miércoles, 18 de febrero de 2009

Todes Unides Triunfaremos


Décadas atrás, durante mi paso por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, tuve el privilegio de ser alumno de la Doctora Ofelia Kovacci. Era una mujer bastante parca, de inmutable rodete y trajecito channel, tan atildada que parecía un maniquí. Sin embargo, en lo suyo era insuperable. La gramática y la lingüística son un mundo fascinante en el que ella se movía con total soltura, contrariamente a lo que le sucedía en el mundo real. Con ella descubrí los pro y los contra de las teorías estructuralistas, aprendí a leer y a criticar a Ferdinand de Saussure y conocí aspectos del idioma que jamás hubiera imaginado.

Entre todos esos conocimientos, figuraba el descubrimiento de algunas particularidades de algunas lenguas muy diferentes a la nuestra (o a "las nuestras" puesto que las lenguas occidentales tienen bastante en común, aunque muchas no lo parezcan). Supe, por ejemplo, de la lengua de una tribu de aborígenes de Oceanía que tenía más de un "nosotros". Es decir que para manifestar nuestra única primera persona del plural ellos empleaban tres palabras diferentes, según el caso:

a) Un NOSOTROS que significaba "vos y yo solamente".
b) Un NOSOTROS que significaba "vos, yo y ellos".
c) Un NOSOTROS que significaba "yo y ellos (pero no vos)".

¿Me explico?

Ellos y ellas (que para tantos y tantas de nosotros y nosotras pueden ser individuos de un nivel cultural menor) tenían un idioma mucho más rico que el nuestro, en muchos aspectos. Y este es solo un ejemplo de los tantos que podrían citarse. A pesar de haber rendido el final de Gramática I con diez (modestia aparte, jeje), nunca fui (ni lo intenté siquiera) un erudito en la materia y la mayoría de esos ejemplos se me han olvidado. Pero si alguien quiere investigarlos, no le será difícil encontrarlos.

Claro... Ustedes se preguntarán a dónde quiere llegar el puto este con toda esta palabrería que (en el caso de que no hubieren desistido ya de la lectura) habrá hecho bostezar a más de uno o una. Bueno... la respuesta tiene que ver justamente con el modo en que expresé esta última frase y alguna otra con anterioridad en este mismo texto. Paso a explicar.

Nuestro idioma castellano, al igual que los demás idiomas grecolatinos y anglosajones (de las otras familias lingüísticas carezco de información pero supongo que ya con estos ejemplos basta para presentar el tema) es radicalmente machista y suele ignorar lo femenino cada vez que se le presenta la posibilidad. O sea que esa frase que escribí más arriba ("habrá hecho bostezar a más de uno o una") en el habla cotidiana se simplifica y se elimina directamente la mención de lo femenino, quedando solo "habrá hecho bostezar a más de uno". Ese "uno" (masculino) engloba supuestamente a todos y todas, funcionando de ese modo cada vez que alguien quiere mencionar a las personas en general incluyendo ambos géneros. Cuando se quiere hablar de la humanidad, suele decirse "el hombre" del mismo modo en que si hablamos de "nosotros", ese "nosotros" masculino puede representar también una parcialidad femenina que no está representada directamente en el pronombre. Un "nosotras" se utilizaría exclusivamente en el caso en que TODAS las personas mencionadas fueran del género femenino. Si hablamos de un grupo de 999 mujeres y un solo y único varón, cualquiera de los miembros de ese grupo de mil personas se referirá a ellos mismos como "nosotros". ¿Acaso en la proporción inversa (999 varones y una sola mujer) los machos tendrán la caballerosidad de mencionarse como "nosotras" en honor a la única fémina mezclada entre ellos? ¡MINGA! Si hay algo que causa pánico entre los machos es que se los confunda con una mujer, que se les atribuya alguna cualidad femenina. De modo que para la cultura machista que nos gobierna, un solo falo tendrá más peso que millones y millones de vaginas. SIEMPRE.

Cualquier desprevenido podrá pensar que esa "simplificación" a la que hago referencia es producto de la vagancia y la economía de palabras. Es cierto que resulta engorroso eso de emplear ambos géneros al hablar. Imaginen un párrafo como el que sigue:

"Todos y todas estamos de acuerdo en que cada uno/a de nosotros y nosotras necesitamos estar preparados y preparadas para un cambio radical que nos incluya como merecedores y merecedoras de ejercer nuestros derechos".
¡Un bolonqui!

Y si a esto le sumamos el genuino reclamo de tantas y tantas personas que no se ven identificadas con un género en particular, la cosa se complica aun más.

Sin embargo, si queremos que el respeto por la diversidad sexual se imponga en nuestra sociedad, será imprescindible que la manifestación del mismo se refleje en todos los aspectos de la vida cotidiana (¡que eso también es cultura, caramba!). No es antojadizo que los dirigentes de las organizaciones LGBT y otras gentes igualmente comprometidas con las cuestiones de género hayan adoptado este modo de hablar, por molesto que resulte.

En lo escrito, muchos y muchas hemos optado por el uso de la "@" o de la "x" para manifestar esa inclusión de género. De esa manera, "nosotr@s" o "nosotrxs" sería un buen intento de enunciar la dualidad y la no discriminación que merecemos. El problema es que, al leerlas, indefectiblemente esa "@" o esa "x" se pronuncian como "o". En los hechos, "nosotr@s" y "nosotrxs" se lee "nosotros". Es decir que la lengua oral termina reproduciendo la exclusión de lo femenino que buscábamos evitar.

De esto se habla bastante poco en las reuniones militantes (desconozco por qué, pero ya se lo da por sobrentendido) y no recuerdo haber leído un texto que lo mencione. Será tal vez por eso que no se avanza en relación a este punto y nunca logramos ponernos de acuerdo sobre qué nos conviene más, si entorpecer el discurso con la sobreabundancia de palabras (nosotros y nosotras), si usar la dichosa barra que después nadie sabe cómo leer (nosotros/as) o emplear "@" o "x" que derivan fatalmente en lo masculino.

Si se me permite, a mí me gustaría refrescar una cuarta opción, que ya se le ha ocurrido a alguien antes que a mí e inexplicablemente no ha tenido la aceptación que se merece: modifiquemos derechamente el idioma. ¡Así nomás! Si hasta ahora la "o" era marca de lo masculino y la "a" de lo femenino, impongamos una "e" que sea inclusivo de los dos géneros. Incorporemos el "nosotres" que incluya a todo el mundo, a les masculines, a les femenines y a quienes no se consideran ni une ni otre. No es tan complicado ni tan difícil de implementar. Solo es cuestión de dar el primer paso. Si todes les miembres de la comunidad LGBT logramos incorporar el cambio (lo cual equivale a aceptar que no todo en esta vida es blanco o negro) estoy segure de que les demás empezarán a ver cada día con menos sorpresa (y/o repulsión) la idea de que nosotres también tenemos derechos, como humanes que somos. La fe cristiana dice algo así como que lo primerofue la palabra ¿no?.

Ya sé que este sistema también presenta sus inconvenientes pero se me ocurre que no son tan insalvables. Solo hay que ponerse las pilas y generar cambios de raíz. Al fin y al cabo, no es necesario un fusil al hombro para realizar una revolución. Todo es cuestión de convicción.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, a partir de hoy, incorpora a su lenguaje el género inclusivo a través del uso de la "e". Espero críticas constructivas con los pro y los contra de la propuesta.

lunes, 2 de febrero de 2009

Tía Maruca y la monjita


Sí. Como todo puto que se precie, yo tuve una tía Maruca. En realidad no era mi tía-tía. Era una muy buena amiga de mi vieja que hacía las veces de. ¡Como si me hubieran faltado tías! Porque si hay algo que yo tuve fueron tías.

Sucede que mi abuela era soltera cuando nació mi mami. ¡Válgame Dios! Imaginen el escándalo familiar y barrial. Entonces, para no hacer más revuelo (supongo), la niñita fue criada por su abuela materna (mi amada y nunca bien ponderada bisabuela, a quien yo suelo llamar simplemente como la abuela Carmen) y eso trajo aparejada una terrible confusión de parentescos. Mi vieja fue criada como una hija más de mi abuela Carmen (en realidad mi bisabuela) y lxs tíxs de mi vieja se transformaron en hermanxs, lxs primxs en sobrinxs y asi sucesivamente. Pero los hermanxs-hermanxs siguieron siendo hermanxs. De modo que, para mis propixs hermanxs y para mí, las tías y los tíos se multiplicaron por dos. Y a esa multitud indescifrable de tíxs hay que sumarle otro batallón de tíxs postizxs que, afectivamente, estaban al mismo nivel que lxs otrxs.

Una de ellxs, la tía Maruca.

Alguna vez quizá me decida a contarles la historia de por qué mi vieja me crió solita su alma, sin el apoyo económico-afectivo de un marido. Pero por ahora baste saber que, para llenar la heladera, la pobre laburaba de sol a sol, mientras a mí me cuidaba la tía Maruca. Mis hermanos mayores iban a colegio de doble escolaridad y ya eran bastante más grandes que quien suscribe y se podían arreglar sin baby-sitter.

El caso es que yo vivía prácticamente en casa de la tía Maruca. Ella a su vez tenía dos hijas, que también eran primas postizas: una que se llama Emilia (y terminó casándose con mi primo-primo Juan) y la otra que se llama Flora pero le dicen Chiquita (sí, como a la Legrand). La tía Maruca me llevaba al jardín de infantes, me preparaba la comida, me leía las novelas de Corin Tellado (salvo esas partes picantes que no eran para "los oídos de un niño") y me dejaba jugar con los juguetes que había en la casa. Imaginen: en la casa solo había hijAs. O sea: ni pensar en un autito ni en una pelota número cinco ni nada que se asemejara ni por lejos a un juego de varones. La casa estaba prácticamente tapizada de muñecas. Claro que no era época de Barbies ni de Kenes. Aquellas muñecas eran verdaderas muñecas, con cara de muñeca, manos de muñeca y piecitos de muñeca. Mis primas eran chicas muy puntillosas y a cada una de las muñecas le habían cosido una ropa particular, de modo que cada una tuviera su propia personalidad. Y entre todas ellas, mi preferida era una que estaba ¡vestida de monja! No me pregunten por qué, pero aquella monjita todavía se me aparece de tanto en tanto en algún sueño, como símbolo de lo más tierno de mi infancia. Yo pasaba el día prendido de la monjita. Por las tardes, después del almuerzo, mis primas jugaban a la maestra, me sentaban en una silla y, con un cuaderno GLORIA delante, me iban enseñando las primeras letras. Porque la monjita y yo éramos sus mejores alumnos. Tanto que mi primer año de primaria fue un total aburrimiento porque yo ya sabía leer y escribir a la perfección desde dos años antes. Luego venía la hora de la merienda y la monjita se sentaba a mi lado. Hasta que llegaba el momento más esperado y temido de la jornada.

Cuando caía la noche, en la vieja pantalla del Canal 7, en blanco y negro, aparecían las historias de Boris Karloff. Mis primas se iban a su cuarto porque no les gustaban las historias de terror y yo me quedaba en la sala junto a la tía Maruca que (al igual que yo y aun siendo ella una mujer bien adulta) se hacía encima de miedo pero no podía dejar de mirar la tele. Yo imagino que cada capítulo de la serie no debía durar más de media hora, pero parecían eternos y cuando terminaban mi tía y yo quedábamos temblando. Claro que yo tenía el auxilio de la monjita, que no me dejaba ni a sol ni a sombra.

A eso de las ocho de la noche regresaba mi vieja y la tía Maruca me llevaba de vuelta a casa. Era el momento más triste del día porque tenía que dejar a la monjita (¡ni ahí que mis primas me la iban a regalar!). Eran pocas cuadras entre su casa y mi casa. Y como el susto todavía nos duraba, solíamos hacerlas al trotecito. No fuera cosa que alguno de los monstruos de la pantalla se hubiera escapado y nos acechara oculto en algún zaguán. Muchas veces la tía no se animaba a volver sola y mamá la tenía que acompañar de regreso. ¡Semejante boludona! De aquella época datan mis primeras historias de hombres lobo y de momias que eran vencidos indefectiblemente por una heroína de hábito negro.

Después me hice grande. Ya no necesité que me cuidaran (o eso dijo mi vieja) y le perdí la pista a mi muñeca preferida. Pero no perdí el gusto por escribir historias ni esa atracción extraña por las películas de terror. Mi vieja se murió hace trece años y la tía Maruca anda con ganas de seguirle los pasos, según me han dicho.

Algunas veces me pregunto si esto que soy hoy no es consecuencia directa de esas "peculiaridades" de mi crianza. Vaya uno a saber. No lo podría asegurar puesto que nunca sabré lo que habría sucedido si mi familia hubiera sido como la de los Ingalls. Pero aun así, no dejo de agradecerle a la tía Maruca que me haya presentado a la monjita, la gran amiga de mis primeros años, ni que me haya llenado el pecho con todo ese cariño que necesité para llegar casi a los cincuenta sin riesgos de convertirme en uno más de esos putos viejos y amargados que pululan por ahí. Puto, sí. Viejo, por supuesto. Pero orgulloso de haber vivido sin pedir permiso.


Esto ha sido todo por ahora. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que ignora todas las causalidades que lo trajeron hasta aquí pero intuye que en esta página hay una pista importante.


lunes, 12 de enero de 2009

¡Qué bien que estábamos cuando estábamos mal!



En cierta oportunidad alguien me preguntó sobre la diferencia entre las parejas heterosexuales y las parejas gays. Yo le respondí con una anécdota personal.

Sábado por la tarde. Mi marido acababa de comprarse un celular nuevo con todos los chiches y estaba fascinado. Yo tenía que salir y él estaba tirado en la cama tocando toooooodos los botoncitos e investigando toooooodas las aplicaciones del flamante aparato.
- ¿Viste mis llaves? No las encuentro. -pregunto yo.
Él no me responde.
- ¿Las viste? -insisto.
- ¿Eh? -reacciona pero sin apartar su mirada del celu.
- Si viste mis llaves. Que tengo que salir y no las encuentro.
- No. No las vi. -seguía sin apartar la vista de la pantallita- ¿Te fijaste sobre el equipo de audio?
Yo, que justamente estaba junto al equipo y casualmente apartando todas las porquerías que solemos almacenar sobre él para fijarme, le respondí que no.
- Entonces no las vi...
Y siguió con su telefonito.
Pasaron cinco minutos, yo aun buscaba y él continuaba con su labor investigativa como si de la cura del sida se tratara. Entretanto mis comentarios no cesaban: "¿Dónde pude haberlas metido? Imposible que las haya olvidado en algún otro lado. Fui yo el que abrió la puerta cuando llegamos ¿no?".
Pasaron diez minutos más y la situación no cambiaba. Hasta que se me ocurrió que tal vez estuvieran entre las sábanas, razón por la cual se hacía indispensable que él se moviera para que yo pudiera desarmar la cama. Obvio que en principio se negó (la visión del teléfono ocupaba toda la ram de su sistema y cualquier otra solicitud de memoria se vería restringida hasta que terminara el proceso) pero como el tiempo me urgía me puse firme y logré que suspendiera la divina adoración y regresara a la realidad. Fue entonces cuando devino el tsunami:
- ¿Dónde estarán esas llaves de mierda? -mascullé al borde del ataque de furia.
- Ah... ¿tus llaves estás buscando? Yo las puse en el mueble de la cocina, en el cajón de los cubiertos...
En ese momento no pude plasmarlo en mi conciencia pero luego llegué a preguntarme cómo uno puede llegar a odiar tanto a alguien que ama. Estoy seguro de que los ojos se me inyectaron de sangre asesina, que el rostro se me puso violeta, que las manos me temblaban, crispadas, ardiendo en ansias de saltar sobre su cuello y apretar y apretar hasta ver su lengua morada...
Pero como soy un hombre adulto y a cada momento tengo presente que lo amo y que nadie me obligó a convivir con la versión vernácula de Homero Simpson, me limité a escupirle a la cara un reproche que ya forma parte del folcklore al que recurre el machismo cuando se burla de las mujeres:

- ¡¡¿Ves que NUNCA me escuchás cuando te hablo?!!

Es decir que, según mi modesta experiencia (que incluye haber convivido también con una mujer a lo largo de once años, nueve de ellos muy felices), casi no hay diferencias entre las relaciones de pareja heterosexuales y las gays. Tal vez haya en nuestro caso una distribución más democrática respecto del uso del control remoto... Si los talles coinciden, puede unx descubrir que en pareja tiene el doble de ropa que cuando estaba solx... Que en el caso de los varones el sexo oral puede llegar a ser más copado, puede ser... No sé, creo que cualquiera de los lectores podrá dar algún otro ejemplo, pero estoy seguro que no será una diferencia de fuste, de esas que dividen las aguas. Porque lo que en realidad sucede es que, tanto lxs heterosexuales como nosotrxs, somos ante todo seres humanos, personas pasibles de encarnar las más excelsas virtudes y los más execrables defectos. Ni mejores ni peores. Y nuestras relaciones de pareja se rigen por las mismas normas que dominan el devenir de un matrimonio entre hombre y mujer.

Esa es la teoría, un extenso y (creo) entretenido prefacio.

Ahora vuelvo a recurrir a mi experiencia personal y no puedo soslayar una peculiaridad que marcó todas mis relaciones con otros varones (menos con uno... y no voy a decir de quién se trata). Hablo de la vinculación entre el amor y el dinero.

Yo soy de los tiempos en que se enseñaba el "contigo, pan y cebolla" y sé que funciono muy bien en épocas de escasez. Los casi diez lustros que cargo sobre los hombros me han llevado a través de todas las vicisitudes posibles y no han sido pocas las ocasiones en que mi deporte favorito era el de correr la coneja. Tampoco es que hayan raleado las temporadas de tirar manteca al techo. Lo que quiero decir es que mi fortuna (y al vil metal me estoy refiriendo) ha sido caprichosa y bipolar.

Reza el dicho que a lo bueno todos se acostumbran, pero lo malo es que también suele perderse la memoria. Y a los gays esto es algo que suele sucedernos bastante a menudo. Sé que me muevo en un campo demasiado lindante con el prejuicio pero expreso en estas líneas mi opinión, habida cuenta de que esto no es una tesis científica ni mucho menos.

El comienzo de una vida en común es siempre compleja. Ya sea que unx parta de cero o no, el montar un hogar no puede menos que aparejar ciertos ajustes que se irán subsanando con el paso del tiempo. Hay personas para las cuales es mucho más sencillo bancarse los pedos o el mal aliento del otrx que el no poder comprarse el jean de marca o no poder ir a Amerika todos los finde (ejemplos intencionalmente prejuiciosos). Pero cualquiera sea la postura que se tome ante el hecho de las privaciones, en esa primera época unx suele disimular. El amor tiene esas ternuras que nos llevan a disfrutar de una trasnoche de sábado frente a la tele o de unos buenos mates a falta de cena. Ahí es cuando yo me siento como pez en el agua. Me lo banco como un duque (en el caso en que haya algún duque que se banque la pobreza) y miro para adelante con esperanza. Suelen ser épocas en las cuales cada unx aporta lo que tiene y, aunque no alcance, todo se soluciona con una sonrisa y... noches de sexo desenfrenado (que para eso no hace falta plata).

El tema es que la situación mejora. O empeora, según se lo vea.

Tarde o temprano, alguno de los dos hecha buenas y recibe un aumento, o consigue un mejor empleo, o ya logramos comprar todo lo mínimo indispensable como para empezar a darnos algunos gustos. Es ahí cuando, sórdida y gatuna, aparece la competencia y nos olvidamos de los buenos tiempos en que nos sacábamos el pan de la boca para saciar el hambre de nuestro amorcito. Como por arte de magia, alguno de los dos se convierte en el macho alfa (o la hembra, según sea el caso), asume el rol de proveedor en virtud de sus mayores ingresos y empieza a imponer condiciones que no estaban en el contrato inicial. Y en eso las maricas somos mandadas a hacer:


- Me rompo el culo trabajando y no tengo ni un pantalón decente para ir a la oficina.
- Momentito, momentito. Que vos todas las semanas te aparecés con una pilcha nueva y yo no sé lo que es entrar a una tienda de ropa desde hace dos años.

- Estoy harto de que yo sea el único que rema para que salgamos adelante.
- ¡Epa! Que yo aporto lo mío, eh. Mi sueldo no es tanto como el tuyo pero nunca lo despreciaste a la hora de ir al super.

- Es que vos no tenés un proyecto profesional.
- Ah, bueno, me lo dice uno que se gana el mango atendiendo teléfonos y cuya "profesión" consiste básicamente en lograr que los clientes no se den cuenta de que la empresa los está cagando.

Y demás discusiones por el estilo.

Por eso, yo soy de la idea de que el dinero lo arruina todo. Tal vez no necesariamente porque seamos gays. La lógica indica que estas actitudes deben abundar en todas las parejas, cualquiera sea la identidad de género de sus integrantes y con sus propios matices. El caso es que a mí no me sucedió con mi ex esposa (con quien en ese sentido nos manejamos siempre solidaridariamente) y sí con mis parejas varones (menos con uno). ¿Casualidad? No lo creo. Tengo la fuerte sospecha de que los gays tenemos una dosis de competitividad, aires de diva superficial y egoísmo algo superiores a la media hétero. Y con esto me estaré poniendo en contra a más de unx. Lo sé. Claro que también sé que hay de todo en esta viña del señor (si se me permite la expresión tan chupacirios) y habrá seguramente honrosas excepciones. Mi caso (tal vez no tan honroso) puede ser una de ellas. Y mi buen trabajo me da mantener la firmeza de mis ideas sin traicionarme. Hay que ser muy macho para bancarse la expresión de mis amigxs cuando les digo con convicción que la plata no trae la felicidad. O cuando me pongo a favor de los piqueteros... La pobreza jamás será un buen tema de conversación en una mesa gay. Sobre todo cuando algunx de lxs presentes ha tenido que zurcirse alguna vez las papas de las medias. Imaginen entonces qué sucederá en el seno de la pareja cuando unx de lxs dos empieza a sentir que la persona con la que comparte la cama le está metiendo la mano en el bolsillo. O lo que termina siendo lo mismo: que unx de lxs dos note que ya no tiene ingerencia en las decisiones económicas. Yo les cuento lo que sucede: se va todo al joraca. No conozco una sola pareja gay que haya sobrevivido a esta peste.

De todos modos, no me tomen demasiado en serio. Es MI experiencia y cada cual tendrá la suya. Tal como dije, estas líneas son apenas un disparador y no voy detrás de ninguna verdad absoluta. ¡Líbrenme los cielos de semejante pretensión! Nuestras vidas ya tienen demasiadas de esas cosas.


Esto ha sido todo por ahora. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad cuyos recuerdos más gratos abreban en el manatial de la carencia.


lunes, 5 de enero de 2009

Memorias del corazón


Entre quienes me conocen no falta el o la que me tilda de "pensante", cuando en realidad soy un ser esencialmente "sintiente", si se me permite el neologismo. Lo que sucede es que la mayoría de las personas tenemos la tendencia a simplificar y a quedarnos con el análisis superficial. En mi caso, dicha falta de profundidad se ve plenamente justificada ante la ausencia de vetas dignas de estudio pero hay muchas personas que merecerían ser conocidas más a fondo. Y no viene a cuento dar nombres.

El tema es que pocas veces ahondamos en los hechos y solemos contentarnos con el título de la noticia y eventualmente asomarnos al copete.

Yo me cuento entre las gentes para quienes LAS FIESTAS representan un dolor de ovarios (evadiendo la clásica metáfora machocéntrica). He ahí la causa por la que este fin de año no pasé horas interminables frente a la computadora deseando paz y prosperidad a media humanidad. Las personas que quiero ya saben que las quiero y que les deseo lo mejor en todo momento y no solo cuando la tradición lo impone.

"¡Qué amargo!", opinarán algunos. Y estarían en lo cierto tal vez. Si algo me han enseñado los años que llevo gastando asfalto es que uno no puede ser una campanita a lo largo de las veinticuatro horas del día. Para ello es necesario calzarse una armadura muy pesada que inevitablemente irá desluciéndose con el tiempo a falta de lustre y por exceso de abolladuras.

Pienso que está bárbaro eso de reunirse con la familia, compartir, brindar, reir, llorar, abrazarse y olvidar con un poco de alcohol lo duro de la existencia. Pero siento una profunda frustración ante el tufillo a "puesta en escena" que subyace en todas estas celebraciones. Además de ser una época en la que me resulta inevitable recordar a lxs tantxs que ya no están y que he querido tanto. Tal vez resulte un poco chocante decirlo de este modo pero tengo una inefable capacidad para acumular muertos en el corazón. Para mí quedaron definitivamente atrás aquellas navidades en que todo era alegría y festejo. Hoy tengo muy presentes las sillas vacías, los besos ausentes, los abrazos perdidos, los amores truncados... Y es curioso: mi mente sabe que no están pero mi corazón se empeña en verlos. Mi vieja con su infaltable bittel toné y sus esfuerzos por que todo saliera perfecto, sin máculas que evidenciaran que nuestra familia era tan humana como la que más. Mi viejo y su sangría, fruto de horas y horas de exprimir limones junto a la olla de vino para que al final del festejo todxs elogiaran su esfuerzo con frases de dudosa sintaxis. Mi hermano mayor que, tras treinta y dos años de ausencia, sigue siendo el joven morrudo y melenudo que se gastaba el sueldo en pirotecnia y se reía y disfrutaba como el pendejito de seis que siempre fue. Mi adorada bisabuela, doña Carmen Viera, que con sus cien años de soledad a cuestas presidía la mesa como un Buendía. Y mi amado Jogy, cuyo beso y cuyo amor alegró mis fines de año hasta que se lo llevó el bicho allá por el '86...

Y la lista sigue...

No crean, sin embargo, que soy de esos aguafiestas incapaces de disimular. Lxs demás no tienen la culpa de mis recuerdos. Cierta innata vena actoral me asiste en estas ocasiones y puedo representar (sin estridencias) el papel del padre jocoso, el marido atento y el amigo jodón. Pero mis queridos muertos siguen en mí como siempre y pienso y siento que está muy bien que así sea. Ellos se lo merecen por cuanto me han amado y cuanto los amo todavía.


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Esto ha sido todo por ahora. Desde las tórridas callecitas de la siempre misteriosa y mágica Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad del que podrán decirse muchas cosas, podrán enrostrársele miles de defectos pero jamás con justicia que su corazón carece de memoria.

Y FELIZ 2009... ¡qué rayos!

martes, 25 de noviembre de 2008

ELLAS

Cada 25 de Noviembre, desde 1981, se conmemora a nivel mundial el Día Internacional por la No Violencia contra las Mujeres. La fecha responde al asesinato de las tres hermanas Mirabal a manos del régimen dictatorial de Rafael Trujillo, en República Dominicana.

La historia de la mujer es, casi en su totalidad, la historia de la violencia contra la mujer. El nuestro es un mundo en el que el machismo ha dejado desde siempre su marca de sangre y opresión. Y no hay que gozar de demasiadas luces para imaginar quiénes han sido sus principales víctimas (aunque no las únicas). En este contexto, me atrevo entonces a transcribir un fragmento del texto que leyera la periodista Liliana Daunes, del día sábado 22 de noviembre de 2008, en su habitual columna de Marca de Radio y cuyo audio completo pueden escuchar en el sitio del programa. Dice la Daunes:
"Yo soy María Soledad, violada y asesinada en Catamarca; Teresa Rodríguez, muerta cuando reprimían un piquete allá en el sur; Sandra Cabrera, asesinada en Rosario; Liliana Tallarico, asesinada en La Plata. Soy las mujeres de Juárez. Soy todas las asesinadas por odio. También soy Romina Tejerina, presa y reprimida en Jujuy. Y Claudia Sosa de Mendoza y Etelvina y Patricia y la "Galle", presas. He sido violada por Hoyos en Salta. Soy Elly Díaz, violada por Benavidez en Córdoba. Soy Leila y Patricia, violadas y asesinadas en Santiago del Estero. Soy las mujeres asesinadas en Mar del Plata; la trabajadora violada en el ANSES; las niñas violadas en el Congreso. Soy María (me violó mi papá). Soy Marita, Vanesa, Lidia, Fernanda, Andrea y tantas secuestradas para el tráfico sexual en La Rioja, Tucumán, Córdoba, Corrientes, Río Gallegos, La Pampa... Soy las abusadas por los curas del poder. Soy las originarias desterradas de sus casas. Soy las wichis desnutridas. Soy la beba que no llegó al hospital. Soy la niña de once años violada y embarazada porque no hay ley que nos ampare. Soy una africana sin clítoris; una musulmana que pueden lapidar; una colombiana desplazada expuesta a la violencia paramilitar. Soy una mujer estéril por un aborto mal practicado. Soy aquella que murió tras un aborto clandestino. Soy Ana María Acevedo (me dejaron morir en un hospital de Santa Fe). Yo soy la castigada, la invisible, soy la maltratada. ¿Quién ha cavado estos agujeros? ¿Quién ha roto mi mirada? ¿Quién ha desoído mi respiración de espanto? ¿Quién ha cortado, golpe a golpe, los pedazos que me arman? Me repliego muda. Las palabras vuelan lejos. No las sujeto, como si me esquivasen desde el principio de los siglos. Palabras vacías que se deletrean sonido a sonido perdiendo su significado. Como toda criatura marginada, expoliada, espiada y exiliada, me quedo sin lenguaje. Entonces recuerdo que existe el grito. Que puedo gritar 'soy mujer, travesti, transexual, lesbiana, intersex, boliviana, negra, musulmana, inmigrante, pobre, oprimida'... Soy la que está HARTA, la que se rebela, la que se organiza, la que quiere cambiar las relaciones sociales, la que quiere desterrar la injusticia, la que lucha contra el patriarcado".

Yo sabía que la Daunes no me podía fallar, que tendría la palabra justa para una conmemoración como esta. Sin embargo, a pesar de la fugaz mención, tampoco en su discurso estuvieron lo suficientemente presentes otras mujeres que, junto a muchos hombres, también son víctimas de esta sociedad machista que las margina, las expolia, las espía y las exilia.

Ellas saben muy bien qué es la violencia. Lo saben ya desde la escuela primaria, cuando sus compañeritxs se burlan de su diferencia. Lo saben mucho mejor el día en que toman la decision de asumir quiénes son en realidad y sus papás les dicen que ya no pueden seguir viviendo bajo su mismo techo.

En la calle se dan cuenta de que su decisión fue, cuanto menos, audaz. y que ciertas audacias se pagan con el cuerpo. Que para la sociedad ellas no son ellas, que para la sociedad cuenta más lo que dice el DNI que el grito sordo de sus sentimientos más profundos.

El odio tiene muchas caras y, en sus casos, el odio se les presenta día a día en el rostro de aquellxs que se niegan a llamarlas por su nombre y se empeñan en recordarles el nombre de ese ser de fantasía que existe solamente en sus partidas de nacimiento. El odio también se camufla detrás de la sonrisa que les niega un trabajo formal, del médico que las interna en la sala equivocada o del que directamente se niega a asistirlas como corresponde. Está presente en la televisión, la radio, las revistas o cualquier otro medio o persona que se burle de lo que ellas son. O cuando las señalan por miedo a alguna peste.

Pero sobre todo el odio se muestra libre de caretas en el uniforme del policía que se las lleva presas con la excusa de la prostitución; en el puño de quien las persigue, las golpea, las tortura y las asesina; en la mirada de aquellxs que las condenan a sobrevivir y a morir sin reconocer su dignidad.

En definitiva, el odio asume fatalmente la imagen del olvido.

Y ya sé que al leer estas líneas, no faltará quien sonría con sorna, restándole valor a mis palabras, negándoles a estas mujeres (una vez más) su carácter de tales. A esas personas las invito a hurgar más allá de lo heredado, a cuestionar cuantas verdades se nos dieron hechas. En la medida en que pueda darse cuenta de que ser mujer es mucho más que tener una vagina, podrá también sentir el alivio de que ser varón es mucho más que tener un pene.

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Esto es todo por hoy. Desde las tórridas callecitas de la siempre misteriosa y mágica Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que hoy deja constancia de su admiración hacia las mujeres del mundo que luchan por sus sueños y por sus derechos. Lleven lo que lleven entre las piernas.

jueves, 6 de noviembre de 2008

LA DISCRIMINACIÓN SE APRENDE


Algunas semanas atrás, la opinión pública argentina se escandalizó por lo que se consideró un episodio bochornoso e inmoral en la televisión de aire. Yo diría que fue solo uno de los tantos a los que nos tienen acostumbradxs lxs popes de la caja boba, pero extrañamente éste cobró particular relevancia.

Una de las participantes del popular "Bailando por un Sueño", con el solo objeto de hacerse notar y ganar así algunos minutos de repercusión en los programas de chimentos, apareció en cámaras con un vaso lleno de agua y un corcho. La idea era mostrar a la teleaudiencia un ejercicio práctico para que los hombres heterosexuales (no se hizo la aclaración pero se sobreentiende) ejercitaran los músculos de sus lenguas y aprendieran a hacer sexo oral a las mujeres. El acto tan reprobable consistió en no quedarse en las explicaciones teóricas, de modo que la señortia en cuestión procedió a introducir su lengua dentro del vaso y trató durante algunos minutos de hundir el corcho. Así contado, da la impresión de ser un ejercicio sin demasiadas complicaciones pero la resistencia del corcho para dejarse sumergir obligaban a la muchacha a proyectar de manera exagerada su apéndice lingual, imagen que por los efectos ópticos del agua se veía magnificado en la pantalla.

"¡Sexo oral en la tele!" se horrorizó la diva de los almuerzos, que por lo visto desconoce las condiciones elementales de dicha práctica sexual, habida cuenta de que para llevarlo a cabo se necesita por lo menos un genital, el cual estuvo presente solo en la imaginación de lxs telespectadores. "Se han desdibujado todos los límites" sentenció uno de los célebres chismosos de la tarde (como si él mismo no desconociera sistemáticamente la existencia de los mismos). Se alzaron varias voces en todos los ámbitos del quehacer nacional como si el escandalete pusiera en vilo la seguridad de los ciudadanos y corrieron ríos de tinta proclamando la fatídica decadencia de nuestra sociedad. Lo que resulta curioso es que la mayoría de esas voces coincidían en defenestrar el episodio porque era un mal ejemplo para lxs chicxs.

A todxs ellxs yo les digo, ¿saben lo que vieron los chicxs que estaban frente a la pantalla esa noche?: una mina metiendo la lengua dentro de un vaso con agua para jugar con un corcho. ¡Nada más que eso! Las demás elucubraciones corren por cuenta de las mentes calenturientas de lxs mayores. Somos lxs mayores lxs que tenemos la maliciosa capacidad de ver pecado donde queramos encontrarlo. A través de palabras altisonantes que supuestamente abogan por la exaltación de la moral y las buenas costumbres, somos lxs mayores lxs que enseñamos a lxs pequeñxs a dejar de lado su mirada inocente. Y de allí a juzgar lo que no se entiende, a pontificar sobre lo que no se sabe y a discriminar todo aquello que se aparte de los límites estrechos y caprichosos que la cultura heredada nos impone, hay solo un paso.

Justamente esta breve reflexión sirve como introito a la noticia que quería comentar en este artículo.

El último 28 de octubre, en el marco de la celebración de la Semana del Orgullo en Buenos Aires, en las instalaciones del CIPSBA (Centro de Investigaciones y Políticas del Socialismo para Buenos Aires) el Área de Derechos Humanos y Diversidad Sexual del Partido Socialista organizó una charla-debate titulado "A discriminar se aprende". La misma contó con un panel integrado por el escritor y periodista Osvaldo Bazán, el antropólogo Marcelo Zelarallán y la Dra. Elena Dezurco, Jefa Administrativa de Kopelco S.A.

Si bien a mi juicio las disertaciones se apartaron por momentos del nudo central del tema convocante, el encuentro tuvo un saldo altamente positivo y dejó planteadas algunas cuestiones fundacionales para la lucha contra la discriminación.

Tras una breve introducción y bienvenida a cargo de Facundo García, Coordinador del Área, el licenciado Zelarallán puso de manifiesto las limitaciones que presentan las leyes para producir verdaderos cambios culturales y la responsabilidad indelegable de las personas en dicho proceso social. Bazán, por su parte, se limitó a leer con defectuosa dicción algunos párrafos de su "Historia de la Homosexualidad en la Argentina". Por fortuna, la obra tiene mérito en sí misma y la selección realizada por el autor fue por demás acertada. Describió el modo en que lxs homosexuales fuimos segregados ya desde el inicio de esta sociedad hispanoamericana, en contraposición a una cultura aborigen mucho más respetuosa de las elecciones personales. Tanto así que la historia de la homosexualidad resulta en realidad la historia de la represión contra lxs homosexuales.

La que no estuvo a la altura de las circunstancias fue tal vez la Dra Dezurco. Expuso (con cierto desconocimiento del tema en cuestión) la importancia del Proyecto Escuelas, patrocinado por la empresa de preservativos donde ella desempeña funciones y la Fundación Buenos Aires Sida. En más de una ocasión tuvo que invocar el auxilio de mi amigo y compañero Marcelo Caldeo, uno de lxs verdaderxs artífices del proyecto. Él fue el encargado de explicar los lineamientos básicos de la tarea que la FBAS realiza en las escuelas.

Con la certidumbre de que la educación debe ser el pilar fundamental de toda iniciativa que pretenda luchar contra la discriminación y generar en la conciencia de los jóvenes ideales de autoestima y respeto por la diversidad, la FBAS recorre las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano dando talleres de VIH/Sida destinados a alumnos de enseñanza básica y media. Suple de este modo (aunque solo en una mínima proporción) la ausencia del Estado en este tipo de iniciativas que, hoy por hoy y a la luz del avance de la pandemia, se presentan como imprescindibles e impostergables. Las charlas sobre VIH/Sida sirven para desestructurar el andamiaje de mitos y prejuicios sobre el que se sustenta la discriminación padecida por las personas que viven con el virus. Pero también son la excusa para llegar a lxs jóvenes con un discurso que abarca además cuestiones de género, de control de la natalidad, diversidad sexual y técnicas de reducción de daño en adicciones. La lucha contra la discriminación presenta múltiples frentes simultáneos que ni siquiera se agotan con los expuestos.

A discriminar se aprende. ¿Alguien tiene dudas sobre ello? Pero también se puede aprender a NO discriminar. Para ello, debemos aprender a cuestionar y a poner en tela de juicio todos los mensajes que nos llegan envasados y rotulados como verdades absolutas. Una tarea ciclópea sin dudas que debe estar a cargo de lxs discriminadorxs y también de lxs discriminadxs, en plena conciencia de que los límites entre unxs y otrxs son siempre imprecisos. ¿O acaso no han sido desde siempre las mujeres las encargadas de educar a los machistas que denigran lo femenino? ¿Cuántos son los gays que jamás se han burlado de una travesti o nunca se han referido despectivamente a sus pares con el mote de "pasiva"?

A discriminar se aprende y el mundo debería tomar conciencia de que lxs mismxs víctimarixs también suelen convertirse en víctimas de sus prejuicios. Como ejemplo baste mencionar a los varones heterosexuales que acceden a una relación sexual con una chica que no les gusta simplemente por miedo a que lo tomen por marica. Cuánto más libres seríamos todxs si cada cual tuviera la posibilidad de elegir sin ataduras lo que su deseo y su conciencia le indiquen como valedero.

Rescato de esta charla, la inquietud de sus actores por plantear una vez más un tema que, de tanto mencionarlo, se vuelve transparente a la hora de las soluciones. Tal vez llegue el día en que, gracias a estas inquietudes, dos personas tomadas de la mano solo representen el amor y la ternura que une corazones, más allá de la identidad de género de cada unx. Llegará entonces el día en que todxs volvamos a ver el mundo con mirada de niñx.

Esto es todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que valora los esfuerzos de lxs responsables del CIPSBA y de todxs aquellxs que trabajan en beneficio del respeto y la diversidad.


domingo, 19 de octubre de 2008

UNA ROSA Y UNA ENSALADA DE FRUTAS


Como podrán sospechar, yo también tuve una madre. Porque al fin y al cabo también soy un ser humano. Alguna vez he hablado de ella en este mismo sitio y es muy posible que haya quedado en los lectores una imagen negativa de esa taurina castradora que me dio la vida. Culpa mía, por supuesto, ya que durante años me resultó más sencillo hacerla responsable de todo lo malo que me sucedía, antes que hacerme cargo de mis propios errores. Tenía lo suyo igual (no se vayan a creer que era la Madre Teresa) pero lo justo es reconocer sus virtudes y sus aciertos, que no fueron pocos ni banales.

Doña Emma (Rosa su segundo nombre) fue, ante todo, una mina fuerte y de convicciones inquebrantables. Tozuda, bah, pero confiable y de una sola palabra. El mundo, desde su óptica, se dividía entre lxs que pensaban como ella y lxs que estaban equivocadxs. Sin embargo, el estar en la vereda de enfrente no te privaba de su respeto ni de su consideración. Mi vieja fue profundamente solidaria y así la recuerdan todxs lxs que la conocieron. Lxs que la conocieron y no tuvieron que convivir con ella, claro está. Yo fui testigo de sus otras facetas menos felices y, no obstante, sé que era capaz de cualquier sacrificio para lograr el bienestar de sus seres queridos. Sobre todo si esos seres queridos ostentaban el título de "hijx". Porque si hay algo que mi vieja hizo fue AMARNOS a mis hermanxs y a mí por sobre todos los seres que hay en el mundo. Su amor por nosotrxs fue su motor y su aliento. Aun más en los momentos difíciles, duras y gravísimas experiencias que hubieran derribado al más valiente.

Claro que (como suele suceder) yo no fui conciente de ese amor hasta que ya fue tarde. ¿Saben cuándo fue? Seguro se van a reir: fue la primera y única vez en mi vida que hice ensalada de frutas.

Pocas veces me verán comer frutas si no es en ensalada. Es un placer que disfruto desde siempre y no me produce el mismo deleite comiéndolas por separado. A mis hermanxs les sucede algo similar y mi vieja lo sabía muy bien. Durante décadas desde que tengo memoria, durante los veranos, en su heladera siempre había ensalada de frutas recién preparada. Ella raramente la probaba. La ensalada era para nosotrxs. Recuerdo su imagen mañanera sentada en la cocina cuchillo en mano desmenuzando las manzanas porque a mi hermano le gustaba el sabor pero no la textura; quitando minuciosamente todas las semillas de las naranjas para que mi hermanita no se atragantara; o cortando las bananas en rodajas gruesas porque a mí me gustaba morderlas y disfrutar su consistencia (huelgan los comentarios al respecto). Para doña Emma, el ritual veraniego de la ensalada de frutas era sagrado. Para nosotrxs era solo algo más. Como el aire que está para ser respirado. Unx abría la heladera y allí estaba la gran olla que terminaba vacía al final del día. Jamás un "¿te ayudo?" y mucho menos un "gracias".

Solo fui conciente del verdadero significado de aquel ritual cuando ella ya no estuvo. Una tarde me senté cuchillo en mano frente a la montaña de frutas y me di cuenta con claridad del amor infinito que mi vieja sentía por todxs nosotrxs. ¡Porque hacer una ensalada de frutas como lo hacía ella es un laburo de esclavos! Tanto que yo lo hice una vez y nunca más.

Obvio que su amor se manifestó de muchísimas otras formas, menos triviales que una ensalada de frutas. Mi sensación de agobio de aquella tarde no fue más que el pretexto que necesitaba mi corazón para dar rienda suelta a una serie de recuerdos muy guardados en mi pecho, tras cuya liberación mi vieja había adquirido las dimensiones de una diosa olímpica: un ser poderoso, pasional, omnipresente y a la vez capaz de las ternuras más inverosímiles.

Curiosa relación la nuestra. Por su parte, un amor tan grande que la obligó a ejercer su dominio a como diera lugar. Hoy sé que su afán por coartar mis libertades no se debió tanto a sus ansias de poder como a su horror por verme caído o lastimado. Si bien fue una mujer sabia a su manera, nunca comprendió (o lo hizo muy tardíamente) que hay golpes imposibles de evitar. Y eso que le hice escuchar hasta el hartazgo las canciones de Serrat. Incluso la que dice:
"Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día nos digan adiós".


Extraña relación sin dudas. Por mi parte, un evidente amor-odio que para mí no lo era tanto. ¡Cómo me enojaba si alguien me hacía notar cuánto yo quería a mi madre! Durante muchos años yo no quise quererla. Ella deploraba o envidiaba (que para el caso era lo mismo) mi espíritu libre. Ella despreciaba mi escaso apego a los rótulos. Pero, más que nada, ella suponía que yo era un ser "débil y perturbado" (fueron sus propias palabras) por el solo hecho de ser homosexual. Me confieso rencoroso: su homofobia fue tal vez lo único que no le puedo perdonar. Aun cuando su amor por mí fue superior a sus prejuicios. En los hechos, a pesar de reprobar expresa y continuamente mis "inclinaciones", jamás me abandonó ni me expulsó de su vida y (menuda paradoja) eso me parece algo loable de su parte. Antes bien, pretendió "curarme" y "hacerme regresar a la normalidad". Si hasta ese momento había sido posesiva, cuando supo que yo era gay intentó abrazarme hasta quitarme el aliento y entonces fui yo el que levantó un muro entre los dos. Alego en mi favor que fue legítima defensa.

Todavía supura la herida provocada por el desprecio manifiesto por "lo que yo era" (o sea por "quien yo soy"). No obstante y muy a mi pesar, jamás dejé de amarla ni de velar por ella. Tan solo dejé de idealizarla. O mejor dicho, comencé a protejerme de sus espinas.

Ese amor se me hizo patente la primera y única vez que la vi caída. Una vida de trajín y lucha constantes no podía menos que desembocar en una seria afección cardíaca. Así fue como pude verla en toda su humanidad. Desvalida en la sala de terapia intensiva, lucía frágil y vulnerable como nunca. Allí la descubrí pequeña y anciana. ¡Ella, que solía controlar los huracanes! No fue pena lo que sentí en aquella oportunidad. Fue puro amor. Tanto que, por primera vez desde mi infancia, necesité abrazarla con todas mis fuerzas. No pude hacerlo, claro está. Pero sí pude susurrar en su oído y en medio de su inconciencia un "te quiero" que me quemó la garganta. Un "te quiero" que no pude repetirle en los años que mediaron entre su recuperación y su muerte.

Cuando murió casi no lloré. Creo que fue un homenaje a su certeza de que "los hombres no lloran". O tal vez mi propia certidumbre de que su muerte nos liberaba a los dos. A ella, de la autoimpuesta obligación de velar por el correcto funcionamiento del universo y de tener que cargar con el oprobio de tener un hijo puto. A mí, de la inexplicable necesidad de huir de su mirada cargada de desaprobación.

Mi intención al comenzar estas líneas era la de rendir homenaje a mi madre y muchos han de pensar que no lo he logrado. Yo mismo lo pensé por un momento y tuve que releer lo escrito para cerciorarme de que, en el fondo, no me aparté ni un ápice del objetivo inicial. Mi madre fue un ser excepcional. Una mujer sin medias tintas que, a su modo, me enseñó a no bajar los brazos. Una mujer que tuvo sus aciertos y sus errores y allí radica su verdadera grandeza. Porque ahora sé que ella también admiró mi rebeldía y valoró en su justa medida los enfrentamientos que nos unieron en vez de distanciarnos. Estoy seguro de que ella aprobaría esta semblanza de su persona, que quizá no se ajuste estrictamente a la verdad, puesto que se proyecta a través del filtro de mi subjetividad, pero brota (eso sí) de mi amor de hijo y de la honestidad que ella supo transmitirme.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa ciudad de Buenos Aires se despide Viktor Huije, un cronista de su realidad que hoy hubiera preferido ilustrar este texto con una imagen de su madre pero, ante la certeza de que ella no hubiera estado de acuerdo con aparecer en una página vinculada a la diversidad sexual, respeto su opinión y simbolizo su recuerdo en esta flor que ella amaba y la representa mejor que mil palabras.


domingo, 12 de octubre de 2008

La etiqueta del ODIO


"Si el amor es una enfermedad, yo elijo morir en tus ojos".
Semejante cursilería me la dijo (hace más de treinta años) el único hombre que fue capaz de sostener sus dichos hasta las últimas consecuencias. Tanto que murió con su mirada clavada en la mía.

Creo que debe haber leído la frase en alguna de las noveluchas de Corin Tellado que su madre (muy sicóloga ella pero reaccionaria e incongruente) devoraba en sus ratos libres. Pero ese hecho no le quita mérito y aun resuena en mi memoria esa voz disfónica de muchachito quinceañero que me enseñó sin darse cuenta que no todo en la vida es blanco y negro, que la mayoría de las cosas que nos han enseñado es pura patraña y que amar (AMAR) es lo más glorioso que nos puede acontecer a los mortales. Esas cosas no se olvidan y jamás llega uno a agradecerlas lo suficiente.

Yo también lo amé. Y todavía lo amo en cierta forma. Es el único método que conozco para mantenerlo vivo. Después fui capaz de amar a otras personas y, entre ellas, también a una mujer maravillosa con la que compartí los mejores y más plenos años de mi vida, aquella con la que engendré tres sueños maravillosos que hoy son nuestro mayor orgullo.

¿Y cómo puede ser que, reconociéndome gay, haya habido en mi vida una mujer tan importante y que no era mi madre? Sencillo: porque en nunca le he dado demasiada importancia a las etiquetas.

Alguna vez, alguien me regaló una de esas maquinitas rotuladoras. Saben cuáles les digo: esas máquinas manuales que tenían una rueda con letras y números detrás de la cual había un dispositivo que, al oprimirlo, moldeaba el símbolo elegido en una cinta plástica que luego se adhería a la superficie de nuestra elección. Recuerdo que, al principio, con el entusiasmo de la novedad, mi cuarto se llenó de diminutos cartelitos multicolores. Sin embargo, mi espíritu acuariano es indomable y no pasó mucho tiempo hasta que la caja que decía "LÁPICES" se llenó de papelitos, banditas elásticas y tapitas de gaseosa, por solo dar un ejemplo de los tantos recipientes, gavetas y estanterías que perdieron sus exclusividades.


Así fui siempre y siempre lo seré. El amor llegó hasta mí una y otra vez encarnado en diferentes personas y nunca fue demasiado importante lo que llevaran entre las piernas. Porque, como dice la canción que cantaba Baglietto, "el amor es amor, aunque no se lo diga".

Para mí es tan claro y sencillo de comprender que a veces incluso me da bronca la tozudez con la que muchxs se niegan a abrir sus mentes. Sobre todo aquellxs que, por propia voluntad, han abrazado una fe que (en teoría) privilegia el amor por sobre todas las cosas. ¿Acaso hay un amor bueno y otro malo? Estoy harto de lxs que nos señalan con el dedo, de lxs que se burlan de nosotrxs y de lxs que pretenden curarnos. Estoy harto de lxs que, argumentando teorías fundamentalistas, se empeñan en negar nuestros derechos más básicos. Y en la medida de que uno de esos derechos inalienables es el derecho a ser, mi hartazgo se transforma en angustia, en importencia y (por qué no) en miedo.

Hoy es 12 de octubre y, aunque muy pocos lo recuerdan, se cumplen veinte años desde el asesinato de Matthew Shepard, el muchachito de Wyoming que fue salvajemente golpeado y mutilado por el solo hecho de ser gay. Hace poco menos de un mes, un activista iraquí fue acribillado a balazos por la propia policía porque el joven era homosexual. Más cerca de nosotrxs, no debemos omitir el caso de Pelusa Liendro, la dirigente trans salteña asesinada en noviembre del 2006 a causa de su tarea social a favor de las chicas travestis de su provincia. La lista sigue y sigue con cientos y miles de personas anónimas cuyas muertes (en el mejor de lo casos) solo alimentan estadísticas.



La rotuladora se me perdió hace tiempo. Creo que la última vez que la vi estaba en un cajón de un escritorio que también se perdió en alguna de las tantísimas mudanzas. Ya casi no me acuerdo de ella y ¡lo bien que hago! En cambio, recuerdo con nitidez aquellas palabritas que me hicieron estremecer por primera vez y eso está mejor todavía. Lxs que nos odian no saben nada de nosotrxs y se aferran como trogloditas a verdades que muchas veces ellxs mismxs inventan para justificar su salvajismo, su ignorancia y su pobreza de espíritu. ¿Llegará el día en que se animen a remover sus estructuras? Lamentablemente lo dudo. No todxs lxs seres que habitan el planeta son tan humanxs como parecen. Muchxs de ellxs jamás aprenderán que el verdadero amor nunca discrimina. Esa bendición solo nos toca a algunxs elegidxs.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que suele guardar las medias en el cajón de los cubiertos.

domingo, 21 de septiembre de 2008

UNA GRAN DEUDA PENDIENTE

De izquierda a derecha: Alex Freyre, coordinador general de FBAS, Marcela Romero, Valeria Ramírez, Ingrid Pellicori y Facundo García, responsable del Área de DDHH y Diversidad Sexual del CIPSBA. (Fotografía de Inés Giménez).

Yo la conozco. Al nacer, sus padres le dieron un nombre que no era para ella y, después de algunos años, tuvo que corregir el error y se llamó a sí misma Valeria. Igual yo le digo "hermanita putativa". Lo de "hermanita" es porque compartimos el mismo apellido y lo de "putativa" porque... ejem... al buen entendedor, pocas palabras.

Desde hace tiempo se la ve trajinar de aquí para allá por Constitución, un barrio que (sin ser oficialmente una zona roja) congrega a centenares de personas que buscan en el sexo callejero una fuente de subsistencia. Y entre todxs ellxs, las chicas trans se destacan ostensiblemente. Son ellas las que suelen acudir a la sede de la Fundación Buenos Aires Sida, donde Valeria y las otras chicas del equipo las reciben y las escuchan. Porque Valeria es de las pocas que prefieren ocuparse a preocuparse. Con la FBAS como marco institucional, ella se ocupa de que las chicas trans reciban su caja de alimentos; que tengan preservativos para trabajar; les gestiona subsidios habitacionales para que puedan dormir dignamente bajo techo; las aconseja y las insta a concurrir al Hospital Ramos Mejía donde funciona un servicio especialmente diseñado para ellas y, en general, se esfuerza por ESTAR al pie del cañón cuando se la necesita. Valeria trabaja en favor de sus pares y, hoy en día, sin buscarlo, se ha transformado en una activista por los derechos de esas chicas trans que todo el mundo pretende no ver. Una activista que va a los bifes, justamente. Porque a ella no le pidan elucubraciones teóricas, no le pidan discursos. Ella es de las que se arremangan y van a los hechos sin dar vueltas.

Aunque para todo hay excepciones.

El lunes 15 de septiembre, en el Salón Juan Domingo Perón de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, se llevó a cabo una actividad organizada por el CIPSBA (Centro de Iniciativas y Políticas del Socialismo para Buenos Aires). La idea era la de poner de manifiesto las condiciones de vida de personas travestis, transexuales y transgéneros en nuestro país en función de los prejuicios en las prácticas sociales más cotidianas. Una iniciativa más que altruista por parte de los dirigentes del Partido Socialista, el único partido político que hasta ahora se ha hecho eco de las necesidades de la comunidad LGBT.

La fecha no era propicia: ese mismo día, el modisto Roberto Piazza festejaba su unión civil con Walter Vásquez y toda la comunidad LGBT estaba conmocionada por el evento. Un evento que (curiosamente) se anunció con el rótulo de "casamiento", como si las personas de nuestra comunidad contáramos con el derecho legal de contraer matrimonio como cualquier hijo de vecino. A mi juicio, solo un fatuo despliegue de glamour devenido en una seudoreivindicación de nuestra lucha y nuestra plena ciudadanía. Sin embargo, la sala de la Legislatura fue colmada por quienes deseaban estar presentes en un evento de marcada relevancia: al fin y al cabo, era la primera vez que las chicas tomaban protagonismo en ese ámbito sin tener que recurrir a la denuncia airada y a la violencia.

En primer lugar, la actriz Ingrid Pelicori interpretó un monólogo de Griselda Gambaro, titulado “El nombre”, que formó parte del ciclo “Teatro x la Identidad”. A continuación, tomaron la palabra (a modo de charla-debate) Marcela Romero, Presidenta de la Asociación Travestis, Transexuales, Transgénero Argentinas (ATTTA) y mi querida Valeria Ramirez, Coordinadora de la sede Constitución de la Fundación Buenos Aires SIDA.

Era su primera vez (quién hubiera imaginado que a estas alturas a mi hermanita le quedaba algo virgen) y como en toda primera vez, hubo miedo, nervios, inseguridades y titubeos. Pero pudo sacar afuera una historia que llevaba muy adentro, reprimida y silenciada como ella misma lo estuvo en los años más oscuros de nuestra historia reciente. Valeria nos contó a todxs lxs allí presentes lo que fue para las personas trans sobrevivir en los calabozos del Pozo de Bandfield, uno de los centros de detención más cruentos de la última dictadura. Pocxs son lxs que hoy ignoran o niegan lo que sucedía por aquellos años en nuestro país convertido en una gran prisión donde una palabra podía ser la diferencia entre la vida o la muerte. Para todxs fue difícil pero para Valeria y sus pares la cosa fue peor. En el Pozo de Bandfield todo tenía un precio y en el caso de ellas la moneda de cambio no era otra cosa que su cuerpo. Con desgarradora simpleza, Valeria supo relatarnos el abuso, la humillación y la deseperanza que signó aquella época de su vida.

"A nosotras no nos torturaron con picana. Pero para poder comer, para poder tomar un vaso de agua, para poder ir al baño debíamos acceder a la violación. Violación a todo nivel: física, psíquica y moral" dijo. "Yo ejercí la prostitución porque no tenía trabajo y me duele que hoy siga pasando lo mismo en todo el país. Por lo tanto les pido políticas de empleo para las personas trans. Con nosotras hay una deuda pendiente que la democracia todavía no resolvió: hay políticas solidarias para adultos mayores, para niñas, niños y adolescentes, políticas para mujeres, para personas con discapacidad pero para nosotras nada hasta el momento. En todo caso, solo políticas represivas".

"Nosotras fuimos perseguidas políticamente por nuestra militancia o por nuestra identidad de género. Ninguna de mis compañeras de cautiverio sobervivió y hoy todavía siguen muriendo por la falta de acción de la democracia. Queremos una democracia que nos incluya y nos respete a todas".

Palabras más, palabras menos, esas fueron las ideas que Valeria expuso el lunes en la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un órganismo público que debería velar por el bienestar de todxs sus ciudadanxs pero que hace la vista gorda ante muchos atropellos, amparados por el manto del prejuicio, el desprecio y la indiferencia de la sociedad.

Nada tengo yo para agregar. Salvo mi reconocimiento y la pública exteriorización de mi cariño hacia mi hermanita putativa que se la juega día a día por lo que considera justo.


Eso es todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que quiere rescatar los esfuerzos cotidianos de personas como Valeria, para que pierdan su anonimato y alcancen el sitial que en verdad se merecen.

martes, 26 de agosto de 2008

COSA DE CHINOS


Han terminado los Juegos Olímpicos de Beijing y comienza así una nueva Olimpiada. Estoy seguro de que (al igual que yo) todxs habrán quedado deslumbradxs por la magnificencia de las ceremonias (de apertura y de cierre) y por la belleza y originalidad de un espectáculo que ya brilla en los anales de la historia. Cosa de chinxs.

En medio de tanto asombro y admiración, debo confesar una pizca importante de sana envidia (si es que tal sentimiento existe). Miles y miles y más miles de chinxs trabajando mancomunadamente, aportando lo mejor de sí, conscientes de que el éxito de todxs dependía del desempeño de cada unx, para brindar al mundo una muestra inigualable de talento y puro arte.

Es cierto que el estado chino invirtió mucho dinero para organizar los juegos más fastuosos que pueda recordar la humanidad, pero lo que allí se vio rebasa holgadamente el límite de lo que pueda conseguirse solo con billetes. El oro no compra creatividad desde la nada. El vil metal no engendra imaginación ni buen gusto, sino tan solo la posibilidad de concretarlos. Siempre y cuando lo asista la inteligencia para desarrollar la tecnología necesaria. La infraestructura edilicia, la administración de los recursos humanos, la campaña mediática, las ceremonias, todo el trabajo emprendido en pos del lucimiento en estos Juegos da pruebas de una capacidad organizativa lindante con la perfección. Aun a sabiendas de sus contradicciones y miserias, mis sinceros respetos a una nación cuya cultura ya iluminaba los anhelos de la humanidad cuando América y Europa todavía se debatían entre la piedra y el garrote.

De puro asombro, disfruté la ceremonia de apertura sin poder cerrar la boca. Los ojos no me alcanzaban para aprehender tanto detalle. Mi comprensión era incapaz de abarcar tanta hermosura... Y como una voz en off dentro de mi cabeza, mi costado masoquista preguntando cuál habría sido el resultado si nosotrxs (lxs argentinxs) hubiéramos sido lxs organizadores. De haberlo tenido, habríamos gastado la misma cantidad de dinero (o más) pero para presentar algo mucho más opaco y deslucido. Millones y millones engordando las cuentas bancarias de los funcionarios de turno, contratos fraudulentos, artistas mal pagados y todos los etcéteras que puedan imaginar, para terminar echándole la culpa a lxs demás por los errores cometidos y asignándose a sí mismos cada acierto. Cosa de argentinxs.

Como nación (si es que lo somos) tenemos mucho que aprender. Lástima que (en estos casos) haya tan pocxs argentinxs dispuestxs a tomar apuntes. Y en medio de esa ensalada tragicómica también lxs miembrxs de la comunidad LGBT tenemos asignado nuestro bolo. Porque en éste, como en tantos otros aspectos, los gays, las lesbianas y lxs trans somos como todxs lxs demás.

Toda generalización es por lo menos injusta (cuando no antojadiza o malintencionada). Sin embargo, dado que lo mío no es la sociología sino apenas una opinión personal (tan subjetiva como falible) siento que tenemos un especial talento para construir barreras infranqueables a base de pura mezquindad e intolerancia. Nos cuesta unir fuerzas para lograr un objetivo común o, cuando lo hacemos, nos arrancamos los ojos para ser reconocidxs como lxs únicxs adalides en la lucha. El grueso de la comunidad se limita a criticar lo que se hace y lo que no sin comprometerse demasiado y una minoría se asocia en decenas o cientos de organizaciones en defensa de los derechos LGBT, todas por separado e incluso enemistadas entre sí. Surgen de ese modo dirigentes atornilladxs a sus cargos que se confunden a sí mismos con la institución a la que debieran servir, otrxs para quienes dicha institución es más importante que las bases que (se supone) representan o (escudadxs en ello) personajes que se olvidan de su rol de activistas y se limitan a buscar errores en la tarea de los demás.

El espectáculo de lxs chinxs fue maravilloso y (más allá de que para lxs occidentales todxs lxs chinxs parecen iguales) ninguno de ellxs se destacó en el conjunto. Sabiéndose cada unx parte fundamental del todo, ningunx alzó la voz para reclamar el crédito. Humildad y conciencia de grupo que le dicen... Cosa de chinxs.


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Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que, a pesar de lo que opine, es tan argentino como el que más.

Novelas de Carlos Ruiz Zafón