Alessio para quien la homosexualidad no solo no es un pecado sino que se trata más bien de “un don de dios”, en tanto manifestación de lo diverso en el mundo que Él mismo ha creado. Queda claro que, cuando une quiere ser honeste, no hay cabida para las medias tintas.

Y así como hay quien la tiene clara, otres alzan aun más la voz y empuñan sus armas para dar batalla hasta las últimas consecuencias por más que saben que defienden una causa perdida. Les faches, con sotana o sin ella, están nervioses porque saben que el tiempo se les acaba y que el viento les sopla en contra.


Hasta el infinito y más allá

Me decía un amigo, después de la concentración en la Plaza de los Dos Congresos, que (tal como están las cosas y en función del consenso social que ostentamos) somos imparables. Evidentemente, presa de un triunfalismo para nada reprochable, la euforia lo lleva a ver como una realidad concreta ya no solo la modificación del Código Civil sino también la Ley de Identidad de Género, la legalización del aborto responsable, la derogación de todos los códigos contravencionales que penalizan la homosexualidad y el travestismo, etc., etc., etc. Y no le faltan razones. Por mi parte (y parafraseando al benemérito Hugo Moyano) prefiero no almorzarme la cena y esperar a que el próximo 14 de julio al menos treinta y siete senadores levanten la mano a la hora de votar afirmativamente por la aprobación de la nueva ley de matrimonio. Después, paso a paso, irán llegando las demás reivindicaciones. Sin embargo, comparto su optimismo y nadie puede negar que estas reformas cuentan con un amplio consenso social.

Como nunca hasta ahora, una concentración convocada por una organización LGBT ha reunido a les referentes de los más diversos sectores de nuestra sociedad, desde los partidos políticos, sindicatos y movimientos sociales hasta destacades representantes del arte y de la cultura. No faltaron las banderas ni los cánticos de la más diversa índole y todo el mundo se unió en un solo reclamo. Semejante apoyo no puede menos que enorgullecernos y llenarnos de gratitud. Sin embargo, representa además un gran desafío para nuestra colectividad LGBT.

Ahora que la sociedad en su conjunto nos ha tendido su mano, es de esperar que, de aquí en más, nuestras organizaciones asuman a su vez el compromiso de una mayor participación en la cosa pública, dando el presente toda vez que sea necesario para aunar nuestras voces con las de aquelles que reclamen por derechos no reconocidos. “Una mano lava la otra” podrán decir por ahí pero no se trata aquí de un mero juego de conveniencias. Se trata ante todo de un momento histórico en el que es preciso aunar fuerzas con el único norte de la justicia plena.



Justo a tiempo

A pesar de los pesares, debemos ser conscientes de que somos seres privilegiades. Tal vez este concepto nos quede más claro a quienes hemos crecido en el mundo menos permeable a las olas de progreso que precedió al que hoy nos permite soñar con un futuro mejor, pero es imprescindible que nos hagamos cargo de los tiempos que corren y tomemos el toro por las astas. Estamos ante un punto de inflexión tras el cual podremos gozar de la dignidad que nuestra humana condición nos impone.

Y dichas reivindicaciones no han de venir solas porque no es casual que lleguen en este año del Bicentenario. Queda claro que el punto de inflexión involucra también a la aprobación de la ley de medios, el creciente consenso a favor de los derechos humanos, la postulación de las Abuelas de Plaza de Mayo para el Nobel de la Paz, los juicios por la memoria y (¿por qué no?) la confirmación del delito de apropiación por parte de doña Ernestina. Y si la selección de fútbol gana el campeonato mundial, CARTÓN LLENO.


Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que en la noche de ayer ha sido partícipe de una fecha histórica y no tiene dudas de que llegará el día en que se acabe esa costumbre de discriminar.


domingo, 20 de junio de 2010

¿Cómo es eso de ser padre?


El pasado fin de semana viajé a Entre Ríos en representación de la Fundación Buenos Aires Sida donde trabajo y allí recibí un mensaje de texto de mi marido contándome que había pasado una tarde muy divertida. Pregunté la causa pero ya todes sabemos lo jodides que somos les maricas, jeje. El muy infame no quiso largar prenda (nota al margen: utilizo estos términos solo para verificar si lee lo que escribo). De otro modo no se explica eso de enunciar apenas el título de una noticia cuando no se está dispueste a desarrollarla en sus detalles.

Tuve que esperar a mi regreso para enterarme solo de una parte de lo sucedido: se había encontrado con mis hijes con el objetivo de comprarme el regalo del Día del Padre.

En los días previos, algunos indicios me daban la pauta de que algo estaban tramando. Una semana antes, él había recibido un misterioso llamado telefónico de mi hijita y al día siguiente (como quien no quiere la cosa) me preguntó, camino al supermercado, qué querría yo que me regalara para esta fecha.

- ¿Y por qué me vas a comprar vos un regalo si yo no soy tu padre? –respondí.

Ya sé que no está bien eso de responder con otra pregunta pero es una buena táctica para sonsacar información clasificada. Lo malo es que, después de convivir durante tanto tiempo, une termina por descubrir las tretas utilizadas por el otro y estas dejan de ser eficientes.

- Le hubieras pedido un celular nuevo –opinó mi amigo Marcelo pero, conocedor del especial talento de mis vástagos para hacer desaparecer cada billete que cae entre sus manitas (talento heredado de un servidor, para ser honesto) y de las escuálidas finanzas ostentadas por mi cónyuge, descreí sin pensarlo dos veces de la posibilidad de que algo así sucediera. Lástima, porque en verdad me está haciendo falta un teléfono móvil que funcione cuando lo necesito. Tal vez por esa causa supuse que podía intentarlo de alguna manera sutil.

Al jueves siguiente, justo el día en que viajaba a Entre Ríos, acompañé a mi hija al dentista y las cosas se dieron exactamente como yo esperaba. La llamé un par de veces para recordarle nuestra cita y, como suele suceder a menudo, no me respondió la llamada. Ante mi reclamo, su réplica fue la de siempre: la culpa era mía.

- Es TU teléfono –me dijo- Muchas veces decís que me llamás y el mío no suena. A ver, hacé la prueba.

Lamentablemente para ella, esa vez sí sonó. Pero antes de que comenzara con las excusas y el tema de fondo se diluyera en el éter, fui directo al grano:

- ¡Bueno! Si es culpa de mi celular, tenés la oportunidad ideal para quedar bien con papito si me comprás uno que funcione.

Su contraataque fue efectivo e ingenioso (debo reconocer que es otro talento heredado de papito):

- Ok. Mañana mismo me pongo a trabajar (imaginate de qué) para juntar en una semana los setecientos pesos que cuesta un teléfono nuevo.

Me tardé algunos segundos en reaccionar pero al fin la abracé y le dije:

- Hijita, yo no pretendo algo tan sofisticado. Con algo más baratito me conformo. Aunque no te subestimes: con lo linda que sos podés ganar ese dinero en una sola noche... ¡PERO NI SE TE OCURRA INTENTARLO!

Y ella sonrió con esa maravillosa luminosidad que me recuerda lo privilegiado que soy. Porque tengo siempre muy presente que soy un tipo muy, pero muy, afortunado. Obvio que hay cosas que se saben y se sienten pero les adolescentes de hoy no siempre están dispuestes a admitirlo. Por eso, la siguiente afirmación de mi hija fue:

- Ay, papá, ¡con vos no se puede hablar!

Pero ella sabe muy bien que no es así. ¿Para qué estamos les padres si no para poder hablar con nuestres hijes de lo que es importante?

- A propósito, ¿necesitás preservativos?

- Ay, ¡¡¡papá!!!! ¿Para qué voy a necesitar yo preservativos?

Una señora sentada frente a nosotres y con aspecto de matrona evangelista nos miró con desaprobación.

- ¿Es necesario que te explique una vez más para qué sirven?

Esta vez la que me miró torcido fue mi hija. Y la frase que vino a continuación (con cara de Grecia Colmenares) fue una manipuladora treta femenina:

- Más que preservativos, necesito un novio...

- ¡Ja! Ahora me vas a decir que solo lo hacen por amor...

La salvó la campana porque justo en ese momento la llamó el dentista y yo me quedé solo en la sala de espera, frente a frente con la señora evangelista que no me quitó la mirada de encima ni por un momento.

Cuando salió de la consulta, ya era demasiado tarde para continuar la charla. Tenía apenas un par de horas para preparar el equipaje.

Tras mi regreso a Buenos Aires supe que, durante mi ausencia, ella, su hermano y mi marido se habían juntado para elegir mi regalo, que habían caminado durante horas sin decidirse, que se habían reído mucho con las payasadas que les tres suelen potenciar cuando se reúnen, que habían cenado en el Mc Donald’s... Y en cierta manera me dio un poco de pena no haber podido estar ahí: no es que no suceda nunca pero siempre cada vez que les veo juntos, mis tres amores, siento que tocar el cielo con las manos es tan sencillo como desearlo.

Ayer recibí el llamado de una periodista de TELAM. Con esto de la modificación de la Ley de Matrimonio mi número de teléfono parece estar en la agenda de todas las agencias noticiosas. Nada original, la periodista quería saber cómo se vive esto de ser gay y padre a la vez. Yo no tenía mucho tiempo (un grupo de adolescentes secundarios me esperaban para charlar sobre el vih), de modo que le conté sucintamente la historia que acabo de narrarles. Pero le aclaré que mi caso no es la norma. Nuestra sociedad está muy lejos de ser un paraíso para quienes ejercemos una sexualidad diferente. De serlo, los debates acerca de nuestros derechos (que llevan tanto tiempo batallando contra los prejuicios y las canalladas homofóbicas) ya serían parte de la historia. Le aclaré además que ser padre es una experiencia invalorable que no se puede traducir en palabras. Une puede caer en el lugar común, por supuesto, y declamar que es lo más maravilloso que le ha sucedido en la vida pero nada de lo que se diga será capaz de transmitir la verdadera magnitud del sentimiento. Nuestres legisladores y todes aquelles que obtusamente se niegan a admitir lo evidente deberían saber que nuestras diferencias comienzan y terminan en la cama. Incluso muches de aquelles heterosexuales que defienden nuestra causa suelen tener dificultades para comprenderlo. Más allá de lo sexual, somos seres humanes idéntiques al resto de les mortales y nuestro amor vale tanto como el que más.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, en apenas unas horas, comprobará si sus tres amores han elegido un celular como regalo del Día del Padre. En verdad, con un gran beso y un más grande abrazo me conformo, pero... shhhhhh... que elles no se enteren, jeje.

lunes, 17 de mayo de 2010

De ciegues y de elefantes


Habrá sido allá por el ’66 ó ’67. Todavía vivíamos en Tucumán, en el barrio de Villa Urquiza, cerca de la cárcel,, en la casa de la bisabuela que albergaba a gran parte de la familia. Como gallina clueca, Doña Carmen cobijaba a hijes, nietes y bisnietes con la única condición de que se le permitiera hacerse cargo del cuidado de les más pequeñes. Y lo hacía muy bien. Mi vida (y supongo que también la de mis primes) habría sido muy diferente, si ella no se hubiera ocupado de mi crianza durante mis primeros años. Por lo pronto, esa tarde nos habló sobre les ciegues y les elefantes.

Mis primes y yo nos habíamos enojado furiosamente, unes con otres, por alguna razón que no recuerdo. Seguramente fue una tontería pero, a esa edad, hasta lo más intrascendente cobra dimensiones extraordinarias. Al principio, se mantuvo al margen pero, al ver que la situación se salía de madres, Doña Carmen intervino a su estilo:

- Imaginen a los changuitos que han nacido cieguitos. ¿Cómo pueden saber lo que es un elefante si nunca lo han podido ver?

La pregunta era por demás extraña pero nosotres ya estábamos acostumbrades a situaciones parecidas. Sin embargo, ella tenía ese don de captar nuestra atención. Cuando la bisabuela hablaba se detenía el tiempo.

- Los ciegos ven con las manos –dijo uno de los primos mayores.

- Ajá... Entonces el cieguito que se ponga junto a la trompa del elefante y la toque va a pensar que un elefante es una gran manguera... –todes nos reímos porque nosotres sí sabíamos cómo era un elefante- el que le toque la pata pensará que es una enorme columna, el que esté junto a la panza tendrá la impresión de que es una pelota descomunal... ¿Cuál de todos tendría la razón?

- ¡Ninguno! –dijimos algunes.

- ¡Todos! –aseguraron otres.

Fue entonces que Doña Carmen nos explicó que todes estarían en parte acertades y en parte equivocades. Conclusión de la bisabuela: la solución sería que todes expusieran sus propias impresiones y así todes tendrían un panorama más amplio de lo que es un elefante, o que se tomaran el trabajo de recorrer al animal para tener una idea más acabada. ¡Qué vieja sabia mi bisa! Por eso, cuando murió, sentí que una parte de mí se iba con ella. Aunque desde entonces la mantengo siempre viva en mis recuerdos.

Esta anécdota en particular me ronda la cabeza desde que empezó el debate fuerte por la Ley de Medios Audiovisuales y más recurrente se tornó con el de la modificación del Código Civil para permitir el Matrimonio Civil Igualitario. Y a medida que escuchaba o leía las diversas posturas, me daba cuenta de que muches de les involucrades en la discusión no eran más que ciegues tocando un elefante. Incluso aquelles que tienen una visión menos limitada y pueden ver más allá de sus manos. Cuánto más les que, pudiendo percibir la diversidad, se empeñan en negarla para defender sus privilegios e intereses sectarios. Mi bisa hubiera dicho que estes últimes son les más ciegues porque son incapaces de ver con el corazón. Yo tengo que hacer un esfuerzo para no emplear términos más fuertes...

Caso similar presentan otras discusiones como la política de derechos humanos, las medidas económicas, los códigos contravencionales, la corrupción, el aborto, la minería a cielo abierto, las relaciones internacionales y decenas de otros temas en los que la gran mayoría toca de oído. Lo malo es que, ante las reiteradas desafinaciones, nadie está dispueste a abandonar la orquesta.

Les integrantes de la llamada comunidad LGBT (si es que tal cosa existe) no estamos fuera de esa norma, lo cual refuerza la idea de que no deberíamos ser considerados de un modo diferencial. Aburre tener que repetirlo (incluso a les mismes integrantes de la cofradía, que solemos tender a sacarnos los ojos ante cualquier divergencia) pero somos tan diversos como el resto de la humanidad, con virtudes y defectos, aciertos y errores, dudas y certezas. Humanos, bah. Por eso resulta inadecuado meternos a todes en la misma bolsa y hacer de cuenta que todes hacemos, pensamos y sentimos del mismo modo. Y esta inconveniencia se torna infame maledicencia cuando se la emplea para demostrar, justamente, que la bolsa, con nosotres dentro, es una bolsa de gates.

En los últimos tiempos, he leído, escuchado y presenciado muchos (¡demasiados!) discursos orientados a poner de manifiesto diferencias que, a las claras, resulta improcedente si de derechos se habla. A ver si soy claro: el hecho de preferir a una persona de nuestro mismo sexo a la hora de ir a la cama (o donde fuere que une lo hace) no nos hace menos humanes. Resulta incomprensible que aun existan gentes aferradas a prejuicios medievales que siguen negando tozudamente una realidad que cada día es más y más patente. Repitiendo hasta el hartazgo las palabras de Osvaldo Bazán: “la homosexualidad no es nada”. Dice el refrán que no hay peor ciegue que le que no quiere ver y somos tan humanes, tan idéntiques al resto de la humidad que incluso personas LGBT se ubican en la vereda de enfrente a la hora de defender nuestros derechos. O mejor dicho: a la hora de trabajar por el reconocimiento jurídico y social de nuestros derechos. Porque no debemos olvidar ni por un instante que somos tan personas que también nosotres ya tenemos derecho a amar, a ser amados, a formar una familia, a criar y educar a nuestres hijes adoptades o biológiques, a tener un seguro social, a recibir pago por nuestro trabajo, a acceder una pensión por viudez y un larguísimo etcétera que me llevaría demasiadas líneas detallar. Y muches de nosotres ya ejercemos algunos de esos derechos sin pedirle permiso a nadie. Claro que sin el respeto ni el reconocimiento que merecemos.

Lo indignante es comprobar que los seudoargumentos por la negativa pretenden tomarnos, a nosotres y a la sociedad toda, por idiotes. Ya no estamos en épocas en las que sea necesario recurrir a los cuentitos infantiles para hacernos ver la realidad. Así como no es cierto que Eva fuera creada a partir de una costilla de Adán y que el mundo no se construyera en siete días, tampoco es cierto que el matrimonio sea una institución legada por el buen Dios a los hombres para perpetuar la especie. ¿Acaso el matrimonio no existía en las culturas anteriores a la judeo-cristiana, cuando Moisés y Jesucristo no eran siquiera una cigota? ¡Un elefante no es una columna maciza! Tampoco es cierto que la modificación del Código Civil para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo sea una condena para la perpetuación de la especie. ¿Desde cuándo un derecho es una obligación? Supongo que todo ser humano tiene el derecho de comer pescado frito los sábados de agosto de los años bisiestos, sin embargo, imagino que poques hacemos uso de él y siempre según nuestro libre albedrío. ¡Un elefante no es una gran manguera! ¿Es necesario seguir enumerando excusas inconsistentes? Si no fuera una propuesta sórdida, me reiría de aquelles bienpensantes que dicen estar de acuerdo con el matrimonio pero no con la adopción. Afirman que les niñes necesitan tener padre y madre (así, con el macho adelante porque, al fin y al cabo, es lo que más importa). A ver, mi amor, el mundo está lleno desde tiempos inmemoriales de niñes huérfanos de papá y/o de mamá sin que nadie se rasgara las vestiduras por ello. Y da la casualidad que, algunes de eses padres heterosexuales, maltratan, abusan, abandonan y hasta matan a sus propies hijes. ¿Qué garantías dan, por lo tanto, las impolutas familias occidentales y cristianas? ¿Se entiende que un elefante no es una pelota descomunal?

“Esto sería un muy buen chiste si no fuera una joda bárbara” decía Tato Bores. Y siempre lo cito porque se adapta a toda situación donde la sinrazón se asocie a la injusticia, a la violencia y a la discriminación. Cóctel que puede desembocar incluso en la muerte (ejemplos sobran).

Pero si hablamos de adopción, hay un par de consideraciones que nadie debería pasar por alto y, sin embargo, casi nadie menciona en el debate.

1) La modificación del Código Civil que permitirá el matrimonio entre personas del mismo sexo no hace ninguna referencia a la adopción. La adopción por parte de personas homosexuales, en la Argentina, ya está permitida por la legislación correspondiente. LES HOMOSEXUALES YA PODEMOS ADOPTAR EN LA ARGENTINA. Lo que la modificación del Código Civil permitiría, de modo implícito, es que las adopciones puedan realizarse en forma conjunta por ambos miembros de la pareja, con todos los beneficios sociales que gozan actualmente les hijes de parejas heterosexuales. Sin esta modificación, les hijes de parejas homosexuales (que ya existen) seguirán siendo “hijes de segunda”, como lo son ahora y como eran antiguamente les hijes extramatrimoniales (aberración que felizmente se corrigió hace décadas y tiene un correlato directo con la situación expuesta).

2) HABEMOS MUCHES HOMOSEXUALES QUE YA TENEMOS HIJES (biológiques o adoptades) y nuestra orientación sexual no nos quita mérito como madres o padres. Somos tan capaces de desempeñar un buen papel como un papel desastroso, al igual que el común de les mortales. Hay quien afirma que nuestres hijes van a “heredar” nuestra orientación gracias a (o por culpa de) los “ejemplos” que recibirán en nuestros hogares. Aburre, cansa recordarles a esas personas que la mayoría de nosotres se ha criado en el seno de una familia heteroparental y sin embargo... Lo curioso (por decirlo de un modo amable) es que todes quienes pretextan estos reparos sostienen que no tienen nada en contra de les homosexuales, pero coinciden en suponer que serlo es un disvalor. ¿Qué problema habría, si no, en que la gente tuviera hijes gays?

Los elefantes son mucho más que un simple cuerno de marfil.

¿Hasta cuándo vamos a seguir discutiendo estos asuntos que ya deberían haberse superado? Las mismas excusas (me niego a otorgarles el rango de argumentos) fueron esgrimidos antaño para negar otras cuestiones igualmente discriminatorias. Hubo una época en la que les cristianes discutían si la mujer era una criatura de dios o del demonio (y en realidad la discusión aun no termina, a juzgar por los numerosos impedimentos que padecen las féminas dentro de la jerarquía clerical). De hecho, en lo civil solo pudieron ejercer sus derechos de sufragio a partir del siglo XX. Se puso en tela de juicio también la humanidad de les negres, para justificar de ese modo que se los esclavizara en el seno de las comunidades seguidoras de la doctrina de Cristo. Nazismo, apartheid y aberraciones similares defendieron, en diversos momentos de la historia, la superioridad de unas razas por sobre las demás con las consecuencias que ya todes conocemos (o sería esperable que conociéramos). Hace un par de décadas, sin ir más lejos, las facciones cristianas de nuestro país vaticinaban el fin de la familia y de la civilización ante la inminencia de la aprobación de la Ley de Divorcio Vincular.

Las teorías conspirativas y las predicciones agoreras no son más que palos en la rueda que pretenden detener un proceso que no tiene marcha atrás. Todas las cuestiones mencionadas fueron felizmente superadas y hoy ya nadie se atrevería a defenderlas con seriedad. Ni el mundo ni la sociedad han sucumbido todavía y, cuando la modificación al Código Civil sea aprobada finalmente por ambas cámaras parlamentarias (hecho que sucederá más temprano que tarde) los mismos pretextos han de servir a los oscurantistas de siempre para oponerse a otros asuntos que aun quedan pendientes: la necesaria legislación sobre aborto responsable, la ley de identidad de género y la idónea implementación de la ya aprobada ley de educación sexual, por ejemplo.

Cansa, aburre, harta tener que repetir una y otra vez los mismos fundamentos, pero está visto que nunca será suficiente. Las pruebas al canto. Incluso en estas páginas, (donde sería de esperar que todes les lectores estuviéramos de acuerdo respecto de estos planteos) se torna imprescindible machacar y machacar.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije,, un cronista de su realidad que se esfuerza por darle varias vueltas al elefante (y a veces me llevo cada sorpresa....

miércoles, 24 de marzo de 2010

Aporte a la memoria

Me enviaron esto que comparto

Ausencias es un proyecto expositivo que partiendo de material fotográfico de álbumes familiares muestra diecisiete casos a través de los cuales se pone rostro al universo de los que ya no están: trabajadores, militantes barriales, estudiantes, obreros, profesionales, familias enteras; ellas y ellos víctimas del plan sistemático de represión ilegal y desaparición forzada de personas, instaurado por la dictadura militar argentina, entre 1976 y 1983.

EXCELENTE TRABAJO DEL FOTÓGRAFO GUSTAVO GERMANO,














Juntas. La típica foto de los años 70 con las chicas en el barrio.
Sola. La sobreviviente junto a lo que ahora es una pura ausencia.


Cuatro hermanos. Gustavo,Guillermo, Diego y Eduardo Germano.


Grupo de amigos en 1971. Hoy faltan dos.


Raul y su hemano Manuel con sus novias en 1973.


Laura con sus padres en 1976.







Ni olvido ni perdon...
Son imágenes de desaparecidos y sobrevivientes en un mismo lugar, con 30 años de diferencia.
"Partí de una necesidad expresiva personal de ponerle presencia a la ausencia, pero al mismo tiempo de buscar aportar a la memoria", señaló Germano, fotógrafo radicado en España, cuyo hermano Eduardo fue secuestrado a los 18 años, en 1976. "


Día de la Memoria



lunes, 8 de marzo de 2010

Los derechos de las mujeres también son derechos humanos


Cuando yo era joven, las discusiones con mi señora madre podían surgir a partir de cualquier nimiedad. Ambos éramos lo suficientemente tercos como para no dar el brazo a torcer, más allá de las consecuencias. Ella misma aseguraba que, en la vida, había dos maneras de hacer las cosas: mal o como las hacía ella. Y mi espíritu acuariano me llevaba a cuestionar sistemáticamente sus métodos, aun cuando en mi fuero interno estuviera de acuerdo con ellos en más de un caso. Planchar las camisas, por ejemplo. A mi juicio, ella nunca las planchaba lo suficientemente bien y era mi gusto hacerlo a mi modo. Sin embargo, para una mujer que había sido educada a la vieja usanza, permitir que su hijo varón realizara una tarea eminentemente femenina era algo vergonzoso y digno de desaprobación. “¡Cómo vas a planchar vos si estoy yo en la casa para hacerlo!”.

Esta frase me acompañó a lo largo de toda mi vida, aun ahora que ya han pasado casi quince años desde que mi madre ya no está. Pero lejos de ser una ley universal, es más bien una proclama que incita a la rebelión.

No es que no fuera una mujer inteligente. Edipos aparte, mi madre ha sido una de las mujeres más brillantes que he conocido. Esto no impidió que haya hecho del machismo uno de los pilares de su existencia. Una mujer que luchó a destajo por sacar su familia adelante, sin un marido a su lado en quien recostarse. Una mujer con una fuerza titánica y un sentido de la dignidad y de la solidaridad inigualable. Una mujer que, sin embargo, no pudo ir más allá de los prejuicios que la relegaban a un rol meramente doméstico, por más que estuvieran a la vista sus capacidades trascendentes de aquella tradición medieval.

A veces se me da por preguntarme qué pensaría mi madre ahora, si viviera. No lo sé. A pesar de su lucidez, no la imagino como una mina flexible que se adaptara fácilmente a las nuevas circunstancias. Si me apuran, me atrevería a asegurar que, hoy por hoy, estaría en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, se opondría a la legalización del aborto, no aceptaría el desarrollo de la tecnología de las células madres ni la proliferación del alquiler de vientres. Y también estoy seguro de que no tendría una justificación muy clara para adoptar esas posiciones. La tradición tiene esas cosas. Su mundo caótico necesitaba cimientos inamovibles y cualquier temblor amenazaba la estructura misma de la vida. En cambio, la imagino defensora de las mujeres golpeadas y de las víctimas de la trata de personas. ¿Era mi madre distinta a las demás madres? ¿Era menos evolucionada que las demás mujeres y los hombres de su época? ¿Era un dinosaurio si la comparamos con la media de la sociedad actual? No lo creo.

Ciertamente, mi señora madre y la gran mayoría de sus congéneres no han hecho del feminismo su manera de enfrentar el mundo y (al menos no masivamente) tampoco lo hacen en la actualidad. La necesidad de rebelarse y de revelarse no es un norte que guíe el derrotero de tantas y tantas que padecen todavía la cultura que nos legaran los ancestros. Sin embargo, rebelarse en contra de esa tradición que las oprime y revelarse a sí mismas como personas dignas de respeto que ejercen sus derechos, ese fragor por dar a conocer al mundo quiénes son y quienes quieren ser, es una música que comenzó como un tenue murmullo y hoy en día ya se perfila como bella sinfonía que llegará a liberarlas y a liberarnos.

El 8 de marzo es, sin dudas, un día de lucha, un día de denuncia que no solo rememora aquel luctuoso incendio que causara la muerte de 140 mujeres trabajadoras. El “Día Internacional de las Mujeres” (porque también es una falacia eso de que todas las mujeres son iguales) es una fecha para proclamar a los cuatro vientos las opresiones generadas por este sistema patriarcal en el que estamos inmersos y (¿por qué no?) también las propias del sistema económico-social que, en nombre del mercado, no duda en destruir lo más valioso del espíritu humano. En un mundo (o una munda, como gustan decir las feministas) en el que todo y todes somos mercancía, se diluye el espacio propio de las individualidades y, por tanto, los derechos que los individuos pudieran ejercer. “Desmercantilizar nuestras vidas es parte de una opción radical de lucha en una munda donde quepan todos los mundos”, según palabras de mi admirada Liliana Daunes.

Luchar, cade une a su manera, por la libertad, por el imperio de la verdad y la justicia, no puede eludir un cambio de conciencia y de actitud respecto de las mujeres, relegadas por siglos, asesinadas, denigradas, ignoradas.

“El cambio es nuestra opción y se inicia cuando se decide”, palabras textuales de la ratita protagonista de la película de Disney, “Ratatouille”. Palabras que refrendo a pie juntillas. Y es en función de esta máxima que la prédica del feminismo debe transformarse en una prédica universal que nos comprometa a todes. Reivindicar las historias de Lisistrata (que propuso una huelga de piernas cruzadas para terminar la guerra entre Atenas y Esparta), de la teórica marxista Rosa Luxemburgo (golpeada a culatazos hasta morir), de la peruana Flora Tristán (fundadora del feminismo moderno) o la de su compatriota Micaela Bastidas, esposa de Tupac Amaru (leona militante a la que le cortaron la lengua, antes de ser descuartizada), la historia de Juana Azurduy, la de Manuela Saenz y la de Macacha Güemes... otorgar la justa relevancia que estas y tantas mujeres valerosas y valiosas a lo largo de la historia de la humanidad, mujeres como nuestra Alicia Moreau, nuestra Alfonsina Storni, nuestra Eva Duarte, de nuestras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o de ignotas y sacrificadas mujeres como mi madre, es una deuda que la humanidad toda tiene para con ellas y para con nosotres mismes. Porque nada nos enaltece tanto como hacernos cargo de nuestras propias miserias. Lo digo como hombre y como gay que sabe de qué habla cuando dice “discriminación”, tanto en el rol de víctima como en el de victimario. Y si de discriminación se trata, tampoco debemos olvidar a mis queridas Diana Sacayán, Marcela Romero, Lohana Berkins y tantas otras, que saben mejor que nadie defender con el cuerpo su derecho a ser.

El 8 de diciembre no es una simple efemérides. O no debería serlo. Igual que el 1° de mayo, o el 17 de mayo, o el 28 de junio o decenas de conmemoraciones que, a fuerza de repetición, van perdiendo su sentido y se convierten en bochornosa burocracia.

Es necesario poner en relieve las libertades ausentes, las miserias acumuladas, las postergaciones vergonzantes. Les feministes tenemos hoy la obligación de denunciar las masacres a las que son sometidas miles de mujeres en el mundo y en nombre de intereses espurios. La trata de personas, la violencia intrafamiliar en todas sus formas y el femicidio no son más que distintas caras de una misma moneda de cambio que incluye también al racismo, a la homo-lesbo-transfobia y otros tantos odios que no hacen otra cosa que denigrar a la raza humana en su conjunto.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las ruidosas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, para terminar, cita una vez más a la Daunes:

“Basta de violencia, basta de femicidios, aborto legal seguro y gratuito, abolición del sistema prostituyente, no a la heterosexualidad obligatoria, no a la militarización del continente, basta de pobreza, trabajo para todas y todos, no a la publicidad sexista... Recordemos que los derechos de las mujeres también son derechos humanos”.


domingo, 7 de febrero de 2010

Yo tengo fe


Tranquiles, que el título de este artículo no tiene nada que ver con alguna remota simpatía de mi parte hacia la producción artística de Palito Ortega, mucho menos hacia esa canción homónima, que resume la falta de talento y buen gusto de su autor. Tampoco se relaciona mi fe con esa necesidad humana de explicar el universo a través de postulados dogmáticos que pueden llegar a calmar alguna angustia pero son incapaces de contribuir al desarrollo de un hombre libre.

Mi optimismo es más genuino y terreno.

Cuando yo era (más) joven, allá por los setenta, no existía McDonald’s y la firma encargada de atosigarnos con su comida chatarra llevaba el nombre de Pumpernic, cuyos locales eran punto de reunión obligado para la juventud de entonces. No eran épocas muy felices para nuestro país y había que tener cuidado. Cualquier error o cualquier imprudencia podía terminar en tragedia. Sin embargo, a pesar de las innumerables recomendaciones de nuestres padres, como buenos jóvenes que éramos, de tanto en tanto se nos daba por retar al destino. Les más memoriosos no me dejarán mentir. Recuerdo específicamente un mediodía de primavera en el Pumpernic del barrio de Floresta. El que durante los años de mi adolescencia fue mi novio me había invitado a almorzar. Habíamos estado un poco distanciados por algunos meses y tratábamos de recomponer la relación, de modo que el plan era compartir y satisfacer la necesidad de estar juntos. El local estaba atestado de gente y fue larga la espera para que nos entregaran la bandejita con la comida. Entre tanto, la charla era fluida y abundaban las miradas y las caricias furtivas. En el ámbito represivo en el que vivíamos, era la manera de decir “te quiero”. Luego nos sentamos en la mesa más escondida y continuamos con nuestro divertido juego de seducción. Poco a poco, la conversación se puso más y más melosa y ambos nos sentíamos en el paraíso por el simple hecho de saber que nuestro amor era correspondido. Les adolescentes han sido, son y serán siempre iguales. De tanto en tanto, percibíamos alguna mirada censora por parte de la gente que estaba a nuestro alrededor pero, teniendo la certeza de no estar haciendo nada malo, hacíamos caso omiso de todo tipo de murmuraciones. Claro: el asunto fue que, confiados en nuestra felicidad, devoradas ya las hamburguesas y las papas fritas, nos dejamos llevar y por un par de segundos (juro que no fueron más que un par de segundos) la mano de él se posó sobre la mía. A los pocos minutos, el encargado del local se acercó a nuestra mesa y con expresión circunspecta nos invitó a retirarnos del establecimiento.

Tal vez lo que más escandalizó a las personas presentes no fuera el roce de su mano sobre la mía. Hoy en día me inclino a suponer que lo peor para ellas residía en nuestra expresión de plena felicidad y gozo al hacerlo. Sin mencionar el horror de todos los rostros cuando, levantándonos de las sillas y encaminándonos hacia la salida, nos abrazamos y nos dimos un beso en la boca. Nada sexual, por cierto: solo un simple y acaramelado besito en los labios. Oímos los murmullos y las desaprobaciones diversas de les presentes. Sobre todo un sonoro y estridente “¡putazos!”, celebrado por las risotadas de muches, que quedó resonando en la sala hasta que nos fuimos.

Habemos quienes hemos vivido esa triste época en la que la mera expresión de afecto entre dos hombres era razón suficiente para la censura y el escarnio. Los varones debíamos saludarnos con un apretón de manos, cuanto más fuerte mejor (si me habrán hecho crujir los huesitos con el propósito de demostrar virilidad). En su defecto, lo máximo que se permitía era un abrazo, pero este abrazo debía ser “a lo macho”, con fuertes y exagerados golpes en la espalda. Como dijo alguien alguna vez: eran tiempos en los que había que ser muy macho para ser puto. Y con esto no pretendo decir que en la actualidad estemos atravesando la era del respeto universal y absoluto por la diversidad sexual. Nada que ver. Pero convengamos que, hoy en día, al menos en Buenos Aires y en otras grandes ciudades, la vida de gays y lesbianas es mucho menos tortuosa que entonces. Excluyendo, por supuesto, a las personas trans, para quienes la era del respeto social se vislumbra todavía muy lejana. Para ellas, el tiempo parece haberse detenido en la época de la santa inquisición.

Circula por ahí una encuesta que busca reforzar la idea de que algo así como el 70% de les argentines está de acuerdo con la sanción de una ley que nos permita contraer matrimonio. O sea que la mayoría de la gente vería con buenos ojos que dos hombres o dos mujeres (casi no hay referencias a las personas trans) puedan casarse con todas las de la ley. Todes sabemos la facilidad con que hoy en día se manipulan las encuestas y no sería de extrañar que tales resultados no se correspondieran exactamente con la realidad. En la vida cotidiana, no he tenido hasta el momento la felicidad de toparme con ese 70% de compatriotas que apoyan nuestra causa. Pero de ser correctos, me inclinaría a suponer que esas cifras corresponden a la ciudad de Buenos Aires y no a toda la nación. Más allá de ello y afrontando otro aspecto del tema, deberíamos preguntarnos sobre la verdadera relevancia de estos porcentajes. ¿Acaso nuestros derechos dependen de la opinión de la mayoría de la sociedad? Si la encuesta hubiera dado resultados adversos, ¿tendríamos menos derecho a ser tratados en un plano de equidad con el resto de los ciudadanos? Lejos estoy de negar la importancia de tales resultados pero me parece importante dejar en claro que nuestros derechos son inherentes a nuestra condición humana y no están sujetos a los vaivenes de la opinión pública.

Por otra parte, el lema de “Los mismos derechos con los mismos nombres”, que las organizaciones LGBT enarbolan desde hace ya varios años, se ve mancillado cada vez que se habla de la “Ley de matrimonio gay”. Nadie (o casi nadie) se rebela ante este mote. Yo no quiero un matrimonio gay. No existe el matrimonio gay. El matrimonio debe ser uno solo, más allá de la orientación sexual de les contrayentes. Y no es este un tema menor. Mientras sigamos hablando de matrimonio gay, aun les que de una u otra manera estamos involucrades en la defensa de nuestros derechos seguiremos consintiendo en que nuestras uniones son diferentes a las de las personas heterosexuales y, por lo tanto, pasibles de un tratamiento diferencial. Mientras los nuestros sean matrimonios gays permanecerá cerrado nuestro acceso a la adopción y al respeto social que sin ninguna duda merecemos. Tampoco ayudan (a mi juicio) las pantomimas mediáticas de algunos personajes faranduleros que, carentes de ideales vinculados a la reivindicación de nuestras dignidades, no trepidaron en organizar grandes festejos, dándoles el rótulo de “casamiento”, como si la sola proclamación del deseo fuera suficiente para lograr su concreción. No son pocas las personas desprevenidas que, a partir de las publicitadas ceremonias, asumieron que las bodas entre personas del mismo sexo son legalmente posibles. Aún más, este tipo de confusiones ha dado pie para que, durante la campaña electoral de 2009, una de las candidatas de la derecha (cuya posición adversa al reconocimiento de nuestros derechos es conocida por todes) se permitiera la promesa de que las parejas del mismo sexo podrían casarse cuando ella fuera electa. Pasadas las elecciones y con la banca en el congreso asegurada, la ex candidata se sacó la careta y se manifestó en contra de una ley de matrimonio que eliminara los condicionamientos ligados a la sexualidad de les contrayentes. A lo máximo que accedería sería a una ley nacional de unión civil, similar a la que ya rige en Buenos Aires. Cuando se le señaló la incongruencia de sus declaraciones, sin ponerse colorada, argumentó que se trataba de una mala interpretación de sus palabras, que los mismos gays llaman “casamiento” a la unión civil. Eso de darles letra a les adversaries debería preocuparnos.

El caso de la Iglesia es mucho más frontal y carente de sutilezas. Es por demás conocida la posición de este papa respecto del reconocimiento de nuestros derechos. A él se suma una extensísima lista de fundamentalistas que pretenden elevar sus prejuicios al rango de ley. A partir de sus declaraciones, la comunidad homosexual sería la responsable de todas las calamidades de la humanidad y ahora, a partir de nuestra pretensión de acceder al matrimonio, también seríamos les causantes de la degradación y la desaparición de la familia y de la raza humana en su totalidad. En los últimos meses ha llegado a sorprenderme (e incluso a desconcertarme) la virulencia de los ataques perpetrados por la cúpula vaticana en contra de cualquier avance a favor de nuestra causa. No hace falta un detalle de tan extenso inventario, ¿verdad?

Sin embargo (y sin ánimos de avivar giles), me atrevería a aseverar que tanto empeño en denigrar nuestra lucha y en desconocer nuestros derechos no es más que una muestra de la debilidad que los aqueja. Si nos atacan con tanto encono, si se obstinan en ocupar cuanto espacio les permita la difusión de sus mensajes medievales, si no cejan en su política de difamación y chantaje, es porque TIENEN MIEDO. Saben mejor que nosotres mismes que la victoria de nuestra labor es un hecho que llegará tarde o temprano, tal como sucedió durante la segunda mitad del siglo veinte con las reivindicaciones de los afrodescendientes o con los derechos civiles de las mujeres, por mencionar apenas dos de los tantos avances en materia de derechos humanos acaecidos en la última centuria. En la actualidad, sistemas tales como el suprimido apartheid sudafricano son considerados una atrocidad por la gran mayoría de las personas. Igual desprecio merecen los regímenes fascistas capaces de perpetrar genocidios en contra de millones de judíos, armenios, gitanos y demás etnias irracionalmente perseguidas y masacradas.

A través de sus prédicas homolesbotransfóbicas, tan exacerbadas e insidiosas, los heraldos de la intolerancia no hacen más que mantener el tema en la cabecera de los titulares y, contrariamente a lo que ellos suponen, este hecho redunda en nuestro beneficio. Si bien se cumple también en este caso el espurio axioma goebeliano (“miente, miente, que algo quedará”), no es menos cierto que el tema de los derechos de las diversidades sexuales se va instalando en el discurso cotidiano de la sociedad y llegará el momento en que nadie se escandalice ante la posibilidad de que lesbianas, gays y trans puedan contraer matrimonio, adoptar, heredar y recibir el mismo trato que el resto de los mortales, sin ninguna discriminación. Basta como prueba de lo que digo el actual estado de las cosas. En los tiempos que corren, ningún empleado del McDonald’s se atrevería a echarme del local por mostrarme en público cariñoso con mi pareja, cada vez son más las parejas del mismo sexo que pasean por la calle tomadas de la mano sin que haya consecuencias desagradables, por citar solo algunos ejemplos. Incluso las críticas y las diatribas contribuyen a instalar el tema en la opinión pública y, por paradójico que parezca, la cotidianeidad juega a nuestro favor

Paralelamente, claro, esta situación permite también la aparición de personajes mediáticos que, so pretexto de defender nuestras prerrogativas o en búsqueda lisa y llana de réditos personales, allanan el camino de nuestros detractores mediante actitudes y discursos contrarios a lo que aparentemente intentan sostener.

Pero a pesar de ello, me siento optimista. La razón de ese optimismo se funda en la certidumbre de que el reconocimiento de nuestros derechos inherentes serán un hecho más temprano que tarde. El nuestro es un camino que sin dudas tiene un final y nuestro avance no admite desvíos. Nuestros adversarios están nerviosos y esa es la única prueba que necesito para darme cuenta de que están perdiendo la partida.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad ha aprendido a lo largo de sus lustros que el amor y los ideales siempre son más fuertes.

domingo, 13 de diciembre de 2009

¿Quién es Abel Posse?

Pensaba escribir un artículo al respecto de la designación de este sujeto al frente del ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pero no vale la pena. Ya hay otros que lo han dicho todo mejor que de lo que yo hubiera podido hacerlo. Sobre todo el mismo Posse.







Eso es todo por hoy. Desde las convulsionadas callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que aun guarda la tímida esperanza de que nuestro país algún día envuentre el rumbo hacia las soluciones integradoras y democráticas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El valor de una coma


Alguien me envió esto por mail y me parece que está bueno compartirlo. No solo porque es chistoso en sí mismo, sino porque además demuestra que muchas de las cosas que pueden considerarse secundarias no lo son tanto.

EL VALOR DE UNA COMA

Julio Cortázar escribe "La coma" es la puerta giratoria del pensamiento. En efecto, lea y analice la siguiente frase:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda."

¿Dónde colocaría usted la coma?

- Si usted es mujer, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra mujer. Lo que daría:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda."

Pero, si usted es varón, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra tiene. Y quedaría:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda."


Novelas de Carlos Ruiz Zafón