martes, 20 de mayo de 2008

Día Internacional de Lucha contra la Discriminación por Orientación Sexual y por Identidad de Género



El pasado sábado 17 de mayo, con oportunidad de la celebración del "Día Internacional de Lucha contra la Discriminación por Orientación Sexual y por Identidad de Género", la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT) organizó un asado en el local del Club de Osos de Buenos Aires. La reunión contó también con la presencia de la señora María José Lubertino, presidenta del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), y del señor Pedro Zerolo, representante del Gobierno Español y célebre activista por los derechos LGBT, de visita en nuestro país.

Se trató de una amena reunión de camaradería en la que se pudo disfrutar de buena carne y buen vino, como corresponde a nuestra tradición argentina. Tampoco faltó la guitarreada y mucho menos los discursos.

La señora Marcela Romero, presidenta de la Asociación de Travestis, Transexuales y Trangéneros Argentina (ATTTA), presentó el cortometraje documental "Identidad Trans", producido por la institución, dirigido por Andrés Rubiño y protagonizado por Patricia Rasmussen. El film da testimonio del día a día de una activista trans de la ciudad de Mar del Plata y de su lucha en defensa de sus derechos.

La licenciada Lubertino aprovechó la oportunidad para hacer entrega del Premio INADI, en manos de Pedro Zerolo, para que fuera entregado por éste al actual presidente del Estado Español, José Luis Rodríguez Zapatero, en reconocimiento por los logros alcanzados por su gobierno en beneficio de los derechos de las minorías. También anunció conjuntamente con María Rachid, presidenta de la FALGBT, la presentación durante esta semana de un proyecto de ley ante el Senado que impulsa el matrimonio de personas del mismo sexo.

Por su parte, Pedro Zerolo agradeció en nombre del gobierno español y expuso su opinión acerca de la realidad de la lucha por los derechos LGBT en el mundo. "No quiero dejar pasar la oportunidad de recordar" (dijo Zerolo), "que hoy celebramos un día muy importante: el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Un día de emociones encontradas, un día de recuerdos, un día de memoria, un día para recordar que estamos viviendo un momento que no debemos desaprovechar. Porque durante siglos quienes han sido como nosotros y como nosotras han sido segregados, apartados, discriminados, vilipendiados y estigmatizados, agredidos y condenados a muerte".

En el mismo sentido agregó: "Este es un día par recordar que la situación no es todavía la que quisiéramos que sea y que además no soplan buenos aires. En Europa se empieza a ver de nuevo la garra de la ultraderecha política y del integrismo religioso. En esa Europa a la que siempre hacemos referencia como el paraíso de las libertades, empiezan a escucharse discursos ultraconservadores, homófobos, machistas, racistas y xenófobos. Pero no por gente desconocida sino que esos discursos se escuchan en boca incluso de presidentes de república o gente de gobiernos de esa Europa que tenemos como referente".

Tampoco faltó en el discurso de Zerolo la mención de la cuestión local, en relación a lo cual fue claro y contundente: "Hoy que están nuestros presidentes y presidentas hablando, deberíamos recordarles desde abajo que Latinoamérica tiene muchísimo que decir. Creo que donde están pasando las mejores cosas en este momento en el mundo es en América Latina, donde mejor se están viendo los progresos de los movimientos sociales y de izquierda. Desde luego aquí se está viendo mucho más avance que en la vieja Europa. Por tanto, pasemos alguna vez del orgullo gay, del orgullo lésbico y del orgullo trans al orgullo latino". Y para que no quedaran dudas, recalcó: "Estamos llamados a hacer avanzadilla. Si España avanza, si Argentina avanza, marcaremos tendencia y desde luego Latinoamérica se convertirá en un referente mundial de que otro mundo es posible".

Certeras y transparentes las palabras de Zerolo, una personalidad que ha ido mucho más allá de los discursos y del que muchos de nuestros dirigentes deberían tomar ejemplo.


Esto es todo por ahora. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Viktor Huije, un cronista de su realidad que gusta de soñar con que la posibilidad de un mundo mejor.

domingo, 11 de mayo de 2008

El Güije


Hablando de monstruos y de homofobia, cuando yo era (más) joven escuché una canción de Silvio Rodríguez (¡cuándo no!) que me marcó de por vida. Tanto que comencé a cantarla en todas mis presentaciones y se convirtió en algo así como mi caballito de batalla. Nunca fui un cantante famoso pero tuve algunos seguidores, los mismos que en medio de los recitales solían gritar “¡El güije! ¡El güije!”. De ese modo, poco a poco, el título de la canción comenzó a reemplazar a mi propio nombre hasta que yo mismo oficialicé ese nuevo bautismo y empecé a presentarme como Víktor Huije. La grafía que adopté responde solo a mi ignorancia sobre la manera en que el pueblo cubano se refería a este ser del cual hoy quiero hablarles.

El güije es un personaje mitológico que, en algunos lugares de la isla de Cuba, se ha vuelto popular a través de los mitos y las leyendas. Aunque, hoy en día, no falta aquel que asegura haberlo visto o haber sido víctima de sus trapisondas.

Dicen algunos que es un viejecito no muy alto y de raza negra. Otros aseguran que es un monstruo pequeño, con patas de chivo y cola de caimán, o peludo y con fuertes garras. También se lo ha descrito como un muchachito bajito y negro con ojos saltones. Y así, las descripciones físicas de este ser (que no se sabe si es uno sólo o si es que son varios) varían de acuerdo al narrador. Se dice que vive en la poza de algún río donde el agua nunca llega a desaparecer o en las lagunas, como cuenta la canción de Silvio.

Su comportamiento es muy similar al de un duende. Dicen que es pícaro y maldito, capaz de cualquier cosa. Corre más rápido que los caballos y salta las cercas de piedras de un solo salto. Capaz de desaparecer o aparecer en un cerrar y abrir de ojos.

Algunos solo afirman haberlo visto en algún lugar. Otros aseguran haberlo atrapado. Leí por ahí que una vez unos muchachos estaban jugando a la pelota en un sitio próximo a un cañaveral. Cuando ya el juego iba por la mitad, un muchachito negro se acercó a mirar y se lo invitó a participar del juego. El muchachito jugó largo rato, hasta que los otros muchachos le prestaron atención, le vieron ojos saltones y algo en la boca (tal vez colmillos) que no era natural. Hasta que uno de ellos dijo que era un güije y, acto seguido, el muchachito desapareció dentro del cañaveral. Lo buscaron, pero fue en vano, no se lo volvió a ver.

Este es solo un ejemplo de los cientos de cuentos que se cuentan y ninguno menciona el que este ser haya cometido alguna fechoría seria, algún verdadero daño a alguien. Sin embargo dicen, eso sí, que es capaz de cualquier cosa, pero no sabemos de nada malo que se le pueda atribuir. Se lo describe como un ser que no es humano y son muchos los testimonios que buscan infundir miedo y desconfianza a su presencia. Pero nadie lo conoce ni sabe de dónde viene realmente ni lo que busca. Quizás sea ese su delito, el de ser diferente, el de no encajar en la norma, el de pretender una existencia distinta a la del resto de los seres de la creación. Quizás sea por eso que todos los cuentos terminan en que se lo persigue. Quizás sea por eso que se esconde. Porque sabe muy bien que los “otros” suelen ponerse muy nerviosos frente a lo que no comprenden. Y todxs sabemos en qué pueden transformarse esos “nervios” tan llenos de odio, de ignorancia y de temor.

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Eso es todo por ahora. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que alguna vez supo cantarle a ese ser mitológico que (bien sabía) no era otro que él mismo.





Pero también les dejo una versión personal del "maestro" para que no se queden con una mala impresión de la canción, je.

sábado, 3 de mayo de 2008

Monstruos


A lo largo de la historia y aún en nuestros días, la homosexualidad ha sido considerada por muchxs como un pecado, una enfermedad e incluso como un delito. Basándose en prejuicios, fobias y odios de origen diverso, se fue pergeñando toda una mitología en la cual aquellas personas cuyo objeto de deseo son otras personas de su mismo sexo somos capaces de las más terribles abominaciones que un ser humano puede imaginar. Dentro de ese universo de patrañas, ocupan un sitial preferencial aquellas que nos convierten en compulsivos abusadores de menores. En ellas se fundan los "reparos" que nos impiden todavía adoptar hijos, por citar solo uno de los tantos ejemplos.

Días atrás, buscando material para el programa de radio en el cual participo, encontré en internet una discusión titulada "Trabajos que no le daria a un/una gay". La persona que iniciaba la discusión daba sus propias opciones. Copio y pego:

a) Docencia en general, desde jardin de infantes a Secundario inclusive. Universidad no tendria problemas, se supone que ya estas formado, y si no lo estas, jodete por gay.
b) Juez de familia. EVIDENTE.
c) PEDIATRA. GINECOLOGO Y OBSTETRA. Porque tenes que entender lo que es el amor y la familia, y eso no pasa con un gay. Un traumatologo no preocupa, por ejemplo, o un cirujano.

Indignante ¿verdad? Sobre todo si uno lee el desarrollo completo de la misma, en la cual abundan los comentarios homo-lesbo-transfóbicos con su habitual carga de ignorancia, petulancia, prejuicio y odio. Para ellxs, siempre fuimos, somos y seremos monstruos. Creo que huelgan los comentarios sobre lo que acabo de transcribir. Quienes duden de mis palabras o quienes busquen (por la razón que fuere) una úlcera de duodeno o una razón valedera para protagonizar su propio "día de furia" pueden entrar
AQUÍ. Claro que bajo vuestra exclusiva responsabilidad.

Curioso (y lamentable) que todavía exista gente que guarda esa visión de nosotrxs tan negativa y reñida con la realidad. Sobre todo si tenemos en cuenta los hechos que la prensa se ha encargado de poner a nuestro alcance con mayor o menor sensacionalismo. El último de ellos, el caso del ingeniero electricista austríaco Josef Fritzl.

Como todos sabrán, el susodicho caballero violaba a su hija Elisabeth desde que ella tenía 11 añitos y la mantuvo secuestrada en el sótano de su propia casa desde 1984. Durante su cautiverio, ella parió en condiciones infrahumanas siete hijos productos del incesto, uno de los cuales falleció a poco de nacer y fue incinerado por el viejo Fritzl en la caldera del su casa. De los seis hijos restantes, tres tuvieron la suerte de ser llorones, razón por la cual el monstruoso padre/abuelo decidió sacarlos del sótano y criarlos como nuevos miembros de la familia. Los tres más tranquilos fueron castigados con la reclusión y hoy apenas superan la condición de meros animales. El resto de la familia Fritzl, mientras tanto, está sorprendida y consternada porque nunca hubieran sospechado que el viejo patriarca fuera capaz de semejantes atrocidades. O al menos eso dicen. A riesgo de ser prejuicioso, a quien suscribe le resulta difícil creer que alguien pueda mantener esta situación durante 24 años sin que por lo menos su esposa (madre de la hija cautiva) intuyera la verdad.

No hace falta que ahonde más en la noticia que, desde hace una semana, ocupa las primeras planas de los periódicos de todo el mundo. Pero sí quisiera puntualizar un par cuestiones que se relacionan con el inicio de este artículo.

En primer lugar, me llamó la atención el modo en que algunos medios (particularmente duros a la hora de "juzgar" a la homosexualidad) se referían a Fritzl. La mayoría se refieren a él como "el abusador de Amstetten". Incluso no son pocos los que lo llaman simplemente "el carcelero". Sospechosa benevolencia para quien cometiera crímenes de semejante envergadura. ¿Es solo un "abusador"? Yo no soy letrado ni pretendo serlo, pero la palabra "abuso" me hace pensar en el tipo que le toca el culo a una mina y no en el padre que somete a su propia hija a violaciones sistemáticas durante años, con el agravante del secuestro, la incineración del recién nacido, etc., etc. Lo de "carcelero" no tiene gollete.

Por otra parte, se me dio por pensar que (mientras los que históricamente hemos sido incapaces de incorporar nociones tales como "amor", "familia" y "respeto" somos los gays, las lesbianas y las personas trans) este buen señor pertenece a la categoría heterosexual. Incluso es blanco, europeo y tal vez cristiano. Sin embargo, en ninguna crónica se han destacado estas particularidades. Eso nunca sucede. Y se me ocurre que, en estos casos, la omisión responde no tanto al hecho de que se las dé por sobreentendidas sino al deseo de ocultar lo vergonzante. La heterosexualidad de Fritzl y la de tanto perpetrador de crímenes sexuales caerá en el olvido y siempre seremos nosotrxs, lxs homosexuales y trans, lxs que carguemos con el estigma de la inmoralidad, la falta de valores, el pecado y el larguísmo etcétera que siempre nos ubica en las profundidades de la miseria humana.

"Todo depende del cristal con que se mira" decía el viejo Shakespeare. Pero los verdaderos monstruos son perfectamente visibles, más allá de las lentes con que intentemos ocultar sus iniquidades.

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Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que siempre guarda en su corazón un lugarcito para la indignación.

martes, 29 de abril de 2008

Burgués sí, pero, ¿reformista?

Nota aparecida el día martes, 29 de Abril de 2008, en la sección El País del diario porteño Página 12. Yo no le sacaría ni un punto ni una coma.

En el marco del desafío planteado por el lockout de los empresarios agrícolas se planteó el debate sobre los alcances políticos de la medida. En estas páginas, el sociólogo Eduardo Grüner argumentó que estaba en juego la legitimidad del Estado para intervenir en la economía y alertaba sobre los peligros “si la derecha gana”. El politólogo Atilio Boron se suma a la polémica cuestionando el “reformismo” del actual gobierno.
Por Atilio A. Boron

Eduardo Grüner publicó un interesante y sugestivo artículo con el título “¿Qué clase(s) de lucha es la lucha del ‘campo’?” (Página/12, 16 abril 2008) con el cual tengo algunos acuerdos pero también bastantes discrepancias. Quisiera tratar sólo una de éstas: su definición, a mi modo de ver muy generosa, del kirchnerismo como un gobierno “reformista-burgués”. Sin embargo, esta caracterización provocó pocos días después la crítica de José Pablo Feinmann quien dijo que sería infantil esperar que el gobierno de Cristina fuera “revolucionario socialista”. Y agregó, “hoy, un gobierno reformista burgués es mucho más de lo que la Sociedad Rural, todo el establishment y los Estados Unidos están dispuestos a aceptar en América latina. Al reformismo burgués le dicen populismo y, para ellos, es la peste”.

Es cierto que el reformismo burgués sigue siendo tan inaceptable hoy como en 1954, cuando el ensayo tímidamente reformista burgués de Jacobo Arbenz en Guatemala fue ahogado en un baño de sangre, y el Che conoció muy bien esa historia como para sacar las adecuadas lecciones del caso. Pero, ¿sobre qué base califican tanto Grüner como Feinmann al gobierno de los Kirchner como “reformista”? ¿Cuáles fueron las reformas que impulsaron y ejecutaron? Por supuesto, no es este el lugar para realizar un balance de lo actuado en el período abierto con la asunción de Néstor Kirchner el 25 de mayo del 2003. Digamos, eso sí, que el mayor acierto del período fue la política de derechos humanos, más allá de algunas inconsistencias (entre otras cosas, expresadas en la total incapacidad para proteger testigos como Julio Jorge López, desaparecido como en los tiempos de la dictadura) y que el otro logro de la gestión, menos importante que el anterior, se produjo en el campo de la política exterior, acompañando –no obstante sin mayor protagonismo– el embate de Chávez en contra del ALCA. No obstante, mismo en este terreno el panorama no dejó de tener llamativos contrastes porque simultáneamente Kirchner rechazaba reiteradas invitaciones para visitar Cuba, se mantenía al margen de la Cumbre de los No Alineados realizada en La Habana y viajaba a Nueva York, en 2006, para participar en la Asamblea General de la ONU rematando su viaje con una insólita visita a la Bolsa de Valores de Nueva York y declaraciones, a cuál más desafortunada, sobre el futuro capitalista de la Argentina. Para colmo, el año pasado cedió ante la presión de Washington e impulsó la aprobación, con fulminante rapidez, de una absurda legislación “antiterrorista” que en manos de cualquier otro gobierno puede ofrecer el marco legal necesario para la completa criminalización de la protesta social y la disidencia política.

Esos son los dos puntos fuertes del kirchnerismo, ayer y hoy. Admitido. Pero, ¿dónde están las reformas que excitan la generosidad de Grüner y la réplica de Feinmann? No las veo. Para los incrédulos los invito a comparar la gestión del kirchnerismo ya no con el reformismo socialdemócrata escandinavo sino con las del primer peronismo, el del período 1946-1950. En aquellos años se fortaleció al movimiento obrero, se aprobó una vasta legislación laboral sin parangón en la periferia capitalista (vacaciones pagas, aguinaldo, jubilaciones, estabilidad laboral, indemnizaciones por despidos, tribunales de trabajo, accidentes laborales, obras sociales, etcétera), se creó el IAPI, el Banco de Crédito Industrial, la flota mercante del Estado, Aerolíneas Argentinas, y se nacionalizaron el Banco Central, los depósitos bancarios, los ferrocarriles, los teléfonos, la electricidad y el gas. Durante su exposición en la Cámara de Diputados, en 1946, Perón pronunció, a propósito de la nacionalización del Banco Central, unas palabras que es oportuno recordar en los tiempos que corren en donde el pensamiento único no cesa de alabar las virtudes de la supuesta independencia de los bancos centrales. “¿Qué era el Banco Central? –se preguntaba Perón–. Un organismo al servicio absoluto de los intereses de la banca particular e internacional. Por eso, su nacionalización ha sido, sin lugar a dudas, la medida financiera más trascendental de estos últimos cincuenta años.” Aparte de eso, el Estado pasó a ocupar un lugar decisivo en la promoción de la industrialización y sus obras públicas –caminos, diques, escuelas, hospitales– cubrieron prácticamente toda la geografía nacional. Además se sancionó una nueva Constitución, en 1949, en la cual se establecía una serie de derechos sociales a tono con las conquistas que en ese terreno se estaban produciendo en el capitalismo europeo.

Un Estado inexistente

¿Y ahora? El Banco Central está en manos de un Chicago boy y la obra pública paralizada. El Estado, destruido por el menemismo, sigue postrado: no puede apagar un incendio de pastizales en una llanura porque carece sea del dinero, o de la idoneidad, para adquirir un avión hidrante canadiense que cuesta menos de veinte millones de dólares y que hubiera acabado con el fuego en un santiamén; no puede abastecer de monedas a la población; no puede regular ni supervisar el funcionamiento de las empresas privatizadas, y entonces los usuarios del ferrocarril periódicamente incendian estaciones y formaciones para hacer oír su protesta; no puede cobrarle impuestos a Aeropuertos 2000 y entonces se asocia en calidad de “socio bobo” y minoritario a la empresa en lugar de exigir el pago de lo adeudado; no puede garantizar que los caminos y rutas privatizadas estén en correcto estado de mantenimiento mientras decenas de viajeros mueren a diario en horribles (y evitables) accidentes; asiste de brazos cruzados a la desintegración de la red ferroviaria nacional y como única política propone un “tren bala”; no exige a las aerolíneas privatizadas que cumplan un diagrama de vuelos que sirva para integrar las principales ciudades del país, que los fines de semana se quedan aisladas; se muestra indiferente ante el saqueo de los recursos naturales, desde el petróleo y el gas hasta los minerales, y ante el gravísimo deterioro del medio ambiente causado por las explotaciones mineras; prosigue sumido en un estupor catatónico ante el calamitoso derrumbe de la educación y la salud públicas, sin que se le ocurra poner un centavo para remediar la situación, al paso que se ufana de los 50.000 millones de dólares atesorados –al igual que Harpagón, el protagonista de El avaro de Molière– mientras el pueblo pasa hambre, no puede educarse ni cuidar de su salud. Pese a disponer de una mayoría absoluta en ambas Cámaras del Congreso –que vota a libro cerrado cualquier proyecto que ordene la Casa Rosada–, Kirchner no envió una sola propuesta para reformar la estructura tributaria escandalosamente regresiva de la Argentina o para establecer una legislación que posibilitase un combate efectivo contra el desempleo, la exclusión social y la pobreza. Tampoco iniciativa alguna para recuperar el patrimonio nacional rematado durante el menemismo. Un gobierno que, por otra parte, a más de cinco años de inaugurado todavía no definió una política de distribución de ingresos, consolidación del mercado interno y desarrollo nacional. Es cierto que se disminuyó la proporción de pobres e indigentes, pero ésta aún se encuentra por muy encima de los valores existentes al inicio de la actual fase democrática de la Argentina, hace un cuarto de siglo. Con un agravante: que este gobierno dispuso de una coyuntura económica excepcional, como ningún otro en nuestra historia, lo que torna aún más imperdonable que una parte al menos de esa riqueza no hubiera llegado a satisfacer las demandas populares. Y pese a sus estentóreas denuncias en contra de la dictadura, dos piezas maestras de ese régimen: la Ley de Entidades Financieras y la Ley de Radiodifusión continúan en vigencia hasta el día de hoy. La renta financiera sigue estando libre de impuestos así como las ganancias resultantes de la venta de sociedades anónimas. Y el Gobierno sigue sin otorgarle el reconocimiento oficial a la CTA y convalidando, de ese modo, el control político de los sectores populares en manos de una burocracia cuyo desprestigio es absoluto. Esto explica, en gran medida, la indiferencia popular ante la ofensiva del mal llamado “campo”: el pueblo no salió a la calle a defender su gobierno porque no lo siente suyo. Y tiene razón. Sería bueno que el Gobierno dedicara algún tiempo a reflexionar sobre la génesis de esta alarmante pasividad popular.

La anterior es una lista incompleta y parcial, pero suficiente para demostrar que bajo ningún criterio mínimamente riguroso estamos en presencia de un gobierno reformista. Es un gobierno “democrático burgués” (con todas las salvedades que suscita esta engañosa expresión), pero donde el componente “burgués” gravita mucho más que el “democrático” y en donde el reformismo sólo existe en el discurso, no en los hechos. Es asombroso escuchar, como ha ocurrido reiteradamente en los últimos años, las invocaciones de los distintos ocupantes de la Casa Rosada exhortando a los argentinos a redistribuir el ingreso y a repartir de modo más equitativo la riqueza. En fechas recientes la Presidenta volvió a insistir sobre el tema, a propósito del paro agrario. Pero, si no lo hace el Gobierno, ¿quién lo puede hacer? ¿Qué esperan? Si por mí fuera emitiría un decreto de necesidad y urgencia desde mi cátedra de Teoría Política y Social de la UBA instituyendo una radical reforma del régimen impositivo y utilizaría ese dinero para mejorar los ingresos de todos quienes estén por debajo o un poco por encima de la línea de pobreza, pero, ¿quién me haría caso?, ¿qué juez atendería la demanda de los eventuales beneficiarios?, ¿cómo podría obligar a los contribuyentes más ricos y a las grandes empresas a pagar el nuevo impuesto? El Gobierno debería abstenerse de formular ese tipo de estériles exhortaciones.

El posibilismo es inaceptable

Creo que lo anterior demuestra con claridad que no hay “reformismo burgués”. ¡Ojalá lo hubiera! No porque el reformismo satisfaga mis esperanzas sino porque al menos nos posibilitaría avanzar unos pocos pasos en la construcción de una verdadera alternativa, es decir, una salida post capitalista a esta crisis sin fin en que se debate la Argentina, sea en el estancamiento tanto como en la prosperidad económica (que llega a unos pocos).

Por eso es que disiento de lo que plantea Grüner cuando dice que “si alguien nos chicanea con que terminamos optando por el ‘mal menor’ no quedará más remedio que recontrachicanearlo exigiéndole que nos muestre dónde queda, aquí y ahora, el ‘bien’ o su posible realización inmediata.” ¿Dónde queda el “bien”? Eso lo sabe Grüner tanto como yo: el “bien” es el socialismo. Pero mientras maduran las complejas condiciones para su construcción es posible la realización inmediata de algún “bien”, de algunas reformas que pongan fin a la escandalosa situación en que nos hallamos. ¿O me va a decir que hará falta una revolución socialista para aproximar la estructura tributaria de la Argentina a la que tienen países como Grecia y Portugal en la Unión Europea, para no hablar de la que existe en Escandinavia? ¿Será preciso asaltar el Palacio de Invierno para que las retenciones al agro –totalmente justificadas en la medida en que se discrimine entre los distintos estratos del patronato agrario– se coparticipen con las provincias y sean asignadas exclusivamente a combatir la pobreza y a reconstruir la infraestructura física del país y no al pago de la deuda? ¿Tendremos que subirnos a la Sierra Maestra para que el Estado regule cuidadosamente el desempeño de las privatizadas y avance en un programa de “desprivatización” para aquellas que se compruebe que han estafado al fisco y a los usuarios? ¿Habrá que esperar el cañonazo del Aurora para derogar la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz? En suma: no es un tema de chicanas o recontrachicanas, sino de exigirle al Gobierno que haga lo que debe hacer. Que tenga la osadía de ser un poquito reformista. Y si no hace lo que hay que hacer es porque no quiere, no porque no puede. Y si no quiere no veo la razón para que tengamos que apoyarlo en contra de un fantasmagórico “mal mayor”, espectro invariablemente agitado por quienes quieren que nada cambie en este país y que termina en el posibilismo y la resignación. Como creo que estas dos actitudes son inadmisibles, ética y políticamente, es que me opongo a entrar en el repetido juego de “nosotros” o el “mal mayor”, que desde hace décadas viene empujando a la Argentina hacia el abismo y hacia nuestra degradación como sociedad. Tiene razón Grüner cuando dice que “no estamos ante una batalla entre dos modelos de país; el modelo del Gobierno no es sustancialmente distinto al de la Sociedad Rural”. Corrijo: es un solo modelo, pero no es el de la Sociedad Rural, pobrecita, sino el de los grandes ausentes de este debate y que los compañeros del Mocase oportunamente trajeron al primer plano en su nota del viernes 25 en Página/12: es el modelo del gran capital transnacional, cuyas naves insignia en materia agraria son Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer, Nidera, Cargill, Bunge, Dreyfus, Dow y Basf. Y si este modelo prosperó fue porque desde Menem hasta nuestros días –aclaro, dada la susceptibilidad ambiente, que me parece un disparate decir como lo hace cierta izquierda trasnochada, que este gobierno es igual al de Menem– no hubo un solo gobierno, tampoco el de los Kirchner, que intentara cambiar el modelo agrario-exportador y poner fin a la sumisión de nuestro país a las transnacionales. Todos facilitaron cada vez más las cosas para que la Argentina se convierta en una especie de emirato sojero, y si hoy el Gobierno se queja de la rapacidad “del campo” sería bueno que se interrogue por qué no hizo nada para impedir que lleguemos a esta situación. Por lo tanto, lo de “reformista” es una concesión gratuita a un gobierno que, por lo menos hasta ahora, no ha hecho ningún esfuerzo serio para hacerse acreedor de ese calificativo.

sábado, 26 de abril de 2008

Ese homófobo de Silvio


¿Estoy equivocado o todo el mundo sabe a quién me estoy refiriendo cuando digo Silvio? Acepto la posibilidad de que yo viva en un taper intelectualoide y de que la popularidad del gran trovador cubano no alcance los niveles que supongo. Sé muy bien que hay un mundo que la miopía pone más allá de mi visión y así hago las aclaraciones pertinentes.

Es que Silvio Rodríguez me ha acompañado a lo largo de tantos y tantos años de lucha contra el mundo y contra mí mismo, que no es sencillo consolidar una adecuada perspectiva. Sin embargo, en algún momento de nuestra platónica relación, pude comprobar algo que ya venía sospechando desde el inicio: Silvio Rodríguez es un ser humano, pasible de defectos, fobias y también prejuicios.

La comprobación vino de la mano de otro de mis referentes, el chileno Pedro Lemebel, que en su texto EL MALENTENDIDO DEL UNICORNIO (cuya lectura recomiendo especialmente) relata un frustrante encuentro entre un par de locas trasandinas y el cantautor. Encuentro durante el cual afloró la proverbial homofobia de izquierda y quedó claro que el buen Silvio nos desprecia como el más común de los mortales.

El mío es solo un comentario de loca mala. No busco denigrar al artista en absoluto. Ni podría, dado que la altura de sus méritos escapa ampliamente a mis capacidades tan básicas. Muchas de sus canciones permanecerán por siempre en la categoría de "bíblicas" para mi espiritu siempre en plan de búsqueda. Sigo disfrutando de su música y su poesía y mi opinión acerca de su arte no podría cambiar a causa de una triste anécdota, por representativa que resultase.

La pregunta entonces se me impone: ¿Es la homofobia de Silvio menos perniciosa que la del resto de la gente?

Desearía poder responder honestamente que sí, pero lo cierto es que la homo-lesbo-transfobia es ignorancia, es prejuicio, es odio. No importa quién la detente, si un jerarca de la iglesia, un conservador de derecha, un homosexual confundido o el cantautor de mis amores. No habrá descanso para ningunx de nosotrxs mientras haya gente que no comprenda que somos tan iguales y tan diferentes como el que más, dignos representantes de una especie que no encuentra el modo de convivir en el respeto y el amor hacia su prójimo. Porque nadie escapa a esta norma impuesta por los hechos y, en función de ella, cada quien es tan "normal" como cada cual.

Insisto: quisiera tener razones válidas para poder afirmar que Silvio Rodríguez supera esa "normalidad". Y aunque no las tengo tampoco puedo ponerlo al mismo nivel de los otros victimarios de nuestras reivindicaciones. ¿Sinsentidos de mi humana idiosincracia? No hay duda. Pero es que siempre habrá algún tema de Silvio que me lleve a la reflexión. Siempre habrá alguno que me haga sonreir o que me emocione. Siempre habrá uno en especial que no podré escuchar sin que se me anude la garganta, ese que ya no puedo cantar, ese que me transportará siempre a otras épocas más tristes pero paradójicamente también más felices.

De todos modos, que quede claro que sigo coincidiendo con el compañero Pedro Zerolo: "¿Ser de izquierdas y homofóbico? ¡Eso sí es contra natura!".


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Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Viktor Huije, un cronista de su realidad que no siempre sale airoso en su lucha contra las contradicciones.


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viernes, 18 de abril de 2008

¿La nena?


Aunque uno siempre trate de poner distancia entre la propia perspectiva y el vago universo de las tradiciones más acendradas, los quince años de una hija nunca dejan de ser una experiencia insoslayable.

Convengamos que (tal vez a partir de mi orientación sexual, mi pretendido desapego hacia los convencionalismos que limitan el concepto de lo masculino o mi sensiblera proclividad a las manifestaciones de afecto) no me considero un padre como los demás. Mis hijxs están acostumbradxs a los abrazos y a los besuqueos, e incluso pueden llegar a padecerlos cuando se tornan excesivos. Ellxs saben que conmigo no hay tema tabú y que (salvo plata) pueden pedirme lo que quieran. Por otra parte, sé que el tiempo pasa para todxs y que ellxs van camino a transformarse en adultxs, que ya ejercen su independencia con firmeza y bastante responsabilidad y que son capaces de manifestar sus ideas con la libertad que junto a su madre les hemos inculcado.

Sin embargo, un padre siempre será un padre y una de las características básicas de la especie es la de no apartar a la nena de la categoría de tal; es decir: la de "nena". No importa que ella ya presentara en familia a su primer novio hace casi un año. No importa que ya vaya por el tercero. No importa que uno sea conciente de las mirada que la nena cosecha por la calle ni que la suya propia (antes sencilla e inocente) ya bucee en las complejidades inherentes a la astucia, la seducción y los misterios de una mujer adulta. No importa que ostente con total impunidad el cuerpo y la figura que muchxs de nosotrxs hubiéramos deseado a su edad. Por gay que uno sea, la nena siempre será "la nena".

Claro que, fiel a una ideología crítica respecto de las tradiciones, con no poco esfuerzo, me animo a espiar por sobre la tapia de los convencionalismos y, con más esfuerzo aun, la invito a pispear conmigo. No como amigos (siempre habrá de quedar claro que la nuestra es una relacion padre-hija, asimétrica en función de las responsabilidades que atañen a cada uno), no como compinches, sino como pasajeros del mismo tren: el de la familia y el amor.

Lo que vemos al otro lado de esa tapia es un baldío inexplorado con muchas posibilidades de jardín... ¡o de huerto! del que podremos cosechar los mejores frutos de nuestra comunión. O los más amargos, según sea el empeño y la constancia con que hagamos la labor.

Sin olvidar mi derecho a ser falible como cualquier hijo de vecino, siendo padre, necesito poner lo mejor de mí. Y como gay militante, esa necesidad adquiere visos de responsabilidad. Es un hecho que la realidad me impone un privilegio que no debo soslayar: el de ejercer mi paternidad desde una orientación sexual diferente a la que la tradición espera. Y no me gustaría que algún día alguien pudiera echarme en cara, con justa razón, el haber proporcionado nuevos argumentos a los que estúpidamente proclaman que las personas gays, lesbianas y trans no somos idóneos para criar y educar a nuestros hijxs.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que también en el amor encuentra una bandera.

miércoles, 2 de abril de 2008

A 26 años de una guerra demencial

No tengo mucho para decir. Sólo que murieron 649 chicos que hoy tendrían mi edad. 649 chicos que todavía nos duelen.
El corolario perfecto para una dictadura que solo dejó muerte a su paso.

lunes, 31 de marzo de 2008

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE...


Según mi DNI, mi verdadero nombre es Víctor Humberto. Y está será la única vez que lo admita en público.

Para mi infortunio y por razones que no viene al caso ventilar ahora, las tías y abuelas desecharon, desde el mismo día de mi alumbramiento, el uso de mi primer nombre y adoptaron el segundo como representativo de lo que yo sería en el futuro. No contentas con eso, pronto transformaron el Humberto en Humbertito y, de allí, al simple Tito (con sus resonancias de conventillo y mecánico de barrio) no hubo más que un paso. Sin embargo, mi espíritu acuariano se manifestó férreo desde la más tierna infancia. Cuentan las tías viejas que el apodo me enfurecía, tanto como a los demás les divertía mi enojo al grito histérico de "¡Ya te DIJÍ que no me llamo Tito!" Y desconozco si con el tiempo el chiste de hacer rabiar al nene para que conjugara mal el verbo dejó de ser gracioso o mis conocimientos gramaticales fueron en aumento, lo cierto es que Tito quedó sepultado en el arcón de los recuerdos.

Aún así, Humberto sobrevivió todavía algunos años más, resistiendo con no poco sacrificio los embates de un Víctor que bregaba desde mis entrañas. Como era de esperar y tal cual lo expresa su etimología, Víctor terminó triunfando y la familia tuvo que aceptar mi verdadera identidad, la que yo había construido, la que me representaba cabalmente. La última batalla se libró en el corazón de mi abuela cuando yo tenía doce años, una tarde en que un compañero de escuela fue a buscarme a casa y ella lo despachó convencida de que "acá no vive ningún Víctor". Mi furia fue tal que, de allí en más, nadie volvió a cuestionar el nombre que yo había elegido desde siempre.


Salvando las distancias abismales, recordaba esta anécdota personal tras leer un artículo de Mauro Cabral publicado en el suplemento SOY de Página 12, el pasado 28 de marzo. Para quien no lo leyera, resumo torpemente: la sociedad "progre" de nuestros días sigue vulnerando el derecho a la identidad de las personas trans, exigiendo una serie de requisitos (reñidos todos con el concepto de diversidad) para poder reconocerlas y reconocerlos como quienes son: mujeres y hombres que han construido una identidad de género diferente a la que los estereotipos quisieron imponerles.

Hoy en día (en el mejor de los casos, cuando no se cierra en sus prejuicios atávicos y apunta con el dedo), la sociedad puede condolerse del infierno que vive la directora cordobesa que clama por el reconocimiento legal de su femineidad y hasta festeja el triunfo de Naty, la adolescente de Villa Dolores que obtuvo de la Justicia nuevos documentos, que atestigüen su condición de mujer, y la autorización para someterse a una intervención de reasignación de sexo. En todos los casos, el reconocimiento de la identidad debe ser precedido necesariamente por el sufrimiento. En los términos del propio Mauro Cabral: para que esta cultura de los derechos humanos le reconozca a alguien (¡siempre a posteriori!) su derecho a ser hombre o mujer, primero hay que haber sido declarado disfórico, transexual verdadero o portador del Síndrome de Harry Benjamin. ¿No sería más sencillo y más justo reconocer la identidad que cada quien elige, sin más ni más? La sociedad progre sigue atada a conceptos de lo femenino y lo masculino que ha heredado, sin cuestionamientos, de la cultura estereotipante y heterosexista a la que dice renunciar.

Así aparecen los que se arrogan la autoridad de establecer quiénes deben ser considerados hombres y quiénes mujeres. Siempre ignorando conceptos básicos relacionados con el género y sus diferencias con la genitalidad, ignorancia manifiesta tanto en el sentido de no saber de su existencia como, lisa y llanamente, en el de hacer caso omiso de ella. El ejemplo de mayor actualidad: el hombre trans de Ohio (cuya condición de hombre ha sido reconocida incluso por la justicia local) que está embarazado y dará a luz en julio próximo. Aun quienes valoran el coraje de la pareja para llevar adelante semejante empresa también alzan la voz para afirmar que él no es un hombre porque ha conservado sus órganos reproductivos "originales". Para quien suscribe, pura ignorancia reaccionaria, aunque esté sazonada de buenas intenciones.

A mí, ser Víctor solo me costó una década de berrinches. A las personas trans e intersex se les va la vida sin que se respete su derecho a ser quienes son en realidad, sin condicionamientos retrógrados ni juicios de valor.


Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije. La historia de esa "k" y ese apellido quedará para otra vuelta...

jueves, 20 de marzo de 2008

Curiosas prácticas de masturbación

Antes se decía que la masturbación traía problemas de memoria y no me acuerdo qué otra cosa... Pero no es cierto!

En el video que presento a continuación (que llegó hasta mi correo gracias a los buenos oficios de mi amigo Bellota Caravagio, alias Walter Ibañez) el Dr. Sigmund Winston nos demuestra cuan importante es dedicarle tiempo al amor propio.

Aprovechad, niños y adolescentes del tercer milenio, que cuando Bellota y yo éramos jóvenes no teníamos a nadie que nos diera una mano en estas cuestiones. Advierto además a los espíritus impresionables que el video que sigue presenta algunas imágenes de crudeza inenarrable que bien podrían herir ciertos pilares de la masculinidad. Particular mención merece por supuesto la escena de Bobby con el pepino.


Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que hoy se siente más turbado que nunca.

martes, 18 de marzo de 2008

¿Te pensás que somos tontos, papá?



Dentro de la comunidad LGBT, sin duda soy un privilegiado: recibí la bendición de tener dos hijos.

Mi salida del armario con ellos fue de lo más natural. En realidad nunca me preguntaron nada directamente. Yo me separé de su mamá cuando el más chico tenía 4 años y la más grande 7. Me fui a vivir a Chile con mi pareja de entonces y, si bien ellos nunca lo conocieron en persona, vieron sus fotos y siempre supieron que vivíamos juntos.

El tema fue cuando regresé a Buenos Aires en el 2003. El varón tenía ya 7 y la nena 10. Comenzaron a conocer a mis amigos y pegaron muy buena onda con todos ellos. Cuando en el 2005 conocieron al que es actualmente mi pareja tampoco preguntaron nada, si bien es evidente que en mi casa hay solo una habitación y solo una cama grande. Amén de que la casa está llena de fotos nuestras en las que estamos abrazados y en actitud francamente "matrimonial". Ellos se acostumbraron a ver que para dormir, mi pareja y yo nos acostamos juntos y que siempre andamos juntos para todos lados, a las fiestas familiares, al cine, a las fiestas del colegio... Una tarde, hace año y medio más o menos, haciendo compras con mis hijos, a mi hija le llamó la atención el culo de una chica y me hizo el comentario, a lo que el nene respondió: "Justamente a papá le vas a preguntar... como si le interesaran los culos de las minas". Lo dijo con toda franqueza y sin ninguna intención maliciosa.

Yo me quedé helado y no supe qué decir, pero unos meses después, mientras él jugaba a un juego de computadoras que se llama "Los Sims", creó una familia integrada solamente por dos hombres. Uno de ellos (según lo que él mismo me dijo) gustaba de los "señores gordos" a lo cual acotó: "¿Viste, pa? Vos también tenés posibilidades" y se rió. Entonces, le pregunté por qué decía eso y su única respuesta fue: "Ay, pa, te creés que mi hermana y yo somos tontos" y me abrazó furtivamente como para dejar en claro que estaba todo bien.

A las pocas semanas, mi hija vino a visitarnos y mirando una foto en la que mi pareja y yo estamos abrazados dijo: "La verdad que hacen muy linda pareja".

O sea, nunca lo hablamos explícitamente porque considero que no fue necesario. Es algo que lo han aceptado naturalmente. De hecho, la madre (con la cual tengo una excelente relación e incluso es gran amiga de mi actual pareja) jamás les transmitió una imagen negativa. Solemos reunirnos a cenar todos juntos, ver películas en casa, ir al cine o de paseo y no es poco frecuente que andemos todos abrazados por la calle o de la mano, como sucede en toda familia. Para ellos, Víctor (mi marido se llama igual que yo) es un integrante más de la familia. Hace unos meses, mi hija (adolescente al fin) se metió en un lío bastante serio y recurrió a mi pareja para solucionarlo. Ambos tienen una excelente relación con él.

Ellos saben que yo militaba en una organización de defensa de los derechos de la diversidad sexual e incluso, en más de una ocasión, me ayudaron a preparar material sobre derechos de la diversidad sexual en el ámbito de la provincia de Buenos Aires.

Tanto su madre como yo hemos hecho lo posible por educarlos sin preconceptos y también hemos tenido que luchar contra el entorno y nuestros propios miedos y miserias. Ella y yo tuvimos en realidad tres hijos. La primera fue una nena y falleció a los pocos días de nacida a causa de malformaciones congénitas. Fue muy duro luchar contra la idea de que su muerte era un "castigo divino" por haber osado irrumpir en un ámbito que nos está vedado a los homosexuales e incluso consideré la idea de no volver a tener hijos. Afortunadamente, no lo hice y hoy puedo decir con orgullo que tengo dos soles que me alegran la vida. Los amo y me aman. ¿Qué más puedo pedir?

Este testimonio fue publicado originalmente en la nota "Palabras más, palabras menos: hijos e hijas de lesbianas y gays" en el suplemento "Soy" del diario Página/12 del 14 de marzo de 2008.



Novelas de Carlos Ruiz Zafón